El período de la cautividad
Nos encontramos al final de
la época del exilio, hacia el siglo VI, cuando seguramente un discípulo de
Ezequiel, una persona autónoma conocida por el apelativo de “Segundo Isaías”
escribe los capítulos 40-55 de Isaías, un libro de consolación del pueblo en el
destierro.
La expiación ha terminado,
comienza el don de la liberación 40,1-5. Este es el cometido del nuevo profeta,
estimular a los israelitas a volver a la tierra de sus padres.
Esta misión ciertamente no
era fácil. A pesar de ser extranjeros en babilonia, los judíos deportados se habían
instalado bien en aquel país y comenzaban a gozar de cierta presencia social y
económica, pues según documentación arqueológica de aquella época, constituían
una comunidad con comercios, bancos y centros de estudio.
Dejar todo eso para volver a
una tierra arrasada, donde tendrían que empezar de cero no era cosa fácil de
asumir.
Por eso la misión del
profeta consistía en animar a los israelitas a restaurar su pueblo,
construyendo de nuevo la nación y el Templo.
El retorno
El tema de su anuncio es la
expiación ha terminado, comienza el don de la liberación. El retorno a la
patria es precedido por una etapa de purificación y abandona en Dios, es un
segundo éxodo, un cruzar un nuevo camino bajo la guía del Señor 49,19.
Una segunda liberación del
pueblo de un país extranjero, que es descrita por medio de símbolos
libertadores: 41,8-16, las cadenas rotas, el canto de la libertad 43,14-17 el
mar que destruye la opresión, el caminar por el desierto hacia la tierra soñada
43,18-21.
Una liberación que es pura
misericordia de Yahweh 43,22-25.
Es este profeta, en cierto
sentido, el que inició el sionismo, el retorno a la tierra prometida bajo la
acción de Dios, señor de la historia y del cosmos 40,12-31, e impulsados por su
“mesías”, su enviado Ciro.
El protagonista principal de
este período histórico es el rey persa Ciro, que se presenta como conquistador
del imperio babilónico c. 47. El emperador persa es celebrado en varios poemas:
41,1-5.21-29; 45,1-7.9-13; 46,9-11; 48,12-15, en todos ellos se le proclama
como instrumento de liberación. Es el enviado de Dios, su “mesías”, es decir,
su ungido y consagrado, el que va a hacer posible la reparación de los judíos a
Jerusalén c.52.
Salvación universal
La nueva alianza, anunciada
por los profetas que le precedieron, como renovación total en el plano
personal, es ampliada en este libro extendiéndola hasta una renovación cósmica
de todo lo creado, una nueva creación. Yahweh es el único Dios y el Señor
universal de todo lo creado. Es un nuevo concepto del señorío de Dios en
relación con la humanidad.
Ya no se presenta como Dios
exclusivo de Israel que lucha a su favor vengándolo ante los demás naciones
enemigas de su pueblo. Aquí las naciones son vistas como participando de un
plan universal de salvación que Dios proyecta para toda la humanidad incluso a
lo largo de toda la historia, 41,1-5; 42,10-13; 45,20-26; 49,6.
Es Dios quien realiza por sí
mismo la liberación temporal y espiritual 43,1-13. Todo esto suscita la
esperanza de un camino total y definitivo de la historia.
El Siervo de Yahweh.
Estamos ante en el tema
principal del libro, los llamados “cantos del Siervo de Yahweh”. Cuatro poemas
que exaltan una nueva concepción de la figura mesiánica.
Un personaje escatológico,
una figura más allá de los conceptos anteriores. Un ser de los últimos tiempos
que abre la nueva y definitiva revelación del plan salvífico de Dios.
¿Quién es en realidad este
Siervo de Yahweh? ¿Se trata de un colectivo: el Israel histórico? ¿Una persona
de la época o una figura del futuro?
Sin duda el mensaje era muy
superior a la capacidad de comprensión del profeta y de sus auditores. Hasta este
momento, los profetas habían anunciado al Mesías sin tener ciertamente la idea
clara de cómo éste se manifestaría en realidad. Sus capacidades humanas no les
daba para captar hasta el fondo lo que Dios manifestó al cumplirse los días
mesiánicos (I corintios 2,6-10). La realidad superó cualquier concepto humano.
A propósito del personaje
que aquí tratamos se da un paso en profundidad, una novedad cualitativa, hasta
entonces impensable, el concebir el sufrimiento y la muerte como satisfacción
salvífico. Para el Antiguo Testamento esta idea es completamente revolucionaria.
Ciertamente que el
sufrimiento del pueblo en el exilio le dio una cierta madurez para aceptar este
mensaje de satisfacción vicaria. La figura del Mesías sufriente lo sitúa sin
duda en un nivel escatológico más allá de la historia, en el plano del Dios que
salva. Dios cambia los cánones de la historia humana presentando el triunfo a
través de una imagen sufriente.
Primer canto 42,1-4.- El Siervo
es investido de su misión de profeta anunciador a la humanidad entera (“las
islas”). Un anuncio de gracia y esperanza con gestos de construcción
pacificadora.
Segundo canto 49,1-6.- Es el siervo el que habla en primera persona
al presentarse como el escogido por el propio Yahweh que le ha formado desde el
seno materno para anunciar la salvación hasta los confines de la tierra.
Tercer canto 50,4-9.- Aquí
vemos al siervo que narra los ultrajes de su sufrimiento, golpeando y
maltratado, despreciado y agredido, pero que se mantiene fiel a su misión de
discípulo, seguro de que su victoria está próxima, porque su apoyo y seguridad
le viene de Dios.
Cuarto canto 52,13 53-12.-
Es el culmen de su vida. Su final trágico con el que conquistará la victoria
para todos: Humillación – glorificación, Muerte y salvación. Es un hombre
desfigurado y digno de desprecio, ante todos es considerado como condenado por
el mismo Dios.
Sin embargo, son los
espectadores los que merecen los castigos que éste está sufriendo. Ha tomado
sobre sí nuestro dolor y castigo y marcha dócil cargando con nuestras culpas.
Pero Dios no permitirá que todo termine con su muerte. Su triunfo será un
resurgir vivo y gratuito en un mundo condenado a la muerte.
Su sufrimiento inocente y
expiador nos ha liberado, ha reconciliado a todo el pueblo de Dios.
Jesús el mesías
Esta
figura del Siervo, nos coloca ante una de las profecías más claras del Mesías
Jesús. Su vida de elegido, profeta, mensajero universal,… su pasión y muerte y
por último la glorificación en su resurrección, sitúa la fe cristiana ante el
cumplimiento en Cristo de toda la trayectoria bíblica del mensajero salvífico.
Porque la postura del
cristiano al situarse ante el Antiguo Testamento le lleva a ver en todo este
Libro Sagrado una proclamación del mensaje profético de Cristo. Desde el
Génesis hasta el último profeta se proclama el caminar de la historia
abriéndose a ser salvada por Dios y es con Jesús muerto y resucitado donde el
hombre alcanza la meta histórica de la “plenitud de los tiempos”.
Con Cristo cambia
definitivamente el sentido de la historia y se inicia una nueva y eterna
alianza que tiene proyección universal y escatológica.
En Jesús queda también
superada la tensión entre mesías-hombre y mesías-celestial, entre al hijo de
David y la intervención directa del mismo Dios.
Jesús Dios y Hombre supera
todo razonamiento humano.
Con todo esto se comprende
la unidad de todos los libros bíblicos, pues aunque escritos en distintas
épocas históricas y con diversas motivaciones inmediatas a través de sus
páginas se descubre la presencia inspiradora del Espíritu Santo que iba
conduciendo la historia del Pueblo de Dios, haciéndola historia de salvación,
hasta culminar con la encarnación del verbo, llevando la historia a su plenitud
(He 1,1-4)



