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| San Narciso de Jerusalén |
Octubre 29
La envidia es mala. Son temibles para los
padres los "celos" que muestran algunos pequeños cuando viene al hogar
un nuevo hermano. Llenan la casa de disensiones y discordias entre los
niños, ante el cuidado normal que los padres dan a sus otros hermanos.
Esta situación llega a ser, en ocasiones, mortificante para los padres
cuando se dan en una casa. Lo bueno del asunto es que de ordinario pasa
pronto, basta con adquirir un mayor grado de madurez natural. Lo malo
del caso es no cuidar las pequeñas envidiejas y permitir que se asienten
en el hombre tomando el cariz de pecado.
Narciso nació a finales del siglo I en Jerusalén y se formó en el
cristianismo bebiendo en las mismas fuentes de la nueva religión.
Debieron ser sus catequistas aquellos que el mismo Salvador había
formado o los que escucharon a los Apóstoles.
Era ya presbítero modelo con Valente o con el Obispo Dulciano. Fue
consagrado obispo, trigésimo de la sede de Jerusalén, en el 180, cuando
era de avanzada edad, pero con el ánimo y dinamismo de un joven. En el
año 195 asiste y preside el concilio de Cesarea para unificar con Roma
el día de la celebración de la Pascua.
Permitió Dios que le visitara la calumnia. Tres de sus clérigos
—también de la segunda o tercera generación de cristianos- no pudieron
resistir el ejemplo de su vida, ni sus reprensiones, ni su éxito. Se
conjuraron para acusarle, sin que sepamos el contenido, de un crimen
atroz. ¡Parece fábula que esto pueda pasar entre cristianos!
Viene el perdón del santo a sus envidiosos difamadores y toma la
decisión de abandonar el gobierno de la grey, viendo con humildad en el
acontecimiento la mano de Dios. Secretamente se retira a un lugar
desconocido en donde permanece ocho años.
Dios, que tiene toda la eternidad para premiar o castigar, algunas
veces lo hace también en esta vida, como en el presente caso. Uno de los
maldicientes hace penitencia y confiesa en público su infamia. Regresa
Narciso de su autodestierro y permanece ya acompañando a sus fieles
hasta bien pasados los cien años. En este último tramo de vida le ayuda
Alejandro, obispo de Flaviada en la Capadocia, que le sucede.
El vicio capital de la envidia presenta un cuadro de tristeza
permanente ante la contemplación de los bienes materiales o morales que
otros poseen. En lo moral, es pecado porque la caridad es amar y, cuando
se ama, hay alegría con los bienes del amado. Cuando hay envidia no hay
amor, hay egoísmo, desorden, pecado.
El envidioso vive acongojado -casi sin vida- por el bien que
advierte en el otro y que él anhela tener. En ocasiones extremas puede
llegar a convertirse en una anomalía psíquica peligrosa ya que lleva a
la ceguera y desesperación cuyas consecuencias van de la maledicencia al
crimen, pasando por la calumnia y la traición: el envidioso se
considera incapaz de alcanzar las cualidades ajenas; la estimación que
los demás disfrutan es considerada como un robo del cariño que él
merece; en la eficacia del trabajo ajeno, acompañado de éxito y
merecidos triunfos, el envidioso ve intriga y apaño.
Ayer y hoy hubo y hay envidiosos. A los prójimos toca sufrir
pacientemente las consecuencias. Sin olvidar que la envidia fue la causa
humana que llevó al Señor al Calvario.
¡Gracias, San Narciso, porque me das ejemplo de paciencia ante la cruz!