"Nosotros no poseemos la verdad, es la Verdad quien nos posee a nosotros. Cristo, que es la Verdad, nos toma de la mano". Benedicto XVI
"Dejá que Jesús escriba tu historia. Dejate sorprender por Jesús." Francisco

"¡No tengan miedo!" Juan Pablo II
Ven Espiritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía, Señor, tu Espíritu para darnos nueva vida. Y renovarás el Universo. Dios, que iluminaste los corazones de tus fieles con las luces del Espíritu Santo, danos el valor de confesarte ante el mundo para que se cumpla tu plan divino. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
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miércoles, 12 de septiembre de 2012

El nómade y la siembra (Meditación)

El hombre niño vivía tironeado entre el miedo y el asombro. Y cada una de esas realidades las vivía por sí mismas; desconectadas las unas de las otras. Cuando el trueno bramaba, acurrucado en su caverna temblaba por su vida. Toda su vida se refería a la tormenta en ese momento.

Cuando el sol aparecía, olvidaba el vendaval y gozaba del fresco aire y de la luz. El hombre niño era recolector. Dividía a los árboles entre frutales y silvestres, según le dieran fruta o no. Distinguía a los animales entre mansos y salvajes. Llamaba manso al animal que lo acompañaba, y salvaje al que le huía o lo atacaba. No. No era un turista. Se sentía menos importante que la tierra, a la que no sentía como amante sino como madre. 

No era un turista, era un nómade. Vivía de la búsqueda: por eso florecía en asombros y se marchitaba en angustias. Vivía de lo que encontraba y por eso trashumaba por la tierra en busca de frutos, raíces y semillas. Gozaba y sufría al ritmo de sus hallazgos y de sus decepciones. 

No comprendía el porqué de la dureza del carozo encerrado en el dulzor de la fruta madura. A veces, presionado por el hambre al final de los inviernos, volvía a buscar el carozo y se entristecía al encontrarlo germinado en tallo, inútil ya como alimento. 

Y se iba decepcionado sin entender el sentido del carozo. ¡Cuántas veces malgastó frutas y desperdició semillas, porque tenía ya el hambre saciada! Pero la tierra madre velaba por su hombre niño, y recogía esas semillas y esas frutas mordidas a medias, para hacerlas germinar en nuevas entregas.

Tal vez haya sido su decepción hecha experiencia frente al germinar de los carozos; tal vez haya sido el hambre o su recuerdo en los días de abundancia. Lo cierto es que a medida que iba creciendo, el hombre niño se fue aquerenciando en la tierra. Se dio cuenta de que podía ser algo más que recolector. De que si sembraba una semilla, luego de la espera tendría allí un puñado de semillas; de que si regaba una planta, la planta florecía. Comenzó a realizar actos de fe en la tierra; y sembró esa tierra con amor y tuvo en ella esperanza.

Y el hombre se hizo agricultor y sedentario.

Ya no buscaba semillas en la tierra; sembraba la tierra con semillas y aguardaba las cosechas. Conoció que la tierra tiene sus ciclos, y aprendió a respetar los ciclos de la tierra. Y se dio cuenta de que eso tenía que ver con las estrellas. Mucho tiempo después, cuando se convirtió en navegante, descubrió que su tierra también era como una estrella. Que también él navegaba en los espacios, habitante de una estrella.

Porque lo importante, lo que alimenta a un hombre que ha crecido, no es la habilidad para encontrarle sentido a la vida. Lo que importa es ponerle sentido a cada acontecimiento de nuestra vida. Dios nos ha regalado una semilla: su Palabra. Su palabra para nosotros; su plan concreto para sembrar nuestra vida. A nosotros nos toca, bajo su mirada buena, sembrar de sentido los acontecimientos de nuestra vida, que marcha hacia la trilla violenta de la muerte, donde lo que perdurará será la semilla, teniendo que abandonar el rastrojo que hasta allí la hizo posible.

La fidelidad brota de la tierra,
de arriba viene la lluvia
(Salmo 84).

Habita tu tierra,
y practica la lealtad
(Salmo 36). 

  por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande

martes, 4 de septiembre de 2012

El misterio de la vida (Cuentos y Relatos)

Si en una fábrica de tractores se quiere acelerar la producción, se recurre a la intensidad en el trabajo, y a la duplicación de la materia prima utilizada. Con ello se consigue producir la misma cantidad, en la mitad del tiempo.

Por ejemplo, si en nueve meses salen de la fábrica una cantidad determinada de unidades, duplicando las horas de trabajo y el material utilizado esa misma cantidad de tractores podrán salir en cuatro meses y medio. Para ello basta una decisión eficiente del señor director de la fábrica.

Bebe
Pero si ese mismo señor se convierte en padre de un hijito, tendrá que esperar ansiosamente los nueve meses del embarazo para poder ver su rostro. No ganará nada con tener dos señoras.
Porque la vida tiene sus propias maneras de realizarse. Poniendo el doble de granos de trigo sobre la misma superficie de campo, no necesariamente se consigue duplicar el rendimiento. Al contrario, suele acontecer que las plantitas se condicionen de tal manera por su cercanía que el resultado es exactamente el contrario del que se buscaba indebidamente.
La vida no se produce. Hay que aceptarla y acompañarla. Es un misterio que exige respeto y dedicación. Tiene sus propios ciclos y sus tiempos. El trigo es sembrado en el corazón del invierno, y madura en la plenitud del verano. El maíz nace en primavera y se lo cosecha al comenzar el invierno, luego de las primeras heladas. Los mandarinos florecen en setiembre, y en nuestra zona mantienen sus frutas maduras de mayo a agosto. Las castañas entregan sus granos grandes y harinosos para Pascua.
Lo que el agricultor decide es su plan de siembra y de plantación. Para ello elige las especies que desea, y les asigna un trozo de chacra o de huerta. En su sabiduría escalona los cultivos, y distribuye la cantidad de los distintos frutales. Pero jamás exige a una variedad que se amolde a la manera de ser de otra. Si quiere ciruelas, planta ciruelas. Y cuando busca melones, no se emperra en sembrar sandías.
Todo esto parece tan evidente. Y sin embargo lo que admitimos con naturalidad en la vida vegetal y animal, no queremos aceptarlo en la vida espiritual.
Tantas veces perdemos la paciencia ante la lentitud de los procesos de crecimiento propio o de los demás. Nos gustaría que un impulsivo diera frutos de paciencia, y le anulamos toda la riqueza de sus iniciativas. Exigimos a los niños que tengan la madurez que los grandes piensan haber conseguido, y con ello los hacemos apáticos a todo lo que no resulte eficiente.
Y en la oración ni que hablar. Pretendemos engendrar al Espíritu Santo mediante técnicas ascéticas, o con complicados métodos psico-gimnásticos. Y pensar que sería más sencillo pedírselo a Nuestro Padre que está en los cielos que, como lo afirmó Jesús, no nos negará su Espíritu Bueno si se lo pedimos con actitud de hijos necesitados.
La vida será siempre un misterio. Pero real y presente en todas partes. Nos está permanentemente contando sus parábolas, si es que tenemos los oídos para oír, y el corazón para escuchar.
Contemplativo no es el que se encierra en sí mismo evadiéndose de todo lo que lo rodea. Lo es aquel que tiene los ojos dilatados y los oídos abiertos para rastrear las huellas de Tata Dios por allí donde haya pasado.
Y donde veamos algo que vive ... el dedo de Dios está ahí.

 por Mamerto Menapace, publicado en Cuentos Rodados, páginas 85 a 87. Editorial Patria Grande.

El ojo de la aguja (Cuentos y Relatos)

Eucalipto
A los que hemos tenido infancia campesina, los adjetivos nos han quedado acollarados casi siempre, no a ideas, sino a objetos. Por ejemplo, para mí, el adjetivo grande lo tengo unido al eucalipto que quedaba entre el patio de naranjos y el piquete de terreno en que se encerraba al caballo nochero.
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Era realmente grande. No sé cuánto de alto podría tener. Ahora pienso que tal vez llegara a los veinticinco metros. Pero era enorme para mi estatura de gurí que no llegaba siquiera a uno. Se lo distinguía de más de dos leguas de distancia. Y era claramente un punto de referencia. Cuando alguien quería llegar a casa, era fácil ubicarla aunque se estuviera lejos. La casa de don Antonio era la que tenía el eucalipto grande. Me animaría a decir que su tamaño llegaba a dar nombre propio al lugar. Así con mayúsculas: Eucalipto Grande.
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Tres niños tomados por la mano, haciendo ronda, no hubiéramos podido abarcar su enorme tronco, que recién se abría en ramas a una cierta altura. Esto hacía imposible treparlo. Además, su tamaño había hecho que los mayores crearan una especie de zona de exclusión respecto a este árbol. Al Eucalipto Grande no se debía subir. Eso lo hacía doblemente fascinante, y en más de una siesta los más chicos probamos fortuna. 
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Sobre todo porque en sus ramas más abiertas las cotorras hacían sus enormes nidos y nuestros gomerazos apenas llegaban hasta allá con fuerza como para ser efectivos.
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Era el árbol en que anidaban los pirinchos. Allí tenían su conventillo del que salían y entraban continuamente las pirinchas para poner sus huevos, tirando a veces al suelo a aquellos que habían tenido la mala suerte de quedar en los bordes. Eran de aquellos tipos de huevos muy estimados por su color verde claro lleno de pintintas blancas de cal. Junto con los de perdiz, pitogué, paloma y calandria, servían para hacer grandes collares que adornaban las paredes del comedor. En medio de aquel rosario de colores, algún huevo de avestruz ya medio amarillento por lo viejo, oficiaba de Padrenuestro por su tamaño y consistencia. También él podía aspirar entre sus semejantes al adjetivo de Grande.
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Pero aquí viene lo impresionante. Un día don Alejandro Weliz, el dueño del campo, y antiguo poblador de la zona, nos informó de que aquel inmenso árbol había pasado por el ojo de una aguja. Si, así como suena, y sin exégesis atenuantes. 
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No lo hubiéramos creído, si no fuera porque don Weliz nos merecía un respeto muy cercano a la veneración. Nuestra familia le debía la viejo habernos posibilitado ser inquilinos en su campo y con ello tener una tierra que trabajar y donde vivir. En casa siempre se habló de él con sumo respeto y aprecio. Cuando él nos visitaba, los chicos éramos lavados a fondo, y amonestados para que no hiciéramos zafarrancho. Y esto era señal de que la visita sería de máxima categoría.
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Pero a pesar de la credibilidad que nos merecía quien lo afirmaba, nuestras mentes infantiles ya eran lo suficientemente críticas como para negarse a creer que el Eucalipto Grande hubiera podido alguna vez, hacía mucho tiempo, haber pasado por el ojo de una aguja. Y no se trataba, como en los cuentos, de una aguja enorme, sino de la aguja de coser los remiendos del pantalón. Evidentemente la cosa necesitaba pruebas. Y don Alejandro, aguja en mano, nos llevó hasta el Eucalipto Grande para proporcionárnosla.
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Buscó en el suelo una ramita que tenía su pequeño racimo de semillas. Mejor dicho, lo que el racimito mostraba, era el pequeño rombo dentro del cual estaban las semillitas. Todo era inmensamente pequeño. El rombo semillero tuvo que ser destapado cuidadosamente en la palma de la mano con la punta de la uña del dedo chico. Al hacerlo, el pequeño envase derramó una gran cantidad de semillitas casi invisibles. Y una de ellas pasó por el ojo de la aguja y quedó en la yema del dedo índice de don Weliz, quien nos aseguró que así de igualita había sido la que él mismo sembrara cuando quiso que naciera aquel Eucalipto.
La demostración fue contundente. Hecho semilla, el árbol podía pasar.
Pienso que nuestra vida hecha semilla por la madurez del dolor y el despojo también puede pasar para encontrar el dedo de Tata Dios en el Reino de los Cielos. Para Tata Dios todo es posible.

por Mamerto Menapace, publicado en Cuentos Rodados, páginas 81 a 84 Editorial Patria Grande.

Morir en la pavada (Cuentos y Relatos)

Pavo
Una vez un catamarqueño, que andaba repechando la cordillera, encontró entre las rocas de las cumbres un extraño huevo. Era demasiado grande para ser de gallina. Además hubiera sido difícil que este animal llegara hasta allá para depositarlo. Y resultaba demasiado chico para ser de avestruz.
 
No sabiendo lo que era, decidió llevárselo. Cuando llegó a su casa, se lo entregó a la patrona, que justamente tenía una pava empollando una nidada de huevos recién colocados. Viendo que más o menos eran del tamaño de los otros, fue y lo colocó también a éste debajo de la pava clueca.
Dio la casualidad que para cuando empezaron a romper los cascarones los pavitos, también lo izo el pichón que se empollaba en el huevo traído de las cumbres. Y aunque resultó un animalito o del todo igual, no desentonaba demasiado del resto de la nidada. Y sin embargo se trataba de un pichón de cóndor. Si señor, de cóndor, como usted oye. Aunque había nacido al calor de la pava clueca, la vida le venía de otra fuente.
Como no tenía de donde aprender otra cosa, el bichito imitó lo que veía hacer. Piaba como los otros pavitos, y seguía a la pava grande en busca de gusanitos, semillitas y desperdicios. Escarbaba la tierra, y a los saltos trataba de arrancar las frutitas maduras del tuitá. Vivía en el gallinero, y le tenía miedo a los cuzcos lanudos que muchas veces venían a disputarle lo que la patrona tiraba en el patio de tras, después de las comidas. De noche se subía a las ramas del algarrobo por miedo de las comadrejas y otras alimañas. Vivía totalmente en la pavada, haciendo lo que veía hacer a los demás.
A veces se sentía un poco extraño. Sobre todo cuando tenía oportunidad de estar a solas. Pero no era frecuente que lo dejaran solo. El pavo no aguanta la soledad, ni soporta que otros se dediquen a ella. Es bicho de andar siempre en bandada, sacando pecho para impresionar, abriendo la cola y arrastrando el ala. Cualquier cosa que los impresione, es inmediatamente respondida con una sonora burla. Cosa muy típica de estos pajarones, que a pesar de ser grandes, no vuelan.
Cóndor Andino
Un mediodía de cielo claro y nubes blancas allá en las altura, nuestro animalito quedó sorprendido al ver unas extrañas aves que planeaban majestuosas, casi sin mover las alas. Sintió como un sacudón en lo profundo de su ser. Algo así como un llamado viejo que quería despertarlo en lo íntimo de sus fibras. Sus ojos acostumbrados a mirar siempre al suelo en busca de comida, no lograban distinguir lo que sucedía en las alturas. Pero su corazón despertó a una nostalgia poderosa. ¿y él, porqué no volaba así? El corazón le latió, apresurado y ansioso.
Pero en ese momento se le acercó una pava preguntándole lo que estaba haciendo. Se rió de él cuando sintió su confidencia. Le dijo que era un romántico, y que se dejara de tonterías. Ellos estaban en otra cosa. Tenía que ser realista y acompañarla a un lugar donde había encontrado mucha frutita madura y todo tipo de gusanos.
Desorientado el pobre animalito se dejó sacar de su embrujo y siguió a su compañera que lo devolvió a la pavada. Retomó su vida normal, siempre atormentado por una profunda insatisfacción interior que lo hacía sentir extraño.
Nunca descubrió su verdadera identidad de cóndor. Y llegado a vieja, un día murió. Sí, lamentablemente murió en la pavada como había vivido.

por Mamerto Menapace, publicado en Cuentos Rodados, página 77 a 79. Editorial Patria Grande.

El zorzal y las antenas (Cuentos y Relatos)

El Zorzal común
Que no te dé pena. Es la ley de la vida. Nadie puede regresar a la primavera del pasado. 

Sólo el que avanza puede reencontrarse con las primaveras; aquellas que también avanzan hacia nosotros. 

Diría que sólo la vida permite el reencuentro.
Cada tanto retorno a Avellaneda. A la del norte. Aquella que el nono gringo soñó cuando dejaba su Italia ancestral, y aceptaba como terruño para sus hijos la tierra de los zorzales y los guazunchos.
Fue en enero de este año; en ese mes en que el Paraná asolaba el litoral, y la sequía quemaba lo que la inundación no destruía. 

Porque así es nuestro norte: tierra de contrastes, a veces violentos. Igual que la juventud. Territorio fecundo con mucho de nostalgia y bastante de ansiedad. Profundo deseo de comunión, y honda sensación de soledad. Algo así como si la historia cinchara para adelante, y la geografía tironeara hacia atrás.
Cada vez que regreso a Avellaneda constato el brotar pujante de las antenas. Casi de cada morada humana se levanta la mano abierta de una antena de televisión, buscando atrapar la realidad novedosa que nos comunica y nos masifica a la vez. Es ley de la vida. Necesidad de crecimiento.
Quizá fuera por eso que aquel zorzalito me impactó tanto. Su canto llenaba todo el barrio en la madrugada caliente. Desde el camping, frente a mi casa, hasta la misma Iglesia, su canto limpio aleteaba sobre la confusa mezcla de los otros ruidos. Lo busqué rastrillando con la mirada los árboles chicos y grandes. Y finalmente lo descubrí parado en la parrilla de una antena. Pequeñito, allá en la altura, su voz joven y telúrica anunciaba algo distinto y quizá más auténtico que todos los programas de televisión. Desde la misma antena, también él proclamaba ingenuamente su gana de vivir y su necesidad de amor.
Era un canto sano, que le nacía de adentro. Sólo que, para captarlo no bastaba con conectar un aparato. Era preciso encender un corazón.
Al partir de Avellaneda me traje dos temores y una esperanza. Temor de que me lo silencien de un gomerazo, o de que lo sobornen con alpiste para que cante desde una jaula.
La esperanza la convierto cada día en oración: ¡Señor Dios: que mi zorzalito norteño no se muera nunca!
Me interesa vivamente el proceso que están realizando los jóvenes del norte. Su integración es cada día más fuerte para con el resto del país a través de sus estudios terciarios y de capacitación profesional. Muchos de ellos, como yo, buscan en las aulas del sur una ampliación de sus horizontes.
Pero es fundamental para la identidad de nuestra zona que no se nos muera nunca dentro del alma, y por sobre las antenas de nuestra inteligencia, el canto limpio de nuestros zorzales terruñeros.
¡Cuidado con el gomerazo!... aunque le tengo más miedo al alpiste.

 por Mamerto Menapace, publicado en Cuentos Rodados, páginas 73 a a 75 Editorial Patria Grande.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Imágen y semejanza (Cuentos y relatos)

Mi tío Alejandro Brac vivía sobre la antigua ruta 11, entre Caraguatay y Malabrigo. Ese camino de tierra formaba como una picada en el monte, bordeando las vías del Ferrocarril Belgrano.


Siendo estudiante, en alguno de mis regresos al norte, aprovechaba para arrimarme hasta allá, casi siempre a caballo en compañía de mi hermano Arnoldo, que falleciera tiempo después en un accidente sobre esa misma ruta 11.
Llevo unida la imagen de este tío a uno de sus famosos cuentos. Tenía arte para contarlos, y mucha sabiduría encerrada en sus palabras. Con todo creo que este cuento ha rodado mucho dentro de mí mismo, y que el tiempo lo fue puliendo y golpeando como a los laques mapuches. Y en mi caso en un contexto guaraní, que por se el de mi infancia, siempre me ha dado astillas para mis quemazones.
Y ahí va lo sucedido. Una vuelta estaba el Niño Jesús a la costa del Paraná jugando. Como todos los niños se dedicaba a modelar figuras de animales y de pajaritos con sus manitas embarradas. Solo que él tenía el poder de darles además de la forma, la vida. Luego de trabajarlos bien, no los ponía a secar. Simplemente los colocaba en la palma de la mano y los soplaba. Es decir: los rozaba con su aliento como si les diera un beso. Y al sentirse alentados por el beso de Dios, los animalitos se estremecían de vida; y se largaban a volar, a correr, a saltar o a hacer aquello que la vida les regalaba por dentro.
Picaflor (Mainumb)
Pero un día el Niño Dios quiso hacer algo realmente bonito. Iba a crear el mainumb: el picaflor. La verdad es que se esmeró al inventarlo. No quería hacerlo grande, pretendía hacerlo hermoso. Buscó entre los ivot iporá veva, las flores más lindas, los colores más brillantes y llamativos y se los colocó en la palma de la mano. 

En un claro del monte recogió algo del ñasaind, dejado por la luna. Del cohetí mañanero, la alborada, extrajo los colores suaves. Mezcló todo esto con un puñadito blando de retá pytá, tierra colorada del borde del Paraná. Lo amasó despacito con sus dedos divinos hasta hacer una pasta tierna y delicada. Y le dio la forma de un pajarito, en le que metió una chispa de aratirí: el relámpago.
Así lo tenía en al palma de su mano derecha, como si fuera el nido desde donde tendría que partir. Lo arrimó despacito a la boca y lo rozó apenas con sus labios para besarlo. Tocado por el soplo divino el pajarito se estremeció entero y abriendo las alas partió recto hacia arriba, para doblar en ángulo cerrado sobre sí mismo y ser una flor temblorosa frente a un racimo azul de jacarandá. Así nació el mainumb.
Pero resulta que Añá Mba'e Poch, el diablo, lo andaba espiando. Porque quería copiar lo que el Niño Dios hacía, para sacar también él algo parecido. Fue haciendo lo que le veía hacer. Y así, juntó también él un poco de los colores de las flores primorosas, le robó los tintes a la alborada, y los mezcló con claro de luna y temblor de refucilo. Buscó la greda colorada del Paraná y con sus dedos peludos y largos trató de darle forma a la pasta que había conseguido. 

No le salió tan prolijo, porque de apurado tenía un ojo en lo que miraba y otro en lo que hacía. Lo que siempre es feo. Cuando lo tuvo listo a su pajarito, resulta que éste no se movía. Y claro ¡que se iba a mover! Si no tenía vida adentro. Tenía que soplarlo. Pero el diablo tiene mal aliento. En cuanto Añá Mba'e Poch la arrimó a su hocico y lo quiso besar, el pobre bichito se aplastó contra la mano como para atajarse. 

El diablo lo tiró para arriba, a fin de que volara. Y resultó que en vez de largarse de flor en flor como el mainumb de Dios, el animalito cayó al suelo como un cascote y se desparramó todo. Así nació el cururú vaí, el escuerzo. A pesar de que tiene lindos colores, siempre anda aplastado y escondiéndose, porque lleva arriba el mal aliento del diablo.
Dios inventó el amor, con todo lo lindo que encontró, y le dio el beso de su bendición. El diablo quiso copiarlo, y lo que le salió fue el vicio, la pasión y el egoísmo. En muchas cosas se parecen, pero son muy distintos. Como el mainumb lo es del cururú vaí.

 por Mamerto Menapace, publicado en Cuentos Rodados, página 69 a 71 Editorial Patria Grande.

viernes, 31 de agosto de 2012

Dirección Espiritual: "La Partera"

El líder sabio no interviene innecesariamente. 

Se siente la presencia del líder, pero a menudo el grupo avanza por su cuenta.

Los líderes mas débiles hacen mucho, dicen mucho, tienen seguidores, y crean cultos.

Otros, peores aún, usan el miedo para estimular al grupo y la fuerza para vencer sus resistencias.

Los peores de todos los líderes tienen mala reputación.

Recuerda que tu deber es facilitar el proceso de otros. No el tuyo. No te entrometas pero tampoco abandones. 

No controles. No impongas tus propias necesidades y convicciones personales a los demás.

Imagina que eres una partera; que estás esistiendo el nacimiento del otro. Haz bien tu trabajo, sin presunciones ni teatralidades.

Facilita el curso de lo que está ocurriendo y no lo que tú crees que debería estar ocurriendo. 

Si tienes que tomar la iniciativa, dirige la acción (sin olvidar la oración) de manera que la madre reciba ayuda, pero sin que pierda su libertad y responsabilidad.

Al nacer el niño, la madre podrá exclamar con razón: "¡Lo hicimos entre el niño y yo!".

(anónimo)

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Las cosas por su nombre

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