viernes 20 de noviembre de 2009

Evangelización Masiva


Salió una tarde a sembrar:
¡le quemaba la semilla!
La tiró por la gramilla,
el camino, el pedregal,
por los surcos del tierral
en donde es fértil la arcilla.

Una misma fue la siembra,
y un mismo campo también,
y sin embargo, después
fue distinto el resultado,
porque en el mismo sembrado
diferencias suele haber.

Hay franjas que son camino
endurecido al pisar
allí no puede brotar
la semilla que ha caído;
es gesto para el olvido
que el tiempo se llevará.

Está la tosca del bajo
que apenas tiene tierrita;
la semilla, enseguidita
apunta su ingenuidad,
pero al faltarle humedad,
viene el sol, y se marchita.

Está la parte invadida
por el cardo y la maleza;
allí toda la riqueza
es gesto inútil, nomás:
terminarán por ahogar
la vida, cuando aparezca.

Y hay tierra fértil, también,
con sus lomas y sus bajos,
tierras que desde abajo
llegan a producir.
Es allí que hay que insistir
sin mezquinarle al trabajo.

En el campo de la vida
hay de todo, sí señor:
alegría, sueño, dolor;
fertilidad y pobreza;
y allí gasta su riqueza
de semilla, el sembrador.

Nota del redactor: "tosca" es sinónimo de piedra (en Argentina)
por Mamerto Menapace, publicado en Madera Verde, página 87 y 88 Editorial Patria Grande.

martes 10 de noviembre de 2009

La propia sombra

El que no da la cara a la luz, se obliga a caminar detrás de su propia sombra.
¡Qué difícil es ser realista en la propia vida! Resulta más fácil entregarnos a nuestra propia sombra, a nuestros sueños, a la marca que dejamos en el suelo.
Porque la realidad tiene siempre mucho de imprevisible. Nos supera y nos envuelve. En ella nos encontramos colocados y no la podemos manejar, como lo hacemos con la carretilla de nuestros sueños. La sombra no tiene peso, y por eso al proyectarla contra un obstáculo fácilmente lo supera. Se retuerce, se amolda, trepa y se alarga. Ha logrado muy fácilmente superar el obstáculo con el que nos topamos en el camino. La sombra ha pasado. Pero nosotros no. Porque el obstáculo es real. Y nos encontramos detenidos por lo que se atraviesa ante nuestros pies.
Es probable que en ese momento giremos la carretilla de nuestra sombra y creamos seguir tras ella simplemente porque la seguimos empujando delante nuestro. Y así vamos sembrando nuestra vida con trozos de camino que terminan siempre en fracasos, aunque no tengamos el coraje de reconocerlo, autoengañándonos con la convicción de ser leales a una idea.
Pero el que se anima a dar la cara a la luz, obliga a su sombra a marchar detrás suyo, haciendo su mismo camino. Porque el que camina con la luz de la realidad en sus ojos, también tiene su sombra. Pero no la sigue. Es ella la que lo sigue a él. Y su sombra no supera obstáculos que previamente no hayan sido traspasados por los pasos reales del que camina.
Hombres y sombra realizan así un mismo camino. Ideales y realidad forman una misma historia. Probablemente los ideales tocarán menos realidades, pero éstas serán aquellas que han obligado al hombre a crecer y avanzar.
Este hombre ha aceptado las exigencias de la luz en su camino. Exigencias dura. Pero que han unificado su huella, y que en definitiva le habrán permitido llegar, cuando tenga que entregar su sombra madura a la noche.
Sólo el hombre con una sombra madura puede esperar sin miedo la luz de un nuevo amanecer. Será un hombre que ha hecho su camino.

"Cuando no se quiere ver,no hay más que cerrar los ojos.Pero no es bueno, a mi antojoser ciego, y por voluntá.Castiga más la verdáen rancho que usa cerrojos.
(José Larralde)

por Mamerto Menapace, publicado en Madera Verde, páginas 77 y 78 Editorial Patria Grande.

domingo 8 de noviembre de 2009

La debilidad y la fuerza

Una cosa es ser débiles, y otra no tener fuerzas. La vida nos va poniendo frente a situaciones que no esperábamos. El cansancio nos va entrando hasta muy hondo, a veces. Puede ser por culpa de las cosas inesperadas que continuamente nos sorprenden; o puede ser por lo cotidiano y constante que sabemos nos va a venir.
Y entonces nos sentimos débiles. Y precisamente entonces los demás empiezan a acudir a nosotros. Y no es porque los demás no se den cuenta de que también nosotros somos débiles. Al contrario. Pareciera justamente que porque nos sienten débiles, por eso vienen a nosotros. Y son los débiles los que vienen. Aquellos a los que les duele lo mismo que nos duele a nosotros. Vienen para pedirnos fuerzas, ánimo para seguir, sentido para entender su fracaso o su sufrimiento. Algo, en fin, que a ellos les parece que en nosotros nos ayuda a superar tan fácilmente, lo que a ellos los atora y desanima.
Nos damos cuenta de que la respuesta que buscan es la misma que estamos buscando. Lo que a ellos les duele, también nos duele; y en nosotros mismos.
Y allí nos sentimos profundamente necesitados de fuerza. Diría que hasta biológicamente nos sentimos débiles. Y a nuestra vez se nos presenta la necesidad de acudir a quien nos puede dar la fuerza necesaria, para nosotros y para los demás.
Si sólo creemos en los hombres, acudiremos a otro hombre y prolongaremos hasta el infinito ese pasaje de verdades prestadas, del que pide al que tiene que pedir. Podemos así construir una comunidad humana, de hombres débiles pero solidarios que nos prestamos mutuamente una fuerza de las que todos individualmente carecemos.
Y de repente, todo se puede derrumbar. Tendremos la triste experiencia de habernos estado transmitiendo un cheque sin fondo. Las fuerzas que nos íbamos transmitiendo carecían de respaldo. La cadena de eslabones unidos no estaba agarrada a nada. Todo el proceso que nosotros creíamos constructor de la comunidad era un tremendo embuste, porque estaba basado en una verdad sin fundamente. En una ideología, tal vez. No estábamos prestando un gesto muy coherente, pero vacío de contenido.
No podemos hacer - ni dejar que los otros hagan - un acto de fe ciega e infantil en un último e hipotético eslabón humano que creemos agarrado a lo firme. Porque ese eslabón también participa de nuestra misma debilidad y puede ser que no resista el peso en cadena de los demás.
Te invito a que juntos pensemos dos cosas:
Primero, que no tiene sentido luchar por la construcción de una comunidad si no tenemos fe en la fuerza de Dios, y en la seguridad de que El tiene ganas de darnos esa fuerza necesaria que viene de El.
Segundo: que a la vez que brindamos esa fuerza que no es nuestra porque la recibimos a través del hermano, no dejemos de buscarla directamente por nuestra cuenta en Dios. Si hacemos este doble esfuerzo recibiendo y a la vez buscando, estaremos unidos a los hermanos y a la vez agarrados a Dios que es el origen verdadero de toda la fuerza. Cada uno brindará a la comunidad la fuerza de la fuerza que le viene de Dios, y la que reciben del hermano. Cada uno se convertirá en minero de la fuerza de Dios, y no en un mero transmisor. Habrá así un aporte valioso, personal. Habrá algo de Dios a través suyo. Creo que cada uno tendría que extraer de Dios el doble de la fuerza que consume, a fin de que el sobrante pase a ser un bien de la comunidad.
De esta manera, siendo débiles, llegaremos a tener fuerza para nosotros mismos y para la comunidad de los hombres en la que cada uno tendrá su riqueza personal para comunicar. Como sucede con las brasas de la hoguera, donde cada uno aporta su calor personal y propio, a la vez que es sostenida e incentivada por el calor del fuego de las demás.

por Mamerto Menapace, publicado en Madera Verde, página 73 a 76 Editorial Patria Grande.

viernes 6 de noviembre de 2009

El Mangrullero

(nota explicativa: el mangrullo era una construcción de madera, a manera de torre, que se elevaba en los fuertes ubicados en la frontera con los indígenas en las Pampas argentinas del siglo XIX, y servía para vigilar a la distancia y estar atento ante los ataques del enemigo. La persona responsable de vigilar y dar el grito de alerta era el mangrullero)

Entre los bichos y entre las personas, hay quienes tienen la misión de ver antes y de ser responsables en ellos. Es una doble misión: la de ser contemplativos y la de estar comprometidos plenamente.
Igual que el chajá, responsable de dar el alerta a todo el bicherío lagunero frente al peligro o a la intrusión de un extraño. Y para ello no dispone más que del grito. Las púas de los alerones, apenas si son el símbolo de su capacidad de estar alerta para la defensa. Pero en realidad su única arma es el grito. Y aun éste, para ser eficaz, debe contar con la capacidad de escucha, en los demás y ser interpretado debidamente.
Porque cada bicho sigue siendo responsable de su propia actitud frente al peligro y a la vida. Lo mismo que cada habitante de la ciudad sitiada tendrá que asumir la responsabilidad de su respuesta frente al grito de alerta de centinela.
Con todo, será al centinela a quien se le pedirá cuenta sobre la vida y la muerte de los demás. Evidentemente no se lo enjuiciará por lo que los otros hicieron o dejaron de hacer. Se le pedirá cuenta del uso de su grito de alerta o de su silencio. ¿Estaba despierto, o dormía? ¿Alertó a la vida frente al peligro, o más bien apañó su inconsciencia? Si el centinela prefirió contemporizar, se lo condenará como asesino de aquellos a los que no despertó de su letargo frente al peligro.
Porque en este oficio a veces uno está tentado de creer que la mejor manera de amar es callarse, condescender, no sacudir, esperar. Puede ser incluso que haya ocasiones en que esto se pueda hacer; pero hacerlo frente al peligro da el mismo resultado que odiar: conduce a la muerte. Y el Señor Dios pedirá cuentas al centinela de la muerte de aquellos que hubiera debido alertar a fin de que se salvaran.
Porque Dios ama la Vida. Por ello es exigente con aquellos a los que se la confía. La vida está permanentemente en estado de sitio. Por eso nunca faltará la misión del centinela.
Segregado del resto, que por confiar en él puede entregarse despreocupadamente a lo suyo, el centinela se siente profundamente en comunión de todo su pueblo. Lo mismo que el vigía de la bandada, que parado sobre su atalaya, no comparte con sus compañeros la tarea común justamente por estar encargado de la responsabilidad de velar por su comunidad.
Desde su soledad aceptada como encargo, está totalmente integrado a la vida de los demás. Ocupa un puesto de avanzada, y sin embargo no tendrá que comprometerse en las acciones inmediatas de la lucha, que podrían distraerlo de su misión fundamental de estar en alerta.
Desde la frontera de su pueblo, está solo frente a Dios, en el corazón de la historia que vive su pueblo.

por Mamerto Menapace, publicado en Madera Verde, páginas 65 a 67 Editorial Patria Grande.

miércoles 4 de noviembre de 2009

Pataleando

Pasado algún tiempo, nuestra Ranita salió con una amiga a recorrer la ciudad, aprovechando los charcos que dejara una gran lluvia. Ustedes saben que las ranitas sienten una especial alegría luego de los grandes chaparrones, y que esta alegría las induce a salir de sus refugios para recorrer mundo.
Su paseo las llevó más allá de las quintas. Al pasar frente a una chacra de las afueras, se encontraron con un gran edificio que tenía las puertas abiertas. Y llenas de curiosidad se animaron mutuamente a entrar. Era una quesería. En el centro de la gran sala había una enorme tina de leche. Desde el suelo hasta su borde, un tablón permitió a ambas ranitas, trepar hasta la gran ola, en su afán de ver cómo era la leche.
Pero calculando mal el último saltito, se fueron las dos de cabeza dentro de la tina, zambulléndose en la leche. Lamentablemente pasó lo que suele pasar siempre: caer fue una cosa fácil; salir, era el problema. Porque desde la superficie de la leche hasta el borde del recipiente, había como dos cuartas de diferencia, y aquí era imposible ponerse en vertical. El líquido no ofrecía apoyo, ni para erguirse ni para saltar.
Comenzó el pataleo. Pero luego de un rato la amiga se dio por vencida. Constató que todos los esfuerzos eran inútiles, y se tiró al fondo. Lo último que se le escuchó fue: "Glu-glu-glú", que es lo que suelen decir todos los que se dan por vencidos.
Nuestra Ranita en cambio no se rindió. Se dijo que mientras viviera seguiría pataleando. Y pataleó, pataleó y pataleó. Tanta energía y constancia puso en su esfuerzo, que finalmente logró solidificar la nata que había en la leche, y parándose sobe el pan de manteca, hizo pie y salto para afuera.
Nota: Este cuento me lo contó un vasco. Un vasco lechero. ¡Cuándo no!


por Mamerto Menapace, publicado en Madera Verde, página 63 y 64 Editorial Patria Grande.

lunes 2 de noviembre de 2009

La ranita del terraplén

Vivía nuestra ranita en una ciudad grande. Pero de la ciudad sólo conocía el arrebal donde había nacido; era justamente la parte baja que las lluvias anegaban periódicamente. Por allí las máquinas de la municipalidad casi no venían. Las cunetas estaban siempre llenas de agua; las baldosas de las veredas, al estar sueltas, solían jugar malas pasadas a los que caminaban por ellas; y los zócalo de las casas se descascaraban un poco por todos lados a causa de la humedad.
No es que no amara a su barrio. Pero aquellos detalles amargaban a la ranita, que prestaba demasiada atención al ambiente que la rodeaba. Tenía algo de soñadora . Y lo sórdido de las cunetas, zócalos y veredas, terminó por resultarle insoportable. Su descontento tenía algo de contagiosos, y creaba clima a su alrededor. Porque hay que reconocer que su alma de poeta tenía la rara cualidad de comunicarse y transmitir sus sentimientos.
Muchas veces había escuchado comentar la hermosura de las grandes ciudades, con calles prolijas, plazas cuidadas y avenidas arboladas. Estas descripciones no hacían más que aumentar su disgusto por todo lo desagradable que veía continuamente a su alrededor. Y como le suele pasar a los soñadores, comenzó a polarizar sus sentimientos. Todo lo desagradable, molesto y prosaico decidió que se había dado cita en su ciudad natal. Mientras que todo lo lindo, lo armonioso y elegante, debía encontrarse en la ciudad ideal que comenzó a imaginarse como existente en algún lugar.
Por el bajo de su barrio cruzaba justamente el ferrocarril. Allí las vías circulaban sobre un alto terraplén que, a varios metros de altura, amurallaba el horizonte impidiendo ver todo lo que quedaba del otro lado. Y nuestra ranita decidió, vaya a saber uno por qué, que justamente detrás del terraplén debía estar la ciudad magnífica de la que tanto le habían hablado. Y fue tal su convicción que decidió trepar el terraplén a fin de gozar de la visión de aquella ciudad tan distinta de la suya.
El trabajo fue muy arduo. Porque nuestro animalito no tenía experiencia de salto en alto. Sólo conocía el salto en largo. Pero esta de Dios que lo lograría, porque Dios ayuda al que se esfuerza. Y la ranita alentaba su esfuerzo con el enorme deseo que tenía de ver la ciudad de sus sueños. Y finalmente llegó a la cumbre del terraplén.
Pero no vio nada. El riel de hierro de una cuarta de altura le cortaba todo el campo visual de izquierda a derecha en kilómetros de distancia. Por más que ensayó nuevos saltos, nada logró ver. Pero no se dio por vencida. Se dio cuenta de que su posición horizontal dejaba sus ojos por debajo del nivel de las vías. Otra cosa sería que optara por la postura vertical. Y con un enorme esfuerzo, finalmente se paró sobre sus patitas y con las manos apoyadas sobre el hierro extendió su visita en lontanza.
Lo que vio la dejó admirada. Realmente no lo hubiera esperado. Una hermosísima ciudad se presentó ante sus ojos. Más allá de los barrios bajos se abrían hermosas avenidas, casas de varios pisos, calles rectas y limpias. Las plazas eran una belleza, y el río brillaba más allá enmarcando la ciudad. Embelesada, la ranita se dijo a sí misma:
-Verdaderamente, ésta sí que es una ciudad magnífica. La mía no tiene comparación con ésta que estoy viendo. Desde hoy me voy a vivir a la ciudad de calles rectas y de plazas arboladas.
Pero en realidad la ranita al ponerse en vertical, no había visto lo que estaba delante suyo, sino lo que había dejado a sus espaldas. Porque las ranas no tienen sus ojos delante de su cara, sino encima de su cabeza. Y al ponerse en vertical, lo que había descubierto era su propia ciudad, la que había dejado tras suyo al subir al terraplén. Sólo que esta vez había tenido la oportunidad de verla desde la altura y en plenitud. Pero era su misma ciudad natal, de la que ahora lograba ver detalles que no conocía. O mejor dicho: antes había conocido de ella sólo ciertos detalles. Justamente los más cercanos y quizá los más prosaicos.
Entusiasmada con lo que había descubierto decidió bajar hacia la ciudad nueva. Y en realidad lo que hizo, fue simplemente descender hacia su propia ciudad de siempre. Pero ahora llevaba en los ojos y en el corazón una visión distinta, una visión de plenitud y de armonía totalizadora.
Al llegar a las primeras cunetas de la ciudad se reencontró con los mismos detalles prosaicos de siempre: las baldosas sueltas y los zócalos descascarados. Sólo que ahora los veía con ojos distintos, mientras se decía:
-¡Bah! Estos son sólo pequeños detalles molestos de una magnífica ciudad.
Y desde entonces la ranita comenzó a ser feliz. Y como ella lo transmitía, los demás comenzaron a ser felices a su lado. Lo que es la manera más auténtica de ser felices.


por Mamerto Menapace, publicado en Madera Verde, páginas 59 a 62 Editorial Patria Grande.

viernes 30 de octubre de 2009

El poncho de Ovidio



Aquí mismo, junto a esta mesa, un mes antes de morir, Ovidio me insistía para que le escribiera una artículo para la revista de la Parroquia de su pueblo. Podía ser un artículo sobre la Virgen.
El tema en sí no parecía lo importante. Lo importante parecía ser un mensaje que Ovidio intuía como fundamental, y que quería toda costa que lo pusiera por escrito.
¿Cómo me iba a imaginar que sería él mismo quien en ese momento me estaba dando el tema profunda para lo que quería comunicarles a ustedes los muchachos?
Antes de venir me había mandado una carta. Una de esas típicas cartas de muchacho medio alocado e idealista donde los deseos se expresan como afirmaciones, y sus ideales te son aplicados sin apelación a tu persona. Hablaba de mí sin habernos visto nunca. Y sin embargo fue cierto que desde nuestro primer encuentro la relación humana fue clara y franca, como si hubiera sido algo de siempre.
Fue en julio del 80. Y hacía frío. Para atenderlo, al día siguiente de su llegada al monasterio, tuve que sacrificar la siesta. Reconozco con lealtad que me costó bastante hacerlo. Caminamos media hora a pleno sol.
Me comentó lo que traía por dentro. Llevaba encima un lindo poncho rojo. Y por dentro llevaba un corazón ansioso y apasionado. Estaba más o menos en la curva peligrosa, en esa edad en que todo el ser tira violentamente hacia la renuncia.
Amaba. Sí, amaba y sufría por amar. Siempre el que arriesga a amar, se compromete a sufrir. Su vida había llegado a esa frontera en que se toca el todo o nada. Elegir es renunciar. Un "sí" en la vida, trae acollarado una tropilla de "no". Decir que no a algo nos deja en libertad para decirle todavía que sí a todo lo demás. Mientras que decir a algo que sí, nos compromete a decirle que no a todo el resto. Contiene muchos más "no" un sí, que no un "no".
En fin, de todo esto hablamos en aquella siesta de invierno, bordeando un grupo de frutales sin hoja pero con toda su savia bajo de la corteza. Caminábamos bajo un sol tibio, arropados, él en su poncho rojo y yo en mi sotana negra.
Ovidio se sentía pobre. Pobre y generoso. El Señor Dios le había cantado el falta envido, y él ni siquiera tenía dos cartas del mismo palo. Y sin embargo tanto el cura amigo que me lo había mandado, como yo, veíamos que lo único razonable en el juego con el Señor es decirle siempre: "Quiero".
Luchó el flaco. Lo he visto levantarse los tres días a las cuatro y media de la mañana para compartir nuestra primera hora de oración diaria. Hacía frío, y el poncho rojo le entibiaba la ristra de salmos del amanecer. Lo he visto en la capilla, peleándolo al Señor en la oración. Lo dejé un poco solo. Es la vieja treta de los monjes: poner al joven en un frente a frente con Dios y después dejarlo solo. Uno lo apadrina de lejos, con la oración y un ojo atento al oleaje de la tormenta interior. Habré hablado con él apenas una media hora. Mejor sería decir que fue él quien habló conmigo, porque casi no hice más que escucharlo.
La tarde en que regresaba me pidió de nuevo cinco minutos. En realidad fue otra media hora, porque traje un grabador y quiso llevarse como recuerdo lo charlado. Al terminar, y antes de despedirse me pidió que lo esperara porque tenía que ir hasta su celda a buscar algo. Volvió enseguida muy excitado, con el poncho rojo doblado bajo su brazo. En la otra mano traía el pullover. Hacía frío. Entro directamente en tema:
- Mirá: dinero no tengo para dejarte (tampoco se lo hubiera aceptado); pero Dios me está pidiendo que algo deje. Por eso te entrego mi pullover para que se lo des a algún pobre.
Me extrañó el gesto, aunque en los jóvenes es frecuente ver esas corazonadas lindas. Pero la cosa siguió. Le tembló la voz, como si tuviera que hacerse violencia y fuera el resultado de una lucha interior:
- Mirá: falta lo principal. Te dejo mi poncho.
Ah, no. Eso no. No me parecía razonable. Sabía que ese poncho lo había acompañado en muchos campamentos y que aún lo seguía necesitando mucho. ¡Por experiencia sé qué poco vale un seminarista sin equipo de mate y sin poncho! Pero en su mirada ansiosa había algo que me impresionó. Había algo así como una decisión dolorosamente asumida e irrevocable. El gesto de dejar su poncho era simplemente la manifestación de una decisión más profunda y total que había tomado en su vida. Era la manifestación de una renuncia que tenía poco de razonable y mucho de auténtico. En estos últimos años he visto brillar esa mirada en los ojos de muchos jóvenes. Es una mirada que casi implora, desde su inquebrantable impotencia, que se tenga fe en su misterio.
Y le acepté el poncho rojo. Pero lo vi tan desguarnecido que le regalé como recuerdo una mantita nueva que recién me habían dado. Nos dimos un abrazo, me pidió la bendición y partió.
Esa misma tarde entregué el poncho a un par de monjitas contemplativas brasileñas para que lo llevaran como mantel de altar de su monasterio construido en medio de un barrio pobre de la ciudad de Curitiba.
Sabía que todo esto tenía carozo por dentro. Pero nunca hubiera creído que antes de un mes se me revelaría el misterio oculto en estos gesto. El 6 de agosto; a la misma hora en que yo era bendecido como Abad de mi monasterio, Ovidio partía hacia el cielo allá en mi provincia natal, de donde él también era. Dejaba aquí abajo su cascarón de barro para la ternura de los suyos; compañeros de seminario le consiguieron prestada un alba para amortajarlo.
¡Cómo es cierto que sólo llegar a ser plenamente nuestras las cosas que entregamos! Cuando no morimos, y nos llevamos lo que dimos.
Algún día espero también yo llegar al cielo. Me va a ser fácil encontrarlo a Ovidio para darle nuevamente un abrazo. Se lo distinguirá por su magnífico poncho rojo que cubre el altar donde cada día se celebra la eucaristía en una comunidad contemplativa aquerenciada entre los pobres de Curitiba.
Muchachos argentinos: ha muerto un seminarista. Ha quedado libre un puesto de combate en el frente de nuestro pueblo en su lucha por el Reino. El que tenga un corazón apasionado por la vida... y un poncho rojo: ¡que se le anime!

por Mamerto Menapace, publicado en Madera Verde, páginas 43 a 48 Editorial Patria Grande.

Palabras de Juan Pablo II en la segunda visita pastoral a la Argentina año 1987