"Nosotros no poseemos la verdad, es la Verdad quien nos posee a nosotros. Cristo, que es la Verdad, nos toma de la mano". Benedicto XVI
"Dejá que Jesús escriba tu historia. Dejate sorprender por Jesús." Francisco
"¡No tengan miedo!" Juan Pablo II
"Dejá que Jesús escriba tu historia. Dejate sorprender por Jesús." Francisco
"¡No tengan miedo!" Juan Pablo II
martes, 24 de mayo de 2022
viernes, 28 de septiembre de 2012
La violencia de la sombras (Meditación)
Felices los que son perseguidos
por practicar la justicia
porque a ellos pertenece
el Reino de los cielos
Dios le había regalado un lindo corazón. Era capaz de amar y apasionarse. Tenía capacidad para ver. Sus ojos siempre miraban a las cosas, y no le costaba vibrar con lo que veía. Por eso las injusticias lo sacudían fuerte. Muchos le tenían desconfianza porque le conocían un corazón arrebatado y violento.
Encima era bastante ingenuo. Le gustaba hablar, mostrarse y manifestar lo que llevaba adentro. Eso le hacía amar cosas contradictorias, y muchos creyeron que era un incoherente. Otros creyeron poder utilizarlo, y cuando él siguió nomás su rumbo, no lo comprendieron.
Alma de niño, buscaba ansiosamente la verdad, y quería a toda costa practicar la justicia. Llevar la justicia a la práctica era para él una obsesión. Tal vez hubiera algo de biológico en ese apetito de justicia. Por eso se comprometía tan entero cuando veía, en algún lugar o persona, la realidad de un compromiso por la justicia.
Pero como la justicia es una realidad tironeada por diversos bandos que creen poseerla en exclusiva (como se pelean los perros por achura), le sucedió más de una vez el querer tironear desde distintos rumbos. Desde todos lados le ladraron para animarlo, y de todos lados le lanzaron su mordisco. Y él seguió nomás, apasionado por llevar la justicia a la práctica. Tal vez sin plan, sin proyectos, guiado como por un instinto. Amaba la parte de justicia que encontraba en cada hombre, y pretendió sacudir la vergüenza en cada grupo.
Y eso es peligroso. Es peligroso ponerse a plena luz cuando andan sueltas las tinieblas. Y en cada compromiso, en cada realidad hay un encontronazo ente la luz y las tinieblas, entre el miedo y la vergüenza. Y es peligroso para un hombre amar la luz en cada cosa, y en cada cosa pretender vencer la noche mediante la vergüenza.
Por eso el miedo que hay en cada uno de nosotros se puso a perseguirlo. A escondidas, por supuesto. El miedo suele ser cobarde, y prefiere no mostrar la cara al descubierto.
De ahí que el día que lo mataron, nadie quiso ser responsable del suceso. Nos echamos la culpa mutuamente, y hasta a lo mejor creímos ser sinceros.
Poco importa el nombre del que lo mató, y el nombre y apellido del que ha muerto. Lo mató la violencia de las sombras, y su nombre está escrito en el libro de la vida. Un pueblo lo lloró en silencio. Ese pueblo que también ama la justicia, y que como todos los perseguidos por llevar la justicia a la práctica, tendrá en herencia el Reino de los cielos.
Porque al morir un hombre por practicar la justicia, se opera en él la victoria definitiva de la luz sobre las sombras. La luz vence en ese hombre a las tinieblas. Y así se le abren las puertas del Reino de la luz.
Felices de ustedes cuando sean perseguidos e insultados, y cuando digan toda clase de cosas falsas sobre ustedes. Alégrense, no se pongan tristes: porque van a recibir un gran premio en los cielos; porque así también persiguieron a los profetas que vivieron antes que ustedes (Mt 5, 11-12).
por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande.
jueves, 27 de septiembre de 2012
La utilidad de los rumiantes (Meditación)
Una vez, no hace tanto ni muy lejos, había un pueblito solitario y perdido entre las ciudades de los hombres. Era un pueblito chiquito y sin importancia. No tenía emisora ni diario, y por eso todo pensaban que esa gente del pueblito no tenía nada que decir. En ese pueblito de campo todos hablaban bajito porque se habían acostumbrado a escuchar. De vez en cuando, sí, cantaban, chiflaba o tarareaban; y tenían los ojos grandes, acostumbrados a mirar.
Era un pueblito con niños desnutridos, de barriguita abultada y bracitos de mamboretá.
Un grupo de científicos vino una vez a visitar el pueblito. Vinieron derrochando palabras y sonrisas, y hablaron en términos exactos e incomprensibles. Llenaron planillas con nombres y preguntas, tubitos de vidrio con muestras de sangre. Al verdad es que la gente del pueblito se sintió humillada y guardó silencio. Los científicos los conceptuaron como gente apocada y taciturna. Diagnosticaron descalcificación y avitaminosis. Mientras que los niños del pueblo hasta ahora sólo se habían cuenta de que tenían hambre. Los científicos elevaron un informe al ministerio. Si llegó hasta aquella orilla, no sé: porque era de papel.
Pero el Señor Dios amaba a ese pueblito. Y quiso ayudarlo. Por eso un buen día el Señor Dios mandó a ese pueblito tres cabritos y una vaca. Cuatro animalitos de ojos mansos y un balido adentro. Nada traían para el pueblito; simplemente venían a quedarse. Una había nacido en una estancia, las demás en otras partes.
Al principio despertaron la curiosidad. Al pasar por las calles del pueblito la gente las miraba. Como no venían a traer ni a buscar nada, pronto fueron admitidas en la vida del pueblito. Las vieron mansas e indefensas y comenzaron a protegerlas; hasta comenzaron a hablarles porque las vieron calladas.
Para alimentarse les bastó con los yuyos y pastos que crecían en el lugar, y que ellas mismas salían a buscarse. Y la gente se alegró de verlas comer y alimentarse de lo mismo que había entre ellos. Y por eso, no sólo no las espantaron del lugar sino que hasta llegaron a construirles un corral. Un corral para sus noches; porque de día les gustaba verlas por las calles, entrar en sus patios, participar en su misma geografía familiar. Hasta se hicieron amigas de sus perros, que ya no las toreaban al verlas llegar. Y ustedes saben que en el campo, solamente a las visitas amigas los perros no les ladran.
Y fue así cómo, con el tiempo, el pueblito se dio cuenta del regalo que Dios les había hecho con ellas. En cada madrugada empezaron a contar con su vaso de leche para sus niños chicos, para sus ancianos enfermos, para sus madres que amamantaban.
Vaso de leche que no era una realidad traída de afuera. Pero que sin embargo hasta ahora nunca habían tenido. Eran sus propios pastos, su trébol familiar asumido y rumiado lento en sus horas de silencio y soledad, con sus ojazos vueltos hacia el cielo. Y los hombres del pueblito se dieron cuenta de la importancia de esos tiempos de rumia y de silencio que pasaban sus animalitos. Y como por instinto comenzaron a respetar esos momentos.
Cuando a eso de la oración, por las tardes, al caer el sol todos volvía del trabajo y las veían reunirse en su corral y quedarse quietas con los ojazos mirando el cielo, se dieron cuenta de la importancia de ese tiempo para ellos. Y respetaron su soledad y su silencio. De esa rumia del atardecer dependía que la leche fuera tan sabrosa en la madrugada. Eso no hubo necesidad de explicárselo a la gente del pueblito; se dieron cuenta solos, porque eran gente con los ojos acostumbrados a ver.
No sé si a ustedes les pasará lo mismo. Pero a mí a veces me da pena ver a tantos animales con capacidad de rumia, uncidos noche y día a los arados, con tiempo apenas para comer. Y me pregunto si no será esa la causa de que en nuestro pueblo se sufra de descalificación.
por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande.
martes, 25 de septiembre de 2012
La pobreza y la fe (Cuentos y Relatos)
No habrá tenido mucho. Pero lo que tenía era muy suyo. Sobre todo, porque de tanto llevarlo encima había terminado por sentir indispensables todas esas realidades: sus botas, su poncho, sus ropas, su chambergo y su facón.
¡Habían compartido tantas cosas juntos, que había terminado por encariñarse con todo eso! Más que cosas suyas, las sentía como parte de sí mismo. Como realidades de su misma historia. Al sentir consigo todas esas realidades, se sentía viviendo una historia con continuidad: historia con pasado. Y todo hombre que está en camino siente la tentación del pasado. Tentación que se concretiza en el poseer; en el no dejar.
Al llegar a la orilla de ese río, la opción le resultó dura. Esa realidad del río que atravesaba como un tajo su camino, le exigía una decisión dolorosa. No es que no quisiera atravesarlo; ¡si para eso se había puesto en camino! Lo duro no estaba en vadearlo; sino en que para vadearlo debía tomar una actitud nueva frente a todas sus cosas viejas; frente a todo lo que era suyo; frente a todo lo que se le había adherido.
Todo bicho exigido a dejar el pellejo, busca arrinconarse. Lo busca hasta el gusano que quiere ser mariposa. Para poder crecer hasta el volido, necesita aceptar el retiro del capullo. La rosa y el gusano lo hacen por instinto; al cristiano, por ser hombre, le toca decidirlo.
Al llegar a la orilla del río, nuestro hombre se acurrucó en silencio. Antes de despojarse por afuera necesitaba unificarse por dentro. Necesitaba mirar la correntada, dejar que ella le entrara por los ojos y se le fuera corazón adentro. Necesitaba que el corazón pasase primero, para poder luego seguirlo su cuerpo.
En esa actitud se le fue la tarde, y la noche le cayó encima con todo su misterio. Y en esa actitud lo pilló el lucero. Fue entonces recién cuando dijo: "sí". Un sí que lo venía arreando desde lejos. El mismo sí, que lo pusiera en movimiento al comienzo.
Despacio se puso de pie, se quitó el poncho y lo tendió en el suelo. Se sacó las botas y las colocó en el centro. Luego el facón, el pañuelo, la faja y el chambergo. A cada pilcha que entregaba, el hombre se iba empobreciendo. Los grandes momentos de la vida no necesitan dramatismo.
El drama es el escenario ficticio que necesitan ciertos acontecimientos cuando carecen de suficiente espesor para impactarnos por sí mismos. O cuando no han sido aceptados por la rumia y nos resultan indigestos.
Por eso el hombre, sin broma ni drama, ató las cuatro puntas del poncho que contenía todo los suyo. Lo voleó tres veces como un lazo para darle impulso y lo tiró por encima de la correntada para que fuera a caer a la otra orilla. De este modo colocaba lo suyo allí donde él mismo debía llegar. Hacía que lo suyo se le adelantara para esperarlo en la meta.
Y allí quedó él, en la orilla de acá, liberado de todo para poder vadear mejor ese río y urgido a vadearlo para poder encontrarse con todo lo suyo, que lo había precedido. Porque era un hombre que amaba profundamente lo suyo.
Nada se ha de perder
de lo que el Padre nos ha dado.
Hace más de veintitrés siglos un joven salmista, al que le pasó algo parecido, le decía al Señor en un largo poema:
Yo pongo mi esperanza en vos Señor,
que no quede frustrada mi esperanza
(Salmo 118)
por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande
lunes, 17 de septiembre de 2012
Nuestro loro (Cuentos y Relatos)
Pero un loro auténtico. No una cotorra. Ni siquiera se lo hubiera podido confundir con uno de esos loros chicos, que comen girasol y que en norte llaman calancates. El nuestro era un loro grande, nacido en el norte.
Lo habían traído de pichón y se había criado con nosotros, compartiendo nuestra vida de cada día, nuestros entusiasmos y nuestras discusiones. Y fue así como aprendió a gritar muchas cosas.
Se llamaba Pastor. Es cierto que ese nombre se lo habíamos impuesto. Pero él lo había aceptado. Cuando tenía hambre, por ejemplo, y quería suscitar nuestra compasión, repetía en tono triste:
-¡Pobrecito Pastor! ¡La papa para Pastor, pobrecito Pastor! - Y agarraba con una de sus patitas el pedazo de pan familiar.
Aferrándose con la otra de donde estaba apoyado, lo comía con gesto humano. Con gesto de familia.
Cuando sentía torear los perros, gritaba: "¡Fuera, fuera!", y compartía nuestras euforias gritando: "¡Viva River!" cuando escuchaba los partidos por radio. Además repetía las órdenes que se daban a los chicos, y así nos mandaba encerrar los terneros, traer agua; o simplemente nos llamaba por nuestro nombre.
En casa lo teníamos por uno más de la familia. Habiendo compartido casi la totalidad de su vida conciente con nosotros, pensábamos que todos sus ideales se identificaban con los nuestros. Lo creíamos un loro domesticado. Le teníamos tanta confianza que le habíamos otorgado plena libertad.
Porque tienen que saber que teníamos otros pájaros: tres cardenales copete rojo y una urraca de monte. Tuvimos tordos y boyeros de esos que hacen su nido como una larga media colgada de las ramas de un algarrobo. En fin, una variedad de otros pájaros salvajes. Pero a todos los teníamos encerrados en sus jaulas. De ellos nos interesaban sus trinos y sus colores; pero sabíamos que no deseaban compartir nuestra vida. No estaban integrados.
En cambio nuestro loro, no. Se subía a nuestros mismos árboles y gateaba las mismas ramas que nosotros, los chicos. Nuestro parral era también suyo. Y los días de lluvia o frío compartía la tibieza de nuestra cocina.
Para saber dónde estaba, bastaba con gritar fuerte:
-¡Pastor!…- y él, desde su rama o su rincón contestaba:
-¡Eu!
Con pico y patas descendía hasta uno para tomar su pedazo de pan familiar.
Eso sí. Tenía sus agresividades. ¡Cómo no! Y también sus antipatías. Eso era lógico. A todos en casa nos pasaba más o menos lo mismo.
Pero no. Seguramente no fue ése el motivo de su insólita actitud aquella tarde de otoño.
Sí. Era otoño. Lo recuerdo bien. Como una cicatriz de mi infancia. Era otoño porque aquella tarde casi todos los mayores estaban juntando algodón en el campo. Papá estaba en el pueblo. Algunos estábamos en la escuela, y sólo quedaba en casa mamá y uno o dos de los más chicos. Habrán sido las tres o cuatro de la tarde. Cada uno estaba en lo suyo, y todo parecía estar en paz.
Viniendo desde el sur, una bandada de loros salvajes emigraba hacia el norte; hacia las selvas, las Cataratas, el Paraguay. Su vuelo nervioso era apuntado por esos gritos característicos del loro en vuelo:
-¡Creo, creo, creo!…- y la bandada pasó sobre mi casa.
¿Qué le pasó a nuestro loro? ¿Habrá estado triste, disconforme? ¿Se habrá sentido oprimido o alienado? Puedo asegurarles que en casa no le faltaba nada y papá era exigente en que no se maltratara a ningún animal; menos al loro familiar por el cual sentía afecto especial.
No. Estoy seguro de que no. No fue por ninguno de esos motivos. No fue para liberarse de algo. Fue simplemente porque sintió que algo se liberaba en él. Sacudido por ese grito ancestral de su raza en vuelo, también en él surgió la necesidad imperiosa de afirmar su fe en aquellas realidades primordiales que constituyen la esencia de todos los loros. Y agitando sus alas torpes, no adiestradas para el vuelo, lanzó también él ese grito que le dormía dentro:
-¡Creo, creo, creo!… - y se largó a volar.
Fue sólo un gesto. Una manera de concretizar su profunda fe en las selvas, en las cataratas, en yerbales y naranjales que él nunca viera, y que nunca serían plenamente suyos.
La bandada se perdió pronto sobre los chañares, arreando hacia el norte su profesión de fe.
Nuestro loro no pudo seguirla. A las pocas cuadras perdió altura y aterrizó. No estaba adiestrado para el vuelo largo. En nuestra familia nadie tenía esas oportunidades, y a él mismo nunca se había presentado la necesidad de ensayarlas.
Esa noche, al reencontrarnos todos nuevamente reunidos en familia, notamos la ausencia de Pastor. En su media lengua, mi hermanito menor dio a entender que el loro se había volado hacia el norte. Alguien creyó recordar que, efectivamente, a media tarde una bandada de loros había sobrevolado el algodonal.
Todos lamentados sinceramente que nuestro loro se hubiera podido ir con ellos. Y a todos nos sobrecogió el temor por los peligros que acecharían a Pastor, ya que sabíamos que era imposible que hubiera podido seguir el ritmo de la bandada. Caído a mitad de vuelo, quizás no habría un árbol cerca; así estaría en pleno campo bajo el peligro de los zorros o de los gatos. Una de mis hermanas - la más sensible - se largó a llorar.
Con todo, creo que se exageraron un poco los peligros. Probablemente lo que nos preocupaba no era tanto las dificultades que encontraría nuestro loro en su nueva situación, cuando el haberlo perdido. Sobre todo nos mortificaba que ya no fuera nuestro loro.
De hecho, Pastor había caído a unas pocas cuadras entre el algodonal. Dos o tres días después lo encontramos. ¡Pobre!, daba lástima. Estaba muerto de hambre. Y lo descubrimos justamente porque al pasar cerca de él, se puso a gritar esa serie de frases familiares que había aprendido entre nosotros. Sus ¡vivas! y sus ¡fuera! Fue así como descubrimos su paradero.
Todos nos alegramos de haberlo reencontrado. Y todos estuvimos de acuerdo en que había que cortarle las plumas de sus alas para que no volviera a repetir la experiencia. Hasta mi hermana - ¡la más sensible! - estuvo de acuerdo también. Porque Pastor nunca podría seguir a las bandadas. Por tanto había que impedirle nuevas experiencias.
Hoy, al pensar en aquella decisión de mi familia, me pregunto: "¿Fue un auténtico y sincero cariño por Pastor lo que nos llevó a cortarle las alas para evitarle problemas?".
Tal vez hubiera sido mejor darle mayores oportunidades de vuelos controlados, para que realmente estuviera capacitado. No sé. Por ejemplo, se lo podría haber llevado lejos, dejándolo luego un poco solo, para obligarlo a volar por su cuenta hasta nosotros. Así, a la vez que ensayaba el vuelo largo, aprendería a tomar nuestra casa como punto de referencia y lograría realizar el vuelo de retorno.
Pero tengo que reconocer que fuimos egoístas. Preferimos la solución fácil. Pastor fue humillado y perdió las hermosas plumas de colores de la punta de sus alas.
Pienso que también dramatizamos algo que no era para tanto. ¿Qué es lo que en el fondo había hecho Pastor? Seguramente, su gesto no fue un signo de protesta contra nuestro estilo de vida familiar. No fue un querer irse porque estuviera en desacuerdo, o como un decirnos que todos sus gestos anteriores habían sido un simple formulismo hecho sin convicción; como si nunca hubiera compartido auténticamente lo nuestro.
Simplemente había sentido de repente ese grito que despertaba en Pastor una fidelidad que nunca había sentido antes entre nosotros. Era la profesión de fe de su raza en vuelo. Y Pastor, sacudido por ese grito de su raza, había realizado un gesto sin pensar siquiera en las consecuencias, y menos que con ello pudiera ofender nuestra incapacidad de volar.
Se había equivocado. De acuerdo. Pero ¿a quién en casa no le había pasado alguna vez algo parecido, no se había equivocado al escuchar un grito nuevo?
-Habría podido consultar - se me dirá. Pero ¿a quién? Cada uno estaba enteramente ocupado en lo suyo y ni siquiera hubiera podido comprender su intimidad intransferible de loro.
Nosotros sacamos demasiadas conclusiones. La verdad: le tuvimos miedo al futuro. Y olvidamos sus diez mil gestos buenos, profundos, con sentido auténtico, por uno que le fracasó y que había hecho sin consultar.
¡Qué ridículo fuiste, Pastor, durante un tiempo, caminando pasito a paso por los patios, intentando vuelos que irremediablemente terminaban en tumbos, con tus alas amputadas! Para alcanzar las ramas que antes eran las metas de sus volidos, ahora tenías que gatear el tronco con pico y patas como una comadreja. Realmente, Pastor, te hicimos sufrir una gran humillación.
Pero, creémelo: lo pensábamos justificado. Porque con ello asegurábamos tu permanencia definitiva entre nosotros. Nosotros, ¡te hubiéramos extrañado tanto! Con esa decisión de cortarte las plumas y no permitirte el vuelo largo, nosotros nos comprometíamos con vos, con tu futuro, con tu seguridad.
Pero nuestra familia no era dueña del futuro. Ni del tuyo, ni del de ella misma. El futuro es sólo de Dios. ¡Es tan delicado comprender a los demás definitivamente mediante nuestras decisiones arbitrarias y poco generosas!
Unos cuantas años después nuestra familia tuvo que emigrar. Tuvo que dejar ese campo familiar, ese rancho con tantos recuerdos y esos árboles que vos y yo gateábamos rama a rama. Y nos fuimos a vivir al pueblo.
No. No fue fácil acostumbrarse. Tampoco para nosotros. Creémelo. El terreno era pequeño. La casa de material, con pisos de cemento. No había árboles. Al principio ni siquiera teníamos un parral.
Pero si a mi familia se la hacía difícil amoldarse, a vos se te hizo imposible.
No hubo santo. No tenías espacio vital. Comenzaste a ponerte triste. Ya no hablabas. Perdías el color de tus plumas. Andabas todo el día huraño. Y lo que es peor: molestabas en todas partes porque no lograbas ubicarte vos mismo.
Las visitas, que allá en el campo dejabas admiradas, ahora preguntaban para qué te teníamos. Y entre esas visitas, no faltó quien te codiciara. En su casa tenía un lindo bananal.
Y fue así nomás: te vendimos. Siento una profunda vergüenza al tener que confesarlo. Pero… te vendimos. Quinientos pesos viejos. Casi como para decir que carecías de valor. Como quien se saca de encima un estorbo.
La última vez que te vi estabas encaramado entre las hojas del bananal. No diste señales de reconocerme.
Y sin embargo yo quiero creer que no nos guardás rencor.
Necesito creerlo. Para que en mí no muera lo mejor de vos.
Nota: Este cuento no es un cuento. Es un sucedido. Es estrictamente histórico hasta en sus detalles. Por ello puede ser una parábola.
por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande
domingo, 16 de septiembre de 2012
Los grillos y el vendaval (Cuentos y Relatos)
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| Grillo |
Caído ya el sol, todo el horizonte refucilaba en silencio, como quien prueba el filo de sus armas antes del entrevero.
Los molinos montaban guardia, cada uno en la esquina de su potrero, olfateando el viento, siempre de frente. Y los grandes eucaliptos de las avenidas entraban en la noche de a pie, bien agarrados en la tierra con sus raíces en abanico y recortando un trozo del cielo estrellado con su ramaje tendido al aire. Algunos eran bien grandes. Se los podía ver desde legua y media de distancia; y hasta podían ser puntos de referencia.
Alrededor de las casas estaban desparramados los demás árboles. Unos grandes; otros pobres, más chicos. Algunos tenían como misión dar fruta, otros sólo flores. Y otros estaban allí nomás por llenar un hueco, simplemente porque la casualidad de la vida había hecho entrar allí su carozo. O tal vez porque alguien, alguna vez, se había fijado en ellos y los había transplantado allí.
Alrededor de las casas estaban desparramados los demás árboles. Unos grandes; otros pobres, más chicos. Algunos tenían como misión dar fruta, otros sólo flores. Y otros estaban allí nomás por llenar un hueco, simplemente porque la casualidad de la vida había hecho entrar allí su carozo. O tal vez porque alguien, alguna vez, se había fijado en ellos y los había transplantado allí.
Pero todos, eso sí, habían buscado la altura. Su ansia de aire y de luz los había obligado a estirarse para sacar al menos el brazo de una rama por encima de los demás. Algunos no habían llegado a tiempo y ahí estaban, tapados y secos.
Todos entraban en la misma noche, cada uno con su historia hecha de pasado y de proyectos. Cada uno asegurado en su existencia por la profundidad de sus raíces, la seguridad de sus tornillos o la flexibilidad de sus ramas.
El tiempo había ido acumulando en ellos fuerza y resistencia. Curtidos por los soles o los vientos, habían terminado por tener confianza en ellos mismos. Además, cada uno de ellos comprendía y valoraba el aporte de su propia existencia. Algunos tenían sus frutas casi maduras. Otros las estaban haciendo crecer para mayo.
Leña, abrigo, sombra o agua: cada techo y cada árbol tenía conciencia de estar cumpliendo una misión. Y la conciencia de estar cumpliendo una misión importante mantiene fácilmente en pie y hace que uno considere su propia existencia como imprescindible.
A lo mejor, acostumbrados de tiempo a estar allí plantados, les resultaba difícil imaginarse ese paisaje sin ellos. Y de tanto tomarse entre ellos como puntos de referencia, y de mirar desde la altura de sus ramas hacia abajo, habían reducido su geografía a la superficie capaz de ser cubierta por su sombra. Habían reducido la vida a su vida, y la existencia a su existencia.
El tiempo había ido acumulando en ellos fuerza y resistencia. Curtidos por los soles o los vientos, habían terminado por tener confianza en ellos mismos. Además, cada uno de ellos comprendía y valoraba el aporte de su propia existencia. Algunos tenían sus frutas casi maduras. Otros las estaban haciendo crecer para mayo.
Leña, abrigo, sombra o agua: cada techo y cada árbol tenía conciencia de estar cumpliendo una misión. Y la conciencia de estar cumpliendo una misión importante mantiene fácilmente en pie y hace que uno considere su propia existencia como imprescindible.
A lo mejor, acostumbrados de tiempo a estar allí plantados, les resultaba difícil imaginarse ese paisaje sin ellos. Y de tanto tomarse entre ellos como puntos de referencia, y de mirar desde la altura de sus ramas hacia abajo, habían reducido su geografía a la superficie capaz de ser cubierta por su sombra. Habían reducido la vida a su vida, y la existencia a su existencia.
Al final la noche terminó por envolverlo todo. El candil de una luna en creciente apenas si lograba mantenerse encendido detrás de las nubes; pero no iluminaba nada. Sólo el chispear de los refucilos cada vez más amplios en sus ademanes, lograba regalar su contorno a los árboles con más tamaño. Pero eso era sólo el gesto de un instante, lo necesario como para ubicar al enemigo.
Cuando del bochorno del día cada uno se fue entregando al descanso atrincherado en sus viejas seguridades. Sólo los grillos parecían estar despiertos y mezclaban en toda esa geografía su humilde canto inútil.
Acostumbrados a mirar desde abajo y a sentirse pequeños, se habían olvidado casi de sí mismos y necesitaban de su canto para comunicarse con sus hermanos grillos invisibles, pero también despiertos. Así profesaban su fe en todo lo grande que veían arriba: el cielo, las nubes, los refucilos; y mucho, pero mucho más lejos, las estrellas ahora ocultas.
Acostumbrados a mirar desde abajo y a sentirse pequeños, se habían olvidado casi de sí mismos y necesitaban de su canto para comunicarse con sus hermanos grillos invisibles, pero también despiertos. Así profesaban su fe en todo lo grande que veían arriba: el cielo, las nubes, los refucilos; y mucho, pero mucho más lejos, las estrellas ahora ocultas.
A media noche se oyó un grito. Ese grito inmenso de la naturaleza sorprendida por el vendaval. Cada rama, cada tronco, cada arista gimió bajo el tremendo empuje de la avalancha. Cedieron las raíces de los inmensos eucaliptos, y en su caída esos gigantes aplastaron en su abrazo a cuanto se guarnecía a su sombra.
Todo cuanto estaba de pie fue sacudido por el vendaval, que en sólo tres minutos cambió el viejo paisaje abriendo brechas de luz y derramando descuajados los ramajes con historias y proyectos. También el canto de los grillos fue ahogado por ese alarido del vendaval y de las cosas, y en esos momentos ya nadie pensó más en ellos. Ni en ello ni en nada. El impacto de la sorpresa y la angustia del paisaje transformado, hicieron que los hombres se olvidaran de todo lo que aún seguía igual.
Todo cuanto estaba de pie fue sacudido por el vendaval, que en sólo tres minutos cambió el viejo paisaje abriendo brechas de luz y derramando descuajados los ramajes con historias y proyectos. También el canto de los grillos fue ahogado por ese alarido del vendaval y de las cosas, y en esos momentos ya nadie pensó más en ellos. Ni en ello ni en nada. El impacto de la sorpresa y la angustia del paisaje transformado, hicieron que los hombres se olvidaran de todo lo que aún seguía igual.
A lo mejor nadie pensó que las estrellas aún seguían en sus sitios. Nadie de los hombres, aturdidos por el miedo, consideró que aún se darían atardeceres quietos y anocheceres tibios con luciérnagas en los reparos.
Tratando de templar los nervios, tendido en la cama, yo escuchaba los truenos que se alejaban hacia el este destrozando paisajes viejos, arriados por refucilos que la distancia hacía cada vez menos enérgicos.
El silencio se fue acercando, como para ver qué pasó. Y fue entonces cuando un chirrido arañó el silencio de los truenos lejanos. Breve, el canto del grillo se detuvo como asustando de lo que había hecho. Pero al ratito se repitió con más confianza. Y pronto tomó la firmeza y el ritmo cadencioso de las letanías de capilla de misión.
Otros grillos se unieron a su rezo, y pronto, de entre los pastos prosternados por el vendaval, surgió hacia la noche madre de las estrellas aún ocultas, hacia Dios, esa profesión de fe en la vida y en la victoria sobre todos los vendavales pasados y futuros.
El silencio se fue acercando, como para ver qué pasó. Y fue entonces cuando un chirrido arañó el silencio de los truenos lejanos. Breve, el canto del grillo se detuvo como asustando de lo que había hecho. Pero al ratito se repitió con más confianza. Y pronto tomó la firmeza y el ritmo cadencioso de las letanías de capilla de misión.
Otros grillos se unieron a su rezo, y pronto, de entre los pastos prosternados por el vendaval, surgió hacia la noche madre de las estrellas aún ocultas, hacia Dios, esa profesión de fe en la vida y en la victoria sobre todos los vendavales pasados y futuros.
¿Inconsciencia del grillo? No.
Simple y profunda intuición de mi pueblo humilde.
Hay árboles que sólo cuando han caído
uno se da cuenta de lo grandes que eran
(proverbio chino).
por Mamerto Menapace, publicado en Cuentos Rodados, Editorial Patria Grande.
viernes, 7 de septiembre de 2012
La espiga y la vida (Espiritualidad)
La misión de la espiga no es ser el lugar definitivo para la semilla. Cada semilla debe asumir la vida de una manera tan suya y personal, que pueda vivirla independientemente de la espiga en la que maduró.
Toda semilla que quiera cumplir con su vocación de vida, y con su misión por los demás, debe aceptar la deschalada y el desgrane.
Sólo si ha asumido su vida en plenitud y de una manera personal, será capaz de seguir viviendo luego de la desgranada. Y así podrá incorporarse al gran ciclo de la siembra nueva.
Si su vida es auténtica y acepta hundirse en el surco de la tierra fértil, su lento germinar en el silencio aportará al sembrado nuevo una planta absolutamente única, pero que unida a las demás, formará el maizal nuevo.
No es el maizal el que valoriza la identidad de las plantas. Es el valor irremplazable de cada planta en su riqueza y fecundidad lo que valoriza al maizal.
No es la sociedad nueva la que creará los hombres nuevos. Son los hombres nuevos quienes formarán la nueva sociedad.
por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande
Job, el hombre de los basurales (Cuentos y Relatos)
Felices los que tienen hambre
hambre y sed de justicia
porque ellos serán saciados
Sentado en el basural; Job sintió que le ardía por dentro su vieja hambre y sed de justicia. En él el hombre había tocado fondo. El dolor le había invadido esa parte del alma donde no logran entrar las respuestas prefabricadas ni los dogmas de los seguros de sí mismos. Poco le importaba ya que su grito sonara a blasfemia en los oídos de esos otros hombres sobornados por la seguridad de su salud, de sus bienes y de su seguridad.
Estaba harto del consuelo insípido de una doctrina elaborada por hombres satisfechos, que miraban el dolor ajeno como un problema, como un enigma capaz de respuesta intelectual. Job ya no aceptaba que se le hable de Dios, para explicarle su dolor. Eso no le solucionaba nada. Quiere hablar con Dios. Pero Dios le parece incomprensiblemente ausente. Por eso eleva su voz, aunque moleste.
Porque Job sufre en su carne la injusticia de Dios. Quiere enfrentarse con Dios, pedirle una explicación. No le importa jugarse la vida en ese anhelo absurdo. ¡Está hambriento de justicia! La sed que lo devora por dentro lo hace delirar y su grito sale por todos los caminos buscando a Dios para enfrentarlos, para someterlo a juicio.
Nada le importa que sus amigos se escandalicen. Job sabe que Dios es suficientemente grande como para no necesitar de la estúpida defensa que algunos hombres sobornados quieren brindarle. Job quiere sacudir la vergüenza de Dios. Si ese grito suena a blasfemia para sus amigos, a Job nada le importa: Job entonces blasfemará. Lo que le importa es que su grito llegue hasta Dios, porque en la profundidad de la experiencia de su dolor; Job intuye que sólo Dios tiene la respuesta para su hambre de justicia.
Pero Dios parece burlarse de Job. Rehuye el enfrentamiento porque se siente más fuerte, pero no por eso deja de aniquilar a Job en forma para él incomprensible. Entonces Job se enardece y pide justicia a la tierra, y su voz es la voz de todo hombre que muere sin comprender el por qué, pero creyendo en la verdad de la justicia. Es el grito del que muere en los basurales:
¡Tierra! No cubrás vos mi sangre,
¡que no quede en secreto mi clamor!
Y la tierra no cubre la sangre del que muere pidiendo justicia. Recoge ese gemido de sus hijos y se queda ahí abierta hacia el cielo haciéndose eco y asumiendo ese inmenso clamor de justicia que va a golpear los oídos de Dios. La sangre de Abel fue la primera, allá en los inicios, y a ella se uniría la de Job, y la de cada hombre que muere con hambre y sed de justicia.
Respondiendo a ese grito de la sangre derramada, Dios quiso en Cristo asumir nuestra sangre para unirla a todas esas sangres, a fin de conseguir de Dios una respuesta. La respuesta de Dios a la protesta de Job, es Cristo muerto y resucitado. Respuesta que en definitiva sigue siendo un misterio en esta tierra; porque aún la historia no está consumada.
Pero llegará un día en que la respuesta será completa y nuestra hambre y sed de justicia, será saciada.
por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande.
jueves, 6 de septiembre de 2012
El candil de la nona (Cuentos y Relatos)
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| Candil |
Como si a fuerza de estar y de alumbrar, hubiera logrado vencer el tiempo y permanecer.
Era una lámpara antigua de bronce. Tampoco podría afirmar, al revivirla hoy en mi recuerdo, si lo que la adornaba eran dibujos o simplemente arrugas con las que la vida y los acontecimientos habían ido ganándole un rostro.
Tenía ese noble color del bronce, y la capacidad de alumbrar en silencio.
Era una lámpara con pie. Cuando se la encendía, se la colocaba siempre en el centro de la mesa familiar. De ahí que su recuerdo lo tengo acollarado a las noches de invierno. Porque en verano vivíamos a la intemperie, y entonces no se usaba la lámpara, sino un farol que se colgaba de las ramas del árbol del patio.
Pero la lámpara de bronce tenía esa rara cualidad de crear la intimidad. Objeto quedado, de entre miles de objetos idos, la vieja lámpara de bronce parecía haber asumido en lo más íntimo de sí su propia soledad, y quizá fuera de allí de donde sacara esa misteriosa fuerza para crear la comunión.
Cuando entrada la noche se encendía la lámpara, parecía que su luz quieta hiciera crecer a su alrededor el silencio, y no sé qué misterio viejo. Mirando su llamita, los niños dilatábamos las pupilas, y quietos de cuerpo y alma, remábamos tiempo adentro. Hacia esa época legendaria en que grandes vapores llenos de inmigrantes avanzaban por el mar hacia nosotros. En uno de ellos había venido a desembarcar en nuestra mesa aquella lámpara.
Entre nosotros su luz creaba esa misteriosa realidad de hacernos sentir con raíces, viniendo de un tiempo viejo. Sabíamos que en otros tiempos su luz había alumbrado fiestas bulliciosas; que en ocasiones había creado la sombra precisa para ocultar una mirada furtiva; y que su llama había mantenido la luz necesaria para alimentar las confidencias.
En aquellos tiempos viejos, quizá había sido en las noches de la llanura la única respuesta de luz en leguas a la redonda, para el diálogo de nuestros abuelos con las estrellas.
No la sentíamos vieja. Porque intuíamos que había superado el tiempo. De la misma manera no nos atrevíamos a llamar vieja a una fruta madura. Madura de alumbrar, había terminado por asumir la vida en sí misma. Uno sabía que esa madurez de vida era el combustible que le permitía seguir alumbrando quieto.
Porque tenía una rara manera de alumbrar sin hacer ruido: tenía una luz mansa.
Aparecía entre nosotros a eso de la oración; y su presencia en la mesa familiar convertía en liturgia esos ritos primordiales de partir en cada plato la polenta humeante y el guiso oscuro y fuerte.
Cuando luego de unos años de ausencia volví a mi familia, la vieja lámpara ya no estaba allí con su color bronce y su luz mansa. Pero su ausencia seguía creando ese hueco de silencio familiar.
El candil de la nona fue en mi vida uno de esos objetos vivientes que me enseñaron que los humanos también tenemos raíces.
por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande










