"Nosotros no poseemos la verdad, es la Verdad quien nos posee a nosotros. Cristo, que es la Verdad, nos toma de la mano". Benedicto XVI
"Dejá que Jesús escriba tu historia. Dejate sorprender por Jesús." Francisco
"¡No tengan miedo!" Juan Pablo II
"Dejá que Jesús escriba tu historia. Dejate sorprender por Jesús." Francisco
"¡No tengan miedo!" Juan Pablo II
sábado, 6 de agosto de 2022
miércoles, 15 de enero de 2014
PDF Mensaje de S.S. Francisco para la 51º Jornada Mundial de la oración por las vocaciones
MENSAJE
DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA 51 JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES
PARA LA 51 JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES
11 DE MAYO DE 2014 – IV DOMINGO DE
PASCUA
Tema: Vocaciones, testimonio de
la verdad
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jueves, 27 de diciembre de 2012
Mensaje Jornada Mundial por las Vocaciones 2013 - Benedicto XVI
MENSAJE DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
PARA LA L JORNADA MUNDIAL
DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES
PARA LA L JORNADA MUNDIAL
DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES
21 DE ABRIL DE 2013 – IV DOMINGO DE PASCUA
Tema: Las vocaciones signo de la esperanza fundada sobre la fe
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Queridos hermanos:
Con motivo de la 50 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se
celebrará el 21 de abril de 2013, cuarto domingo de Pascua, quisiera invitaros a reflexionar sobre el tema: «Las vocaciones signo de la
esperanza fundada sobre la fe», que se inscribe perfectamente en el contexto
del Año de la Fe y en el 50 aniversario de la apertura del Concilio
Ecuménico Vaticano II. El siervo de Dios Pablo VI, durante la Asamblea conciliar,
instituyó esta Jornada de invocación unánime a Dios Padre para que continúe
enviando obreros a su Iglesia (cf. Mt 9,38). «El problema del número suficiente de sacerdotes –subrayó entonces el
Pontífice– afecta de cerca a todos los fieles, no sólo porque de él depende el
futuro religioso de la sociedad cristiana, sino también porque este problema es
el índice justo e inexorable de la vitalidad de fe y amor de cada comunidad
parroquial y diocesana, y testimonio de la salud moral de las familias
cristianas. Donde son numerosas las vocaciones al estado eclesiástico y
religioso, se vive generosamente de acuerdo con el Evangelio» (Pablo VI, Radiomensaje,
11 abril 1964).
En estos decenios, las diversas comunidades eclesiales extendidas por
todo el
mundo se han encontrado espiritualmente unidas cada año, en el cuarto
domingo de
Pascua, para implorar a Dios el don de santas vocaciones y proponer a la
reflexión común la urgencia de la respuesta a la llamada divina. Esta
significativa cita anual ha favorecido, en efecto, un fuerte empeño
por situar cada vez más en el centro de la espiritualidad, de la acción
pastoral
y de la oración de los fieles, la importancia de las vocaciones al
sacerdocio y
a la vida consagrada.
La esperanza es espera de algo positivo para el futuro, pero que, al
mismo
tiempo, sostiene nuestro presente, marcado frecuentemente por
insatisfacciones y
fracasos. ¿Dónde se funda nuestra esperanza? Contemplando la historia
del pueblo
de Israel narrada en el Antiguo Testamento, vemos cómo, también en los
momentos
de mayor dificultad como los del Exilio, aparece un elemento constante,
subrayado particularmente por los profetas: la memoria de las promesas
hechas
por Dios a los Patriarcas; memoria que lleva a imitar la actitud
ejemplar de
Abrahán, el cual, recuerda el Apóstol Pablo, «apoyado en la esperanza,
creyó contra toda esperanza que llegaría a ser padre de muchos
pueblos, de acuerdo con lo que se le había dicho: Así será tu
descendencia» (Rm 4,18). Una verdad consoladora e iluminante que sobresale a lo largo
de toda la historia de la salvación es, por tanto, la fidelidad de Dios a la
alianza, a la cual se ha comprometido y que ha renovado cada vez que el hombre
la ha quebrantado con la infidelidad y con el pecado, desde el tiempo del
diluvio (cf. Gn 8,21-22), al del éxodo y el camino por el desierto (cf.
Dt 9,7); fidelidad de Dios que ha venido a sellar la nueva y eterna alianza
con el hombre, mediante la sangre de su Hijo, muerto y resucitado para nuestra
salvación.
En todo momento, sobre todo en aquellos más difíciles, la fidelidad
del Señor,
auténtica fuerza motriz de la historia de la salvación, es la que
siempre hace
vibrar los corazones de los hombres y de las mujeres, confirmándolos en
la
esperanza de alcanzar un día la «Tierra prometida». Aquí está el
fundamento seguro de toda esperanza: Dios
no nos deja nunca solos y es fiel a la palabra dada. Por este motivo, en
toda situación gozosa o desfavorable, podemos nutrir una sólida
esperanza y rezar con el salmista: «Descansa sólo Dios, alma mía, porque
él es mi esperanza» (Sal 62,6). Tener esperanza equivale, pues, a confiar en el Dios fiel, que mantiene
las promesas de la alianza. Fe y esperanza están, por tanto, estrechamente
unidas. De hecho, «“esperanza”, es una palabra central de la fe bíblica, hasta
el punto de que en muchos pasajes las palabras “fe” y “esperanza” parecen intercambiables. Así, la Carta a los Hebreos une estrechamente la
“plenitud de la fe” (10,22) con la “firme confesión de la esperanza” (10,23). También cuando la Primera Carta de
Pedro exhorta a los cristianos a estar siempre prontos para dar una
respuesta sobre el logos –el sentido y la razón– de su esperanza (cf. 3,15), “esperanza” equivale a “fe”» (Enc.
Spe salvi, 2).
Queridos hermanos, ¿en qué consiste la fidelidad de Dios en la que se
puede confiar con firme esperanza? En su amor. Él, que es Padre, vuelca en nuestro yo más profundo su amor,
mediante el Espíritu Santo (cf. Rm 5,5). Y este amor, que se ha manifestado plenamente en Jesucristo, interpela a nuestra
existencia, pide una respuesta sobre aquello que cada uno quiere hacer de su
propia vida, sobre cuánto está dispuesto a empeñarse para realizarla plenamente.
El amor de Dios sigue, en ocasiones, caminos impensables, pero alcanza siempre a
aquellos que se dejan encontrar. La esperanza se alimenta, por tanto, de esta
certeza: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído
en él» (1 Jn 4,16). Y este amor exigente, profundo, que va más allá de lo superficial, nos
alienta, nos hace esperar en el camino de la vida y en el futuro, nos hace tener
confianza en nosotros mismos, en la historia y en los demás. Quisiera dirigirme
de modo particular a vosotros jóvenes y repetiros: «¿Qué sería vuestra vida sin
este amor? Dios cuida del hombre desde la creación hasta el fin de los tiempos,
cuando llevará a cabo su proyecto de salvación. ¡En el Señor resucitado tenemos
la certeza de nuestra esperanza!» (Discurso a los jóvenes de la diócesis de San Marino-Montefeltro, 19 junio 2011).
Como sucedió en el curso de su existencia terrena, también hoy Jesús, el
Resucitado, pasa a través de los caminos de nuestra vida, y nos ve inmersos en
nuestras actividades, con nuestros deseos y nuestras necesidades. Precisamente
en el devenir cotidiano sigue dirigiéndonos su palabra; nos llama a realizar
nuestra vida con él, el único capaz de apagar nuestra sed de esperanza. Él, que
vive en la comunidad de discípulos que es la Iglesia, también hoy llama a
seguirlo. Y esta llamada puede llegar en cualquier momento. También ahora Jesús
repite: «Ven y sígueme» (Mc 10,21). Para responder a esta
invitación es necesario dejar de elegir por sí
mismo el propio camino. Seguirlo significa sumergir la propia voluntad
en la
voluntad de Jesús, darle verdaderamente la precedencia, ponerlo en
primer lugar
frente a todo lo que forma parte de nuestra vida: la familia, el
trabajo, los intereses personales, nosotros mismos. Significa entregar
la propia vida a él, vivir con él en profunda intimidad,
entrar a través de él en comunión con el Padre y con el Espíritu Santo
y, en
consecuencia, con los hermanos y hermanas. Esta comunión de vida con
Jesús es el «lugar» privilegiado donde se experimenta la esperanza y
donde la vida será
libre y plena.
Las vocaciones sacerdotales y religiosas nacen de la experiencia del encuentro
personal con Cristo, del diálogo sincero y confiado con él, para entrar en su
voluntad. Es necesario, pues, crecer en la experiencia de fe, entendida como
relación profunda con Jesús, como escucha interior de su voz, que resuena dentro
de nosotros. Este itinerario, que hace capaz de acoger la llamada de Dios, tiene
lugar dentro de las comunidades cristianas que viven un intenso clima de fe, un
generoso testimonio de adhesión al Evangelio, una pasión misionera que induce al
don total de sí mismo por el Reino de Dios, alimentado por la participación en
los sacramentos, en particular la Eucaristía, y por una fervorosa vida de
oración. Esta última «debe ser, por una parte, muy personal, una confrontación de mi yo con Dios, con
el Dios vivo. Pero, por otra, ha de estar guiada e iluminada una y otra vez por
las grandes oraciones de la Iglesia y de los santos, por la oración litúrgica,
en la cual el Señor nos enseña constantemente a rezar correctamente» (Enc.
Spe salvi, 34).
La oración constante y profunda hace crecer la fe de la comunidad
cristiana, en
la certeza siempre renovada de que Dios nunca abandona a su pueblo y lo
sostiene
suscitando vocaciones especiales, al sacerdocio y a la vida consagrada,
para que
sean signos de esperanza para el mundo. En efecto, los presbíteros y los
religiosos están llamados a darse de modo incondicional al Pueblo de
Dios, en un
servicio de amor al Evangelio y a la Iglesia, un servicio a aquella
firme
esperanza que sólo la apertura al horizonte de Dios puede dar. Por
tanto, ellos, con el testimonio de su fe y con su fervor apostólico,
pueden transmitir, en particular a las nuevas generaciones, el vivo
deseo de responder generosamente y sin demora a Cristo que llama a
seguirlo más de cerca. La respuesta a la llamada divina por parte de un
discípulo de Jesús para
dedicarse al ministerio sacerdotal o a la vida consagrada, se manifiesta
como
uno de los frutos más maduros de la comunidad cristiana, que ayuda a
mirar con
particular confianza y esperanza al futuro de la Iglesia y a su tarea de
evangelización. Esta tarea necesita siempre de nuevos obreros para la
predicación del Evangelio, para la celebración de la Eucaristía y para
el
sacramento de la reconciliación. Por eso, que no falten sacerdotes
celosos, que
sepan acompañar a los jóvenes como «compañeros de viaje» para ayudarles a
reconocer, en el camino a veces tortuoso
y oscuro de la vida, a Cristo, camino, verdad y vida (cf. Jn 14,6); para proponerles con valentía evangélica la belleza del servicio a Dios,
a la comunidad cristiana y a los hermanos. Sacerdotes que muestren la fecundidad
de una tarea entusiasmante, que confiere un sentido de plenitud a la propia
existencia, por estar fundada sobre la fe en Aquel que nos ha amado en primer
lugar (cf. 1Jn 4,19). Igualmente, deseo que los jóvenes, en medio
de tantas propuestas
superficiales y efímeras, sepan cultivar la atracción hacia los valores,
las
altas metas, las opciones radicales, para un servicio a los demás
siguiendo las
huellas de Jesús. Queridos jóvenes, no tengáis miedo de seguirlo y de
recorrer
con intrepidez los exigentes senderos de la caridad y del compromiso
generoso. Así seréis felices de servir, seréis testigos de aquel gozo
que el mundo no
puede dar, seréis llamas vivas de un amor infinito y eterno, aprenderéis
a «dar razón de vuestra esperanza»
(1 P 3,15).
Vaticano, 6 de octubre de 2012
BENEDICTO XVI
martes, 28 de agosto de 2012
San Agustín, 28 de Agosto
San Agustín
Obispo, Confesor y Doctor de la Iglesia
Obispo, Confesor y Doctor de la Iglesia
"Doctor
de la Gracia"
"La Gran Lumbrera de Occidente" |
"Si queréis recibir la vida del Espíritu Santo, conservad la caridad, amad la verdad y desead la unidad para llegar a la eternidad" .
"Cuando la guerra es justa, el que no mata peca".
"Tarde
te amé, hermosura tan antigua y tan nueva...¡Tarde te amé!
Tú estabas dentro de mí y yo fuera..., y por fuera te buscaba...". "Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón estará insatisfecho hasta que descanse en Tí...". "La medida del amor es el amor sin medida...". |
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San Agustín de Hipona (354-430), es el más grande de los Padres de la Iglesia y uno de los más eminentes doctores de la Iglesia occidental, nació en el año 354 en Tagaste (Argelia actual).
Sus padre, Patricio, un pagano de
cierta estación social acomodada, que luego de una larga y virulenta
resistencia a la fe, hacia el final de su vida se convierte al cristianismo.
Mónica, su madre, natural de África, era una
Juventud y estudios
Agustín se educó como retórico en las ciudades norteafricanas de Tagaste, Madaura y Cartago. Entre los 15 y los 30 años vivió con una mujer cartaginesa cuyo nombre se desconoce, con quien tuvo un hijo en el año 372, llamado Adeodatus, que en latín significa regalo de Dios.
Contienda intelectual
Inspirado por el tratado Hortensius de Cicerón, Agustín se convirtió en un ardiente buscador de la verdad, que le llevó a estudiar varias corrientes filosóficas. Durante nueve años, del 373 al 382, se adhirió al maniqueísmo, filosofía dualista persa, muy extendida en aquella época por el imperio romano. Su principio fundamental es el conflicto entre el bien y el mal, y a Agustín el maniqueísmo le pareció una doctrina que parecía explicar la experiencia y daba respuestas adecuadas sobre las cuales construir un sistema filosófico y ético. Además, su código moral no era muy estricto; Agustín recordaría posteriormente en sus Confesiones: "Concédeme castidad y continencia, pero no ahora mismo". Desilusionado por la imposibilidad de reconciliar ciertos principios maniqueístas contradictorios, Agustín, abandona la doctrina y decide por el escepticismo. En el año 383 se traslada de Cartago a Roma, y un año más
Agustín, ya convertido, se dispuso
volver con su madre a su tierra en África, y juntos se fueron al puerto de
Ostia a esperar el barco. Pero Mónica ya había obtenido de Dios lo que
más anhelaba en esta vida y podía morir tranquila. Sucedió que estando
ahí en una casa junto al mar, por la
Obispo y teólogo
Agustín regresó al norte de África y fue ordenado sacerdote el año 391, y consagrado obispo de Hipona (ahora Annaba, Argelia) en el 395, a los 41 años, cargo que ocuparía hasta su muerte. Fue un periodo de gran agitación política y teológica; los bárbaros amenazaban el imperio romano llegando incluso a saquear a Roma en el 410, y el cisma y la herejía amenazaban internamente la unidad de la Iglesia. Agustín emprendió con entusiasmo la batalla teológica y refutó brillantemente los argumentos paganos que culpaban al cristianismo por los males que afectaban a Roma. Combatió la herejía maniqueísta y participó en dos grandes conflictos religiosos, el uno contra los donatistas, secta que sostenía que eran inválidos los sacramentos administrados por eclesiásticos en pecado. El otro, contra las creencias pelagianos, seguidores de un monje británico de la época que negaba la doctrina del pecado original. Durante este conflicto, que duró por mucho tiempo, Agustín desarrolla sus doctrinas sobre el pecado original y la gracia divina, soberanía divina y predestinación. Sus argumentos sobre la gracia divina, le ganaron el título por el cual también se le conoce, Doctor de la Gracia. La doctrina agustiniana se situaba entre los extremos del pelagianismo y el maniqueísmo. Contra la doctrina de Pelagio mantenía que la desobediencia espiritual del hombre se había producido en un estado de pecado que la naturaleza humana era incapaz de cambiar. En su teología, los hombres y las mujeres son salvos por el Don de la Gracia Divina. Contra el maniqueísmo defendió con energía el papel del libre albedrío en unión con la gracia.
Agustín murió en Hipona el 28 de
agosto del año 430.
La importancia de San Agustín entre los Padres y Doctores de
(información recopilada de varias fuentes)
|
| San Agustín y el niño La historia de San Agustín con el niño es por muchos conocida. La misma surge del mucho tiempo que dedicó este gran santo y teólogo a reflexionar |
| Oración Renueva, Señor, en tu Iglesia el espíritu que infundiste en San Agustín para que, penetrados de ese mismo espíritu, tengamos sed de Tí, fuente de sabiduría, te busquemos como el único amor verdadero y sigamos los pasos de tan gran santo. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén. Oración por las Vocaciones Glorioso Padre San Agustín, que abriste un camino de entrega a Dios al descubrir la hermosura de la vida religiosa; concédeme a mí, que me creo también llamado por Él, a ver claramente mi camino; ayúdame a ser fiel a esa vocación divina; que la estime en todo su valor, que huya de las personas y cosas que me la pueden arrebatar; que sea desde hoy muy generoso para decir sí el día de mi total entrega. Amén. |
Oracion por vocaciones sacerdotales
José Cubas 3543
CP: 1419 Capital Federal
Buenos Aires - Argentina
domingo, 26 de agosto de 2012
Seminarista
SEMINARISTA
Tú que por designio del Creador Eterno
has sido elegido de entre tantos de esos
hombres que caminan hacia el Dios Eterno
sufriste el rechazo, igual que el maestro,
que sigues a ciegas por ese sendero.
Tú que ya no eres propiamente laico
ni aún perteneces al sagrado clero
eres caminante del camino incierto
que es el resultado de un presentimiento
de un carbón fogoso que te enciende el pecho
Tú seminarista, que te abres camino,
muy a pesar suyo, por ese sendero
y aumentan tus dudas al irlo siguiendo
pues solo al final sabrás si lo era
destino seguro de designio eterno.
Que tienes mil dudas, eso lo comprendo,
Que fuiste llamado, sabes bien adentro
Sigue tú camino, prudente y sincero
Que aquí estaré yo atento y despierto
Orando por ti al Creador Eterno
Para que ilumine tú camino incierto.
Aníbal Luis Puricelli Pinel
- Catequista - Abogado -
- Catequista - Abogado -
17 de Noviembre de 2000
lunes, 20 de agosto de 2012
martes, 31 de julio de 2012
Oración por las Vocaciones
Nota: Se puede reemplazar "Iglesia de Buenos Aires" por la de otra diosesis, para rezar por las vocaciones en ese lugar o, simplemente pedir por la Iglesia Católica en general.















