"Nosotros no poseemos la verdad, es la Verdad quien nos posee a nosotros. Cristo, que es la Verdad, nos toma de la mano". Benedicto XVI
"Dejá que Jesús escriba tu historia. Dejate sorprender por Jesús." Francisco

"¡No tengan miedo!" Juan Pablo II
Ven Espiritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía, Señor, tu Espíritu para darnos nueva vida. Y renovarás el Universo. Dios, que iluminaste los corazones de tus fieles con las luces del Espíritu Santo, danos el valor de confesarte ante el mundo para que se cumpla tu plan divino. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
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martes, 30 de agosto de 2022

Lecturas bíblicas para distintos momentos


 

sábado, 4 de junio de 2022

Lecturas biblicas ante distitos momentos de la vida

 


PDF ARTICULO ¿Es cierto que solo se salvaran 144.000? Por P. Ariel Alvarez Valdés

 

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sábado, 1 de febrero de 2014

Personajes biblicos: Juana mujer de Cusa administrador de Herodes Tetrarca de Galilea


Juana mujer de Cusa administrador de Herodes Tetrarca de Galilea (*)

Solo San Lucas inserta a Juana en el grupo de mujeres itinerantes que seguían a Jesús, colaborando con él en la obra evangelizadora de la diakonía o servicio económico de asistencia: “Jesús caminaba por los pueblos y aldeas predicando y anunciando el reino de Dios.
Iban con él los doce y algunas mujeres que habían liberado de malos espíritus y curado de enfermedades: María llamada Magdalena, de la que había expulsado siete demonios, Juana mujer de Cusa, administrador de Herodes, Susana y otras muchas que le asistían con sus bienes” (Lucas 8,1-3).
El mismo evangelista coloca a Juana, junto a María Magdalena, en el grupo de las mujeres que al rayar el alba del domingo volvieron al sepulcro de Jesús con aromas que habían preparado para ungir su cuerpo (Lucas 24,10).
Esto es lo único que sabemos de Juana, mujer agradecida por el hecho de haberla liberado el Señor de una enfermedad.

San Lucas nada nos dice de su marido Cusa salvo que era administrador o ministro de finanzas de Herodes Antípas, tetrarca de Galilea. De Herodes Antipas sabemos que era hijo de Herodes el Grande perteneciente a la estirpe idumea, descendiente de Esaú, hijo de Isaac (Génesis 25,25).
Herodes el Grande es el que dio la orden “de matar a todos los niños de Belén y de todos los que tuvieran menos de dos años” (Mateo 2,16). Herodes Antipas heredó de su padre una parte del reino, la tetrarquía de Galilea (Lucas 3,1) y estableció su corte en Tiberíades, a orillas del lago de Galilea.

Juana parece que vivió en Tiberíades una espléndida vida cortesana. Si de Herodes el Grande sabemos que tenía un harén, de su hijo Herodes Antipas sabemos que se hizo notar por haberse enamorado de una mujer, Herodías, esposa de su hermano Filipo.
Este hecho fue condenado en diversas ocasiones por Juan Bautista que decía a Herodes Antipas: “No te es lícito tener la mujer de tu hermano” (Marcos 6,18) y por eso “Herodías detestaba a Juan” (Marcos 6,19). Para vengarse aconsejó a su hija pedir, no la mitad del reino, sino la cabeza de Juan (Marcos 6,17-29); (Mateo 14,3-12).
La tradición dice que la decapitación de Juan acaeció en la fortaleza de Maqueronte, en la orilla oriental del Mar Muerto, en la región de la Perea, hoy en Jordania. No sabemos si Juana estaba presente en la escena macabra de presentar la hija a la madre la cabeza de Juan.

Herodes Antipas había oído hablar, sin duda alguna, de la predicación de Jesús y sus milagros, como había sido la curación de Juana, mujer de su ministro de finanzas. Parece que Herodes había intentado matar también a Jesús ya que el evangelio nos dice que en aquel tiempo “se acercaron unos fariseos (a Jesús) y le dijeron: Sal, márchate de aquí porque Herodes quiere matarte. Jesús les dijo: Vayan a decir a ese zorro: Sabe que expulso demonios y realizo curaciones hoy y mañana y al tercer día acabaré. Por lo demás, hoy, mañana y pasado tengo que continuar mi viaje porque es impensable que un profeta pueda morir fuera de Jerusalén” (Lucas 13,31-33)

Durante los días de la Pasión del Señor, Herodes Antipas se encontraba en Jerusalén, y Pilato al cerciorarse   que Jesús era de la jurisdicción de Herodes, se lo envió, aprovechando la oportunidad. Herodes se alegró mucho de ver a Jesús y esperaba verle hacer algún milagro (Lucas 23,7-9). Ahora bien, como Jesús no respondió a sus preguntas, Herodes “lo despidió y rió de él; le puso un vestido de color llamativo y se lo devolvió a Pilato” (Lucas 23,9-12).
San Lucas, describiendo el trágico fin de Herodes, dice que “murió roído de gusanos” (Hechos 12,23). Según la mentalidad de aquella época había un vínculo casi automático entre pecado y enfermedad. Más grande era el pecado y más repugnante la enfermedad. A tener en cuenta que Herodes Antípas contaba con un elevado número de crímenes en su activo.

Los evangelios nos hablan de otro funcionario real de la corte herodiana atraído por la personalidad de Jesús. El funcionario partió de Cafarnaún a Caná de Galilea para suplicar la curación de su hijo que estaba gravemente enfermo. Jesús le contestó: “Vuelve a tu casa, tu hijo ya está bien. El padre creyó en lo que Jesús le había dicho y se fue” y su hijo vivió (Juan 4,46-54).

Los Hechos de los Apóstoles recuerdan a otros miembros de la familia de Herodes, como Herodes Agripa I, nieto de Herodes el Grande, rey de Judea del año 41 d.C. al 44. Fue quien, para agradar a los judíos, hizo matar a Santiago hijo de Zebedeo, y encarceló a Pedro en su palacio situado en la puerta de Jafa, Jerusalén. Pero el ángel del Señor le libró milagrosamente y Pedro salió de la cárcel a casa de Marcos.

Otro Herodes relacionado con la Iglesia naciente es Herodes Agripa II y sus hermanas Berenice y Drusila, los tres, hijos de Herodes Agripa I, Drusila, mujer del gobernador romano Félix, se dirigió a la prisión donde estaba Pablo en Cesarea Marítima para informarse sobre el “camino cristiano” (Hechos 24).

En otra ocasión Herodes Agripas II, junto con su hermana Berenice, fue a escuchar a Pablo. El Apóstol  aceptó hablar en la sala de audiencias de Cesarea y habló de tal manera que Herodes Agripas le confesó: “Por poco me convences para que me haga cristiano. Y Pablo replicó: “Quisiera Dios que, por poco o por mucho, no solo tú sino todos los que me escuchan hoy llegaran a ser lo que soy yo, aunque sin estas cadenas” (Hechos 26,28-29).
Pablo se encontraba en Cesarea esperando embaucarse en una nave para ir a Roma a defenderse, pues había apelado al César.

La teóloga protestante Elizabeth Moltamann Wendal cree que la relativa benevolencia y las medidas simpáticas de la familia herodiana hacia Jesús y su doctrina puede que provenían de la presencia de Juana, mujer de Cusa, en la corte de los Herodes.

(*) Pía Compagnoni

Fuente: Revista Tierra Santa Nº 756 páginas 119 a 123

miércoles, 29 de enero de 2014

Rogad por la paz en Jerusalén Artículo sobre las tres etapas de la historia de la ciudad


Rogad por la paz en Jerusalén (*)

Maqueta del segundo tempo de Jerusalén

I – La elección de Jerusalén
No hay ciudad en el mundo que sea centro de tantos litigios políticos y religiosos como Jerusalén. En concreto, es el centro del conflicto israelí-palestino. De ahí que sea oportuno recordar algunos elementos bíblicos que hacen de Jerusalén un lugar teológico, más allá de reivindicaciones nacionalistas. Hablo desde el punto de vista cristiano y me limito a citar textos del Antiguo Testamento, libro común a cristianos y judíos.

Jerusalén conoce en su historia tres etapas: la primera es su elección como ciudad santa, como centro religioso y político del pueblo judío; la segunda es la subida a Jerusalén, o sea, la peregrinación a la ciudad santa para adorar a Dios; la tercera, la reconstrucción de Jerusalén después de su destrucción y abandono en la época del exilio, fenómeno que se transformará en renovación de la humanidad entera. Esta triple articulación bíblica será objeto del presente estudio. Comencemos por el primero:

En el Antiguo Testamento Jerusalén es mencionada con dos nombres: Jerushalaiim –más de 670 veces- y Siión –unas150 veces-, además de perífrasis como Ciudad de David (2 Samuel 5,9), Ciudad de Nuestro Dios (Salmo 48,2), Ciudad del Señor (Isaías 60,14), Ciudad Santa (Isaías 48,2) y otras más.
Todas estas denominaciones suponen, por si solas, una elección divina que otorga a la ciudad una santidad particular.

Es interesante notar que Jerusalén no está mencionada en el Pentateuco, es decir, en la Torá hebrea. Nos preguntamos el porqué, ya que si la ciudad constituye un fundamental tema teológico. ¿Cómo explicar la ausencia de Jerusalén en el documento fundamental de la alianza entre Dios e Israel?
En realidad la ausencia de la ciudad en el Pentateuco es más aparente que real. La razón es que la ciudad fue conquistada por David mucho tiempo después de la muerte de Moisés, el último suceso narrado en los libros del Pentateuco.

Sin embargo, hay referencias bastante directas a la ciudad futura. Por ejemplo Melquisedec es llamado “rey de Salem” (Génesis 14,18) que es el antiguo nombre cananeo de Jeru-shalem. Más aún, el Génesis (22,2) llama Moria al monte donde Abraham quiso sacrificar a su hijo Isaac y este nombre, según la tradición hebrea, está asociado al monte sobre el que después se construirá el templo de Salomón. Pero es, sobre todo, en el Deuteronomio, el último libro del Pentateuco, donde se habla repetidamente del “lugar que Dios se elegirá para establecer allí su nombre”. Esta frase es más apropiada para indicar el estatuto teológico de Jerusalén, todavía sin ser llamada por su nombre.

Jerusalén, y en Jerusalén el Templo, es el lugar escogido por Dios para poner allí su morada. Esta es la paradoja que se le presenta a Salomón en su oración dedicatoria del Templo: “¿Acaso puede habitar Dios en la Tierra? Si el universo en toda su inmensidad no le puede contener, cuánto menos este templo construido por mí”. (1 Reyes 8,27).
Dios es infinito y presente en todos los lugares ¿cómo pensar que habite, como dirían los rabinos, “entre las varas del Arca”? Y sin embargo es así: para manifestar al mundo que Dios vive en todos los lugares, escogió su morada en el Santo de los Santos de Jerusalén, porque si no vive en un lugar particular no podríamos saber que él vive en todo lugar. De ahí que podamos decir, paradójicamente, que en aquel determinado lugar está Dios más presente que en otro, pero no nos está permitido decir en que un determinado lugar Dios está menos presente que en otro, porque es omnipresente.

Ahora bien, la elección teológica de Jerusalén coincide con la realidad histórica, con una elección política: la conquista de Jerusalén por el rey David. El episodio aparece en el capítulo quito del 2 libro de Samuel.
Si leemos con atención el relato bíblico observaremos que en él no se dice nada de las intenciones del rey David al conquistar la ciudad. El texto dice escuetamente: “El rey t sus hombres marcharon sobre Jerusalén”.
¿Por qué David se apoderó de esta ciudad jebusea? La Biblia no lo dice claramente. Se pueden hacer suposiciones; para eliminar un enclave territorial o para crear una centralización política entre las tribus del norte con las del sur, etc.
Estas razones políticas parece que no son convincentes, pues en el capítulo séptimo del mismo libro de Samuel leemos que el sueño de David era construir una casa para el Señor, un sueño que lo realizó su hijo Salomón.
El verdadero motivo de la elección de Jerusalén sería, por consiguiente, un sueño. Esta idea la encontramos en el salmo 132, 1-5: “Señor, tenle en cuenta a David todos sus esfuerzos. El hizo al Señor este juramento, esta promesa al Fuerte de Jacob: No entraré bajo el techo de mi casa, no subiré a mi lecho para descansar, no daré sueño a mis ojos, ni reposo a mis parpados, mientras no encuentre un lugar para el Señor, una morada para el Fuerte de Jacob”.

No se puede comprender la elección de Jerusalén sin tener en cuenta este sueño profético, que es un sueño de paz. El sueño de David se trasformará en deseo divino, como se nos indica más adelante en el mismo Salmo: “Pues el Señor ha elegido a Sión, ha querido que sea su morada. Esta será mi morada para siempre, en ella quiero residir” (Salmo 132, 13-14).

Hay que tener en cuenta que David no fue el fundador de Jerusalén. David no hizo otra cosa que conquistar la ciudad, ya construida y habitada por los jebuseos. Es probable que Jerusalén era ya en esa época un importante centro religioso, como parecen indicar las tradiciones bíblicas que conciernen Melquisedec, sacerdote del Altísimo y aún otras tradiciones como la de la mítica inexpugnabilidad del “Monte Santo”.
La obra de David no fue otra que la de elegir una realidad ya existente y darle nueva orientación, nuevo significado teológico, dedicándola al Señor Dios de Israel.

II - La subida a la Ciudad Santa
La segunda etapa de Jerusalén como ciudad santa, como centro de peregrinación de los israelitas, es resultado de una elección divina. Leemos en el Éxodo: “Tres veces al año se presentarán todos los varones ante el Señor tu Dios” (23,17). La obligación de subir a Jerusalén incumbe, por lo tanto a los hombres. Las mujeres están dispensadas de esta ley. Esto no significa que les esté prohibida la peregrinación. Basta recordar el episodio evangélico de José y María que suben al Templo de Jerusalén, llevando al Niño con ellos.

La peregrinación al Templo tiene lugar tres veces al año: en las fiestas de Pascua, Pentecostés y Tabernáculos. Pero no todos los israelitas podían subir a Jerusalén tres veces al año. Había quien vivía lejos.
Pensemos, sobre todo, en los numerosos judíos que residían en la diáspora. El viaje de peregrinación era una experiencia espiritual única, un encuentro con Dios.

Encontramos en el libro de Los Salmos algunos expresamente dedicados para ser recitados en el curso de la peregrinación. Son los llamados “Cantos de la subida” y son los que van del Salmo 120 al 134. Estos Salmos, llamados también graduales presentan tres particularidades: 1) Son breves y, por consiguiente, fácilmente memorizables; 2) reputen algunas palabras claves, como el nombre de Jerusalén o el término shalom, paz; 3) reanudan en los versículos sucesivos con ciertas expresiones del versículo precedente, resultando un ritmo gradual, es decir, a gradas. Se refiere a las gradas que era preciso subir hasta llegar al recinto del Templo.

Los “Cantos de la Subida” son una especie de himnario para uso de los peregrinos que suben a Jerusalén. Podemos reconstruir el itinerario espiritual de este “santo viaje”, teniendo como base el salterio.
El salmo 84, por ejemplo, uno de los cantos de Sión, dice: “Dichoso el que encuentra en ti la fuerza y peregrina hacia ti de buena gana” (84,6). El hombre que cree en Dios, y que en él pone su fuerza, es uno de los que emprende viaje a Jerusalén. La fuerza del peregrino se multiplica según va subiendo gradualmente a la Ciudad Santa. Así lo dice el Salmo 87,8: “Caminan animosos para ver a Dios en Sión”.

Hay peregrinos que emprenden camino desde lejos, de un pais enemigo de la paz: “Ay de mi que vivo como emigrante en Mesec, desterrado en las tiendas de Cadar” (Salmo 120,5). Pero a un cierto momento se ha sentido invitado a subir a Jerusalén: “Me alegré cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor” (salmo 122,1)
¿Por qué Jerusalén seduce al peregrino? El salmista lo expresa en los siguientes términos: “Jerusalén está construida como ciudad bien conjuntada” (Salmo 122,3). De hecho Jerusalén tiene una doble realidad. Su mismo nombre lo indica: Jerushalaim, que en lengua hebrea suena a dual. Jerusalén es doble, tiene dos caras, pero unidas. Los rabinos y san Pablo hablan de la Jerusalén terrestre y celeste, la de abajo y la de arriba. Pero estas dos Jerusalenes –me sea lícito usar este plural- son indisolubles.

En términos más modernos podríamos decir que Jerusalén tiene doble identidad: política y religiosa. Es el centro político de las tribus de Israel. Nos lo dice el salmo 122,5: “Porque allí están los tribunales del palacio de David, los tribunales donde se administra la justicia”. Pero en Jerusalén está también el Templo, lo que le confiere carácter eminentemente religioso.
Estas dos caras de Jerusalén son, tanto ayer como hoy, indisolubles y firmemente unidas.

El peregrino viene oficialmente registrado como ciudadano de la ciudad Santa. Lo dice el salmo 87, 5-6: “Dirán de Sión: Todos han nacido de ella, él mismo, el Altísimo la ha fundado. El Señor escribe en el registro de los pueblos; Éste nació allí”. La expresión “este nació allí”, repetida tres veces en el salmo, parece ser una fórmula jurídica y oficial con la cual se declaraba a un individuo nativo de una determinada ciudad y, por consiguiente, dotado de todos los derechos municipales.

Es tan emotiva la experiencia del peregrino que, a su vuelta a casa, cuenta todo lo que ha visto y oído: murallas, muros y gentes. Esto es, en cierto modo, hablar de Dios y de su experiencia espiritual: “Recorred Sión, dad la vuelta contando sus torres, fijaos en sus murallas, observad sus palacios, para que podáis decir a las edades venideras: Así es nuestro Dios para siempre” Salmo 48, 14-15).

III La reconstrucción de Jerusalén
La tercera etapa en la historia de Jerusalén como ciudad santa la encontramos en las profecías de la reconstrucción de la ciudad en el período del exilio y post exilio, en particular en las profecías de los así llamados Segundo y Tercer Isaías. Las profecías del Segundo y del  Tercer Isaías son muy parecidas y emplean casi los mismos términos. Comúnmente se cree que el autor de los capítulos 56-66 del libro de Isaías sea un discípulo del autor en los capítulos 40-55.
No obstante hay una diferencia entre los dos y es que uno vive todavía en el exilio, mientras que el otro profetiza ya vuelto del exilio. Con otras palabras, cuando el Tercer Isaías se dirige a Jerusalén su relato es unívoco: habla de los habitantes de la ciudad que están reconstruyéndola, mientras que el Segundo Isaías “habla al corazón de Jerusalén” (Isaías 40,2) como ciudad que se encuentra todavía en ruinas o habitada por extranjeros.

Esto significa que para el Segundo Isaías la ciudad de Jerusalén tenía un significado no solo histórico o político sino espiritual. El Segundo Isaías se dirige, más bien, a los exiliados, a los que están destinados a volver  a Jerusalén para participar en su reconstrucción.
El profeta usa el término “Jerusalén” en acepción metafórica. Habla de una Jerusalén invisible construida por sus habitantes dispersos en el exilio. Esta distinción entre la Jerusalén visible y la invisible corresponde, al menos en parte, a la Jerusalén terrestre y celestial.

La Jerusalén invisible es la futura, la que hay que reconstruir. Leemos en Isaías 49,16-17: “Fíjate en mis manos: te llevo tatuada en mis palmas, tengo siempre presente tus murallas. Se dan prisa quienes te reconstruyen, ya se marchan los que te demolieron y asolaron”. Hay que notar que los pronombres que se refieren a Jerusalénestán siempre en femenino, porque Jerusalén es una madre para sus hijos, el mismo tiempo Jerusalén es la esposa de su arquitecto (Cf. Isaías 62,5), quien, como todo buen constructor, antes de construir traza el plano de la obra.
Dios ha trazado este plano en la palma de su mano derecha, como tatuaje. Por eso Jerusalén es inolvidable para Dios (Isaías 49,15) porque está escrita en su mano derecha. Si el Señor olvidara Jerusalén sería (parafraseando el salmo 137) como si Dios se olvidara de su mano derecha.
Y ahora nos preguntamos ¿Quiénes son los habitantes de Jerusalén? La respuesta nos la da el Segundo Isaías: Son todos los que reconocen la singular presencia divina en la ciudad. Y el Tercer  Isaías va más allá en la apertura universal: “Y a los extranjeros que deciden unirse y servir al Señor, que se entregan a su amor y a su servicio, que observan el sábado sin profanarlo y son fieles a mi alianza, los llevaré a mi monte santo y haré que se alegren en mi casa de oración… pues mi casa será casa de oración para todos los pueblos” (Isaías 56,6-7).
Conclusión: Solo la oración puede traer la paz a Jerusalén.


(*) P. Alberto Mello
Comunidad de Bose, Jerusalén.

Fuente: Revista Tierra Santa Nº 755 páginas 68 a 70; Nº 756 páginas 116 a 117 y Nº 757 páginas 170 a 171

lunes, 30 de septiembre de 2013

Curso para conocer la Biblia - Clase 30 - Te invito a continuar

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domingo, 29 de septiembre de 2013

Curso para conocer la Biblia - Clase 29 - La Biblia el libro del cristiano

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sábado, 28 de septiembre de 2013

Curso para conocer la Biblia - Clase 28 - La Biblia en la liturgia

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jueves, 26 de septiembre de 2013

Curso para conocer la Biblia - Clase 26 - Decálogo para meditar la Biblia

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miércoles, 25 de septiembre de 2013

Curso para conocer la Biblia - Clase 25 - Los diferentes periodos de la Biblia

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martes, 24 de septiembre de 2013

Curso para conocer la Biblia - Clase 24 - Las citas bíblicas

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lunes, 23 de septiembre de 2013

Curso para conocer la Biblia - Clase 23 - La Biblia y la Iglesia

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domingo, 22 de septiembre de 2013

Curso para conocer la Biblia - Clase 22 - La traducción de la biblia

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sábado, 21 de septiembre de 2013

Curso para conocer la Biblia - Clase 21 - ¿Cómo interpretar la biblia?

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viernes, 20 de septiembre de 2013

Curso para conocer la Biblia - Clase 20 - La sagrada tradición

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jueves, 19 de septiembre de 2013

Curso para conocer la Biblia - Clase 19 - El canon bíblico

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miércoles, 18 de septiembre de 2013

Curso para conocer la Biblia - Clase 18 - La revelación progresiva

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martes, 17 de septiembre de 2013

Curso para conocer la Biblia - Clase 17 - Los géneros literarios

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lunes, 16 de septiembre de 2013

Curso para conocer la Biblia - Clase 16 - La Biblia dice la verdad

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