"Nosotros no poseemos la verdad, es la Verdad quien nos posee a nosotros. Cristo, que es la Verdad, nos toma de la mano". Benedicto XVI
"Dejá que Jesús escriba tu historia. Dejate sorprender por Jesús." Francisco
"¡No tengan miedo!" Juan Pablo II
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martes, 24 de mayo de 2022
domingo, 30 de septiembre de 2012
Los hombres y la tierra (Meditación)
Hay muchas maneras de estudiar la tierra. De relacionarse con ella. He conocido un grupo de ingenieros que vinieron al campo, extrajeron pequeñas muestras de tierra, y luego las analizaron minuciosamente en sus laboratorios. Al tiempo volvieron acompañados por otros hombres e instalaron una ladrillería. Arañaron la superficie de la tierra y le sacaron toda la capa fértil.
La humillaron prolijamente en el pisadero, la mezclaron con otros elementos, de la zona unos y otros traídos de afuera. moldearon el amasijo, luego lo resecaron al sol y lo apilaron de a miles formando un hormiguero. El fuego completó la obra, endureciendo esta tierra fértil, desmenuzada sin identidad en una infinitud de paralilepípedos útiles para ser transportados y apilados en cualquier parte.
Cuando se agotó la tierra fértil y el paisaje mostró su rostro agrio de médano y de tosca, esos hombres levantaron el campamento y se fueron a reanundar su minería en paisajes nuevos. No creo que la nostalgia haya tenido nada que hacer en su despedida. Nada dejaban allí esos hombres que fuera obra suya, a no ser los restos de hornallas de color entre rojo y negro, que en ese paisaje de tierra semejaban bocas de puñalada en el cuerpo de un finado.
También he visto un grupo de hombres que en términos científicos hablaban de la fauna y de la flora. De cada yuyo distinto sacaron un par de hojitas. Descubrieron flores raras y se indignaron al comprobar que otras se habían extinguidos. Estos hombres, ¡con qué respeto y con qué altura hablaban de la tierra! Con términos precisos y correctos aborrecieron el trabajo de los ladrilleros.
Y luego de unos días, agotado ya lo que tenían que decir, se fueron también ellos del paisaje, sin que quedaba de ellos ni un recuerdo en absoluto. A su paso, es cierto, el paisaje no quedó humillado. Pero tampoco se aportó nada nuevo al paisaje. No se vio allí organizarse un trebolar, ni verdear un trigal. ni preñarse los surcos en el batatal.
Al tiempo, una ley declaró a ese paisaje: "Parque Nacional". Y con ello esa tierra fue sentenciada a virginidad perpetua; a ser para siempre tierra de turismo, paisaje para ser gozado o estudiado sin compromiso; con prohibición absoluta de que allí se hiciera ni organizara nada.
Y he visto también otros grupos de hombres. Vinieron con todo lo poco que tenían, y algunos animales. Tenían muchas menos posibilidades que los ladrilleros y mucha menos ciencia que los sabios. Pero tenían una gran riqueza: tenían tiempo y cariño por la tierra.
Comenzaron por incendiar un trozo de pajonal. Ordenaron un pequeño trozo de paisaje y allí se instalaron para vivir. Traían semillas distintas, nuevas para ese paisaje viejo. Al principio todo pareció quedar igual, salvo los pequeño tablones de geografía cambiada. Y la presencia constante de aquellos hombres en diálogo continuo con la tierra, interpelándola por los abrojos, por la quínoa y el chamico.
Nuestros hombres no interpelaban a la tierra por lo visible de la tierra, por lo que la tierra mostraba. Interpelaban a la tierra por lo que en la tierra había de oculto. No se limitaron a recoger u organizar lo que encontraron en su superficie. La incendiaron, la roturaron, la recorrieron tranco a tranco sembrándola de semillas nuevas. Después supieron esperar. Esperaron vigilantes, carpiendo siempre el rebrote del paisaje viejo. Y lo que es importante: vivieron en la tierra; no se fueron de ella.
Eran hombres con fe en la tierra. Con un cariño profundo por la tierra. Sabía que la tierra tiene posibilidades muchísimo más ricas que aquello que puede dar cuando es dejada a sus solas fuerzas.
No es que se hayan propuesto liberarla de algo: yuyos invasores o antiguo pajonal. No quisieron liberar la tierra de algo. Quisieron liberar algo en ella. Sus posibilidades ocultas, su capacidad de trigal, su florecer de linares, sus rastrojos de maizal fortificado de trojas.
La tierra aceptó a estos hombres. Les devolvió con inmensa generosidad las semillas que ellos habían sembrado. Al tiempo comenzó a haber una identificación entre esos hombres y la tierra liberada.
Bajo un mismo sol, la tierra y los hombres comenzaron a tener la piel color trigal. Y cuando el hombre se acostó a dormir en el surco, la tierra se levantó a vivir en el alma de sus hijos.
Así cuentan que nació el folklore, con sus coplas.
por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande
sábado, 29 de septiembre de 2012
Sorgo y chamico (Cuentos y Relatos)
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| Sorgo y chamico |
A la hora de la siesta era casi preferible no mirar el sorgal. Su aspecto era más vale desalentados. Chamuscado como estaba por el calor y el viento norte, el pequeño sorgal mostraba el sufrimiento de la sequía.
Sólo el chamico parecía gozar de privilegio. Aunque mirado bien y de cerca, también él mostraba los efectos de la sequía. Lo malo era que había mucho chamico. Y para el sorguito eso representaba un doble peligro.
Un peligro presente, ya que el chamico - nacido antes que el sorgo - lo aventajaba en vigor y le quitaba gran parte de la poca humedad que tenía esa tierra resecada por el sol del verano que empezaba recién. Y además era un peligro futuro. Sorgo y chamico semillarían juntos. Y juntos terminarían en los silos, y juntos pasarían a la molida. Y dicen que la semilla de chamico es venenosa. Que hace abortar a las preñadas. Y era una pena que el fruto de ese sorgal destinado a alimentar a los demás, estuviera envenenado por el fruto abortivo del chamico.
Había que tomar una decisión. Me llamaron para que viera el sorgal. A esa hora el sol ya apretaba, y el viento norte se dejaba sentir.
¡Me dio pena el sorgo! Había algo de tristeza en sus hojas, un cierto cansancio y ganas de no seguir aguantando más. El chamico aparecía potente, con sus hojas anchas y redondas, junto a las hojas afiladas de las plantitas del sorgal.
Una solución parecía imponerse. La de los manuales. Una fumigación con herbicida, si fuera posible esa misma tarde. Fumigación aérea era, o parecía ser, lo más seguro, lo más rápido. Al no estar todavía protegido por el sorgo, el chamico presentaba toda su superficie a la fumigación y el efecto del herbicida ofrecía la seguridad de realizarse sobre la maleza. Tomándolo de tardecita, con viento quieto y algo de rocío, el herbicida quedaría sobre las hojas. A la mañana siguiente, con el apretar del sol, el castigo del veneno actuaría con todos sus efectos.
Sí. Todo eso estaba bien, pensando en la manera de frenar o eliminar el chamico. Pero ¿y el sorguito?
Estaba el sorguito justo en ese momento de su crecimiento en que abiertas sus hojas, ofrece el follaje al aire y a la luz mostrando su cogollo central, esa zona donde se genera la vida. El herbicida entraría también allí y seguramente haría su efecto.
Era un pésimo momento para fumigarlo. Ni demasiado chico, ni demasiado grande. Y además sufrido por la dura experiencia de una sequía que lo venía maltratando casi desde su madrugar.
El peligro estaba en que el sorguito no aguantaría la sacudida de la fumigación. Tal vez terminara por secarse definitivamente. Y aunque quizá no se llegara a eso, era seguro que el tratamiento frenaría su desarrollo y que el rinde del sorgal perdería un gran porcentaje en el momento de la desgranada.
La decisión, ustedes comprenderán, no podía tomarla basándome en la bronca al chamico. Tenía que tomarla por amor al sorgal. En definitiva, ustedes estarán de acuerdo: lo que importaba en aquel campo no era la no existencia del chamico, sino la abundancia del sorgo.
Y el sorgo aquel aquella tarde no se fumigó. Tal vez no fuera una decisión de ingeniero; era simplemente un manejo de chacarero. De hombre con amor por su campo.
Pero pienso que hubo también detrás otro motivo. Aquel viento norte no podía durar eternamente. Los años pasados en el campo me decían que todo viento norte carga agua, y que al final explota en una tormenta que casi siempre termina en lluvia.
Había que tener fe en el cielo, que era quien podía mandarnos la lluvia.
Luego de la tormenta, y con el campo regado por ese llanto de las nubes, era probable que se pudieran tomar pequeñas decisiones para acompañar el crecimiento. Tal vez entrar a azada, o aporcar los surcos. Tal vez una fumigación terrestre.
En todo caso cosas que exigirían más tiempo, más dedicación, y bastante más esfuerzo. Cosas de las que sólo es capaz un chacarero. Porque él se queda comprometido con el campo. Mientras que el ingeniero prefiere las soluciones rápidas, ya que luego de tomadas, se va y tal vez sólo vuelve para la cosecha.
Para él el resultado se convierte en dato. Para el chacarero, en grano.
A veces pienso que en m vida he tenido dos grandes suertes.
La primera es haber nacido en el campo y con eso haber conseguido un profundo cariño por la tierra y los sembrados. Como a mi tata le faltaba una pierna, siempre lo tuvimos en casa y de chiquitos nos hablaba y nos contaba muchas cosas cuando trabajábamos al lado suyo. Mi tata fue un gran hombre.
La segunda suerte que tuve fue que el primer ingeniero con el que me inicié era también un gran hombre. Recorriendo los sembrados, muchas veces me hablaba de sus hijos, de la cooperativa que organizaba en su barrio, y de su amor por los hombres. Fue un gran ingeniero: tenía corazón de chacarero.
por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande
miércoles, 26 de septiembre de 2012
Oración y contemplación (Meditación)
En una ocasión Jesús estaba rezando, y cuando terminó uno de sus discípulos le dijo: ¡Señor, enséñanos a rezar! (Lucas 11, 1).
El Señor se iba de noche al cerro y allí pasaba las horas, rostro al Padre. Seguramente esas horas habrán sido de rumia profunda. Y lo que Cristo rumiaba era el actuar de Dios en su pueblo. La realidad que se llamaba: Reino.
Es decir, la manera cómo el Señor Dios su Padre había ido santificando su Nombre en la historia de los hombres. Cómo su voluntad se había ido realizando por esos complicados senderos de la historia de su pueblo y de todos los pueblos. Porque el Padres que estaba en los cielos había estado comprometido con todo lo que estaba pasando aquí en la tierra. Sabía que faltaba el pan; sabía que había ofensas con ofensores y ofendidos. Y que esa realidad no dividía la mundo en dos grupos, sino que era una realidad que hería a todos los hombres. Que todos tenían necesidad de perdonar y de ser perdonados. Sabía también que la tentación era una realidad que amenazaba a cada hombre, y que cada hombre necesitaba que Dios Padre interviniera para librarlo de la tentación y de las intrigas del maligno.
Allí, en las noches de silencio, en la oración y en la contemplación, Jesús se convertía en minero de la historia y de la naturaleza. Del actuar del Padre que había creado todo lo que hablaba en la noche: los grillos y las estrellas; las majadas en los cerros y la lámpara en la casa; y todo eso otro que pertenece a la vida concreta de los hombres: el ladrón que sorprende al dormido y la novia que no duerme esperando la sorpresa de su amado. Allí Jesús llegaba a la esencia profunda y sencilla de las cosas, y encontraba las imágenes primordiales para hablar del Padre a los hombres sus hermanos.
En el silencio de la noche Jesús escuchaba el lenguaje elemental de las cosas, y a través de él ese lenguaje se hacía palabra y subía al Padre en forma de oración. Y esa oración daba espesor y fuerza vital a sus palabras y a sus imágenes que luego afloraban casi espontáneamente en las parábolas. Y la gente las comprendía.
Porque la gente sencilla reconocía en ese lenguaje sencillo y grávido, el antiguo diálogo de las cosas. Reconocía ese lenguaje también escuchado por ellos en su silencio, pero aún no plenamente crecido como para ser captado como mensaje. Allí en cambio, en la boca de Jesús, el profundo lenguaje primordial de las cosas simples llegaba a hacerse comprensible. Los hombres comprendían el lenguaje del Señor porque su lenguaje había crecido en el silencio de la oración al Padre, por las noches. De la misma manera que la sangre de la tierra crece hasta pan en el silencio a la madrugada en cada mesa y que es asimilado por los hombres sin dificultad. Porque es el silencio fiel de los trigales lo que permite a la sustancia de la tierra llegar hasta el lenguaje compresible del pan.
Y pienso que es también el silencio contemplativo y fiel de nosotros, los hombres y mujeres de Dios, lo que puede permitir a las cosas y a los acontecimientos llegar a crecer hasta hacerse oración al Padre en nuestras noches, y lenguaje comprensible para nuestros hermanos en las parábolas a la luz del día.
El que tenga ojos para contemplar en la noche, que contemple. Por amor a Dios, a las cosas y a nuestro pueblo.
por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande.
lunes, 24 de septiembre de 2012
La quemazón y las semillas (meditación)
No te dejes vencer por el yuyal.
Al contrario, vence al yuyo por medio del trigal
(cf. Rom 12, 21).
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| Semillas |
La vida es en gran parte posibilidad y disponibilidad, igual que la tierra. Es fértil. Pero no sólo es fértil; tiene también una historia. Y esa historia ha dejado en ella semillas que estarán siempre al acecho de la oportunidad que les permita brotar. Toda tierra fértil contiene en su humus semillas de yuyos que duermen en espera de que ella sea removida por el cultivo. No es culpa de la tierra: es consecuencia de su historia.
Es el riesgo de ser fértil y estar en disponibilidad.
Ese grupo de hombres se había encariñado con la tierra descubierta. Y a través de su cariño comenzó a sensibilizarse por el dolor de su tierra cubierta por el pajonal. Tal vez ni siquiera supieran gran cosa del paso por ella de los ladrilleros, ni de los especialistas en su fauna y en su flora. Lo que vieron fue cómo los pastitos pequeños morían ahogados por las grandes matas de yuyos que acaparaban la fertilidad que la tierra destinaba para todos.
A medida que se internaron en el yuyal vieron también que la luz no llegaba a los pastos pequeños, porque al extender los grandes sus ramajes acaparaban lo que el sol derramaba para todos sobre la tierra.
Y ese grupo de hombres con cariño por la tierra, tuvo así la experiencia de la opresión, del abuso, de lo que no debía ser. Junto a su sentimiento de amor y de cariño por la tierra, sintieron también otro sentimiento, mezcla de rabia y de impotencia.
Por eso se alegraron cuando vieron incendiarse el pajonal. Y ellos mismos ayudaron a desparramar el fuego, ayudados por el viento de Dios que siempre sopla sobre la tierra en caos. Y a la luz del incendio vieron derrumbarse los viejos matorrales y aparecer de nuevo el rostro de la tierra, que es rostro de fiesta y de esperanza.
Pero ¿estaba con eso la tierra liberada? No. Absolutamente no.
Simplemente estaba de nuevo la tierra disponible. Disponible para la siembra y también disponible para el rebrote de todas esas semillas del viejo yuyal.
Hasta aquí, en cierta manera, nada había habido de específico en el actuar de aquellos hombres. Habían colaborado en un proceso que volvía a poner la tierra en disponibilidad.
Habían sido simples compañeros de otras fuerzas que actuaban de acuerdo con el antiguo yuyal instalado. Pero al llegar a este momento comenzaron a darse cuenta de que su misión se diversificaba. De que su misión con respecto a esa tierra concreta, disponible para futuros proyectos, era distinta de la de los elementos que hasta allí habían sido sus colaboradores: el viento, el fuego, la luz.
Ahora su tierra comenzaba a crear nuevas estructuras. Y en la exigencia concreta del futuro, la tierra tenía derecho a exigir de ellos algo específico. Comenzaba para ellos su auténtica misión: la de sembradores. Eran los hombres de la semilla. De una realidad pequeña pero poderosa y portadora de una vida nueva.
De una vida y de una realidad que la tierra nunca podría producir por sí misma. De algo que tiene que venir de afuera. La realidad de la que estos hombres eran portadores, no pertenecía a la vieja historia de esa tierra. La realidad del trigal, tenía para ella mucho de irrupción, de desembarco. Y sin embargo, desde siempre había estado abierta a la posibilidad del trigal. En lo profundo de su posibilidad, junto a las viejas semillas del yuyal, dormía la esperanza del trigal.
Se hacía urgente para aquellos hombres dedicar todo su esfuerzo concentrándose en la siembra. Ya no se trataba de luchar contra el viejo yuyal, batido en retirada. Había que medirse con el yuyal nuevo que rebrotaba de la vieja historia de la tierra. El viejo egoísmo acaparador, la antigua violencia prepotente, el abuso de usar para sí lo que estaba destinado para todos. Todas estas realidades volvían a subir desde la tierra trepando por los tallos jóvenes del nuevo yuyal.
Luchando contra ello directamente, nada se lograría para la tierra y todo gesto de esos hombres estaría vacío de contenido auténtico.
Sólo se regresaría indefinidamente al mismo punto de partida, dejando a la tierra en disponibilidad para las viejas semillas del yuyal, cuando a los hombres los venciera finalmente el cansancio.
Por eso estos hombres se internaron con cariño en aquella tierra abierta y disponible, sembrándola con la semilla de Dios. Con la semilla del amor, del desinterés, del olvido de sí mismo, entregando a los demás por renuncia hasta eso mismo que estaba destinado para ellos. Porque también ellos tenían un proyecto bien lúcido para la tierra en liberación: su proyecto era llevarla a trigal. Trigal que es tierra liberada. Tierra en la que se ha liberado su capacidad de pan, para ser partido en cada mesa.
Conozco trozos de tierra humilde, donde el yuyal ha sido vencido por el trigal. Son los manchones de tierra liberada por la siembra, que alimentan a nuestra patria.
Elija una sola estrella
quien quiera ser sembrador.
por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande
domingo, 23 de septiembre de 2012
Las lagunas de la Pampa (Meditación)
Felices los que tienen alma de pobres,
porque a ellos les pertenece
el Reino de los cielos.
¡Señor, te agradezco nuestras misas en la Capilla de la Tribu! Te agradezco la capilla chiquita, que me permite la cercanía de esos ojos de los cuales puedo gustar hasta los detalles.
Mi gente criolla, mi gente india, es muy parca en sus reacciones y es pequeño el oleaje que les sube a la superficie del rostro. Son como esas lagunas de nuestra geografía pampa. Apunas si tienen oleaje, carecen de la riqueza de los peces o sólo tiene peces muy chiquitos; casi nunca entregan resaca. Pero en cambio: ¡cuánto diálogo con el cielo hay en su historia! Encadenadas a las barrancas arenosas de algún médano, ahí están maduras de tiempo cara al cielo y en silencio. Aparentemente tienen sólo medio metro de hondo. Pero si uno se les acerca y las mira quieto, descubre el cielo en su profundidad. Carecen de correntada, y nunca llegarán al mar. Pero si uno las mira, ve en ellas un cielo en movimiento. No hay duda de que a ellas les pertenece el cielo; a ellas a quienes la tierra y los médanos las obligan a permanecer quietas.
Si uno les dedica tiempo y comparte su silencio, descubre en ellas un cielo en movimiento, con nubes que emigran, con pájaros en vuelo y con noches estrelladas navegas de horizonte a horizonte por el velero silenciosos de la Luna.
Después de cinco años de acercarme a ellos, voy aprendiendo a escucharlos en silencio y me asombra la densidad de sus vidas y lo espeso de la historia de estos hombres maduros de tiempo y de silencio.
Esta mañana uno de ellos, Señor, me hablaba de cosas viejas. De cosas de su vida vividas en aquellos tiempos en que mi tata todavía era muchacho. Y sin embargo, no eran cosas pasadas. Eran todavía leña para su fuego. Llegado ahora a viejo, esos recuerdos le navegaban el alma y el alma le duele de recuerdos.
Hace cincuenta años su madre esperaba sufriendo una carta que él nunca le escribiera. Y esa carta no escrita hace cincuenta años, volvía ahora hecha espina en su corazón y le llenaba los ojos de lágrimas a este hombre, rostro pampa barbechado de arrugas. Terminó diciéndome, Señor, que siempre te decía que cuando Vos lo precisaras, lo llamaras nomás, que él siempre estaba dispuesto.
Que lo único que te pedía cada noche, era que cuando a su cuerpo cansado le tocara descansar, también pudiera descansar su alma sin tener que andar sufriendo, penando por ahí extraviada como un perro. No dudo, Señor, que a un alma así, tendrás ganas de tenerla Vos también allá en tu cielo. También yo te pido, Padre Nuestro, poder un día compartir tu cielo, con mi comunidad de ojos quietos. Como esas lagunas de la pampa, también yo espero con ganas ese amanecer.
Hace cincuenta años su madre esperaba sufriendo una carta que él nunca le escribiera. Y esa carta no escrita hace cincuenta años, volvía ahora hecha espina en su corazón y le llenaba los ojos de lágrimas a este hombre, rostro pampa barbechado de arrugas. Terminó diciéndome, Señor, que siempre te decía que cuando Vos lo precisaras, lo llamaras nomás, que él siempre estaba dispuesto.
Que lo único que te pedía cada noche, era que cuando a su cuerpo cansado le tocara descansar, también pudiera descansar su alma sin tener que andar sufriendo, penando por ahí extraviada como un perro. No dudo, Señor, que a un alma así, tendrás ganas de tenerla Vos también allá en tu cielo. También yo te pido, Padre Nuestro, poder un día compartir tu cielo, con mi comunidad de ojos quietos. Como esas lagunas de la pampa, también yo espero con ganas ese amanecer.
Señor, abrí tus ojos y mirá. No son los hombres muertos los que te dan gloria y justicia; no son esos que tienen el alma de sobra, extraviada fuera de sí mismos.
Los que te dan gloria y justicia son los que tienen el alma afligida; atorada de cansancio y de aguantar; los ojos tristes y el alma hambrienta (Baruc 2, 17-18).
por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande.
viernes, 21 de septiembre de 2012
La luz y las pupilas (Meditación)
Felices los afligidos
Porque serán consolados.
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| La luz y las pupilas |
En el encierro de nuestra pequeña geografía familiar, bajo la abundancia de luz de nuestra lámpara de mesa, nuestras pupilas se habían ido reduciendo. Esa presencia tan cercana de la luz, esa necesidad casi inexistente de esfuerzo para nuestras pupilas las fueron reduciendo en su búsqueda, haciéndolas receptivas sólo en una mínima parte de su inmensa capacidad de visión.
Por eso, al apagarse al luz familiar y al entrar bruscamente en la noche del camino, la oscuridad nos parece abrumadoramente espesa. Uno llega a creer que en la noche no hay nada de luz. Uno sabe por intuición y por memoria, de la existencia de las cosas, de los árboles, de los charcos del camino. Pero en ese momento, en el tiempo de transición, todas las cosas carecen de realidad y confunden sus formas en esa carencia absoluta de luz.
Es entonces cuando la mirada busca instintivamente el cielo. Porque el hombre lleva metida hasta en su sangre la verdad de la relación entre luz y cielo. Pero hay veces en que el cielo está nublado. Y cuando el cielo está nublado, todo se ve más oscuro. Y sin embargo nuestros ojos rastrean el cielo, tratando de tomarlo al menos como fondo sobre el que se pueden distinguir las formas borrosas de los árboles y de las cosas de dimensiones mayores.
Frente a lo espeso de la oscuridad, nuestros ojos buscan al menos el borroso contorno de los objetos familiares como punto de referencia. Y en esa búsqueda de las cosas con el cielo como trasfondo, poco a poco nuestras pupilas se van dilatando. Se va despertando en nosotros esa capacidad adormecida de percibir la gran luminosidad adormecida en de percibir la gran luminosidad difusa en toda noche. Al rato uno se sorprende del aumento de luz. Y tal vez lo único que ha sucedido, es que ha aumentado nuestra capacidad de percibirla. Y con ello las cosas van recuperando su concreta realidad, y nosotros la alegría y libertad de movernos entre ellas.
Si esa noche avanza hacia el amanecer, entonces, junto al dilatarse de nuestras pupilas, el horizonte crece también en luminosidad, y uno participa de la alegría profunda de sentir en la mañana crecer alrededor de uno y en uno mismo, al colaborar en su construcción.
A una pareja de jóvenes amigos acaba de apagárseles la pequeña lámpara familiar. Se les ha muerto un hijito. Y sin embargo ese hijito les ha enriquecido el corazón con muchas verdades que ellos han leído en las cosas, ayudados por su luz. Porque la lámpara familiar regala al corazón muchas verdades que son material de rumia cuando los ojos se adentran en la noche.
¡Quisiera, Señor, que estés junto a ellos, noche adentro, en este tiempo de rumia! ¡en este tiempo del dilatarse de sus pupilas! y que junto a Vos caminen unidos hacia la alegría del amanecer, que devolverá su verdad a cada cosa y a cada hombre la alegría de vivir, al sentir sus manos comprometidas en el trabajo, en la vida y en el amor. Mientras se dilatan sus pupilas, alúmbrales, Señor, las manos, para que puedan seguir creyendo en la vida.
Si gastás tu noche llorando la puesta del sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas. (Proverbio árabe).
por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande.
jueves, 20 de septiembre de 2012
Lo inmediato y la noche (Cuentos y Relatos)
Este es un cuento viejo. Lo he escuchado mucha veces y de distintas manera. Pertenece a aquello que han rodao mucho y que vienen muy golpeados. Diría que no sólo lo he sentido contar en forma de cuento, sino que a veces en mi vida de cura lo he tenido que escuchar como historia. Claro que son muchas variantes, según los casos.
Erase una noche de invierno. Y en ella una pareja que habitaba un rancho frío, por el que se colaba el viento pampero haciendo parpadear el candil de sebo que lo alumbraba. Don Ciriaco y la Nemesia, su mujer, aparentemente ya no tenían nada que decirse. Hacía añares que vivían juntos, y los hijos emplumados habían dejado el rancho buscando otros horizontes donde anidar. La ancianidad se les iba acercando despacio como para que tuvieran todo el tiempo de sentirle los pasos cansados.
Se encontraban uno frente al otro, simplemente porque el braserito improvisado con una lata, estaba entre ellos. Sus miradas clavadas en los carbones incandescentes que de vez en cuando chisporroteaban, buscaban mirar realidades muy lejanas. El diálogo ya parecía inútil. Se había desdoblado en dos monólogos interiores en el que cada uno soliloquiaba con sus propios recuerdos.
-¡Velay con mi triste suerte! - se decía Ciricaco -. Haber renunciado a tantas cosas por atarme a la Nemesia. Yo era tropero libre. Sólo los caminos eran mi querencia. Anidaba al sereno, y entre el montado y el carguero repartía mi cuerpo y mis cosas en mi libre andar de pago en pago. Pero un día me embretaron los ojos de la Nemesia, y me dejé pialar de parado nomás. Me aquerenció en este trozo de tierra, y aquí levanté este ranchito lleno de sueños, que ahora de apoco va despajando el pampero, yo que podría haber llegado a tener tropilla de un pelo con madrina y cencerro. Yo, que habría podido conocer mundo, aquí estoy, estaqueado entre dos horcones por haber creído que la Nemesia me iba a hacer feliz. Quizá la pobre no pudo dar más. Pero lo mismo. Aquí estoy y es esta mi triste suerte.
También la Nemesia tenía sus recuerdos para rumiar. Ella había sido la flor del pago. Cuántas veces los troperos al pasar habían detenido adrede sus fletes delante del rancho, con cualquier excusa, por el simple deseo de recibir de sus manos el mate cordial y prometedor. Si recordaba patente aquella tarde en que él, mozo guapo, con montado y carguero de tiro, había pedido humildemente permiso para desensillar en cualquier parte, mientras con la mirada decía bien a las claras, cual era el patio donde quería hacer pie. Tantas cosas había ella soñado aquella noche. Sus ilusiones le habían prometido un futuro feliz, con horizontes infinitamente más amplios que los de aquel rancho que terminaba con la mirada entre los cardos y el pajonal. Lo vio libre, y se imaginó que sería el creador de la libertad. Lo vio fuerte, y lo soñó el distribuidor de la firmeza y la seguridad. No estaba segura de haberse equivocado. Pero sentía pena que no le había podido llenar sus sueños.
Y así estaban los dos, en sus soliloquios, deseando imposibles y desperdiciando oportunidades. Pidiendo a Dios en el secreto de sus corazones todo aquello que creían podría llenar sus anhelos y curar sus frustraciones.
Y Dios los estaba escuchando. Como escucha todo lo que pasa por dentro del corazón de cada uno de nosotros, aunque no nos animemos a sacarlo hecho súplica y palabra. Y Tata Dios en su bondad quiso hacerles dar un paso hacia delante. Eligió a uno de sus mejores chasquis. Mandó al ángel Gabriel que fuera de un volido a llevarles su propuesta.
¡Impresionante el refucilo! A pesar de lo serenito de aquella noche de pampero frío en que las estrellas brillaban como nunca, el rancho fue sacudido por el trueno, y un relámpago lo llenó de luz. La Nemesia se santiguó, como en un conjuro, mientras que Ciriaco levantó instintivamente el brazo izquierdo a la altura de la cara, como si en él tuviera enrollado el poncho.
-¡Nómbrese a Dios! ¡La paz con ustedes! ¡No tengan miedo! - dijo Gabriel con tono tranquilo, como para infundirles confianza.
No podían creer lo que sus ojos veían a pesar del encandilamiento. En su mismo rancho, una ángel del cielo había aparecido, y les hablaba. Si parecía un sueño. Pero no. Ahí estaba, todo resplandeciente, hecho un temblor de luz, trayéndoles un mensaje del mismo Tata Dios para ellos dos.
-¡Nómbrese a Dios! ¡La paz esté con ustedes! - volvió a repetir el arcángel San Gabriel -. Vengo de parte de Tata Dios para anunciarles que El ha escuchado lo que ustedes piensan ,desean y andan diciéndose en su corazón. Y ahora les manda el siguiente recado: tres deseos se les van a cumplir. Los primeros que ustedes pidan. Usted, doña Nemesia, tiene derecho a pedir individualmente un deseo. El primero que pida en voz alta se le va a cumplir en el acto. Lo mismo para usted, don Ciriaco. Lo primero que se le ocurra en voz alta será cumplido en el acto. Piénselo bien cada uno. Porque más luego, tendrán todavía la oportunidad de un tercer deseo. Pero para que éste se realice tendrán que ponerse de acuerdo los dos y pedirlo en forma conjunta. Ya saben: piénsenlo bien, y que Dios esté con ustedes.
Dichas estas palabras el ángel desapareció como había venido, en medio de un refucilo de luces y temblor de plumas.
Imagínense cómo habrán quedado los dos esposos con semejante sorpresa. No podía hacerse a la idea. Pero al final tomaron conciencia de que la cosa era cierta. La primera en reaccionar fue la Nemesia. Como fuera de sí por la emoción, se levantó de un salto y tomando el banquito donde estaba sentada lo dio vueltas dando la espalda a su esposo, mientras le decía:
- ¡Por favor Ciriaco, no me digas nada, no me hables! Dejame pensar a solar lo que tendré que pedir. - Y luego exclamó para sí: ¡Ay, mi diosito lindo! Quien lo hubiera imaginado! Podré al fin cumplir mis sueños. Esos que el Ciriaco nunca pudo darme -.
Y extasiada consigo misma comenzó a pasar a toda velocidad la película de sus sueños, sus deseo y sus ambiciones personales. Pensó en pedir de nuevo la juventud, la belleza, las oportunidades. Luego se imaginó que todo eso era poco. Pediría plata, salud, larga vida. Tampoco así quedaba satisfecha del todo. Debería pedir además amistades, un palacio, vestidos, cantidad de sirvientes, y la oportunidad de hacer fiestas todas las semanas.
Mientras la Nemesia continuaba su soliloquio fantasioso, el Ciriaco hacía más o menos lo mismo. Dando vueltas la cabeza de vaca que le servía de asiento, comenzó a golpearse despacito las botas con la lonja de su rebenque, mientras soltaba la tropilla de ambiciones por los campos de su imaginación. Ya se veía al trotecito del redomón haciendo punta a su tropilla de un pelo, con madrina zaina y cencerro cantor. La estancia que pensaba pedir no tendría límites, y la hacienda que la poblaría no necesitaría ser contada. Hasta donde diera la vista, campo y cielo, todo sería de don Ciriaco.
En estos y otros pensamientos estaban ambos, mientras la noche seguía su curso y el pampero enfriaba cada vez más el interior del rancho. Entumecida por la inmovilidad y la temperatura exterior, la Nemesia volvió a la realidad buscando con los ojos el brasero. Se dio vuelta y volvió a estirar sus manos sobre él para calentarse un poco. Y cayó en la trampa. Al ver aquellas brasas rojas y sobre ellas la parrillita, no va y se le cruza el maldito con una tentación haciéndole imaginar un chorizo chirriando sobre los carbones encendidos. Imaginarlo y desearlo es casi lo mismo. Lo peor fue que lo expresó en voz alta:
-¡Qué hermosas brasas! ¡Cómo me gustaría tener aquí sobre la parrillita un chorizo de dos cuartas de largo asándose!
¡Para qué lo habrá dicho! Aunque ni se le había pasado por la mente que este sería su pedido, de hecho lo fue. Decirlo y suceder fue lo mismo. Porque en ese preciso instante un hermoso chorizo aparecido milagrosamente goteando grasa en el centro del brasero, sobre la parrillita.
Nemesia pegó un grito. Pero ya era tarde. Su pedido estaba realizado. Se quedó atónita mirando el fuego y sintiendo el crepitar de las gotitas de grasa al caer sobre las brasas, mientras un humo apetitosos comenzaba a llenar el rancho. Ciriaco, que casi ni había escuchado a su mujer, volvía la realidad con su grito. Fue ver, y darse cuenta de lo sucedido. Y como era hombre de genio arrebatado y de palabra rápida, también él cayó en la trampa que parecía pensada por el mismo Mandinga. Se levantó de un salto y dirigiéndose a su mujer la apostrofó:
-¡Pero mujer! Tenías que ser siempre la misma. Mirá lo que has hecho. Venir a gastar la gran oportunidad de tu vida pidiendo solamente un miserable chorizo. Si sería como para sacarte zumbando ahora mismo del rancho. Tenías que ser vos, siempre la misma arrebatada, incapaz de pensar con la cabeza antes de meter la pata. ¡Cómo me gustaría que este chorizo se te pegar en la nariz y no te lo pudieras sacar!
¡Para qué lo habrá dicho! Porque el hombre no imaginó que al decir aquello estaba expresando en voz alta su primer deseo. De esto solo se percató cuando ante sus ojos asombrados vio cómo el chorizo pegaba un brinco desde el brasero para ir a colgarse de la punta de la nariz de Nemesia. Imagínense el grito de dolor y de rabia de la mujer al sentir que su nariz ardía por la quemadura, lo mismo que sus dedos al querer sacárselo.
La escena que siguió no es para describir, sino para imaginar. Porque ahora le tocó el turno a la Nemesia, que arremetió con todo lo peor de su abundante vocabulario para hacerle sentir al Ciriaco la enormidad de lo que acababa de realizar. Porque no sólo había malgastado también él su oportunidad, sino que lo había hecho provocándole semejante estropicio a ella.
Todo fue inútil para calmarla. El Ciriaco se arrodilló, suplicó, lloró, prometió, quiso hacer que la Nemesia se calmara para reflexionar. Pero nada. Y no ea para menos. Gritaba pidiendo que se llamara inmediatamente al ángel para que en forma conjunta le pidieran que se pudiera sacar de su nariz ese maldito chorizo que la estaba martirizando.
Ciriaco sintió que el mundo se le venía abajo. Acababan de desperdiciar ambos su oportunidad personal, y ahora veía con angustia que tendrían que malgastar también la tercera posibilidad de ser felices, simplemente tratando de arreglar el desastre que habían provocado. Pero no le quedaba otra alternativa que ceder. Y con pena cedió.
El ángel fue llamado. Apareció en el pobre rancho llenándolo nuevamente de luz. Escuchó con bondad la súplica compungida del hombre en favor de su mujer, y simplemente dijo:
-¡Hágase como ustedes han deseado!
En aquel mismo instante todo volvió a estar como al principio. Solamente que a la pobre Nemesia le quedó ardiendo la nariz, y por todo el rancho los cuzcos y perros grandes andaban husmeando en busca del chorizo desaparecido.
A veces se me ocurre pensar que el cuento podría haber terminado diferente, si lo hubiera podido inventar yo. Me lo imaginaría al Ciriaco tomándolo de las manas a la Nemesia, y mirándola profundamente a los ojos, le diría:
-Al fin tengo la oportunidad de cumplir tus sueños. Quisiera saber cuáles son tus esperanzas y anhelos, porque deseo gastar esta gran oportunidad de mi vida, en tu favor.
Emocionada la Nemesia le respondería más o menos de la misma manera. Gastaría su oportunidad pidiendo que se cumplieran los sueños de Ciricaco.
Y todavía les quedaría la tercera posibilidad conjunto. Sugiero que la piensen ustedes mismos. Porque este cuento tiene que completarlos cada uno según el momento del cuento en que esté.
por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande
miércoles, 19 de septiembre de 2012
La misión de las manos (Meditación)
Quien cultiva su tierra,
se hartará de pan;
quien persigue sombras,
es un imbécil
(Proverbios 12, 11)
No tenemos en nuestras manos las soluciones para los problemas del mundo. Pero frente a los problemas del mundo, tenemos nuestras manos. Cuando el Dios de la historia venga, nos mirará las manos.
El hombre de la tierra no tiene el poder de suscitar la primavera. Pero tiene la oportunidad de comprometer sus manos con la primavera. Y así que la primavera lo encuentra sembrando. Pero no sembrando la primavera; sino sembrando la tierra para la primavera. Porque cada semilla, cada vida que en el tiempo de invierno se entrega a la tierra, es un regalo que se hace a la primavera. Es un comprometer las manos con la historia.
Sólo el hombre en quien el invierno no ha asesinado la esperanza, es un hombre con capacidad de sembrar. El contacto con la tierra engendra en el hombre la esperanza. Porque la tierra es fundamentalmente el ser que espera. Es profundamente intuitiva en su espera de la primavera, porque en ella anida la experiencia de los ciclos de la historia que ha ido haciendo avanzar la vida en sucesivas primaveras parciales.
El sembrador sabe que ese puñado de trigo ha avanzado hasta sus mansos de primavera en primavera, de generación en generación, superando los yuyales, dejándolos atrás. Una cadena ininterrumpida de manos comprometidas ha hecho llegar hasta sus manos comprometidas, esa vida que ha de ser pan.
En este momento de salida del invierno latinoamericano es fundamental el compromiso de siembra. Lo que ahora se siembra, se hunde, se entrega, eso será lo que verdeará en la primavera que viene. Si comprometemos nuestras manos con el odio, el miedo, la violencia vengadora, el incendio de los pajonales, el pueblo nuevo sólo tendrá cenizas para alimentarse. Será una primavera de tierras arrasadas donde sólo sobrevivirán los yuyos más fuertes o las semillas invasoras de afueras.
Tenemos que comprometer nuestras manos en la siembras. Que la madrugada nos encuentre sembrando. Crear pequeños tablones sembrados con cariño, con verdad, con desinterés, jugándonos limpiamente por la luz en la penumbra del amanecer. Trabajo simple que nadie verá y que no será noticia. Porque la única noticia auténtica de la siembra la da sólo la tierra y su historia, y se llama cosecha. En las mesas se llama pan.
Si en cada tablón de nuestro pueblo cuatro hombres o mujeres se comprometen en esa siembra humilde, para cuando amanezca tendremos pan para todos. Porque nuestra tierra es fértil. Tendremos pan y pan para regalar a todos los hombres del mundo que quieran habitar en nuestro suelo.
Si amamos nuestra tierra, que la mañana nos pille sembrando.
por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande.
martes, 18 de septiembre de 2012
Los ojos de Dios (Meditación)
Felices los que tienen un corazón puro
porque ellos verán a Dios.
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| Los ojos son el espejo del alma |
El río de agua turbia, en cambio, es opaco. No deja pasar la luz, y sólo muestra la mugre que boya en la superficie. Embarra y ensucia sobre todo aquello donde pasa su correntada; y si un día se desborda e invade la vida de los hombres, al retirarse deja un hediondo recuerdo de su presencia.
He visto crecientes de ríos turbios, allá en mi litoral. Crecientes que al retirarse dejaron emponzoñadas las napas de agua donde se abrevaban los hombres. Del barro que dejaron brotó al epidemia que mató muchos niños chiquitos. Es que al pasar sobre los resumideros y las cloacas, sacó a flote todo lo malo que encontró en su camino. Hasta profanó la tumba de algunos difuntos (¡que en paz descansen los huesos!).
He visto crecientes de ríos turbios, allá en mi litoral. Crecientes que al retirarse dejaron emponzoñadas las napas de agua donde se abrevaban los hombres. Del barro que dejaron brotó al epidemia que mató muchos niños chiquitos. Es que al pasar sobre los resumideros y las cloacas, sacó a flote todo lo malo que encontró en su camino. Hasta profanó la tumba de algunos difuntos (¡que en paz descansen los huesos!).
Cuando Magdalena entró en la sala del rico Simón, los ojos turbios de los que compartían la mesa con el Señor, sólo vieron al superficie del misterio de aquella vida. Y el agua turbia de sus miradas embarró el misterio de esa cabellera suelta y de su profusión de perfume, y de allí sólo sacó a flote la imagen de la prostituta. Y hasta la misma figura de Señor fue salpicada por ese barro del río sucio: Si este hombre fuera un profeta...
La mirada clara y limpia del Señor pasó también sobre la mujer y dejó que la luz penetrara hasta el fondo del cauce de su misterio y allí descubrió el brillo de las piedras, el brillo de un corazón que amaba mucho.
El resbalar de su mirada limpia, limpió ese corazón y le regaló su auténtico brillo. Y esa mujer se fue liberada. Liberada y comprometida en su nueva vida, donde su brillo iluminaría a otras vidas. Lo fundamental de su vida sería un anuncio: ¡El Señor ha resucitado!
Como anuncian las piedras del cauce, el paso del río.
Entre los hombres las aguas claras nacen en la fría soledad de las cumbres. Allí han vivido en fidelidad de largo diálogo invernal con la Roca, sabedora de vendavales. De rostro al sol, un día la primavera las puso en movimiento.
Y allá van:
Cantando su canto
lavando las piedras,
regando los surcos
camino del mar.
Su cauce es humilde,
su canto es pequeño,
su fuerza se llama
cotidianeidad.
Partiendo las rocas
abrieron gargantas,
y abrevaron pueblos
siempre sin parar.
Las mantiene el cerro
cargado de nieves,
que alimenta el cielo
donde Dios está.
por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande.
Los dos paraísos (Cuentos y Relatos)
En el patio de tierra de mi casa había dos grandes paraísos.
De chico nunca me pregunté si ellos también habrían nacido, crecido, o sido trasplantados.
Simplemente estaban allí, en el patio, como estaban el cielo las estrellas, la cañada en el campo, y el arroyo allá dentro del monte. Formaban parte de ese mundo preexistente, de ese mundo viejo con capacidad de acogida que uno empezaba a descubrir con asombro.
Eran lo más cercano de ese mundo porque estaban allí nomás, en el medio del patio, con su ancho ramerío cubriéndolo todo y llenando de sombra toda la geografía de nuestros primeros gateos sobre la tierra.
Ellos nos ayudaron a ponernos de pie, ofreciéndonos el rugoso apoyo de su fuerte tronco sin espinas. Encaramados a sus ramas miramos por primera vez con miedo y con asombro la tierra allá abajo, y un horizonte más amplio alrededor.
Los pájaros más familiares, fue allí donde los descubrimos. En cambio los otros, los que anidaban en la leyenda y en el misterio de los montes, los fuimos descubriendo mucho después, cuando aprendimos a cambiar de geografía y a alejarnos de la sombra del rancho.
Fue en ellos donde aprendimos que la primavera florece. Para setiembre el perfume de los paraísos llenaba los patios y el viento del este metía su aroma hasta dentro del rancho. No perfumaban tan fuerte como los naranjos, pero su perfume era más parejo. Parecía como que abarcara más ancho. A veces, un golpe de aire nos traía su aroma hasta más allá de los corrales.
También nos enseñaron cómo el otoño despoja las realidades y las prepara para cuartear el invierno. Concentrando su savia por dentro en espera de nuevas primaveras, amarilleaban su follaje y el viento amontonaba y desamontonaba las hojas que ellos iban entregando.
En otoño no se esperaba la tarde del sábado para barrer los patios. Se los limpiaba en cada amanecer.
¡Cuántas cosas nos enseñaron los dos viejos paraísos, nada más que con callarse!
Fue apoyados en sus troncos, con la cara escondida con el brazo, donde puchereamos nuestros primeros lloros después de las palizas. Allí, en silencio, escuchaban el apagarse de nuestros suspiros entrecortados por palabras incoherentes que puntuaban nuestras primeras reflexiones internas de niños castigados. Y en el silencio de sus arrugas, guardaron junto con nuestros lagrimones esas primeras experiencias nuestras sobre la justicia, la culpa, el castigo y la autoridad.
Y luego, cansados de una reflexión que nos quedaba grande y agotada nuestra gana de llorar, nos alejábamos de sus troncos y reingresábamos a la euforia de nuestros juegos y de nuestras peleas.
Cuando jugábamos a la mancha, transformaban su quietud en la piedra del "pido" que nos convertía en invulnerables. Y en el juego de la escondida escuchaban recitar contra su tronco la cuenta que iba disminuyendo el tiempo para ubicar un escondite. Y luego eran la meta que era preciso alcanzar antes que el otro, para no quedar descalificado. Ellos participaron de todos nuestros juegos y fueron los confidentes de todos nuestros momentos importantes.
Escondidos detrás de sus troncos, nuestra timidez y viveza de chicos de campo espiaba a las visitas de forasteros, mientras escuchábamos nuevas palabras, otra manera de pronunciarlas y nuevos tonos de voz, que luego se convertían en material de imitación y de mímica para las comedias infantiles en que remedábamos a las visitas. Así fue como aprendí la palabra "etcétera", que me causó una profunda hilaridad, y que al repetirla luego a cada momento y para cualquier cosa, nos hacía reír a todos en la familia. En mi familia siempre producían hilaridad las palabras esdrújulas.
Al llegar la noche, todo nuestro mundo amigo se atrincheraba alrededor de los paraísos. El farol que se colgaba de una de sus ramas creaba una pequeña geografía de luz que era todo lo que nos pertenecía en este mundo. Más allá estaba el reino de la noche desde donde nos venían los gemidos de las ranas sorprendidas pro las culebras; y hacia donde los perros hacían rápidas salidas para defender nuestro reino sitiado. Desde la noche sabía llegar hasta nuestro puerto de luz algún forastero o algún amigo náufrago de las sombras que había logrado ubicar el faro de nuestra lámpara suspendidas de las ramas de los paraísos. Desde lo más hondo de la noche remaban hacia la lámpara miles de insectos: las luciérnagas describían amplios círculos de luz alrededor de los paraísos, y a veces volvían a hundirse en la inmensidad sideral de la noche como pequeños cometas de nuestro pequeño sistema solar. Otras veces, encandiladas por la luz del farol, terminaban en nuestras manos llenándolas de todo eso misterioso que brilla en las noches.
Cuando me vine hacia el sur, la imagen de los paraísos vino conmigo, y conmigo fue creciendo al ritmo de mi propio crecimiento. Los veía simplemente como parte de mi propia historia.
Al volver luego de unos años, me impresionó ver nuevamente a mis dos viejos paraísos familiares. Sí. Eran los mismos: ocupaban el mismo sitio; los aseguraban las mismas raíces y los identificaba por las mismas arrugas de sus troncos amigos.
Y sin embargo me parecieron más pequeños. Cierto: la cabellera de sus copas había raleado, y tal vez sus ramas ya no fueran tan flexibles. Pero fundamentalmente habían quedado iguales; idénticos. No fue por haber cambiado por lo que me resultaron más pequeños. Yo diría que fue mi relación con ellos lo que había crecido, lo que me daba de ellos una visión distinta.
Quizá no es que los viera más pequeños; sino que ya no me parecían tan altos, ni tan ancha su sombra, ni tan difíciles de subir, ni tan imprescindibles dentro de la geografía del mundo que me tocaba habitar. Mientras tanto, yo ya había conocido otros árboles grandes, importantes, útiles o amigos, y a lo mejor había adornado inconscientemente con esas dimensiones prestadas a mis dos viejos paraísos familiares.
Ahora, al verlos en su realidad concreta, desmitizados de mis adornos fantasiosos, comencé a darme cuenta de sus auténticos límites, de la dimensión concreta de sus ramas. Podría decir que casi afloró a mi conciencia un descubrimiento:
"Mis dos viejos paraísos también tenían su historia."
Historia personal, intransferible. Su existencia no era sólo relación conmigo. También ellos habían nacido en alguna parte, habían tenido su historia de crecimiento, para luego ser trasplantados juntos y compartir la historia de un mismo patio. El estar allí, el compartir su vida con nosotros, su sombra y el ciclo de sus otoños y primaveras, era el resultado de decisiones que bien hubieran podido ser distintas, y con ello totalmente otra mi propia historia y mi geografía personal.
Me di cuenta de la tremenda responsabilidad de sus decisiones; cosa que ningún otro árbol había tenido, ni jamás podría tener en mi vida.
Y pienso que, si hoy todo árbol es mi amigo, esto se debe a la calidez de amigo que supe encontrar allá en mi emplumar, en aquellos dos paraísos familiares. Ellos dieron a mis ojos, a mi corazón y a mis manos, esa imagen primordial que trataría de buscar en cada árbol luego en mi vida.
Insisto. Esto lo empecé a ver y a comprender cuando desmiticé a mis dos viejos paraísos de todo lo que no era auténticamente suyo. Cuando comprendí que también ellos tenían unas dimensiones concretas y relativamente pequeñas; cuando les descubrí sus carencias y cuando supe que su existencia almacenaba, como la mía una cadena de decisiones personales, y no un mero sucederse de preexistencias sin historia. Cuando me di cuenta de que tenían menos dimensiones de las que yo me imaginaba, y más méritos de los que yo suponía.
Hoy aquel patio familiar existe sólo en mi recuerdo. Los dos paraísos han dejado en pie dos grandes huecos de luz. Buscando sus copas mis ojos miran para arriba y se encuentran con el cielo.
No han muerto. Y pienso que no morirán nunca, porque rama a rama se van quemando en el fogón familiar, y de cada astilla que se ha vuelto ceniza se ha liberado la tibieza que calienta nuestros inviernos. Y sus troncos rugosos se han vuelto tablas de la mesa familiar que nos seguirá reuniendo a los hermanos distantes para compartir el pan.
por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande
lunes, 17 de septiembre de 2012
La doma del corazón (Cuentos y Relatos)
Me has seducido, Señor Dios,
y yo me dejé seducir;
me has agarrado, y me has podido
Jeremías 20, 7
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| La Doma del Corazón |
Cierto que a veces Dios puede invertir esos dos tiempos. Nos hace partir ingenuamente en una actitud de acción en la fidelidad, para luego llevarnos a esa rumia peleada en la intimidad. Y puede suceder que a veces hasta nos entrevere las dos realidades, que tienen así que ser vividas a la vez en una fidelidad clara por fuera, y en una lucha profunda y oscura por dentro.
Pero suele ser frecuente la primera forma. Dios nos pone frente a un misterio exigente de nuestra vida. Nos llama a negarnos a nosotros mismos, a tomar nuestra cruz y a seguirlo. Nuestro corazón, tomado por sorpresa, no logra aceptarlo y se subleva. Y Dios nos invita a aceptar ese corcovear de nuestro corazón.
Dios no se asusta de nuestra lucha por domar el corazón a fin de prepararlo para la disponibilidad. El Señor Dios acepta la queja, la protesta, y hasta la blasfemia contra sí o contra lo nuestro. Porque el Señor Dios, como todo viejo domador, conoce que la mejor entrega es aquélla que previamente ha probado la incapacidad de resistir, en eso de agotar todos los recursos para liberarse de esa otra voluntad más fuerte. Esa otra voluntad que nos lleva a poner todo nuestro brío al servicio de algo.
Dios no se asusta de nuestra lucha por domar el corazón a fin de prepararlo para la disponibilidad. El Señor Dios acepta la queja, la protesta, y hasta la blasfemia contra sí o contra lo nuestro. Porque el Señor Dios, como todo viejo domador, conoce que la mejor entrega es aquélla que previamente ha probado la incapacidad de resistir, en eso de agotar todos los recursos para liberarse de esa otra voluntad más fuerte. Esa otra voluntad que nos lleva a poner todo nuestro brío al servicio de algo.
Tenemos así que comprobar, o hacerle comprobar a nuestro corazón, que Dios es tan ingenioso, o más, en eso de prever imprevistos, y en el no dejarse sorprender. Pareciera como que Dios quiere previamente mostrarle a nuestro corazón toda su capacidad de fuerza y toda su riqueza de recursos. La riqueza oculta en Dios, y también la riqueza que hay en el propio corazón.
Una vez que el corazón haya comprendido la grandeza y la misteriosa fuerza de Dios, se animará al fin a poner su propia riqueza al servicio de la fuerza de Dios, y a trabajar en algo realmente positivo. Pero esa riqueza primero hay que descubrirla en la lucha por dentro con Dios.
El corazón no perderá su brío. No señor, al contrario. La dura lucha de la doma habrá llevado hasta sus límites la experiencia de sus fuerzas y sus posibilidades. Pero al haber tenido que enfrentarlas con las de Dios, habrá también experimentado sus propios límites y habrá descubierto "lo más allá" de Dios. Su frontera de misterio, más allá de la cual aún sigue su fuerza, su grandeza y su inteligencia.
Porque esa rica experiencia de la lucha lo dispondrá mejor para poner su propia fuerza y su instinto al servicio de la fuerza y del instinto inteligente de Dios. Sigo pensando que lo que construye al hombre no es la libertad, sino la disponibilidad para poner sus fuerzas y su libertad al servicio de algo… o de Alguien.
Porque esa rica experiencia de la lucha lo dispondrá mejor para poner su propia fuerza y su instinto al servicio de la fuerza y del instinto inteligente de Dios. Sigo pensando que lo que construye al hombre no es la libertad, sino la disponibilidad para poner sus fuerzas y su libertad al servicio de algo… o de Alguien.
por Mamerto Menapace, publicado en Cuentos Rodados, Editorial Patria Grande.
miércoles, 12 de septiembre de 2012
El juicio de Dios Padre
Felices los misericordiosos
Porque ellos alcanzarán misericordia.
Porque ellos alcanzarán misericordia.
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| Nuestra Señora de la Misericordia |
Lo que nunca hacía era tener compasión de nadie, y despreciaba a su sirvienta. Nunca dio un pedazo de pan a un pobre y jamás perdonó una ofensa. Y le parecía que tener misericordia, no era un mandamiento digno de ella.
Al fin de muchos años le llegó su turno: se murió de vieja. Al llegar al cielo, San Pedro le revisó el legajo y le cerró la puerta. Indignada y furibunda le armó un escándalo; pero San Pedro no quiso atender a sus protestas. No encontraba entre sus datos ningún motivo para abrirle la tranquera. Se la llevaron nomás los diablos, y a su llegada le organizaron una "fiesta".
Con todo, sus santos protectores fueron ante el Padre Eterno a quejarse y pedir que interviniera. Y el Padre Eterno, que quiere que reine la paz en su cielo, accedió a revisar las cuentas. Llamó al ángel más fornido y señalándole allá abajo a la señora, mandó que fuera y la trajera.
Y allá fue don Angel de un zumbido, cayendo entre los diablos como chimango en pichonera. La tomó a la Doña ente sus brazos y dispuso a retomar de vuelta. Al verlo el diablo que estaba más cercano de ella, se dio cuenta de que se la llevaban para el cielo, y quiso aprovechar para huir de los infiernos y de un salto se aferró a sus piernas que ya estaban en el aire.
Otro diablo, al verlo remontarse, repitió la treta, y se agarró a los pies de su colega. Y así uno tras otro se fueron agarrando, formando una cadena. Y al irse remontado el ángel, iba sacando a todos los diablos del infierno como quien desenrolla una madeja.
Otro diablo, al verlo remontarse, repitió la treta, y se agarró a los pies de su colega. Y así uno tras otro se fueron agarrando, formando una cadena. Y al irse remontado el ángel, iba sacando a todos los diablos del infierno como quien desenrolla una madeja.
La señora del cuento entonces miró a sus pies, y al ver que los diablos se salvaban con ella, le entró una tremenda indignación y comenzó a gritar:
-¡Qué horror, de ninguna manera!
Y comenzó a dar taconazos y patadas, para librarse de toda esa caterva. A cada patada se soltaba un diablo, y con él se rompía la cadena, que volvía dando tumbos al infierno, levantando una tremenda polvareda. Desesperado el primer diablo se aferraba con las dos manos y los dientes, de sus piernas, para un certero taconazo lo tumbó, justo mismo al llegar a la tranquera.
Y así llegó la señora a presentarse, ante Dios Padre, y jadeante y satisfecha. Satisfecha de haber preservado el orden de las cosas: los santos en la gloria, los demonios en la hoguera.
Pero Dios Padre la miró a los ojos, y tomándola por los hombros indignado la arrojó nuevamente a las tinieblas. Y luego, dirigiéndose a sus santos, pronunció sentencia eterna:
Un juicio sin misericordia
para quien misericordia no tuviera.
El que tenga los oídos para oír,
que escuche, por favor, y que comprenda.
por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande.
El pozo y los camellos
En las ciudades de los hombres hay fuentes que largan su chorro día y noche. Su misión no es la de abrevar a los hombres de la ciudad. Más bien cumplen con la función de alegrar la vista con su juego de agua en movimiento, y los oídos con su despreocupado murmullo en medio del bullicio. Fuentes que son visitadas por los turistas, hombres que llegan hasta ellas sin sed y con una máquina de fotografiar en bandolera.
Abundancia de aguas inútiles, derrochadas frente a hombres sin sed. Armonía de movimientos y colores para entretener a hombres que necesitan gastar su tiempo, porque se han detenido en la vida al quedarse sin metas. Fuentes conocidas por todo el mundo.
En la Plaza de San Pedro, compré una vez por noventa liras, diez tarjetas postales con diez fuentes distintas que había visitado en una sola mañana en que no sabía qué hacer. En ninguna de ellas sentía necesidad de beber.
Pero en el país de los nómades, las cosas son diferentes. En la tierra de hombres en movimiento, con metas difíciles y lejanas, no hay fuentes, sino solamente pozos. Pozos del desierto, distantes y ocultos bajo la monotonía de los arenales. Abrevadas en un pozo, hay caravanas que a veces tienen que caminar con urgencia largo tiempo antes de encontrar el más próximo. Y a veces su presencia es tan irreconocible que no les queda más remedio que fiarse del instinto afiebrado de sus camellos sedientos, que buscan rumbos olfateando el viento.
Pero los camelleros saben también que cuando la sed se agranda, comienzan los espejismos. En los cerebros recalentados despiertan entonces las tarjetas postales de fuentes exuberantes y tentadoras que llevan a las dunas donde sólo está la muerte. ¡Pobre el turista que se adentre en el desierto con su cerebro equipado con postales de fuentes! Probablemente morirá de sed autoengañado, a poco trecho del pozo que podría haberle devuelto a la vida pero que le permaneció oculto, simplemente porque su presencia no se manifestaba con los mismos signos que las fuentes para turistas con las que había equipado su imaginación.
En ese momento los conductores de camellos deben aferrarse a dos convicciones: que los camellos con más sed son los mejor equipados para encontrar el pozo, y que la misión de los conductores es hacer lo imposible por mantener unida la caravana sin permitir la desbandada de los camellos sedientos, ni el rezagarse de los camellos satisfechos. De lo contrario los camellos sedientos a lo mejor encontrarán el pozo, pero una vez abrevados se habrán quedado sin caravana, y por ello sin meta, encadenados a morir junto a ese pozo agotado bien pronto. Y los otros, la caravana sin sedientos, habrán perdido con ellos la única posibilidad de dar con el pozo que les habría permitido continuar su marcha hacia la meta.
La eliminación de los inquietos es el suicidio de las comunidades.
por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande.
El anochecer (Meditación)
Bienaventurados los hacedores de la paz
porque ellos serán llamados hijos de Dios
Una paz que parpadea en cada ruido que se apaga dejando su lugar a esos otros ruidos de la tarde. Los grillos se olvidaron de engrasar los ejes de su canto; y en su canto parece que respira la tarde entera.
¿Por qué esa paz no logra ganarse en mi alma? Porque verdaderamente me siento triste. Me siento extraño a todos esos seres que beben de la paz de la tarde.
Me siento lejos. Sí, lejos. Como si al terminar el día no hubiera hecho mis deberes de escuela. Como si no hubiera derecho a ese recreo de paz. ¿Sabés, Señor? como si me hubieras puesto en penitencia.
Siento que las cosas son mejores que yo. Pero son más niñas, más inconscientes. No tienen tantas cosas que hacer como yo. Ellas terminaron su día, y ahora entran en la paz. Todavía no van a la escuela; no tienen deberes sin hacer, ni sin terminar. A ellas no las llamás para preguntarles un montón de cosas como me preguntás a mí. A ellas las llevás en brazos a la paz de la noche, a medida que se van durmiendo: como a los chicos.
Conmigo empezás un diálogo. Un viejo diálogo. Por ello no gozo la paz. Siento que estoy despierto con vos, mientras las cosas duermen. Y es entonces cuando me siento con los deberes a medias: sin terminar.
Conmigo empezás un diálogo. Un viejo diálogo. Por ello no gozo la paz. Siento que estoy despierto con vos, mientras las cosas duermen. Y es entonces cuando me siento con los deberes a medias: sin terminar.
Me siento lejos; muy lejos de mi niñez. Sobre todo en esta hora de la tarde.
Te dije que no gozo la paz. Pero la siento. Te siento cerca, que no te interesan tanto mis deberes sin hacer, cuanto yo mismo. Te siento a vos mismo, como si cansado de tu función durante el día como maestro, quisieras ahora buscar mi amistad.
A esta hora de la tarde te siento también a vos cansado, Señor. también vos buscás al paz. Pero para poder gozarla, necesitás construirla. Y me invitás a mí a que te acompañe a construir la paz de la noche, mientras a mi lado en la noche mis hermanitas, las cosas niñas, duermen con su respiración de grillos.
A esta hora de la tarde te siento también a vos cansado, Señor. también vos buscás al paz. Pero para poder gozarla, necesitás construirla. Y me invitás a mí a que te acompañe a construir la paz de la noche, mientras a mi lado en la noche mis hermanitas, las cosas niñas, duermen con su respiración de grillos.
Una Luna overa viene gateando el cielo lentamente, hacia un nidito de estrellas que tiemblan en su constelación.
¡Señor de los grillos y las estrellas! ¿Qué te puede interesar mi mendrugo de paz, que venía a compartirlo? ¿Qué es el hombre, entre tus cosas niñas, para que te fijes en él y lo invites a compartir tu cansancio y tu responsabilidad de velar por la paz?
Como un hijo mayor, voy junto a vos con los ojos dilatados, noche adentro. Cuando despunte el alba: ¿descansaremos?
por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande.
La esperanza (Meditación)
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| La Esperanza |
El desanimado ha perdido el sentido de la lucha. Tal vez peor: la fuerza para luchar. Es entonces cuando es necesario hacerlo crecer hasta la desesperación, suscitándole la bronca. La bronca sembrada sobre el desánimo hace nacer la desesperación.
Y la desesperación superada, eso es la esperanza.
Por eso me parece imposible suscitar la esperanza en un desanimado a través de la compasión. Un desanimado no necesita de la lástima. La lástima es el reponso sobre el desanimado. Al desanimado hay que llevarlo a la bronca, a fin de que sacudido en su vergüenza asuma la desesperación y la supere. Allí, reconquistado el valor fundamental de su vida, emprenderá la lucha. Lucha que no pondrá sus garantías en las fuerzas personales, ni en las dotes de su naturaleza. Porque de ellas se tiene la experiencia de su fragilidad. Hasta cierto punto, sobre ellas el desánimo ha hecho la amputación de su capacidad de ser garantías.
La garantía se pone sobre algo mucho más profundo y más inagarrable. Sobre algo mucho más nuestro, en definitiva. Sobre el misterio de nuestra propia vida. Mi vida tiene un sentido. El vivirlo es lo que me permitirá ser. Esa convicción profunda es un acto profundo de fe en sí mismo. O mejor: es algo que llevamos por dentro y que nos puso en camino. Creer que mi vida tiene un misterio que puede ser cumplido. Saber que eso existe y que aunque no lo veo es lo único que da apoyo real a mi vida y a mis opciones, es algo que me hace superar la desesperación.
Pero insisto. Sólo la bronca puede llegar a hacernos crecer hasta la desesperación. Esa actitud profundamente humana, que no nos deja admitir que nuestra carezca de sentido. Y es la fuerza que el desanimado necesita para no dejarse estar. La desesperación no es la desesperanza. La desesperanza es carecer de esperanza, es la situación de no tener ya esperanza. Mientras que la desesperación es la situación de no tener aún esperanza y por lo tanto la urgencia tenaz por conquistarla.
En la práctica, pienso que hay situaciones en las que sólo nos queda una actitud humana razonable: sembrar con fe en el surco del amor para que poco a poco vaya creciendo la esperanza.
por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande
viernes, 7 de septiembre de 2012
El terito (Cuentos y Relatos)
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| Tero común |
Diría que parecía querer liberarse de su obligación pueblera de comunicarse sólo a través de las palabras o de las ideas. Tenía como hambre de un diálogo más total y realizado con todo su ser. Diría que se asombraba de poder escuchar con los ojos y de conversar con las manos, viviendo de cerquita lo que había imaginado de lejos.
Pero tenía un caudal de palabras. Sobre todo cuando entrábamos en la noche. Parecía como que le molestara el silencio. Me parecía como que se protegía de la noche hablando. No sentía el sueño como amigo. Necesitaba acostarse tarde y se levantaba tarde.
Por la mañana cumplía con todo un ritual que nosotros no acostumbrábamos. Parecía como que necesitara hacer la mañana a través de sus dientes, su cara, su cabello. Ocupada de sí misma en su equiparse para el día, no tenía tiempo ni oportunidad de contemplar y oír toda la liturgia que los animales, la madrugada y los pájaros oficiaban al inicio del día. Ocupada en el construir y organizar, parecía incapacitada para percibir, recibir y admirar. Ocupada en organizarse, se perdía los gallos, los benteveos, la despedida de las estrellas que se iban del cielo y la de las ovejas que se iban del corral.
Con todo, reconozco que tenía un alma muy sensible. Se encariñó con el terito de nuestro jardín. Tal vez lo que le gustaba era un jardín con un terito adentro. Un jardín con vida. Un jardincito con capacidad de alerta; que fuera capaz de anunciar con su grito alegre la presencia del que llega.
Por eso empezó a soñar con tener también ella, allá en la ciudad, un jardincito suyo, con un terito dentro.
Y como era imaginativa y emprendedora, comenzó desde entonces a reunir todo lo necesario para equipar su jardincito, copiándose del nuestro.
Del monte se trajo unas pencas y algunos cardos de hojas coloradas. Mamá le dio algunos gajos de malvón y un par de estacas de rosa. Llevó semillas de enredadera. Hasta recuerdo que se llevó una pequeña lata para hundirla en el suelo y llenarla de agua para que bebiera el terito de su jardín.
Y se volvió a la ciudad bien equipada y llena de proyectos. Como era emprendedora y decidida, gastó allí horas y horas organizando su pequeño jardín, soñando con el terito. Distribuyó sus rosas, las pencas y malvones; y hasta hizo almácigos. Recordaba que al terito le gustaba picotear los almácigos en busca de bichitos. Y pronto tuvo todo listo y preparado.
Pero fue entonces cuando se dio cuenta de que a su jardincito le faltaba algo. Le faltaba el terito. .y que todo su esfuerzo por organizarlo no había logrado generar el terito.
Y entonces empezó a desanimarse. Y con ello a descuidar su jardín. No lograba comprender cómo, a pesar de tanto esfuerzo y dedicación, el resultado era prácticamente nulo. Diría que estaba cansada por el esfuerzo y desilusionada por el resultado.
Y en ese estado regresó al año siguiente. Y me pareció descubrir que hasta miraba con algo de bronca al terito de nuestro jardín paseándose entre pencas, rosas y malvones mucho menos cuidados que los suyos.
Fue la tarde la despedida. Cuando ya todo estaba listo y el sulki por salir. Digo que fue justo en ese momento, el menos oportuno para un recibimiento, cuando a mi amiguita le trajeron un terito. Chiquito y tibio; puro gritito y pulmón. Cogote largo y patitas que parecían no querer sostenerlo, porque se apoyaba con todo su cuerpo en el hueco de la mano como si fuera un terrón del potrero.
Mi amiguita se encontró de repente con el terito entre las manos y sin saber qué hacer. No tenía nada preparado para acogerlo, ni dónde colocarlos. ¡Si le hubieran avisado antes!
Pero nadie iba a suponer que justo el terito aparecería en esas precisas circunstancias. Porque para los niños, encontrar un tero es siempre un acontecimiento sorpresivo. Aunque todos sepan que el campo está poblado de teros.
La cuestión fue que mi sorprendida amiga se encontró de repente al comienzo de un largo viaje, y con un terito tibio en el hueco de la mano. Y entonces fue lógica: obró por intuición. Una pequeña intuición para el momento. Tomó una caja de zapatos, lo puso al terito dentro, y con el dedo le hizo a la tapa cinco o seis agujeritos para que el terito no se ahogara.
Estructura provisoria, pero absolutamente indispensable para llevarse vivo al terito. Pequeña exigencia del terito, pequeño y tibio: puro pulmón y gritito.
Allá en su casa ya no tenía nada preparado para recibirlo. Ponerlo en el jardín y exponerlo a los gatos de la ciudad no era posible con un tero tan chiquito e indefenso. Por eso tuvo que vaciar un cajón de manzanas y armarle un refugio en su misma pieza. Sobre todo cuando caía la noche. Porque cuando entraban en la noche, ella tenía que traer su terito a la intimidad para protegerlo.
Y así el terito fue creciendo, y generando en su crecer sucesivas exigencias correspondidas por sucesivas intuiciones que iban pidiendo soluciones provisorias para "el mientras tanto".
Pero lo que entusiasmaba a mi amiguita, lo que hacía que los esfuerzos valieran la pena, era que ahora tenía un terito vivo que iba creciendo. Y en su crecer le iba sugiriendo la manera de organizar el jardincito para compartirlo juntos.
Resultó un jardín muy distinto al nuestro. Vivían en otro clima y estaban obligados a otro ritmo.
De un monasterio no te lleves la forma de rezar. Lleváte las ganas de rezar. Y pedíle profundamente a Dios que te de su Espíritu de oración.
por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande.
















