"Nosotros no poseemos la verdad, es la Verdad quien nos posee a nosotros. Cristo, que es la Verdad, nos toma de la mano". Benedicto XVI
"Dejá que Jesús escriba tu historia. Dejate sorprender por Jesús." Francisco

"¡No tengan miedo!" Juan Pablo II
Ven Espiritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía, Señor, tu Espíritu para darnos nueva vida. Y renovarás el Universo. Dios, que iluminaste los corazones de tus fieles con las luces del Espíritu Santo, danos el valor de confesarte ante el mundo para que se cumpla tu plan divino. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

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viernes, 25 de diciembre de 2009

Los Lapachos

Para los hombres del sur, el lapacho es imagen de la dureza y resistencia. Con su madera se fabrica aquello que deba soportar la intemperie y los atropellos de la fuerza animal. Las mejores tranqueras son de lapacho, lo mismo que los bretes y las mangas.
Pero el hombre del sur conoce de este árbol sólo su madera. Es decir, lo ha visto despojado de toda su realidad natal, desnudo en su escueto servicio. Para el que no conoce el lapacho más que en su misión, su principal cualidad es la resistencia y la dureza de su madera que no se pudre.
Y sin embargo, no hay cosa más tierna que el lapacho, cuando se lo va a encontrar entre los montes misioneros. Es un árbol esbelto, femenino en su talle. De hojas suaves y luminosas, que el viento mueve casi sacándoles un gesto humano. Su copa se abre allá arriba como un rostro, sobre un tronco sin desperdicio y sin espinas.
Y en septiembre, el lapacho es una niña quinceañera. Antes de recuperar sus hojas, se viste todo de rosado en un reventón de flores que regala en abundancia, embelleciendo la geografía que lo acoge. Es el centinela de los montes, que descubre antes que los demás la llegada de la primavera. Lo que el Jacarandá es en azul, el lapacho lo es en sonrojo. El invierno lo despoja de sus hojas pero, antes de volver a vestirlo, la primavera le regala toda la ternura que solo la selva virginal puede entregar a sus criaturas.
Es un árbol que crece lento. No tiene apuros. Sabe esperar en la fidelidad de sus ciclos, viviéndolos uno a uno con intensidad, tanto en sus desnudeces invernales como en sus derroches de vida. Su madera se va haciendo lentamente. Por eso logra ser tan resistente. No necesita ser descortezado como el quebracho. Su resistencia le llega hasta la piel. Cuando se entrega, se entrega entero.
Cuando los antiguos misioneros jesuitas construían sus iglesias monumentales, iban a los montes y arrancaban los lapachos con sus raíces enteras, transportándolos con su terrón de tierra colorada adherido a ellas y así los volvían a plantar en el suelo, constituyéndolos en columnas que sostendrían toda la estructura del edificio. Las paredes eran de esa misma tierra colorada, aprisionada en un encofrado de madera que luego se retiraba. Toda la resistencia del edificio, que aguantó siglos, se fijaba a las columnas.
Por supuesto, para esta misión había que despojarlo de sus ramas. Pero eso le sucede a todo árbol que tiene que cumplir una misión distinta de la de sir simplemente planta. En San Ignacio Guazú y en muchos otros lugares de la tierra guaraní, donde estuvieran antiguas y hermosas iglesias, hoy sólo quedan en pie partes de esos troncos de taye, trozos de columnas aún clavadas junto a montículos de tierra colorada que constituían las paredes. Su madera no se pudre. Poco a poco va saltando en astillas que regresan a la tierra madre, uniéndose al humus fértil que alimenta la vida nueva que nace a sus pies.
Vocación tierna de árbol, con misión resistente de columna, el lapacho es imagen del alma de los curas. También ellos son hombres, sacados de entre los hombres, para ser puestos al servicio de los hombres en todo lo que a Dios se refiere. Para ello el cura-hombre tiene que desprenderse de su follaje consigo su imaguaré, como se nombra en guaraní al pasado en cuánto realidad de antes que aún perdura viviente.



Alerta vigía setiembre,
ternura de fiesta quinceañera,
se estrella el invierno entre tus flores
cubriendo de rosa las veredas.

Mil soles te dieron fortaleza,
mil noches te dieron su frescura;
es tuyo el misterio de las selvas,
del viento y del indio en su espesura.

Tenés corazón que no se pudre,
lapacho de flores sonrosadas,
pudor virginal que se arrebola
guardando tu savia acumulada.

Son parcas las ramas de tus gestos,
que sólo en la copa se te ensancha,
dejando que el tronco surga recto,
igual como surge la confianza.

Tayé, te llaman los antiguos,
y el nombre, por gracia ha perdurado,
volviendo a endulzarlo el camoatí
que busca la miel entre tus labios.

Imagen del alma de los curas
-rara conjunción de tierra y gracia-
Columna sacada de los montes
Y luego de pie crucificada.

Sacado con todas tus raíces
trajiste contigo tu pasado,
bravo imaguaré de los antiguos,
Retá color de sangre y barro.

Hoy quedas de pie sobre las ruinas,
cual mudo testigo del pasado,
e invitas a todos los que llegan
a ver, a pasar y dar la mano.




por Mamerto Menapace, publicado en Madera Verde, páginas 17 a 20. Editorial Patria Grande.


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