"Nosotros no poseemos la verdad, es la Verdad quien nos posee a nosotros. Cristo, que es la Verdad, nos toma de la mano". Benedicto XVI
"Dejá que Jesús escriba tu historia. Dejate sorprender por Jesús." Francisco

"¡No tengan miedo!" Juan Pablo II
Ven Espiritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía, Señor, tu Espíritu para darnos nueva vida. Y renovarás el Universo. Dios, que iluminaste los corazones de tus fieles con las luces del Espíritu Santo, danos el valor de confesarte ante el mundo para que se cumpla tu plan divino. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
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martes, 30 de agosto de 2022

Lecturas bíblicas para distintos momentos


 

sábado, 4 de junio de 2022

Lecturas biblicas ante distitos momentos de la vida

 


domingo, 16 de septiembre de 2012

Los grillos y el vendaval (Cuentos y Relatos)

Grillo
La tarde había ido apilando nubarrones en el oeste. Hacía días que el viento norte andaba suelto, acartuchando los maizales y enervando a la gente. Algo tenía que pasar esa noche.

Caído ya el sol, todo el horizonte refucilaba en silencio, como quien prueba el filo de sus armas antes del entrevero.

Los molinos montaban guardia, cada uno en la esquina de su potrero, olfateando el viento, siempre de frente. Y los grandes eucaliptos de las avenidas entraban en la noche de a pie, bien agarrados en la tierra con sus raíces en abanico y recortando un trozo del cielo estrellado con su ramaje tendido al aire. Algunos eran bien grandes. Se los podía ver desde legua y media de distancia; y hasta podían ser puntos de referencia.

Alrededor de las casas estaban desparramados los demás árboles. Unos grandes; otros pobres, más chicos. Algunos tenían como misión dar fruta, otros sólo flores. Y otros estaban allí nomás por llenar un hueco, simplemente porque la casualidad de la vida había hecho entrar allí su carozo. O tal vez porque alguien, alguna vez, se había fijado en ellos y los había transplantado allí.

Pero todos, eso sí, habían buscado la altura. Su ansia de aire y de luz los había obligado a estirarse para sacar al menos el brazo de una rama por encima de los demás. Algunos no habían llegado a tiempo y ahí estaban, tapados y secos. Todos entraban en la misma noche, cada uno con su historia hecha de pasado y de proyectos. Cada uno asegurado en su existencia por la profundidad de sus raíces, la seguridad de sus tornillos o la flexibilidad de sus ramas.

El tiempo había ido acumulando en ellos fuerza y resistencia. Curtidos por los soles o los vientos, habían terminado por tener confianza en ellos mismos. Además, cada uno de ellos comprendía y valoraba el aporte de su propia existencia. Algunos tenían sus frutas casi maduras. Otros las estaban haciendo crecer para mayo.

Leña, abrigo, sombra o agua: cada techo y cada árbol tenía conciencia de estar cumpliendo una misión. Y la conciencia de estar cumpliendo una misión importante mantiene fácilmente en pie y hace que uno considere su propia existencia como imprescindible.

A lo mejor, acostumbrados de tiempo a estar allí plantados, les resultaba difícil imaginarse ese paisaje sin ellos. Y de tanto tomarse entre ellos como puntos de referencia, y de mirar desde la altura de sus ramas hacia abajo, habían reducido su geografía a la superficie capaz de ser cubierta por su sombra. Habían reducido la vida a su vida, y la existencia a su existencia.

Al final la noche terminó por envolverlo todo. El candil de una luna en creciente apenas si lograba mantenerse encendido detrás de las nubes; pero no iluminaba nada. Sólo el chispear de los refucilos cada vez más amplios en sus ademanes, lograba regalar su contorno a los árboles con más tamaño. Pero eso era sólo el gesto de un instante, lo necesario como para ubicar al enemigo.

Cuando del bochorno del día cada uno se fue entregando al descanso atrincherado en sus viejas seguridades. Sólo los grillos parecían estar despiertos y mezclaban en toda esa geografía su humilde canto inútil.

Acostumbrados a mirar desde abajo y a sentirse pequeños, se habían olvidado casi de sí mismos y necesitaban de su canto para comunicarse con sus hermanos grillos invisibles, pero también despiertos. Así profesaban su fe en todo lo grande que veían arriba: el cielo, las nubes, los refucilos; y mucho, pero mucho más lejos, las estrellas ahora ocultas.

A media noche se oyó un grito. Ese grito inmenso de la naturaleza sorprendida por el vendaval. Cada rama, cada tronco, cada arista gimió bajo el tremendo empuje de la avalancha. Cedieron las raíces de los inmensos eucaliptos, y en su caída esos gigantes aplastaron en su abrazo a cuanto se guarnecía a su sombra.

Todo cuanto estaba de pie fue sacudido por el vendaval, que en sólo tres minutos cambió el viejo paisaje abriendo brechas de luz y derramando descuajados los ramajes con historias y proyectos. También el canto de los grillos fue ahogado por ese alarido del vendaval y de las cosas, y en esos momentos ya nadie pensó más en ellos. Ni en ello ni en nada. El impacto de la sorpresa y la angustia del paisaje transformado, hicieron que los hombres se olvidaran de todo lo que aún seguía igual.

A lo mejor nadie pensó que las estrellas aún seguían en sus sitios. Nadie de los hombres, aturdidos por el miedo, consideró que aún se darían atardeceres quietos y anocheceres tibios con luciérnagas en los reparos.

Tratando de templar los nervios, tendido en la cama, yo escuchaba los truenos que se alejaban hacia el este destrozando paisajes viejos, arriados por refucilos que la distancia hacía cada vez menos enérgicos.

El silencio se fue acercando, como para ver qué pasó. Y fue entonces cuando un chirrido arañó el silencio de los truenos lejanos. Breve, el canto del grillo se detuvo como asustando de lo que había hecho. Pero al ratito se repitió con más confianza. Y pronto tomó la firmeza y el ritmo cadencioso de las letanías de capilla de misión.

Otros grillos se unieron a su rezo, y pronto, de entre los pastos prosternados por el vendaval, surgió hacia la noche madre de las estrellas aún ocultas, hacia Dios, esa profesión de fe en la vida y en la victoria sobre todos los vendavales pasados y futuros.


¿Inconsciencia del grillo? No.
Simple y profunda intuición de mi pueblo humilde.
Hay árboles que sólo cuando han caído
uno se da cuenta de lo grandes que eran
(proverbio chino).



por Mamerto Menapace, publicado en Cuentos Rodados, Editorial Patria Grande.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

La esperanza (Meditación)

La Esperanza
La desesperación no es un camino sin salida. El camino sin salida es el del desanimado. El de aquél que ha perdido el coraje de seguir peleando porque la experiencia le ha lastimado la esperanza.

El desanimado ha perdido el sentido de la lucha. Tal vez peor: la fuerza para luchar. Es entonces cuando es necesario hacerlo crecer hasta la desesperación, suscitándole la bronca. La bronca sembrada sobre el desánimo hace nacer la desesperación.

Y la desesperación superada, eso es la esperanza.

Por eso me parece imposible suscitar la esperanza en un desanimado a través de la compasión. Un desanimado no necesita de la lástima. La lástima es el reponso sobre el desanimado. Al desanimado hay que llevarlo a la bronca, a fin de que sacudido en su vergüenza asuma la desesperación y la supere. Allí, reconquistado el valor fundamental de su vida, emprenderá la lucha. Lucha que no pondrá sus garantías en las fuerzas personales, ni en las dotes de su naturaleza. Porque de ellas se tiene la experiencia de su fragilidad. Hasta cierto punto, sobre ellas el desánimo ha hecho la amputación de su capacidad de ser garantías.

La garantía se pone sobre algo mucho más profundo y más inagarrable. Sobre algo mucho más nuestro, en definitiva. Sobre el misterio de nuestra propia vida. Mi vida tiene un sentido. El vivirlo es lo que me permitirá ser. Esa convicción profunda es un acto profundo de fe en sí mismo. O mejor: es algo que llevamos por dentro y que nos puso en camino. Creer que mi vida tiene un misterio que puede ser cumplido. Saber que eso existe y que aunque no lo veo es lo único que da apoyo real a mi vida y a mis opciones, es algo que me hace superar la desesperación.

Pero insisto. Sólo la bronca puede llegar a hacernos crecer hasta la desesperación. Esa actitud profundamente humana, que no nos deja admitir que nuestra carezca de sentido. Y es la fuerza que el desanimado necesita para no dejarse estar. La desesperación no es la desesperanza. La desesperanza es carecer de esperanza, es la situación de no tener ya esperanza. Mientras que la desesperación es la situación de no tener aún esperanza y por lo tanto la urgencia tenaz por conquistarla. En la práctica, pienso que hay situaciones en las que sólo nos queda una actitud humana razonable: sembrar con fe en el surco del amor para que poco a poco vaya creciendo la esperanza.


por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande

domingo, 9 de septiembre de 2012

El misterio de Dios (Meditación)


Dios lo abandonó para probarlo
y descubrir todo lo que tenía
en su corazón
2 Cron 32, 31

Pajonal, tierra sin cultivar
Frente al misterio del pecado, muchas veces sube en nosotros esa pregunta: ¿por qué Dios lo abandonó?

Y si la experiencia de pecado se ha dado en nosotros, entonces se hace mucho más quemante la pregunta: Señor, ¿por qué me abandonaste ? ¿por qué dejás que mi corazón se extravíe lejos de vos? como dice Isaías hablando de su pueblo en el capítulo 63, 17.

Pienso que nuestro corazón es mucho más ancho de lo que nosotros pensamos. Nosotros hemos alambrado un retazo de nuestro corazón y pretendemos allí vivir nuestra fidelidad a Dios. Nos hemos decidido a cultivar sólo un trozo de nuestra tierra fértil. Y hemos dejado sin recorrer los cañadones de nuestra entera realidad humana, el campo bruto que sólo es pastizal de guarida para nuestros bichos silvestres. 

Hemos trabajado con cariño y con imaginación ese trozo alambrado. Tal vez hemos logrado un jardín con flores y todo; y para ellos hemos rodeado con un tejido que lo hacía inaccesible a toda nuestra fauna silvestre. 

Y nos ha dolido la sorpresa de ver una mañana que alguno de los bichos (nuestros pero no reconocidos) ha invadido nuestro jardín y ha hecho destrozos. Y la dolorosa experiencia de la presencia de ese bicho nuestro, introducido en nuestra geografía cultivada, llegó incluso a desanimarnos y a quitarnos las ganas de continuar. Es la experiencia del corazón sorprendido y dolorido.

Y no pensamos que a lo mejor a Dios también le dolía el corazón, viendo que tanta tierra que él nos había regalado para vivir en ella un encuentro con él, había quedado sin cultivar. Que nosotros le habíamos cerrado el acceso a gran parte de nuestra tierra fértil.

A veces, por ahí, uno de esos salmos (gritador y polvoriento) sacude alguno de los pajones de nuestro inconsciente, y se despiertan allí sentimientos que buscan llegar a oración. Pero nosotros enseguida los espantamos. 

No queremos que en nuestro diálogo con Dios se mezcle el canto agreste nuestra fauna lagunera. Quisiéramos mantener a Dios en la ignorancia de todo aquello que está en nosotros pero que nosotros no aceptamos.

Y es entonces cuando Dios nos obliga a reconocer nuestro corazón. Dios nos abandona para probarnos y descubrirnos todo lo que hay en nuestro corazón. Para que urgido por la dura experiencia de nuestro pecado hagamos llegar hasta sus oídos ese grito pleno de nuestro corazón. 

Dios nos obliga a reconocer nuestro corazón
Y en esa dolorosa experiencia empieza a morir nuestra dificultar psicológica de rezar ciertos salmos. Nosotros no los aceptábamos porque nos sentíamos plenamente inmunes, puros, totalmente cristianos. Nos parecía que esos salmos eran "precristianos". Gritos de una geografía dejada atrás.

Pero nuestro pecado nos llama a la dolorosa realidad de tener que comprobar que la mayor parte de nuestro corazón debe aún ser evangelizado. 

Que hasta ahí aún no ha llegado la buena noticia de que Cristo se hizo hombre, que murió asumiendo nuestro pecado y que con ellos descendió a los infiernos, para vencer en su propia guarida la raíz venenosa del pecado y de su compañera la muerte.

Dios podría impedir la quemazón de nuestros pajonales. Y sin embargo prefiere sembrar más allá de las cenizas, en la tierra fértil que hay debajo. Dios no impide nuestra muerte; en el surco de nuestra muerte siembra la resurrección para el más allá.

Porque Dios se ha comprometido con todo nuestro corazón. Porque nuestro corazón se salva en plenitud, o no se salva nada.

Pero Dios es poderoso. Y lo salvará.


por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande.

viernes, 7 de septiembre de 2012

La espiga y la vida (Espiritualidad)

La misión de la espiga no es ser el lugar definitivo para la semilla. Cada semilla debe asumir la vida de una manera tan suya y personal, que pueda vivirla independientemente de la espiga en la que maduró. 

Toda semilla que quiera cumplir con su vocación de vida, y con su misión por los demás, debe aceptar la deschalada y el desgrane. 

Sólo si ha asumido su vida en plenitud y de una manera personal, será capaz de seguir viviendo luego de la desgranada. Y así podrá incorporarse al gran ciclo de la siembra nueva.

Si su vida es auténtica y acepta hundirse en el surco de la tierra fértil, su lento germinar en el silencio aportará al sembrado nuevo una planta absolutamente única, pero que unida a las demás, formará el maizal nuevo.

No es el maizal el que valoriza la identidad de las plantas. Es el valor irremplazable de cada planta en su riqueza y fecundidad lo que valoriza al maizal.

No es la sociedad nueva la que creará los hombres nuevos. Son los hombres nuevos quienes formarán la nueva sociedad.

por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande

El terito (Cuentos y Relatos)

Tero común
Venía no sólo de una geografía diferente. Venía también de un ritmo diferente. Tal vez por eso nosotros notábamos en ella ese hambre de entrar en contacto con todo lo cercano. Le encantaba andar a caballo, subirse a los árboles, cortar flores, traer agua con un balde desde el molino, prender el fogón con astillas de algarrobo, juntar capullos de algodón de la misma planta y con la mano.

Diría que parecía querer liberarse de su obligación pueblera de comunicarse sólo a través de las palabras o de las ideas. Tenía como hambre de un diálogo más total y realizado con todo su ser. Diría que se asombraba de poder escuchar con los ojos y de conversar con las manos, viviendo de cerquita lo que había imaginado de lejos. Pero tenía un caudal de palabras. Sobre todo cuando entrábamos en la noche. Parecía como que le molestara el silencio. Me parecía como que se protegía de la noche hablando. No sentía el sueño como amigo. Necesitaba acostarse tarde y se levantaba tarde.

Por la mañana cumplía con todo un ritual que nosotros no acostumbrábamos. Parecía como que necesitara hacer la mañana a través de sus dientes, su cara, su cabello. Ocupada de sí misma en su equiparse para el día, no tenía tiempo ni oportunidad de contemplar y oír toda la liturgia que los animales, la madrugada y los pájaros oficiaban al inicio del día. Ocupada en el construir y organizar, parecía incapacitada para percibir, recibir y admirar. Ocupada en organizarse, se perdía los gallos, los benteveos, la despedida de las estrellas que se iban del cielo y la de las ovejas que se iban del corral.

Con todo, reconozco que tenía un alma muy sensible. Se encariñó con el terito de nuestro jardín. Tal vez lo que le gustaba era un jardín con un terito adentro. Un jardín con vida. Un jardincito con capacidad de alerta; que fuera capaz de anunciar con su grito alegre la presencia del que llega.

Por eso empezó a soñar con tener también ella, allá en la ciudad, un jardincito suyo, con un terito dentro.

Y como era imaginativa y emprendedora, comenzó desde entonces a reunir todo lo necesario para equipar su jardincito, copiándose del nuestro.

Del monte se trajo unas pencas y algunos cardos de hojas coloradas. Mamá le dio algunos gajos de malvón y un par de estacas de rosa. Llevó semillas de enredadera. Hasta recuerdo que se llevó una pequeña lata para hundirla en el suelo y llenarla de agua para que bebiera el terito de su jardín.

Y se volvió a la ciudad bien equipada y llena de proyectos. Como era emprendedora y decidida, gastó allí horas y horas organizando su pequeño jardín, soñando con el terito. Distribuyó sus rosas, las pencas y malvones; y hasta hizo almácigos. Recordaba que al terito le gustaba picotear los almácigos en busca de bichitos. Y pronto tuvo todo listo y preparado.

Pero fue entonces cuando se dio cuenta de que a su jardincito le faltaba algo. Le faltaba el terito. .y que todo su esfuerzo por organizarlo no había logrado generar el terito.

Y entonces empezó a desanimarse. Y con ello a descuidar su jardín. No lograba comprender cómo, a pesar de tanto esfuerzo y dedicación, el resultado era prácticamente nulo. Diría que estaba cansada por el esfuerzo y desilusionada por el resultado.

Y en ese estado regresó al año siguiente. Y me pareció descubrir que hasta miraba con algo de bronca al terito de nuestro jardín paseándose entre pencas, rosas y malvones mucho menos cuidados que los suyos.

Fue la tarde la despedida. Cuando ya todo estaba listo y el sulki por salir. Digo que fue justo en ese momento, el menos oportuno para un recibimiento, cuando a mi amiguita le trajeron un terito. Chiquito y tibio; puro gritito y pulmón. Cogote largo y patitas que parecían no querer sostenerlo, porque se apoyaba con todo su cuerpo en el hueco de la mano como si fuera un terrón del potrero.

Mi amiguita se encontró de repente con el terito entre las manos y sin saber qué hacer. No tenía nada preparado para acogerlo, ni dónde colocarlos. ¡Si le hubieran avisado antes!

Pero nadie iba a suponer que justo el terito aparecería en esas precisas circunstancias. Porque para los niños, encontrar un tero es siempre un acontecimiento sorpresivo. Aunque todos sepan que el campo está poblado de teros. La cuestión fue que mi sorprendida amiga se encontró de repente al comienzo de un largo viaje, y con un terito tibio en el hueco de la mano. Y entonces fue lógica: obró por intuición. Una pequeña intuición para el momento. Tomó una caja de zapatos, lo puso al terito dentro, y con el dedo le hizo a la tapa cinco o seis agujeritos para que el terito no se ahogara.

Estructura provisoria, pero absolutamente indispensable para llevarse vivo al terito. Pequeña exigencia del terito, pequeño y tibio: puro pulmón y gritito. Allá en su casa ya no tenía nada preparado para recibirlo. Ponerlo en el jardín y exponerlo a los gatos de la ciudad no era posible con un tero tan chiquito e indefenso. Por eso tuvo que vaciar un cajón de manzanas y armarle un refugio en su misma pieza. Sobre todo cuando caía la noche. Porque cuando entraban en la noche, ella tenía que traer su terito a la intimidad para protegerlo.

Y así el terito fue creciendo, y generando en su crecer sucesivas exigencias correspondidas por sucesivas intuiciones que iban pidiendo soluciones provisorias para "el mientras tanto".

Pero lo que entusiasmaba a mi amiguita, lo que hacía que los esfuerzos valieran la pena, era que ahora tenía un terito vivo que iba creciendo. Y en su crecer le iba sugiriendo la manera de organizar el jardincito para compartirlo juntos. Resultó un jardín muy distinto al nuestro. Vivían en otro clima y estaban obligados a otro ritmo.

De un monasterio no te lleves la forma de rezar. Lleváte las ganas de rezar. Y pedíle profundamente a Dios que te de su Espíritu de oración.

por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande.

Job, el hombre de los basurales (Cuentos y Relatos)

Felices los que tienen hambre
hambre y sed de justicia
porque ellos serán saciados


Sentado en el basural; Job sintió que le ardía por dentro su vieja hambre y sed de justicia. En él el hombre había tocado fondo. El dolor le había invadido esa parte del alma donde no logran entrar las respuestas prefabricadas ni los dogmas de los seguros de sí mismos. Poco le importaba ya que su grito sonara a blasfemia en los oídos de esos otros hombres sobornados por la seguridad de su salud, de sus bienes y de su seguridad.

Estaba harto del consuelo insípido de una doctrina elaborada por hombres satisfechos, que miraban el dolor ajeno como un problema, como un enigma capaz de respuesta intelectual. Job ya no aceptaba que se le hable de Dios, para explicarle su dolor. Eso no le solucionaba nada. Quiere hablar con Dios. Pero Dios le parece incomprensiblemente ausente. Por eso eleva su voz, aunque moleste.

Porque Job sufre en su carne la injusticia de Dios. Quiere enfrentarse con Dios, pedirle una explicación. No le importa jugarse la vida en ese anhelo absurdo. ¡Está hambriento de justicia! La sed que lo devora por dentro lo hace delirar y su grito sale por todos los caminos buscando a Dios para enfrentarlos, para someterlo a juicio. 

Nada le importa que sus amigos se escandalicen. Job sabe que Dios es suficientemente grande como para no necesitar de la estúpida defensa que algunos hombres sobornados quieren brindarle. Job quiere sacudir la vergüenza de Dios. Si ese grito suena a blasfemia para sus amigos, a Job nada le importa: Job entonces blasfemará. Lo que le importa es que su grito llegue hasta Dios, porque en la profundidad de la experiencia de su dolor; Job intuye que sólo Dios tiene la respuesta para su hambre de justicia.

Pero Dios parece burlarse de Job. Rehuye el enfrentamiento porque se siente más fuerte, pero no por eso deja de aniquilar a Job en forma para él incomprensible. Entonces Job se enardece y pide justicia a la tierra, y su voz es la voz de todo hombre que muere sin comprender el por qué, pero creyendo en la verdad de la justicia. Es el grito del que muere en los basurales: ¡Tierra! No cubrás vos mi sangre,

¡que no quede en secreto mi clamor!

Y la tierra no cubre la sangre del que muere pidiendo justicia. Recoge ese gemido de sus hijos y se queda ahí abierta hacia el cielo haciéndose eco y asumiendo ese inmenso clamor de justicia que va a golpear los oídos de Dios. La sangre de Abel fue la primera, allá en los inicios, y a ella se uniría la de Job, y la de cada hombre que muere con hambre y sed de justicia.

Respondiendo a ese grito de la sangre derramada, Dios quiso en Cristo asumir nuestra sangre para unirla a todas esas sangres, a fin de conseguir de Dios una respuesta. La respuesta de Dios a la protesta de Job, es Cristo muerto y resucitado. Respuesta que en definitiva sigue siendo un misterio en esta tierra; porque aún la historia no está consumada.

Pero llegará un día en que la respuesta será completa y nuestra hambre y sed de justicia, será saciada.

por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande.

Historia de un faro (Cuentos y Relatos)

El velero había salido lleno de euforia y de esperanza del puerto de Buenos Aires buscando el Pacífico. Pero al llegar hasta allí no tenía más remedio que bordear la tierra en busca de la brecha que por el Cabo de Hornos le permitiera torcer hacia la derecha rumbo hacia el mar grande. Por eso puso confiado proa al sur, aunque su meta fuera el oeste.

Ushuaia Bahia faro
Pero el cambio de rumbo no se hizo. Tal vez se navegaba con las velas demasiado desplegadas. Tal vez fuera de noche cuando se pasó frente a la brecha. A lo mejor sucedió durante una tormenta. No sé. Lo cierto fue que se continuó al sur, rumbo al frío, rumbo al polo.

El error se fue haciendo duda a medida que subía a la conciencia. Una vez plenamente instalado en la conciencia, la duda floreció en angustia.

El pobre velero se encontró rodeado por los témpanos, por el frío, las tormentas y un sol lejano que cada vez se alejaba menos del horizonte. Entonces fue cuando se tuvo conciencia de haber equivocado el rumbo. De estar marchando hacia la nada, hacia el vacío del frío y de la muerte. Se le preguntó a la brújula: pero la brújula había enloquecido. Porque en el polo las brújulas enloquecen y comienzan una danza que contagia a los marineros.

Ya no tenía sentido seguir. ¿Para qué? Si cada esfuerzo hacia adelante era un paso hacia la nada fría de la muerte. Algo que embretaba aún más entre los hielos, la oscuridad y las tormentas.

Se quiso preguntar a las estrellas. Pero las estrellas revoloteaban en círculo alrededor de un polo cósmico invisible lo mismo que los albatros alrededor del mástil del velero. En el polo, las estrellas no nacen ni mueren, simplemente giran equidistantes al horizonte. Allí, cerca del polo, poner proa una estrella hubiera sido simplemente girar sobre sí mismo.

Entonces ¿nada había ni en el barco ni en el cielo, que fuera capaz de devolver el rumbo? Porque el hecho de no saber dónde se estaba, quitaba todo sentido a lo que se tenía. Los grandes puntos de referencia eran todos ambiguos. Porque en el polo todo es ambiguo, hasta el mismo movimiento.

Y fue entonces cuando se recibió el mensaje.

Tres cortas… una larga… silencio. Tres cortas… una larga… silencio. Tres… El brillo intermitente despertó la curiosidad de esos hombres hambrientos de señales. No. No podía ser una estrella; porque ese brillo estaba allí, sobre la misma línea horizontal que ellos. Participaba del movimiento de las mismas olas, rodeado por los mismos témpanos y el mismo desamparo del frío y las tormentas. Tenía que ser un signo de presencia humana. Era un faro.

Y el faro continuaba fiel al ritmo de sus intermitencias: tres cortas… una larga… silencio. Tres…

Y esos marineros aturdidos por el ruido y la tormenta que silbaba en el cordaje de sus mástiles hubieran preferido que en lugar de ese silencio, el faro les enviara una palabra con la que se identificara a sí mismo y los ubicara a ellos. Pero el faro en su soledad tenía sólo un medio para comunicarse y manifestar su identidad: la fidelidad al ritmo de sus intermitencias. Y continuó lanzando sobre la tormenta, las olas y los témpanos, su mensaje de luz con pañales de silencio.

¿Desembarcar en el faro? Era imposible. En esas latitudes los faros anidan en arrecifes. La palabra esperada estaba oculta en el silencio del velero mismo. Porque el velero contaba entre sus bienes con un libro de faros. Y fue allí donde los marineros fueron a identificar el mensaje de ese faro. Y fue gracias a la fidelidad precisa y silenciosa a sus intermitencias por la que los marineros, mineros del silencio de ese libro, ubicaron la identidad del faro y con ello un punto de referencia para su propia posición. Entonces cada cosa antes incoherente, aportó su pequeño mensaje provisorio: la posición del sol en el horizonte, la hora del reloj, la danza de la brújula, y hasta las mismas estrellas.

Se supo que se estaba proa al polo. Y se viró en redondo. Y con ello los marineros supieron que el velero se había salvado. O mejor, que para ese velero comenzaba la oportunidad de salvarse.

Porque esa conversión profunda, aparentemente no había cambiado nada en la geografía concreta de su navegación. Seguían rodeados por los témpanos, el frío, las olas y los vientos. Su conversión no les había cambiado de geografía; simplemente los había colocado proa hacia una nueva dirección. Antes, seguir era avanzar hacia la muerte, hacia el frío del polo y de la nada. Ahora, navegar era avanzar hacia la luz, hacia la vida, hacia el encuentro con los demás hombres. Era regresar hacia su pueblo, dejando atrás la geografía del reino de las sombras. 

Pero allí los dos rumbos participaban aún del mismo medio externo. Y tal vez el esfuerzo para avanzar fuera ahora aún mayor que el anterior. porque había que hacer frente a todo eso que los había conducido hasta allí. Pero la diferencia estaba en que ahora los esfuerzos tenían sentido porque conducían a la vida. Porque entre los navegantes, lo que desanima no el tener que hacer esfuerzos, sino el que esos esfuerzos sean gestos vacíos de sentido.

Poco a poco fue quedando atrás toda esa geografía polar. Poco a poco las estrellas fueron inclinando sus órbitas buscando el horizonte, y la brújula fue estabilizándose. Y con ello se reentró en el mundo de las exigencias normales de la navegación a vela. Se siguió navegando con fidelidad a esa ruta, proa hacia esa meta donde muerte el sol.

Allá quedó el faro. Exigido por la fidelidad al ritmo de sus intermitencias, a su geografía polar y a su silencio. Porque el misterio personal del faro exige fidelidad a su arrecife, y un profundo respeto por la ruta personal de cada navegante.

Lo que no quita que a veces sufra de nostalgia al recordar a los veleros.


por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande.

jueves, 6 de septiembre de 2012

El candil de la nona (Cuentos y Relatos)

Candil
El candil de la nona Ha quedado en mi recuerdo como uno de esos objetos sin edad.

Como si a fuerza de estar y de alumbrar, hubiera logrado vencer el tiempo y permanecer.

Era una lámpara antigua de bronce. Tampoco podría afirmar, al revivirla hoy en mi recuerdo, si lo que la adornaba eran dibujos o simplemente arrugas con las que la vida y los acontecimientos habían ido ganándole un rostro.

Tenía ese noble color del bronce, y la capacidad de alumbrar en silencio. Era una lámpara con pie. Cuando se la encendía, se la colocaba siempre en el centro de la mesa familiar. De ahí que su recuerdo lo tengo acollarado a las noches de invierno. Porque en verano vivíamos a la intemperie, y entonces no se usaba la lámpara, sino un farol que se colgaba de las ramas del árbol del patio.

Pero la lámpara de bronce tenía esa rara cualidad de crear la intimidad. Objeto quedado, de entre miles de objetos idos, la vieja lámpara de bronce parecía haber asumido en lo más íntimo de sí su propia soledad, y quizá fuera de allí de donde sacara esa misteriosa fuerza para crear la comunión.

Cuando entrada la noche se encendía la lámpara, parecía que su luz quieta hiciera crecer a su alrededor el silencio, y no sé qué misterio viejo. Mirando su llamita, los niños dilatábamos las pupilas, y quietos de cuerpo y alma, remábamos tiempo adentro. Hacia esa época legendaria en que grandes vapores llenos de inmigrantes avanzaban por el mar hacia nosotros. En uno de ellos había venido a desembarcar en nuestra mesa aquella lámpara.

Entre nosotros su luz creaba esa misteriosa realidad de hacernos sentir con raíces, viniendo de un tiempo viejo. Sabíamos que en otros tiempos su luz había alumbrado fiestas bulliciosas; que en ocasiones había creado la sombra precisa para ocultar una mirada furtiva; y que su llama había mantenido la luz necesaria para alimentar las confidencias.

En aquellos tiempos viejos, quizá había sido en las noches de la llanura la única respuesta de luz en leguas a la redonda, para el diálogo de nuestros abuelos con las estrellas.

No la sentíamos vieja. Porque intuíamos que había superado el tiempo. De la misma manera no nos atrevíamos a llamar vieja a una fruta madura. Madura de alumbrar, había terminado por asumir la vida en sí misma. Uno sabía que esa madurez de vida era el combustible que le permitía seguir alumbrando quieto.

Porque tenía una rara manera de alumbrar sin hacer ruido: tenía una luz mansa. Aparecía entre nosotros a eso de la oración; y su presencia en la mesa familiar convertía en liturgia esos ritos primordiales de partir en cada plato la polenta humeante y el guiso oscuro y fuerte.

Cuando luego de unos años de ausencia volví a mi familia, la vieja lámpara ya no estaba allí con su color bronce y su luz mansa. Pero su ausencia seguía creando ese hueco de silencio familiar.

El candil de la nona fue en mi vida uno de esos objetos vivientes que me enseñaron que los humanos también tenemos raíces.

por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Compartir lo provisorio (Cuentos y Relatos)

Heladera
Allá en las chacras se vivía prácticamente a la intemperie. No nos defendíamos demasiado de las realidades ni del clima. Más bien compartíamos el ritmo de las cosas; y por supuesto de las personas.

La noche nos encerraba a todos en los pequeños charcos de luz que creaban nuestras lámparas. Los mismo que las aves acuáticas se reúnen en sus charcos cuando las atropella la sequía. La lluvia también era compartida por todos; para todos era un tiempo de recogimiento bajo techo dejando suceder lo que era imposible conjurar.

También se vivía compartiendo los mismos gestos de la primavera, y las mismas humillaciones del verano o del invierno.

Porque cuando se vive a la intemperie uno no puede hacer provisión de clima. Se vive el clima del momento con intensidad y compartiéndolo, sin reservarse de él nada para el día siguiente. Tal vez lo único que se guardaba de un acontecimiento, bueno o malo, era el recuerdo de haberlo compartido y la capacidad de evocarlo en futuros reencuentros.

Y lo que sucedía con los acontecimientos, sucedía también con los alimentos. Sobre todo con aquellos más primitivos, que provenían de la caza y de la pesca. Porque en las chacras abundaban las palomas, sobre todo cuando el lino era chiquito, o luego de la desgranada del maíz, o para cuando el girasol empezaba a madurar.

Casi siempre cuando se escopeteaba la bandada, solían caer más palomas de las que nosotros podíamos aprovechar. Y como no teníamos la posibilidad de conservarlas, y además era un orgullo el haber tenido buen puntería el resto se mandaba a los vecinos.

Y allá íbamos los chicos, hacia distintos rumbos, llevando cada uno un par de palomas gordas, con la esperanza de recibir propina. Y volvíamos luego a nuestro territorio con el orgullo de todo embajador.

Los lunes la embajada venía del arroyo. Sábado y domingo, Don Pablo los pasaba en la isla o en el monte. Su razón de compartir era mucho más urgente, porque el pescado de los arroyos del norte hay que comerlo fresco. A veces, en lugar del par de pescados chicos sacados a línea y anzuelo, solía venir con un trozo de pescado de los grandes, de esos que traen acollarado el relato de la hazaña. Y si la embajada no venía, todos compartíamos en silencio el fracaso vivido ese fin de semana por Don Pablo.

Lo mismo sucedía cuando para el invierno se carneaba el chancho. En eso del dar y el recibir, todos los vecinos comíamos presas frescas de las sucesivas carneadas. Y todos participábamos del esfuerzo o de la habilidad de todos. Sentíamos como una especie de alegría de familia grande que nos hacía compartir penas, alegrías, trabajos y fracasos.

Ahora todo aquello ha cambiado. Casi todos han comprado una heladera. En cada chacra se dispone de una pequeña geografía polar que permite conservar los alimentos perecederos. Lo que antes se compartía, ahora se conserva.

Y así Don Pablo se condenó en los últimos años de vida a comer siempre pescado: fresco los lunes, semifresco los martes, y partir del miércoles, pescado conservado. (Lo que no dejaba de encerrar un peligro.) Y ya nadie supo nada de sus éxitos y de sus fracasos. Lo que hizo que para él mismo la pesca perdiera mucho de su encanto. Y también para nosotros en eso de cazar palomas.

Desde que hemos optado por la heladera, nuestra alimentación y nuestra vida en las chacras ha perdido mucho de su variedad, de su capacidad de sorpresa, de ese sentimiento de totalidad que creaba el compartir. Nos defendemos mejor contra el clima y la intemperie, sí.

Pero nos estamos volviendo menos hombres.

por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande

martes, 4 de septiembre de 2012

El misterio de la vida (Cuentos y Relatos)

Si en una fábrica de tractores se quiere acelerar la producción, se recurre a la intensidad en el trabajo, y a la duplicación de la materia prima utilizada. Con ello se consigue producir la misma cantidad, en la mitad del tiempo.

Por ejemplo, si en nueve meses salen de la fábrica una cantidad determinada de unidades, duplicando las horas de trabajo y el material utilizado esa misma cantidad de tractores podrán salir en cuatro meses y medio. Para ello basta una decisión eficiente del señor director de la fábrica.

Bebe
Pero si ese mismo señor se convierte en padre de un hijito, tendrá que esperar ansiosamente los nueve meses del embarazo para poder ver su rostro. No ganará nada con tener dos señoras.
Porque la vida tiene sus propias maneras de realizarse. Poniendo el doble de granos de trigo sobre la misma superficie de campo, no necesariamente se consigue duplicar el rendimiento. Al contrario, suele acontecer que las plantitas se condicionen de tal manera por su cercanía que el resultado es exactamente el contrario del que se buscaba indebidamente.
La vida no se produce. Hay que aceptarla y acompañarla. Es un misterio que exige respeto y dedicación. Tiene sus propios ciclos y sus tiempos. El trigo es sembrado en el corazón del invierno, y madura en la plenitud del verano. El maíz nace en primavera y se lo cosecha al comenzar el invierno, luego de las primeras heladas. Los mandarinos florecen en setiembre, y en nuestra zona mantienen sus frutas maduras de mayo a agosto. Las castañas entregan sus granos grandes y harinosos para Pascua.
Lo que el agricultor decide es su plan de siembra y de plantación. Para ello elige las especies que desea, y les asigna un trozo de chacra o de huerta. En su sabiduría escalona los cultivos, y distribuye la cantidad de los distintos frutales. Pero jamás exige a una variedad que se amolde a la manera de ser de otra. Si quiere ciruelas, planta ciruelas. Y cuando busca melones, no se emperra en sembrar sandías.
Todo esto parece tan evidente. Y sin embargo lo que admitimos con naturalidad en la vida vegetal y animal, no queremos aceptarlo en la vida espiritual.
Tantas veces perdemos la paciencia ante la lentitud de los procesos de crecimiento propio o de los demás. Nos gustaría que un impulsivo diera frutos de paciencia, y le anulamos toda la riqueza de sus iniciativas. Exigimos a los niños que tengan la madurez que los grandes piensan haber conseguido, y con ello los hacemos apáticos a todo lo que no resulte eficiente.
Y en la oración ni que hablar. Pretendemos engendrar al Espíritu Santo mediante técnicas ascéticas, o con complicados métodos psico-gimnásticos. Y pensar que sería más sencillo pedírselo a Nuestro Padre que está en los cielos que, como lo afirmó Jesús, no nos negará su Espíritu Bueno si se lo pedimos con actitud de hijos necesitados.
La vida será siempre un misterio. Pero real y presente en todas partes. Nos está permanentemente contando sus parábolas, si es que tenemos los oídos para oír, y el corazón para escuchar.
Contemplativo no es el que se encierra en sí mismo evadiéndose de todo lo que lo rodea. Lo es aquel que tiene los ojos dilatados y los oídos abiertos para rastrear las huellas de Tata Dios por allí donde haya pasado.
Y donde veamos algo que vive ... el dedo de Dios está ahí.

 por Mamerto Menapace, publicado en Cuentos Rodados, páginas 85 a 87. Editorial Patria Grande.

Cuajada y fermento (Cuentos y Relatos)

El Queso
En el campo se trabaja con la vida. Quizá sea el aspecto más característico de los trabajos rurales. Aquí hay que respetar ciclos y hay que acompañar procesos. La vida es así. Nadie puede sembrar trigo en Navidad y cosecharlo en Pascua. Por más tierra que mueva, si no respeta las leyes de la vida, lo único que consigue es perder tiempo. Cada cosecha tiene su época, y está precedida por la siembra, los laboreos y el crecimiento. A la vida hay que acompañarla y alimentarla. No se la puede ni inventar ni apresurar.

Esto sucede así, hasta cuando se hace el queso. Algunos creen que al queso se lo fabrica. Pero en realidad nace y madura como cualquier realidad que tiene vida.

No quiero hacer alardes de conocimiento. Simplemente comparto lo que yo mismo aprendí desde pequeño y luego comprendí siendo ya mayor. Esto es bueno que lo sepan todos aquellos a los que les gusta el queso.

Dos grandes realidades intervienen en su nacimiento: la cuajada y el fermento. Lo primero, en realidad es algo muy sencillo. Todo es cuestión de tener un poco de verdadero cuajo. Una pequeñísima cantidad se mezcla con un gran volumen de leche, y en poco tiempo se opera una crisis en la tina. Lo sólido se condensa en la masa, y el líquido se separa formando el suero. 

Todo depende de la fuerza vital del cuajo. Este verdaderamente es una fuerza poderosa que actúa en forma inmediata, y su función es muy precisa: obliga a optar, separa discierne la realidad profunda y a cada cosa le da su identidad.

Pero si todo quedara ahí, y se pretendiera poner el resultado en un molde, sólo se conseguiría un queso insulso, o lo que es peor, uno se expondría a que el producto fermentara de manera imprevisible. Se hace necesario el fermento.

Se trata de otra realidad viva. Un pequeño volumen de leche ha sido previamente esterilizado, llevado a una temperatura óptima aislándolo de las corrientes de aire y de las moscas que pudiera haber en el lugar. Se le ha dado todo el tiempo necesario para que en él se desarrolle la vida de ciertas bacterias bien definidas, generalmente oriundas del lugar y que allí se han sembrado con sumo cuidado, luego de haber constatado su pureza. Con el fermento se es muy exigente. En él no pueden admitirse interferencias de torso fagos, es decir de vida extraña o contraria.

Este volumen de fermento es relativamente pequeño, en comparación con el total de la leche que se está cuajando. Pero la intensidad de la vida que tiene, hace que toda la masa adopte su proceso y reproduzca sus notas fundamentales. Produce un efecto similar al de la levadura en la masa del pan. De él depende el gusto y la identidad específica. Un queso es de esta variedad, y no de otra, gracias al fermento que lo ha hecho madurar. Y por lo tanto su valor propio.

Muchas veces he sentido discutir el problema de lo que es prioritario en al evangelización de la juventud. Algunos afirman que la evangelización debería ser masiva, a fin de abarcar la totalidad de los jóvenes mediante el anuncio escueto de la buena noticia de Cristo Nuestro Salvador, para que los jóvenes opten. Otros afirman que se deben preparar grupos de vida intensa, que introducidos en la masa la vayan fermentando por su fuerza propia.

Creo que las dos realidades están muy lejos de oponerse. Se exigen mutuamente. Un anuncio masivo, que lleve a la opción, debe ser cualificado por la acción de grupos de una intensa vida espiritual y comprometida. Estos grupos no se improvisan. Necesitan ser preparados cuidadosamente y con una dedicación atenta.
Cristo mismo gastaba mucho tiempo con las multitudes, a las que dedicaban a veces jornadas enteras. Anunciaba la realidad del Reino, y la misericordia del Padre. Pero luego en privado, preparaba intensamente a su grupito de discípulos, para que fueran fermento, sal y luz. Con ellos era muy exigente.

 por Mamerto Menapace, publicado en Cuentos Rodados, páginas 89 a 91.  Editorial Patria Grande.

El ojo de la aguja (Cuentos y Relatos)

Eucalipto
A los que hemos tenido infancia campesina, los adjetivos nos han quedado acollarados casi siempre, no a ideas, sino a objetos. Por ejemplo, para mí, el adjetivo grande lo tengo unido al eucalipto que quedaba entre el patio de naranjos y el piquete de terreno en que se encerraba al caballo nochero.
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Era realmente grande. No sé cuánto de alto podría tener. Ahora pienso que tal vez llegara a los veinticinco metros. Pero era enorme para mi estatura de gurí que no llegaba siquiera a uno. Se lo distinguía de más de dos leguas de distancia. Y era claramente un punto de referencia. Cuando alguien quería llegar a casa, era fácil ubicarla aunque se estuviera lejos. La casa de don Antonio era la que tenía el eucalipto grande. Me animaría a decir que su tamaño llegaba a dar nombre propio al lugar. Así con mayúsculas: Eucalipto Grande.
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Tres niños tomados por la mano, haciendo ronda, no hubiéramos podido abarcar su enorme tronco, que recién se abría en ramas a una cierta altura. Esto hacía imposible treparlo. Además, su tamaño había hecho que los mayores crearan una especie de zona de exclusión respecto a este árbol. Al Eucalipto Grande no se debía subir. Eso lo hacía doblemente fascinante, y en más de una siesta los más chicos probamos fortuna. 
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Sobre todo porque en sus ramas más abiertas las cotorras hacían sus enormes nidos y nuestros gomerazos apenas llegaban hasta allá con fuerza como para ser efectivos.
 .
Era el árbol en que anidaban los pirinchos. Allí tenían su conventillo del que salían y entraban continuamente las pirinchas para poner sus huevos, tirando a veces al suelo a aquellos que habían tenido la mala suerte de quedar en los bordes. Eran de aquellos tipos de huevos muy estimados por su color verde claro lleno de pintintas blancas de cal. Junto con los de perdiz, pitogué, paloma y calandria, servían para hacer grandes collares que adornaban las paredes del comedor. En medio de aquel rosario de colores, algún huevo de avestruz ya medio amarillento por lo viejo, oficiaba de Padrenuestro por su tamaño y consistencia. También él podía aspirar entre sus semejantes al adjetivo de Grande.
 .
Pero aquí viene lo impresionante. Un día don Alejandro Weliz, el dueño del campo, y antiguo poblador de la zona, nos informó de que aquel inmenso árbol había pasado por el ojo de una aguja. Si, así como suena, y sin exégesis atenuantes. 
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No lo hubiéramos creído, si no fuera porque don Weliz nos merecía un respeto muy cercano a la veneración. Nuestra familia le debía la viejo habernos posibilitado ser inquilinos en su campo y con ello tener una tierra que trabajar y donde vivir. En casa siempre se habló de él con sumo respeto y aprecio. Cuando él nos visitaba, los chicos éramos lavados a fondo, y amonestados para que no hiciéramos zafarrancho. Y esto era señal de que la visita sería de máxima categoría.
 .
Pero a pesar de la credibilidad que nos merecía quien lo afirmaba, nuestras mentes infantiles ya eran lo suficientemente críticas como para negarse a creer que el Eucalipto Grande hubiera podido alguna vez, hacía mucho tiempo, haber pasado por el ojo de una aguja. Y no se trataba, como en los cuentos, de una aguja enorme, sino de la aguja de coser los remiendos del pantalón. Evidentemente la cosa necesitaba pruebas. Y don Alejandro, aguja en mano, nos llevó hasta el Eucalipto Grande para proporcionárnosla.
 .
Buscó en el suelo una ramita que tenía su pequeño racimo de semillas. Mejor dicho, lo que el racimito mostraba, era el pequeño rombo dentro del cual estaban las semillitas. Todo era inmensamente pequeño. El rombo semillero tuvo que ser destapado cuidadosamente en la palma de la mano con la punta de la uña del dedo chico. Al hacerlo, el pequeño envase derramó una gran cantidad de semillitas casi invisibles. Y una de ellas pasó por el ojo de la aguja y quedó en la yema del dedo índice de don Weliz, quien nos aseguró que así de igualita había sido la que él mismo sembrara cuando quiso que naciera aquel Eucalipto.
La demostración fue contundente. Hecho semilla, el árbol podía pasar.
Pienso que nuestra vida hecha semilla por la madurez del dolor y el despojo también puede pasar para encontrar el dedo de Tata Dios en el Reino de los Cielos. Para Tata Dios todo es posible.

por Mamerto Menapace, publicado en Cuentos Rodados, páginas 81 a 84 Editorial Patria Grande.

Morir en la pavada (Cuentos y Relatos)

Pavo
Una vez un catamarqueño, que andaba repechando la cordillera, encontró entre las rocas de las cumbres un extraño huevo. Era demasiado grande para ser de gallina. Además hubiera sido difícil que este animal llegara hasta allá para depositarlo. Y resultaba demasiado chico para ser de avestruz.
 
No sabiendo lo que era, decidió llevárselo. Cuando llegó a su casa, se lo entregó a la patrona, que justamente tenía una pava empollando una nidada de huevos recién colocados. Viendo que más o menos eran del tamaño de los otros, fue y lo colocó también a éste debajo de la pava clueca.
Dio la casualidad que para cuando empezaron a romper los cascarones los pavitos, también lo izo el pichón que se empollaba en el huevo traído de las cumbres. Y aunque resultó un animalito o del todo igual, no desentonaba demasiado del resto de la nidada. Y sin embargo se trataba de un pichón de cóndor. Si señor, de cóndor, como usted oye. Aunque había nacido al calor de la pava clueca, la vida le venía de otra fuente.
Como no tenía de donde aprender otra cosa, el bichito imitó lo que veía hacer. Piaba como los otros pavitos, y seguía a la pava grande en busca de gusanitos, semillitas y desperdicios. Escarbaba la tierra, y a los saltos trataba de arrancar las frutitas maduras del tuitá. Vivía en el gallinero, y le tenía miedo a los cuzcos lanudos que muchas veces venían a disputarle lo que la patrona tiraba en el patio de tras, después de las comidas. De noche se subía a las ramas del algarrobo por miedo de las comadrejas y otras alimañas. Vivía totalmente en la pavada, haciendo lo que veía hacer a los demás.
A veces se sentía un poco extraño. Sobre todo cuando tenía oportunidad de estar a solas. Pero no era frecuente que lo dejaran solo. El pavo no aguanta la soledad, ni soporta que otros se dediquen a ella. Es bicho de andar siempre en bandada, sacando pecho para impresionar, abriendo la cola y arrastrando el ala. Cualquier cosa que los impresione, es inmediatamente respondida con una sonora burla. Cosa muy típica de estos pajarones, que a pesar de ser grandes, no vuelan.
Cóndor Andino
Un mediodía de cielo claro y nubes blancas allá en las altura, nuestro animalito quedó sorprendido al ver unas extrañas aves que planeaban majestuosas, casi sin mover las alas. Sintió como un sacudón en lo profundo de su ser. Algo así como un llamado viejo que quería despertarlo en lo íntimo de sus fibras. Sus ojos acostumbrados a mirar siempre al suelo en busca de comida, no lograban distinguir lo que sucedía en las alturas. Pero su corazón despertó a una nostalgia poderosa. ¿y él, porqué no volaba así? El corazón le latió, apresurado y ansioso.
Pero en ese momento se le acercó una pava preguntándole lo que estaba haciendo. Se rió de él cuando sintió su confidencia. Le dijo que era un romántico, y que se dejara de tonterías. Ellos estaban en otra cosa. Tenía que ser realista y acompañarla a un lugar donde había encontrado mucha frutita madura y todo tipo de gusanos.
Desorientado el pobre animalito se dejó sacar de su embrujo y siguió a su compañera que lo devolvió a la pavada. Retomó su vida normal, siempre atormentado por una profunda insatisfacción interior que lo hacía sentir extraño.
Nunca descubrió su verdadera identidad de cóndor. Y llegado a vieja, un día murió. Sí, lamentablemente murió en la pavada como había vivido.

por Mamerto Menapace, publicado en Cuentos Rodados, página 77 a 79. Editorial Patria Grande.

El zorzal y las antenas (Cuentos y Relatos)

El Zorzal común
Que no te dé pena. Es la ley de la vida. Nadie puede regresar a la primavera del pasado. 

Sólo el que avanza puede reencontrarse con las primaveras; aquellas que también avanzan hacia nosotros. 

Diría que sólo la vida permite el reencuentro.
Cada tanto retorno a Avellaneda. A la del norte. Aquella que el nono gringo soñó cuando dejaba su Italia ancestral, y aceptaba como terruño para sus hijos la tierra de los zorzales y los guazunchos.
Fue en enero de este año; en ese mes en que el Paraná asolaba el litoral, y la sequía quemaba lo que la inundación no destruía. 

Porque así es nuestro norte: tierra de contrastes, a veces violentos. Igual que la juventud. Territorio fecundo con mucho de nostalgia y bastante de ansiedad. Profundo deseo de comunión, y honda sensación de soledad. Algo así como si la historia cinchara para adelante, y la geografía tironeara hacia atrás.
Cada vez que regreso a Avellaneda constato el brotar pujante de las antenas. Casi de cada morada humana se levanta la mano abierta de una antena de televisión, buscando atrapar la realidad novedosa que nos comunica y nos masifica a la vez. Es ley de la vida. Necesidad de crecimiento.
Quizá fuera por eso que aquel zorzalito me impactó tanto. Su canto llenaba todo el barrio en la madrugada caliente. Desde el camping, frente a mi casa, hasta la misma Iglesia, su canto limpio aleteaba sobre la confusa mezcla de los otros ruidos. Lo busqué rastrillando con la mirada los árboles chicos y grandes. Y finalmente lo descubrí parado en la parrilla de una antena. Pequeñito, allá en la altura, su voz joven y telúrica anunciaba algo distinto y quizá más auténtico que todos los programas de televisión. Desde la misma antena, también él proclamaba ingenuamente su gana de vivir y su necesidad de amor.
Era un canto sano, que le nacía de adentro. Sólo que, para captarlo no bastaba con conectar un aparato. Era preciso encender un corazón.
Al partir de Avellaneda me traje dos temores y una esperanza. Temor de que me lo silencien de un gomerazo, o de que lo sobornen con alpiste para que cante desde una jaula.
La esperanza la convierto cada día en oración: ¡Señor Dios: que mi zorzalito norteño no se muera nunca!
Me interesa vivamente el proceso que están realizando los jóvenes del norte. Su integración es cada día más fuerte para con el resto del país a través de sus estudios terciarios y de capacitación profesional. Muchos de ellos, como yo, buscan en las aulas del sur una ampliación de sus horizontes.
Pero es fundamental para la identidad de nuestra zona que no se nos muera nunca dentro del alma, y por sobre las antenas de nuestra inteligencia, el canto limpio de nuestros zorzales terruñeros.
¡Cuidado con el gomerazo!... aunque le tengo más miedo al alpiste.

 por Mamerto Menapace, publicado en Cuentos Rodados, páginas 73 a a 75 Editorial Patria Grande.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Un tropiezo (Cuentos y Relatos)

El Chaco ardía en el algodonal. Mediaba enero, y Ciriaco se había levantado muy temprano a fin de aprovechar el fresco de la mañana para pegar la última carpida al tabloncito de algodón que tenía en un claro del monte, como a siete cuadras de las casa. Comenzaban ya a preñarse los capullos tratando de reventar en una mano abierta que regalaba la blanca fibra.


Serían cerca de las once de la mañana. Estaba con la azada en la mano desde las cinco, y ahora el cansancio se desparramaba por su cuerpo lo mismo que el sudor que lo deshidrataba dejándole huellitas de sal al secarse. Tenía sed y esperaba llegar cuando antes a su rancho para refrescarse bajo el chorro de agua de la bomba y beber después despacio y a sorbos lentos. Conocía los peligros del agua fresca para el que la bebe con ansia y con el cuerpo recalentado por las faenas del campo.
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Decidió acortar el camino. En lugar de hacerlo por la huella que bordeaba un rastrojo viejo lleno de malezas, lo cortó derecho por entre los yuyos altos y la gramilla espesa. Con la azada al hombro, y arrastrando a medias sus viejas alpargatas, trataba de avanzar por entre el malezal donde el año anterior había tenido la chacra. Iba distraído de lo que hacía y concentrado en lo que le esperaba. Ni tiempo tuvo de darse cuenta, cuando sus pies tropezaron en un gran bulto que estaba escondido entre el pastizal.
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No hubo manera de evitar la costalada. Instintivamente arrojó a un lado la azada, para no lastimarse con ella, y dejó que el cuerpo cayera lo más flojo posible, para evitar quebraduras. Se dio un tremendo golpe que apenas si lograron mitigar las ramas del yuyo colorado que lo recibió, junto con algunas rosetas traicioneras. Desde adentro le nació la necesidad de desahogarse con una maldición. ¡Lo que le faltaba al día!
Un tropiezo M. Menapace
Pero se contuvo. Si había tropezado, con algo sería. ¿Y si aquello fuera una sandía? Se puso de pie, y recogiendo la azada, fue despejando el lugar donde terminaban las huellas de sus pisadas y comenzaba la de su cuerpo. 

Y efectivamente, allí entre la gramilla alta y los yuyos frondosos, estaba una hermosa sandía con la guía medio seca. Pesaba como veinte kilos. Seguramente alguna semilla de la cosecha anterior había germinado entre el rastrojo, y ahora le ofrecía su fruto de la única manera que tenía: poniéndoselo delante de sus pies.
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A pesar del cansancio, del calor, y de su cuerpo dolorido por la caída, cargó con cariño la sandía sobre sus hombros y con cuidado completó la distancia que lo separaba de su rancho. Y mientras de antemano saboreaba la sorpresa que le daría a su patrona, se iba diciendo a sí mismo:
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-¡No hay tropiezo que no tenga su parte aprovechable!
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Anthony de Mello S.J. cuenta en la página 205 de su libro El Canto del Pájaro:
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"Desde lo alto de un cocotero, un mono arrojó un coco sobre la cabeza de un sabio. El hombre lo recogió, bebió su dulce jugo, comió la pulpa y se hizo una taza con la cáscara.
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-Gracias por criticarme".
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Les añado un comentario mío. Yo no juzgo la intención del mono. Soy de otra raza. Pero admiro la actitud del sabio.

 por Mamerto Menapace, publicado en Cuentos Rodados, Página 55 a 57 Editorial Patria Grande

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