ENCUENTRO CON LOS MIEMBROS DEL GOBIERNO,
DE LAS INSTITUCIONES DE LA REPÚBLICA,
EL CUERPO DIPLOMÁTICO, LOS RESPONSABLES RELIGIOSOS Y
LOS
REPRESENTANTES DEL MUNDO DE LA CULTURA
DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Salón 25 de Mayo del Palacio Presidencial de Baabda
Sábado 15 de septiembre de 2012
Señor Presidente de la República,
señoras y señores representantes de las autoridades parlamentarias,
gubernamentales, institucionales y políticas del Líbano,
señoras y señores Jefes de misión diplomática,
Beatitudes, responsables religiosos,
queridos hermanos en el episcopado,
señoras y señores, queridos amigos
سَلامي أُعطيكُم (
Mi paz os doy) (
Jn 14,27). Con estas
palabras de Cristo, deseo saludaros y agradeceros vuestra acogida y vuestra
presencia. Señor Presidente, le agradezco no solamente sus cordiales palabras
sino también por haber permitido este encuentro. Acabo de plantar con vosotros
un cedro del Líbano, símbolo de vuestro hermoso país. Al ver este arbolito y las
atenciones que necesitará para fortalecerse y llegar a extender majestuosamente
sus ramas, pienso en vuestro país y su destino, en los libaneses y sus
esperanzas, en todas las personas de esta región del mundo que parece conocer
los dolores de un alumbramiento sin fin. He pedido a Dios que os bendiga, que
bendiga al Líbano y a todos los habitantes de esta región que ha visto nacer
grandes religiones y nobles culturas. ¿Por qué ha elegido Dios esta región? ¿Por
qué vive en la turbulencia? Pienso que Dios la ha elegido para que sirva de
ejemplo, para que dé testimonio de cara al mundo de la posibilidad que tiene el
hombre de vivir concretamente su deseo de paz y reconciliación. Esta aspiración
está inscrita desde siempre en el plan de Dios, que la ha grabado en el corazón
del hombre. Me gustaría hablar con vosotros de la paz, pues Jesús ha dicho:
سَلامي أُعطيكُم (
Mi paz os doy).
Un país es rico, ante todo, por las personas que viven en su seno. Su futuro
depende de cada una de ellas y de su conjunto, y de su capacidad de
comprometerse por la paz. Este compromiso sólo será posible en una sociedad
unida. Sin embargo, la unidad no es uniformidad. La cohesión de la sociedad está
asegurada por el respeto constante de la dignidad de cada persona y su
participación responsable según sus capacidades, aportando lo mejor que tiene.
Con el fin de asegurar el dinamismo necesario para construir y consolidar la paz,
hay que volver incansablemente a los fundamentos del ser humano. La dignidad del
hombre es inseparable del carácter sagrado de la vida que el Creador nos ha
dado. En el designio de Dios, cada persona es única e irremplazable. Viene al
mundo en una familia, que es su primer lugar de humanización y, sobre todo, la
primera que educa a la paz. Para construir la paz, nuestra atención debe
dirigirse a la familia para facilitar su cometido, y apoyarla, promoviendo de
este modo por doquier una cultura de la vida. La eficacia del compromiso por la
paz depende de la concepción que el mundo tenga de la vida humana. Si queremos
la paz, defendamos la vida. Esta lógica no solamente descalifica la guerra y los
actos terroristas, sino también todo atentado contra la vida del ser humano,
criatura querida por Dios. La indiferencia o la negación de lo que constituye la
verdadera naturaleza del hombre impide que se respete esta
gramática
que es la ley natural inscrita en el corazón humano (cf.
Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2007, 3). La grandeza y la
razón de ser de toda persona sólo se encuentra en Dios. Así, el reconocimiento
incondicional de la dignidad de todo ser humano, de cada uno de nosotros, y la
del carácter sagrado de la vida, comportan la responsabilidad de todos ante Dios.
Por tanto, debemos unir nuestras fuerzas para desarrollar una sana antropología
que integre la unidad de la persona. Sin ella, no será posible construir la paz
verdadera.
Aún siendo más evidentes en los países que sufren conflictos armados –esas
guerras llenas de vanidad y de horror-, los atentados contra la integridad y la
vida de las personas existen también en otros países. El desempleo, la pobreza,
la corrupción, las distintas adicciones, la explotación, el tráfico de todo tipo
y el terrorismo comportan, además del sufrimiento inaceptable de los que son sus
víctimas, un deterioro del potencial humano. La lógica económica y financiera
quiere imponer sin cesar su yugo y hacer que prime el tener sobre el ser. Pero
la pérdida de cada vida humana es una pérdida para la humanidad entera. Ésta es
una gran familia de la que todos somos responsables. Ciertas ideologías,
cuestionando directa o indirectamente, e incluso legalmente, el valor
inalienable de toda persona y el fundamento natural de la familia, socavan las
bases de la sociedad. Debemos ser conscientes de estos ataques contra la
construcción y la armonía del
vivir juntos. Sólo una solidaridad
efectiva constituye el antídoto a todo esto. Solidaridad para rechazar lo que
impide el respeto de todo ser humano, solidaridad para apoyar las políticas y
las iniciativas que actúan para unir los pueblos de modo honesto y justo. Es
grato ver los gestos de colaboración y verdadero diálogo que construyen una
nueva manera de vivir juntos. Una mejor calidad de vida y de desarrollo integral
sólo es posible compartiendo las riquezas y las competencias, respetando la
identidad de cada uno. Pero un modo de vida como éste, compartido, sereno y
dinámico, únicamente es posible confiando en el otro, quienquiera que sea. Hoy,
las diferencias culturales, sociales, religiosas, deben llevar a vivir un tipo
nuevo de fraternidad, donde lo que une es justamente el común sentido de la
grandeza de toda persona, y el don que representa para ella misma, para los
otros y para la humanidad. En esto se encuentra el camino de la paz. En ello
reside el compromiso que se nos pide. Ahí está la orientación que debe presidir
las opciones políticas y económicas, en cualquier nivel y a escala mundial.
Para abrir a las generaciones futuras un porvenir de paz, la primera tarea es la
de educar en la paz, para construir una cultura de paz. La educación, en la
familia o en la escuela, debe ser sobre todo la educación en los valores
espirituales que dan a la transmisión del saber y de las tradiciones de una
cultura su sentido y su fuerza. El espíritu humano tiene el sentido innato de la
belleza, del bien y la verdad. Es el sello de lo divino, la marca de Dios en él.
De esta aspiración universal se desprende una concepción moral sólida y justa,
que pone siempre a la persona en el centro. Pero el hombre sólo puede
convertirse al bien de manera libre, ya que «la dignidad del hombre requiere, en
efecto, que actúe según una elección consciente y libre, es decir, movido e
inducido personalmente desde dentro y no bajo la presión de un ciego impulso
interior o de la mera coacción externa» (
Gaudium et spes,
17). La tarea de la educación es la de acompañar la maduración de la capacidad
de tomar opciones libres y justas, que puedan ir a contracorriente de las
opiniones dominantes, las modas, las ideologías políticas y religiosas. Éste es
el precio de la implantación de una cultura de la paz. Evidentemente, hay que
desterrar la violencia verbal o física. Ésta es siempre un atentado contra la
dignidad humana, tanto del culpable como de la víctima. Además, valorizando las
obras pacíficas y su influjo en el bien común, se aumenta también el interés por
la paz. Como atestigua la historia, tales gestas de paz tienen un papel
considerable en la vida social, nacional e internacional. La educación en la paz
formará así hombres y mujeres generosos y rectos, atentos a todos y, de modo
particular, a las personas más débiles. Pensamientos de paz, palabras de paz y
gestos de paz crean una atmósfera de respeto, de honestidad y cordialidad, donde
las faltas y las ofensas pueden ser reconocidas con verdad para avanzar juntos
hacia la reconciliación. Que los hombres de Estado y los responsables religiosos
reflexionen sobre ello.
Debemos ser muy conscientes de que el mal no es una fuerza anónima que actúa en
el mundo de modo impersonal o determinista. El mal, el demonio, pasa por la
libertad humana, por el uso de nuestra libertad. Busca un aliado, el hombre. El
mal necesita de él para desarrollarse. Así, habiendo trasgredido el primer
mandamiento, el amor de Dios, trata de pervertir el segundo, el amor al prójimo.
Con él, el amor al prójimo desaparece en beneficio de la mentira y la envidia,
del odio y la muerte. Pero es posible no dejarse vencer por el mal y vencer el
mal con el bien (cf.
Rm 12,21). Estamos llamados a esta conversión del
corazón. Sin ella, las tan deseadas “liberaciones” humanas defraudan, puesto que
se mueven en el reducido espacio que concede la estrechez del espíritu humano,
su dureza, sus intolerancias, sus favoritismos, sus deseos de revancha y sus
pulsiones de muerte. Se necesita la transformación profunda del espíritu y el
corazón para encontrar una verdadera clarividencia e imparcialidad, el sentido
profundo de la justicia y el del bien común. Una mirada nueva y más libre hará
que sea posible analizar y poner en cuestión los sistemas humanos que llevan a
un callejón sin salida, con la finalidad de avanzar, teniendo en cuenta el
pasado, con sus efectos devastadores, para no volver a repetirlo. Esta
conversión que se requiere es exaltante, pues abre nuevas posibilidades, al
despertar los innumerables recursos que anidan en el corazón de tantos hombres y
mujeres deseosos de vivir en paz y dispuestos a comprometerse por ella. Pero es
particularmente exigente: hay que decir no a la venganza, hay que reconocer las
propias culpas, aceptar las disculpas sin exigirlas y, en fin, perdonar. Puesto
que sólo el perdón ofrecido y recibido pone los fundamentos estables de la
reconciliación y la paz para todos (cf.
Rm 12,16b.18).
Sólo entonces podrá crecer el buen entendimiento entre las culturas y las
religiones, la consideración sin conmiseración de unos por otros y el respeto de
los derechos de cada uno. En el Líbano, el cristianismo y el Islam habitan el
mismo espacio desde hace siglos. No es raro ver en la misma familia las dos
religiones. Si en una misma familia es posible, ¿por qué no lo puede ser con
respecto al conjunto de la sociedad? Lo específico de Oriente Medio se encuentra
en la mezcla de diversos componentes. Es cierto que se han combatido,
desgraciadamente es así. Una sociedad plural sólo existe con el respeto
recíproco, con el deseo de conocer al otro y del diálogo continuo. Este diálogo
entre los hombres es posible únicamente siendo conscientes de que existen
valores comunes a todas las grandes culturas, porque están enraizadas en la
naturaleza de la persona humana. Estos valores que están como subyacentes,
manifiestan los rasgos auténticos y característicos de la humanidad. Pertenecen
a los derechos de todo ser humano. Con la afirmación de su existencia, las
diferentes religiones ofrecen una aportación decisiva. No olvidemos que la
libertad religiosa es el derecho fundamental del que dependen muchos otros.
Profesar y vivir libremente la propia religión, sin poner en peligro su vida y
su libertad, ha de ser posible para cualquiera. La pérdida o el debilitamiento
de esta libertad priva a la persona del derecho sagrado a una vida íntegra en el
plano espiritual. La así llamada tolerancia no elimina las discriminaciones,
sino que a veces incluso las reafirma. Y sin la apertura a lo trascendente, que
permite encontrar respuestas a los interrogantes de su corazón sobre el sentido
de la vida y la manera de vivir moralmente, el hombre se hace incapaz de actuar
con justicia y de comprometerse por la paz. La libertad religiosa tiene una
dimensión social y política indispensable para la paz. Ella promueve una
coexistencia y una vida armoniosa a causa del compromiso común al servicio de
causas nobles y de la búsqueda de la verdad que no se impone por la violencia
sino por «la fuerza de la misma verdad» (
Dignitatis humanae,
1), la Verdad que está en Dios. Puesto que la creencia vivida lleva
invariablemente al amor. La creencia auténtica no puede llevar a la muerte. El
artífice de la paz es humilde y justo. Los creyentes tienen hoy, por tanto, un
papel esencial, el de testimoniar la paz que viene de Dios y que es un don que
se da a todos en la vida personal, familiar, social, política y económica (cf.
Mt 5,9;
Heb 12,14). No se puede consentir que el mal triunfe
por la pasividad de los hombres de bien. Sería peor que no hacer nada.
Estas reflexiones sobre la paz, la sociedad, la dignidad de la persona, sobre
los valores de la familia y la vida, sobre el diálogo y la solidaridad no pueden
quedar como el simple enunciado de ideas. Pueden y deben ser vividas. Estamos en
el Líbano y aquí es donde han de vivirse. El Líbano está llamado, ahora más que
nunca, a ser un ejemplo. Políticos, diplomáticos, religiosos, hombres y mujeres
del mundo de la cultura, os invito, pues, a dar testimonio con valor en vuestro
entorno, a tiempo y a destiempo, de que Dios quiere la paz, que Dios nos confía
la paz. سَلامي أُعطيكُم (
Mi paz os doy) (
Jn 14,27), dice
Cristo. Que Dios os bendiga. Gracias.