"Nosotros no poseemos la verdad, es la Verdad quien nos posee a nosotros. Cristo, que es la Verdad, nos toma de la mano". Benedicto XVI
"Dejá que Jesús escriba tu historia. Dejate sorprender por Jesús." Francisco

"¡No tengan miedo!" Juan Pablo II
Ven Espiritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía, Señor, tu Espíritu para darnos nueva vida. Y renovarás el Universo. Dios, que iluminaste los corazones de tus fieles con las luces del Espíritu Santo, danos el valor de confesarte ante el mundo para que se cumpla tu plan divino. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

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viernes, 28 de diciembre de 2012

Homilia de Navidad 2012 - Monseñor Aguer - Arzobispo de La Plata

Homilía de monseñor Héctor Aguer, 
arzobispo de La Plata, 
en la misa del Día de la Navidad del Señor 
 (Iglesia catedral, 25 de diciembre de 2012)
Escudo de monseñor Héctor Aguer

 La Navidad ha sido domesticada. Sus rasgos más característicos han quedado aplanados por la avalancha de la secularización; su contenido religioso –¿qué puede restar de la fiesta sin él?– ha sido vaciado. El contenido religioso es el acontecimiento, el hecho real del nacimiento de Jesús que religa a la humanidad con Dios y que es históricamente comprobable; no es una leyenda ni un mito lo que ha dado origen a la celebración. En los aprestos que se disponen en los días previos y luego en los festejos mismos se habla de todo, de cualquier cosa, menos de lo único esencial; no se nombra a Jesucristo. Hablo, obviamente, de un hecho general, de un fenómeno cultural; no estoy exagerando, aunque reconozco los peligros de una generalización que puede resultar arbitraria. La impresión que les estoy transmitiendo tiene su fundamento en la lectura de varios periódicos y en la recorrida de numerosos canales de televisión. Prácticamente no se nombra la Navidad, sino “las fiestas”, y cuando se pronuncia aquel nombre para nosotros sagrado, entrañable, no se incluye siquiera una alusión oblicua a Jesucristo.

Ocurre en la Argentina –también aquí en La Plata– y en el mundo. Puedo exhibir algunos ejemplos: la Navidad interesa como temporada de compras para evaluar los índices de consumo; el consumismo se ha convertido en una manía universal. En China, donde el gobierno comunista priva de libertad a la Iglesia, el mismo gobierno favorece el ya clásico cotillón navideño para fomentar las ventas; para la mayoría de quienes se entregan frenéticamente al shopping –y en China los números son siempre abultados– apenas asoma alguna pálida referencia a una leyenda lejana que no importa conocer con precisión. En los países occidentales, que parecen haber dejado el cristianismo a sus espaldas, se ventilan durante la última semana de adviento instrucciones precisas sobre cómo puede vestirse cada uno –las mujeres, los varones, los niños– y qué manjares es preferible preparar para la comida familiar de Navidad. Ha quedado una buena ocasión para reunirse, con todo lo problemática que puede resultar esa reunión, pero en la agitación preparatoria y luego en el encuentro mismo no se filtra la memoria del motivo original, del porqué de la fiesta; flota seguramente un sentimiento vago de bondad, de olvido de agravios, de amistad. Este año, la proximidad de Navidad con el plazo de cumplimiento de las profecías de los mayas dio lugar a macaneos inacabables y a un provisorio reciclaje de la moda new age.

Hay que reconocer también algunos rastros del influjo de la fe, de la verdad navideña, en la cultura: consecuencias laicas, seculares, del hecho cristiano. Por ejemplo: un psicoanalista italiano, profesor en Roma, explica que la Navidad cristiana nos enseña la confianza en el futuro, estimulante para un país en el que ha caído de modo alarmante la tasa de natalidad. Il bambino es una imagen elocuente para cualquier civilización: una señal de alerta que recuerda que es bueno que nazcan niños y que sólo un país donde nacen muchos niños puede mejorar y prometerse un futuro. En otros ambientes, también entre nosotros, la Navidad es una oportunidad propicia para recordar el valor de la paz, la comprensión y el diálogo para la vida social. Son reflejos, aplicaciones, consecuencias, pero ¿qué queda de la Navidad, propiamente hablando, si falta la fe en Jesucristo, si se olvida que se trata de celebrar su nacimiento, si se calla su Nombre? Al promulgar el Año de la fe Benedicto XVI observaba: Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que con frecuencia es negado. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.

La cuestión es, entonces, recuperar el sentido mismo de la fe cristiana para hacer de ella, profesada y vivida, el fundamento y germen de una cultura. Por la fe recibimos la salvación; ella nos encamina a la vida eterna, pero es también el principio de una nueva idea del hombre, de su origen, naturaleza y destino, de la familia y la sociedad, de la justicia, la reconciliación, la solidaridad y la paz. La afirmación de la fe en Jesucristo, Dios y hombre verdadero, robustece las convicciones que puede alcanzar la razón humana ejercitándose rectamente, inspirada por su innegable aspiración a la verdad. Jesús, el niño cuyo nacimiento hoy celebramos, es la Palabra eterna y poderosa del Padre, por la que el universo fue creado y se sostiene; es luz y vida para los hombres y a quienes lo reciben y creen en su Nombre les da el poder de ser hijos de Dios. Esta es la afirmación navideña de la fe cristiana, que puede resumirse en el versículo del Evangelio de Juan que hemos escuchado: la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn. 1, 14).

En estos últimos días se manifestaron, como un espasmo, problemas crónicos de la sociedad argentina. Los hechos, por todos conocidos, pueden recibir interpretaciones diversas, opuestas o complementarias entre sí. Como base de una situación penosa de fractura social se encuentra la decadencia cultural de un pueblo en el que vastos sectores carecen de educación y de trabajo, quiero decir: de educación integral que no sólo instruya sino que forme a la persona y de trabajo genuino que dignifique a quien lo ejerce y lo incorpore al servicio de la comunidad. Decadencia cultural significa desquicio de la familia, disminución y aun pérdida del sentido moral, olvido de Dios y de sus mandamientos, que son mojones de la civilización. A la indiferencia e insensibilidad de los satisfechos corresponde el resentimiento de los marginados y excluidos, atizado éste por ideólogos y oportunistas que agravan los conflictos. ¿Cómo puede sostenerse la cohesión social, la concordia de la vida civil, si se adopta como inspiración de los propósitos de cambio hacia una sociedad más justa una teoría dialéctica según la cual hay que agudizar las contradicciones, o crearlas si no existen, e identificar y destruir al enemigo? El que siembra vientos cosecha tempestades, dice el refrán; nada bueno se puede esperar de esa promoción insensata de la discordia que soslaya las auténticas soluciones, siempre trabajosas, pero que requieren otra inteligencia de la realidad y otro espíritu, una voluntad recta y generosa de dar a cada uno lo suyo, según el derecho y la caridad. Los brotes de violencia de los últimos días del adviento revelan el vacío de la verdad y de amor en una cultura degradada, en la que –como observa el Papa– la fe ya no es un presupuesto de la vida común.

Resulta pertinente, por lo tanto, relacionar esta situación que nos preocupa y aflige con la alteración o el eclipse del verdadero significado de la Navidad. La fe cristiana puede ofrecer un fundamento nuevo a la vida social, al modo de una re-creación cultural, en la medida en que sea efectivamente, coherentemente vivida por los fieles; la fe implica el testimonio de la caridad ejercida como compromiso en el mundo, cualquiera sea la posición de cada uno. Lo digo otra vez con palabras de Benedicto XVI: lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin. Valga un ejemplo, que se refiere a los símbolos de la Navidad. El único signo dispuesto oficialmente –por así decir– en el lugar más conspicuo de nuestra ciudad, junto al palacio municipal, fue un enorme Papá Noel a cuya vera los niños podían dejar sus pedidos. ¿Qué idea de la Navidad cristiana podía transmitir esa figura? Por nuestra parte, sin posibilidades de colocar en un sitio público un buen pesebre, distribuimos desde nuestra parroquias y capillas decenas de miles de ejemplares de una estampa con una bella representación del nacimiento del Señor; los fieles mismos se comprometieron a llevarlas a las casas de sus familiares amigos y vecinos. Se formó así –y éste fue sólo un primer ensayo– una red capilar de presencia navideña. Subrayo el valor simbólico de ese gesto: cada cristiano es una imagen viva de Cristo, que viene incesantemente al mundo; cada uno lo lleva consigo y lo introduce silenciosamente con el gozo de su fe, su caridad, su vida, en los entresijos de una sociedad que aun sin saberlo lo necesita y lo añora. Porque sólo Cristo puede colmar las ansias más profundas del corazón humano. De ese modo, silenciosamente, los primeros cristianos cambiaron el mundo. ¿Por qué no podemos hacerlo también nosotros? 

 Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata

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