"Nosotros no poseemos la verdad, es la Verdad quien nos posee a nosotros. Cristo, que es la Verdad, nos toma de la mano". Benedicto XVI
"Dejá que Jesús escriba tu historia. Dejate sorprender por Jesús." Francisco

"¡No tengan miedo!" Juan Pablo II
Ven Espiritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía, Señor, tu Espíritu para darnos nueva vida. Y renovarás el Universo. Dios, que iluminaste los corazones de tus fieles con las luces del Espíritu Santo, danos el valor de confesarte ante el mundo para que se cumpla tu plan divino. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

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martes, 27 de febrero de 2018

Video de la Homilía Misa de Acción de Gracias del padre José Dabusti

Homilía Misa de Acción de Gracias del padre José Dabusti por los 14 años como párroco de Nuestra Señora de La Rábida 25 de febrero de 2018

VIDEO DE LA HOMILÍA



TEXTO DE LA HOMILÍA
¿Qué sentimientos se agolparían en el corazón del viejo Abraham aquel día cuando caminaba subiendo a la montaña? Llevaba a la muerte a su hijo único, el que tanto le había prometido Dios, el que tanto había esperado de Él.

Sus únicas palabras, que las recoge el Génesis: Aquí estoy. Y su silencio nos permite un poco imaginar esos sentimientos. ¡Qué cantidad de sentimientos atravesaría el corazón de este viejo Abraham!

También el Evangelio se ocupa de mostrarnos alguno de los deseos, de los pensamientos, de los sentimientos de Pedro, de Santiago y de Juan en otra montaña contemplando el milagro de Jesús transfigurado.

Pedro se ocupa de contarnos lo que le pasaba a él y a los otros en su corazón. Por un lado lo bien que estaban, pero también los miedos, al confusión que tenían.

Esta noche empiezo compartiéndoles, desde esta palabra de Dios, de esta lectura y como Abraham o Pedro, que mi corazón experimenta una cantidad enorme de sentimientos parecidos a los de ellos.

Y creo que también hablo en nombre de ustedes, por lo menos de muchos de ustedes, de nuestra comunidad, nuestra Parroquia de La Rábida. Experimentan sentimientos de todo tipo. ¡Y es lógico, y es normal, y es bueno!

¡Qué lindo, entonces, y qué bueno! Que nos animemos todos a decirle al Señor, a Dios nuestro Padre esas dos palabras que son las únicas que dice Abraham en toda la subida a la montaña: Aquí estoy, aquí estoy. Aquí estamos.

¡Cuánto nos dice, cuanto dice, en esta Misa que es acción de gracias, en este caminar cuaresmal de todos nosotros! Son toda una propuesta, una invitación, un desafío de Dios para cada uno a mirar, a contemplar, a escuchar, para terminar como Pedro compartiendo, desnudando un poco el corazón, nuestros corazones y hacerlos ofrendas nada menos que junto al pan y al vino que vamos a acercar en unos momentos al altar.

Aquí estoy, empezaba rezando la frase de mi ordenación sacerdotal, allá por 1991. (Dirigiéndose a los que están a la izquierda del ambón dice:) Ninguno de acá había nacido... (Dirigiéndose a los de la derecha dice:) …Ninguno de acá había nacido…, (mirando hacia el centro dice:) …Por acá… bue… llevaban años acumulados asique... (risas)

Aquí estoy para hacer tu voluntad. 27 años después lo vuelvo a rezar y descubro algo muy lindo que Jesús me invita a contemplar. Lo descubro a Jesús transfigurado, vivo y presente en ustedes. En esta queridísima comunidad, en esta Parroquia. Jesús ¡Valla si estás transfigurado en la eucaristía! Y sabes mejor que nadie (dirigiendo su mirada a la capilla del santísimo) que aquella mañana del mes de febrero de 2004, cuando llegué por primera vez a esta parroquia, me acerqué a vos, cuando el sagrario (Indicando con su mano el lugar) estaba arriba de Sebastián, me puse de rodillas, te mire y te dije: “Jesús, aquí estoy para hacer tu voluntad, esta parroquia es tuya Jesús y lo que se haga, lo que querés que hagamos, quiero pedirte que brote de acá; quiero que brote de la Eucaristía. Tu lo haces, Señor, si te tomaste enserio todo esto.”

Si alguno no lo sabía aún, de los que estamos esta noche, o no lo recordamos, ahora estamos claros que Jesús eucaristía fue y es, desde el principio, el fundamento de esta nuestra comunidad y por eso me animo a robarle a Pedro sus palabras y decirle a Dios Padre y a cada uno de ustedes: “Que bien estamos acá”. Qué bien que he estado acá Señor estos 14 años. Más de la mitad de mi vida sacerdotal estuvimos juntos. ¡Qué regalo! ¡Cuánto amor de Jesús por nosotros; por mi!

Lo que el Señor no le dejó hacer a Pedro, aunque tenía ganas de hacerlo: Tres carpas. A nosotros nos lo permitió hacer. ¡Cuánto nos malcrió Jesús! Y esto, estoy seguro, que las carpas que fuimos construyendo no fueron para que nos acomodáramos y descansáramos serenos y tranquilos. Ciertamente no.

Soy consciente que, muchísimas veces no los dejé descansar. Asumo mi responsabilidad en la creatividad frondosa que tengo. Y en otra cosa más: Mis obsesividades edulcoradas con sonrisas, por favores y gracias que fueron alimentadas y condimentadas por muchos de ustedes. Más jóvenes y más viejos; laicos y hoy sacerdotes.

Y pudimos hacer carpas materiales y espirituales, humanas y apostólicas. Porque fueron sobre todo, carpas que miraron, abiertas, a nuestro querido barrio. A una Iglesia que sale como Jesús a evangelizar a familias, a chicos, jóvenes; a grandes.

Sale con las limitaciones que las tuvimos, las tenemos; los defectos míos; a buscar a los más frágiles, a los más necesitados y al modo de Jesús: Los que menos tienen, los que están más solos o los que les cuesta encontrarlo a Jesús con rostro de consuelo, de paz, de perdón y de alegría.

Hicimos juntos y gracias a la generosidad de enorme de ustedes muchísimas obras: Un segundo piso porque no nos alcanzaban los salones, un auditorio que no deja de usarse para tantas actividades y hasta un cinerario para que descansen los seres queridos de nuestra comunidad que partieron a la casa del Padre. Hicimos misiones barriales, misiones por el interior de jóvenes y de grandes. Peregrinaciones a distintos santuarios de nuestra querida Madre, la Virgen María. Viajamos a Tucumán, a Córdoba para los congresos eucarísticos o para la beatificación del cura brochero. Experiencia que nos marcaron muchísimo como comunidad fraterna y de fe. Nos quedó pendiente ir a Tierra Santa.

Esas adoraciones tan lindas de tantos jueves de estos años. Adoraciones heroicas. Campamentos, convivencias, charlas y encuentros de todo tipo y color y esa enormidad de retiros para todas las edades.

Y ustedes podrían apuntarme, podrían sugerirme, podrían agregar tantas y tantas otras cosas que se me pasan por alto. Pero quiero decirles algo: Que la carpa más linda y más grande que pudimos construir en estos años de la mano y del corazón de María y de Jesús; de Nuestra Madre y del Señor; Nuestra comunidad; tan linda y tan llena de vida pero vida con mayúscula. Vida de Dios, vida de fe, vida de amor de Jesús.

Por eso, en esta Misa que ustedes le pusieron el título, no es una despedida, es, ante todo, una acción de gracias. Les propongo volver a decirle a Jesús, cada uno con el corazón abierto en el momento que comulguemos: Aquí estoy, aquí estamos. Con los sentimientos que tenían el viejo Abraham, con el dolor, con la tristeza y la nostalgia de lo que significa tener que separarnos. Con las dudas y las certezas que tenemos que Dios sabe, más que cada uno de nosotros, y que ciertamente son la mejor. Animémonos a decirle y a repetirle: Aquí estoy.

Y cuando surjan los miedos, cuando surja la incertidumbre, que nunca faltan, por lo menos no me faltan a mí, aprendamos a mirarla a María y refugiémonos en ella. La madre que sabe mejor que nadie lo que pasa por nuestros corazones devotos. Y junto con ese aquí estoy, que repitió temeroso y asustado Abraham, aquel día subiendo a la montaña yo quiero repetirles y decirles, como si les hablara a cada uno en particular, una palabra, que es la que, desde el día en que el obispo anunció el cambio, en estos meses no dejé de decirle al Señor: Gracias. Gracias. Gracias por estos más de 5100 días de mi vida que me regalaste como pastor de esta comunidad. Gracias por la fidelidad tuya Señor que nunca me faltó, que me sostuvo, que me levantó, que me perdonó, que me animó y me consoló.

Gracias a vos querida Madre del Cielo, María de La Rábida, que por tu estrella de Evangelización obraste en mi corazón tanto, tanto, para que fuese un poquito más hijo y trate de ser un poco mejor padre.

Gracias a los santos que fueron tomando su lugar en nuestra comunidad. Al querido y silencioso san José y a los más jóvenes que se fueron sumando. A santa Juana (Beretta Molla) y a san Alberto Hurtado y tantos otros.

Gracias también a ustedes, mi querida familia, a vos papá y a vos mamá y a ustedes mis hermanos por acompañarme con ese respeto y cariño que se que fue y es, tantas veces silencioso y abnegado porque supieron y saben renunciar a pedirme algo, que hasta a veces se que lo necesitaban, para que yo pueda estar más disponible para los demás, para otros. Gracias.

(Aplausos)

Ese aplauso fue para ustedes. Gracias, infinitas gracias a ustedes; querida comunidad. ¿Saben? No sabría ni por dónde empezar ni por donde terminar de decirles todo y tanto que les debo. Tanto y tanto más que me enseñaron a ser padre y pastor. No voy a nombrar a ningún grupo, ni a ninguno en particular porque me quedarían afuera muchísimos.

Gracias a los más viejitos, a mis viejas, las que con su mal crianza y su incansable oración –y lo digo muy en serio eh- me cuidaron tanto en mi sacerdocio.

Gracias matrimonios, gracias familias enteras por sumarse a los proyectos evangelizadores de la parroquia, por confiar a sus hijos en estos años.

Gracias, queridísimos jóvenes, ¡No puedo decirles lo que me alegraron la vida! Y lo que no me hicieron descansar (risas). Pero lograron algo: No sentirme tan viejo, aunque sé que últimamente, los mal crio un poco como abuelo (risas).

Gracias a ustedes, queridas consagradas y religiosas de todo tipo y color, que caminan y que no caminan, pero que caminan con el corazón.

Gracias, queridísimos seminaristas, que han pasado por la parroquia, y, especialmente a los que hoy ya son sacerdotes y están acá acompañando.

Gracias, al querido colegio Los Robles. 25 años juntos. Lo demás sobra. Decirles tanto, con esta sola palabra y con esta sola cifra: 25 años.

Gracias a mis amigos, a los de toda la vida y a los que se sumaron de nuevo, a los que me regaló el Señor en estos años. Y de un modo particular a los del grupo santa María Reina del Cielo.

Y me voy a corregir en algo, porque voy a nombrar a una sola persona. Al único que voy a nombrar es a alguien cuya presencia está en el corazón de muchísimos de nosotros. Y está viva en cada rincón de esta parroquia: Gracias querido Alberto, querido viejo.

Gracias, de un modo particular, al querido Consejo Pastoral de la Parroquia, que somos, tantos y tantos que la mesa ya no nos alcanzaba el otro día.

Y termino. Pedro, dice Marcos en el evangelio, no sabía que decir. Perdón, yo ya dije mucho. Pero les quiero pedir antes de terminar: Tres cosas -típico mío- Que recuerden siempre y no se olviden de estas tres cosas:

Lo primero: Estar muy cerca de Jesús Eucaristía y también muy cerca del corazón de María.

Lo segundo: Querer y buscar ser santos y contagiárselos a los demás. A los que sigan sumándose a esta comunidad y

Lo tercero que quiero decirles es que no se imaginan todo lo que los quiero. Y me llevo el amor de ustedes grabado a fuego en mi corazón sacerdotal. Gracias.

(Aplausos)

DESCARGAS DE LA HOMILIA


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