"Nosotros no poseemos la verdad, es la Verdad quien nos posee a nosotros. Cristo, que es la Verdad, nos toma de la mano". Benedicto XVI
"Dejá que Jesús escriba tu historia. Dejate sorprender por Jesús." Francisco
"¡No tengan miedo!" Juan Pablo II
"Dejá que Jesús escriba tu historia. Dejate sorprender por Jesús." Francisco
"¡No tengan miedo!" Juan Pablo II
lunes, 1 de octubre de 2012
lunes, 24 de septiembre de 2012
San Gerardo Sagredo, 24 de Septiembre
San Gerardo Sagredo. Martir
24 de Septiembre
24 de Septiembre
Es
de origen Veneciano. Nació cerca del año 980. Fue monje benedictino,
obispo y evangelizador de Hungría en Buda (Buda y Pest están separadas
por el Danubio. Fue encargado de la educación del hijo del rey Santo y
unificador de Hungría. Fue lapidado y lanceado por los bárbaros hecho
mártir el 24 de Septiembre de 1043, junto con otros cuatro obispos. Parte
de sus reliquias están en Hungría, otra parte en la Basílica Santa
María la Mayor de la Isla de Murano en el Golfo de Venecia.
| |
| Gerardo Sagredo, Santo |
Obispo y Mártir
Martirologio Romano: En Panonia
(hoy Hungría), san Gerardo Sagredo, obispo de la sede de Morisena (hoy Csanad)
y mártir, que fue preceptor de san Emerico, príncipe adolescente hijo del rey
san Esteban, y en una sedición de húngaros paganos murió apedreado cerca del
río Danubio (1046).
Etimología:
Gerardo = Audaz con la lanza, viene del germano
San
Gerardo, algunas veces llamado Sagredo, fue el apóstol de un vasto distrito de
Hungría.
Era
originario de Venecia, donde nació a principios del siglo once. Desde muy
joven, se consagró al servicio de Dios en el monasterio benedictino de San
Giorgio Maggiore en Venecia, pero al cabo de algún tiempo, abandonó el convento
para hacer una peregrinación a Jerusalén.
Al pasar
por Hungría, conoció al rey San Esteban, a quien impresionaron tanto las
cualidades de Gerardo, que lo retuvo para que fuese el tutor de su hijo, el
Beato Emeric. Al tiempo que ejercía sus funciones de educador, el santo predicó
la palabra de Dios con mucho éxito. Cuando San Esteban fundó la sede episcopal
de Csanad, nombró a Gerardo como su primer obispo. La gran mayoría de los
habitantes del lugar eran paganos, y los pocos que llevaban el nombre de
cristianos, eran ignorantes, salvajes y brutales, pero San Gerardo trabajó
entre ellos con tan buenos frutos que, en poco tiempo, el cristianismo progresó
considerablemente. Siempre que le era posible, unía Gerardo la perfección en su
desempeño de la tarea episcopal con el recogimiento de la vida contemplativa
que le fortalecía para continuar con sus funciones. Además, Gerardo fue
investigador y escritor; entre sus obras figura una inconclusa disertación
sobre el Himno de los Tres Jóvenes (Daniel III) y otros escritos que se perdieron
con el correr del tiempo.
El rey
Esteban secundó el celo del buen obispo en tanto que vivió, pero a su muerte,
ocurrida en 1038, el reino quedó en la anarquía a causa de las disputas por la
sucesión al trono y, al mismo tiempo, estalló una rebelión contra el
cristianismo.
Las cosas
iban de mal en peor, hasta el extremo de que, virtualmente, se declaró una
abierta persecución contra los cristianos. Por entonces, Gerardo, que celebraba
la misa en la iglesita de una aldea junto al Danubio, llamada Giod, tuvo la
premonición de que aquel mismo día habría de recibir la corona del martirio.
Terminada la visita a la aldea, el obispo y su comitiva partieron hacia la
ciudad de Buda.
Ya se
disponían a cruzar el río, cuando fueron detenidos por una partida de soldados
al mando de un oficial, idólatra recalcitrante y acérrimo enemigo hasta de la
memoria del rey Esteban. Sin mediar palabra, los soldados comenzaron a lanzar
piedras contra San Gerardo y sus gentes, que se hallaban dentro de la barca,
amarrada a un pilote. Algunos de ellos se metieron al agua, volcaron la
embarcación y sacaron a rastras al santo obispo. Asido a los brazos de sus
captores, se incorporó hasta ponerse de rodillas y oró en voz alta con las
palabras de San Esteban, el Protomártir: "¡Señor, no les toméis en cuenta
esta culpa!" Apenas había pronunciado estas palabras cuando le atravesaron
el pecho con una lanza.
Los
soldados arrastraron el cuerpo hasta el borde de un acantilado que lleva el
nombre de Blocksberg y arrojaron el cadáver al Danubio. Era el 24 de septiembre
de 1046. La muerte heroica de San Gerardo produjo un profundo efecto entre el
pueblo que, desde el primer momento, comenzó a venerarlo como mártir. Sus
reliquias fueron colocadas en un santuario, en 1083, al mismo tiempo que las de
San Esteban y las de su hijo, el Beato Emeric. En 1333, la República de Venecia
obtuvo del rey de Hungría la concesión de trasladar la mayor parte de las
reliquias de San Gerardo a la iglesia de Nuestra Señora, en la isla de Murano,
vecina a Venecia donde hasta hoy se venera al santo como al protomártir de
aquel lugar donde vino al mundo.
Etimología: Gerardo = Audaz con la lanza, viene del germano
San Gerardo, algunas veces llamado Sagredo, fue el apóstol de un vasto distrito de Hungría.
Era originario de Venecia, donde nació a principios del siglo once. Desde muy joven, se consagró al servicio de Dios en el monasterio benedictino de San Giorgio Maggiore en Venecia, pero al cabo de algún tiempo, abandonó el convento para hacer una peregrinación a Jerusalén.
Al pasar por Hungría, conoció al rey San Esteban, a quien impresionaron tanto las cualidades de Gerardo, que lo retuvo para que fuese el tutor de su hijo, el Beato Emeric. Al tiempo que ejercía sus funciones de educador, el santo predicó la palabra de Dios con mucho éxito. Cuando San Esteban fundó la sede episcopal de Csanad, nombró a Gerardo como su primer obispo. La gran mayoría de los habitantes del lugar eran paganos, y los pocos que llevaban el nombre de cristianos, eran ignorantes, salvajes y brutales, pero San Gerardo trabajó entre ellos con tan buenos frutos que, en poco tiempo, el cristianismo progresó considerablemente. Siempre que le era posible, unía Gerardo la perfección en su desempeño de la tarea episcopal con el recogimiento de la vida contemplativa que le fortalecía para continuar con sus funciones. Además, Gerardo fue investigador y escritor; entre sus obras figura una inconclusa disertación sobre el Himno de los Tres Jóvenes (Daniel III) y otros escritos que se perdieron con el correr del tiempo.
El rey Esteban secundó el celo del buen obispo en tanto que vivió, pero a su muerte, ocurrida en 1038, el reino quedó en la anarquía a causa de las disputas por la sucesión al trono y, al mismo tiempo, estalló una rebelión contra el cristianismo.
Las cosas iban de mal en peor, hasta el extremo de que, virtualmente, se declaró una abierta persecución contra los cristianos. Por entonces, Gerardo, que celebraba la misa en la iglesita de una aldea junto al Danubio, llamada Giod, tuvo la premonición de que aquel mismo día habría de recibir la corona del martirio. Terminada la visita a la aldea, el obispo y su comitiva partieron hacia la ciudad de Buda.
Ya se disponían a cruzar el río, cuando fueron detenidos por una partida de soldados al mando de un oficial, idólatra recalcitrante y acérrimo enemigo hasta de la memoria del rey Esteban. Sin mediar palabra, los soldados comenzaron a lanzar piedras contra San Gerardo y sus gentes, que se hallaban dentro de la barca, amarrada a un pilote. Algunos de ellos se metieron al agua, volcaron la embarcación y sacaron a rastras al santo obispo. Asido a los brazos de sus captores, se incorporó hasta ponerse de rodillas y oró en voz alta con las palabras de San Esteban, el Protomártir: "¡Señor, no les toméis en cuenta esta culpa!" Apenas había pronunciado estas palabras cuando le atravesaron el pecho con una lanza.
Los soldados arrastraron el cuerpo hasta el borde de un acantilado que lleva el nombre de Blocksberg y arrojaron el cadáver al Danubio. Era el 24 de septiembre de 1046. La muerte heroica de San Gerardo produjo un profundo efecto entre el pueblo que, desde el primer momento, comenzó a venerarlo como mártir. Sus reliquias fueron colocadas en un santuario, en 1083, al mismo tiempo que las de San Esteban y las de su hijo, el Beato Emeric. En 1333, la República de Venecia obtuvo del rey de Hungría la concesión de trasladar la mayor parte de las reliquias de San Gerardo a la iglesia de Nuestra Señora, en la isla de Murano, vecina a Venecia donde hasta hoy se venera al santo como al protomártir de aquel lugar donde vino al mundo.
domingo, 16 de septiembre de 2012
Santos Cornelio y Cipriano, 16 de Septiembre
San Cornelio y San Cipriano
Mártires
A San Cipriano le rogamos que ruegue a Dios para que
los que somos seguidores de Cristo,
no sintamos nunca vergüenza de ser cristianos,
y proclamemos siempre y en todas partes
con palabras y buenas obras
nuestra santa religión.
Mártires
A San Cipriano le rogamos que ruegue a Dios para que
los que somos seguidores de Cristo,
no sintamos nunca vergüenza de ser cristianos,
y proclamemos siempre y en todas partes
con palabras y buenas obras
nuestra santa religión.
San Cornelio. Papa. Año 253.
Cornelio
significa: "fuerte como un cuerno".
Este
Pontífice fue martirizado en la persecución del emperador Decio en el
año 253.
Su
Pontificado se vió amargado por la rebelión de un hereje llamado
Novaciano que proclamaba que la Iglesia Católica no tenía poder para
perdonar pecados y que por lo tanto el que alguna vez hubiera renegado de
su fe, nunca más podía ser admitido en la Santa Iglesia.
El
hereje afirmaba también que ciertos pecados como la fornicación e
impureza y el adulterio, no podían ser perdonados jamás. El Papa
Cornelio se le opuso y declaró que si un pecador se arrepiente en verdad
y quiere empezar una vida nueva de conversión, la Santa Iglesia puede y
debe perdonarle sus antiguas faltas y admitirlo otra vez entre los fieles.
A San Cornelio lo apoyaron San Cipriano desde Africa y todos los demás
obispos de occidente.
El
gobierno del perseguidor Decio lo desterró de Roma y a causa de los
sufrimientos y malos tratos que recibió, murió en el destierro, como un
mártir.
San Cipriano. Obispo de Cartago
y mártir. Año 258.
Había
nacido en el año 200 en Cartago (norte de Africa) y se dedicó a la labor
de educador, conferencista y orador público. Tenía una inteligencia
privilegiada, una gran habilidad para hablar en público, y una
personalidad brillante y simpática que le conseguía un impresionante
ascendiente sobre los demás.
Llegado
a la mayoría de edad se convirtió al cristianismo por el ejemplo y las
palabras de un santo sacerdote llamado Cecilio. Se hizo bautizar y una vez
bautizado hizo el juramento de permanecer siempre casto, y de no contraer
matrimonio (celibato se llama a este modo de vivir). A las gentes les
llenó de admiración el tal voto o juramento, porque esto no se
acostumbraba en aquellos tiempos.
Desde
su conversión, descubrió Cipriano que la S. Biblia contiene tesoros
maravillosos de buenas enseñanzas y se dedicó con toda su brillante
inteligencia a estudiar este Libro Santo y a leer los comentarios que los
antiguos santos habían escrito, respecto de la Sagrada Escritura. Hizo el
sacrificio de renunciar a sus literatos mundanos que tanto le agradaban
antes, y en adelante ya nunca citará ni siquiera una frase de un autor
que no sea cristiano católico. Escribió un comentario acerca del
Padrenuestro, tan bello, que hasta ahora no ha sido superado por otro
autor.
Fue
ordenado sacerdote, y en el año 248 al morir el obispo de Cartago, el
pueblo y los sacerdotes aclamaron a Cipriano como el más digno para ser
el nuevo obispo de la ciudad.
El
se resistía y quería huir o esconderse, pero al fin se dio cuenta de que
era inútil oponerse al querer popular y aceptó tan importante cargo,
diciendo: "Me parece que Dios ha expresado su voluntad por medio del
clamor del pueblo y de la aclamación de los sacerdotes". Y llegó a
ser el más importante de todos los obispos que tuvo Cartago.
Un
escritor de ese tiempo dejó este retrato de la bondad y venerabilidad de
Cipriano: "Era majestuoso y venerable, inspiraba confianza a primera
vista y nadie podía mirarle sin sentir veneración hacia él. Tenía una
agradable mezcla de alegría y venerabilidad, de manera que los que lo
trataban no sabían qué hacer más: si quererlo o venerarlo, porque
merecía el más grande respeto y el mayor amor".
En
el año 251 el emperador Decio decreta una terrible persecución contra
los cristianos. Le interesaba sobre todo acabar con los obispos y destruir
los libros sagrados. Y para que el mal a la religión sea mayor invita a
todos los que quieren renegar de la religión cristiana a que quemen
incienso ante los dioses y ya con eso quedan perdonados. Muchísimos caen
en esta trampa, y con tal de no perder sus bienes, su libertad y su vida
misma, queman incienso ante las imágenes de los ídolos paganos, y
reniegan de la santa religión. El mal es inmenso.
Cipriano,
con gran prudencia, viendo que lo que primero buscan es acabar con todos
los jefes de la Iglesia, huye y se esconde, pero desde su escondite envía
continuas cartas a los creyentes invitándolos a no abandonar la religión
por nada en la vida. Los paganos recorren las calles de Cartago gritando:
"Pedimos que Cipriano sea echado a los leones". Pero no lo
lograron encontrar para echarlo a las fieras.
Hubo
un corto período de paz y Cipriano volvió a su cargo de obispo. Pero
encontró que algunos aceptaban sin más en la Iglesia a los que habían
apostatado de la religión, sin exigirles hacer penitencia de ninguna
clase. Se opuso a esta relajación y en adelante a todo renegado que quiso
volver a la Iglesia le exigió que hiciera antes cierto tiempo de
penitencia. Así preparaba a los creyentes para que en las próximas
persecuciones no se dejaran dominar por el miedo y no renegaran tan
fácilmente de sus creencias. Muchos se oponían a esta severidad, pero
era necesaria para prevenir el peligro de apostatías en la próxima
persecución que ya se avecinaba. Y sucedió que cuando vinieron después
las más espantables persecuciones, los cristianos prefirieron morir antes
que quemar incienso a los dioses de los paganos. Y fueron mártires
gloriosos.
El
año 252, llega la peste de tifo negro a Cartago y empiezan a morir
cristianos por centanares y quedan miles de huérfanos. El obispo Cipriano
se dedica a repartir ayudas a los que han quedado en la miseria. Vende
todo lo más valioso que hay en su casa episcopal, y pronuncia unos de los
sermones más bellos que se han compuesto en la Iglesia Católica acerca
de la limosna. Todavía hoy al leer tan emocionantes sermones, siente uno
un deseo inmenso de dedicarse a ayudar a los necesitados. Sus oyentes se
conmovieron al escucharle tan impresionantes enseñanzas y fueron
generosísimos en auxiliar a las víctimas de la epidemia.
El
año 257 el emperador Valeriano decretó una violentísima persecución
contra los cristianos. Pena de destierro para todo creyente que asistiera
a un acto de culto cristiano, y pena de muerte para cualquier obispo o
sacerdote que se atreviera a celebrar una ceremonia religiosa. A Cipriano
le decretan en el año 157 pena de destierro, pero como donde quiera que
vaya sigue celebrando ceremonias religiosas, en el año 258 le decretan
pena de muerte. Se conservan las actas de la última audiencia que los
jueces le hicieron para condenarlo al martirio. Son muy interesantes.
Dicen así:
El
juez: El emperador Valeriano ha dado órdenes de que no se permite
celebrar ningún otro culto, sino el de nuestros dioses. ¿Ud. Qué
responde?
Cipriano:
Yo soy cristiano y soy obispo. No reconozco a ningún otro Dios, sino al
único y verdadero Dios que hizo el cielo y la tierra. A El rezamos cada
día los cristianos.
El
14 de septiembre una gran multitud de cristianos se reunió frente a la
casa del juez. Este le preguntó al mártir: "¿Es usted el
responsable de toda esta gente?
Cipriano:
Si, lo soy.
El
juez: El emperador le ordena que ofrezca sacrificios a los dioses.
Cipriano:
No lo haré nunca.
El
juez: Píenselo bien.
Cipriano:
Lo que le han ordenado hacer, hágalo pronto. Que en estas cosas tan
importantes mi decisión es irrevocable, y no va a cambiar.
El
juez Valerio consultó a sus consejeros y luego de mala gana dictó esta
sentencia: "Ya que se niega a obedecer las órdenes del emperador
Valeriano y no quiere adorar a nuestros dioses, y es responsable de que
todo este gentío siga sus creencias religiosas, Cipriano: queda condenado
a muerte. Le cortarán la cabeza con una espada".
Al
oír la sentencia, Cipriano exclamó: ¡Gracias sean dadas a Dios!
Toda
la inmensa multitud gritaba: "Que nos maten también a nosotros,
junto con él", y lo siguieron en gran tumulto hacia el sitio del
martirio.
Al
llegar al lugar donde lo iban a matar Cipriano mandó regalarle 25 monedas
de oro al verdugo que le iba a cortar la cabeza. Los fieles colocaron
sábanas blancas en el suelo para recoger su sangre y llevarla como
reliquias.
El
santo obispo se vendó él mismo los ojos y se arrodilló. El verdugo le
cortó la cabeza con un golpe de espada. Esa noche los fieles llevaron en
solemne procesión, con antorchas y cantos, el cuerpo del glorioso mártir
para darle honrosa sepultura.
A
los pocos días murió de repente el juez Valerio. Pocas semanas después,
el emperador Valeriano fue hecho prisionero por sus enemigos en una guerra
en Persia y esclavo prisionero estuvo hasta su muerte.
jueves, 13 de septiembre de 2012
San Juan Crisóstomo, 13 de Septiembre
13 de Septiembre
San Juan Crisóstomo
Patrono de los predicadores
Año 407
Patrono de los predicadores
Año 407
A
este santo arzobispo de Constantinopla, la gente le puso el apodo de
"Crisóstomo" que significa: "boca de oro", porque
sus predicaciones eran enormemente apreciadas por sus oyentes. Es el
más famoso orador que ha tenido la Iglesia. Su oratoria no ha sido
superada después por ninguno de los demás predicadores.
Nació en Antioquía (Siria) en el año
347. Era hijo único de un gran militar y de una mujer virtuosísima,
Antusa, que ha sido declarada santa también.
A los 20 años Antusa quedó viuda y
aunque era hermosa renunció a un segundo matrimonio para dedicarse por
completo a la educación de su hijo Juan.
Desde sus primeros años el jovencito
demostró tener admirables cualidades de orador, y en la escuela causaba
admiración con sus declamaciones y con las intervenciones en las
academias literarias. La mamá lo puso a estudiar bajo la dirección de
Libanio, el mejor orador de Antioquía, y pronto hizo tales progresos,
que preguntado un día Libanio acerca de quién desearía que fuera su
sucesor en el arte de enseñar oratoria, respondió: "Me gustaría
que fuera Juan, pero veo que a él le llama más la atención la vida
religiosa, que la oratoria en las plazas".
Juan deseaba mucho irse de monje al
desierto, pero su madre le rogaba que no la fuera a dejar sola. Entonces
para complacerla se quedó en su hogar pero convirtiendo su casa en un
monasterio, o sea viviendo allí como si fuera un monje, dedicado al
estudio y la oración y a hacer penitencia.
Cuando su madre murió se fue de monje al
desierto y allá estuvo seis años rezando, haciendo penitencias y
dedicándose a estudiar la S. Biblia. Pero los ayunos tan prolongados,
la falta total de toda comodidad, los mosquitos, y la impresionante
humedad de esos terrenos le dañaron la salud, y el superior de los
monjes le aconsejó que si quería seguir viviendo y ser útil a la
sociedad tenía que volver a la ciudad, porque la vida de monje en el
desierto no era para una salud como la suya.
El llegar otra vez a Antioquía fue
ordenado de sacerdote y el anciano Obispo Flaviano le pidió que lo
reemplazara en la predicación. Y empezó pronto a deslumbrar con sus
maravillosos sermones. La ciudad de Antioquía tenía unos cien mil
cristianos, los cuales no eran demasiado fervorosos. Juan empezó a
predicar cada domingo. Después cada tres días. Más tarde cada día y
luego varias veces al día. Los templos donde predicaba se llenaban de
bote en bote. Frecuentemente sus sermones duraban dos horas, pero a los
oyentes les parecían unos pocos minutos, por la magia de su oratoria
insuperable. La entonación de su voz era impresionante. Sus temas,
siempre tomados de la S. Biblia, el libro que él leía día por día, y
meditaba por muchas horas. Sus sermones están coleccionados en 13
volúmenes. Son impresionantemente bellos.
Era un verdadero pescador de almas.
Empezaba tratando temas elevados y de pronto descendía rápidamente
como un águila hacia las realidades de la vida diaria. Se enfrentaba
enardecido contra los vicios y los abusos. Fustigaba y atacaba
implacablemente al pecado. Tronaba terrible su fuerte voz contra los que
malgastaban su dinero en lujos e inutilidades, mientras los pobres
tiritaban de frío y agonizaban de hambre.
El pueblo le escuchaba emocionado y de
pronto estallaba en calurosos aplausos, o en estrepitoso llanto el cual
se volvía colectivo e incontenible. Los frutos de conversión eran
visibles.
Y fue entonces cuando Juan Crisóstomo
aprovechó la ocasión para pronunciar ante aquel populacho sus
famosísimos "Discursos de las estatuas" que conmovieron
enormemente a sus miles de oyentes logrando conversiones. Esos 21
discursos fueron quizás los mejores de toda su vida y lo hicieron
famoso en los países de los alrededores. Su fama llegó hasta la
capital del imperio. Y el fervor y la conversión a que hizo llegar a
sus fieles cristianos, obtuvieron que las oraciones fueran escuchadas
por Dios y que el emperador desistiera del castigo a la ciudad.
En el año 398, habiendo muerto el
arzobispo de Constantinopla, le pareció al emperador que el mejor
candidato para ese puesto era Juan Crisóstomo, pero el santo se sentía
totalmente indigno y respondía que había muchos que eran más dignos
que él para tan alto cargo. Sin embargo el emperador Arcadio envió a
uno de sus ministros con la orden terminante de llevar a Juan a
Constantinopla aunque fuera a la fuerza. Así que el enviado oficial
invitó al santo a que lo acompañara a las afueras de la ciudad de
Antioquía a visitar las tumbas de los mártires, y entonces dio la
orden a los oficiales del ejército de que lo llevaran a Constantinopla
con la mayor rapidez posible, y en el mayor secreto porque si en
Antioquía sabían que les iban a quitar a su predicador se iba a formar
un tumulto inmenso. Y así fue que tuvo que aceptar ser arzobispo.
Apenas posesionado de su altísimo cargo
lo primero que hizo fue mandar quitar de su palacio todos los lujos. Con
las cortinas tan elegantes fabricaron vestidos para cubrir a los pobres
que se morían de frío. Cambió los muebles de lujo por muebles
ordinarios, y con la venta de los otros ayudó a muchos pobres que
pasaban terribles necesidades. El mismo vestía muy sencillamente y
comía tan pobremente como un monje del desierto. Y lo mismo fue
exigiendo a sus sacerdotes y monjes: ser pobres en el vestir, en el
comer, y en el mobiliario, y así dar buen ejemplo y con lo que se
ahorraba en todo esto ayudar a los necesitados.
Pronto, en sus elocuentes sermones
empezó a atacar fuertemente el lujo de las gentes en el vestir y en sus
mobiliarios y fue obteniendo que con lo que muchos gastaban antes en
vestidos costosísimos y en muebles ostentosos, lo empezaran a emplear
en ayudar a la gente pobre. El mismo daba ejemplo en esto, y la gente se
conmovía ante sus palabras y su modo tan pobre y mortificado de vivir.
En aquellos tiempos había una ley de la
Iglesia que ordenaba que cuando una persona se sentía injustamente
perseguida podía refugiarse en el templo principal de la ciudad y que
allí no podían ir las autoridades a apresarle. Y sucedió que una
pobre viuda se sintió injustamente perseguida por la emperatriz Eudoxia
y por su primer ministro y se refugió en el templo del Arzobispo. Las
autoridades quisieron ir allí a apresarla pero San Juan Crisóstomo se
opuso y no lo permitió. Esto disgustó mucho a la emperatriz. Y unos
meses más tarde Eudoxia peleó con su primer ministro y se propuso
echarlo a la cárcel. Él corrió a refugiarse en el templo del
arzobispo y aunque la policía de la emperatriz quiso llevarlo preso,
San Juan Crisóstomo no lo permitió. El ministro que antes había
querido llevarse prisionera a una pobre mujer y no pudo, porque el
arzobispo la defendía, ahora se vio él mismo defendido por el propio
santo. Eudoxia ardía de rabia por todo esto y juraba vengarse pero el
gran predicador gritaba en sus sermones: "¿Cómo puede pretender
una persona que Dios le perdone sus maldades si ella no quiere perdonar
a los que le han ofendido?"
Eudoxia se unió con un terrible enemigo
que tenía Crisóstomo, y era Teófilo de Alejandría. Este reunió un
grupo de los que odiaban al santo y entre todos lo acusaron de un
montón de cosas. Por ej. Que había gastado los bienes de la Iglesia en
repartir ayudas a los pobres. Que prefería comer solo en vez de ir a
los banquetes. Que a los sacerdotes que no se portaban debidamente los
amenazaba con el grave peligro que tenían de condenarse, y que había
dicho que la emperatriz, por las maldades que cometía, se parecía a la
pérfida reina Jetzabel que quiso matar al profeta Elías, etc., etc.
Al oír estas acusaciones, el emperador,
atizado por su esposa Eudoxia, decretó que Juan quedaba condenado al
destierro. Al saber tal noticia, un inmenso gentío se reunió en la
catedral, y Juan Crisóstomo renunció uno de sus más hermosos
sermones. Decía: "¿Qué me destierran? ¿A qué sitio me podrán
enviar que no esté mi Dios allí cuidando de mí? ¿Qué me quitan mis
bienes? ¿Qué me pueden quitar si ya los he repartido todos? ¿Qué me
matarán? Así me vuelvo más semejante a mi Maestro Jesús, y como El,
daré mi vida por mis ovejas..."
Ocultamente fue enviado al destierro,
pero sobrevino un terremoto en Constantinopla y llenos de terror los
gobernantes le rogaron que volviera otra vez a la ciudad, y un inmenso
gentío salió a recibirlo en medio de grandes aclamaciones.
Eudoxia, Teófilo y los demás enemigos
no se dieron por vencidos. Inventaron nuevas acusaciones contra Juan, y
aunque el Papa de Roma y muchos obispos más lo defendían, le enviaron
desterrado al Mar Negro. El anciano arzobispo fue tratado brutalmente
por algunos de los militares que lo llevaban prisionero, los cuales le
hacían caminar kilómetros y kilómetros cada día, con un sol
ardiente, lo cual lo debilitó muchísimo. El trece de septiembre,
después de caminar diez kilómetros bajo un sol abrasador, se sintió
muy agotado. Se durmió y vio en sueños que San Basilisco, un famoso
obispo muerto hacía algunos años, se le aparecía y le decía:
"Animo, Juan, mañana estaremos juntos". Se hizo aplicarlos
últimos sacramentos; se revistió de los ornamentos de arzobispo y al
día siguiente diciendo estas palabras: "Sea dada gloria a Dios por
todo", quedó muerto. Era el 14 de septiembre del año 404.
Eudoxia murió unos días antes que él,
en medio de terribles dolores.
Al año siguiente el cadáver del santo
fue llevado solemnemente a Constantinopla y todo el pueblo, precedido
por las más altas autoridades, salió a recibirlo cantando y rezando.
El Papa San Pío X nombró a San Juan
Crisóstomo como Patrono de todos los predicadores católicos del mundo.
Que Dios nos siga enviando muchos
predicadores como él.
¿Si Dios está con nosotros, quién
podrá contra nosotros? (San Pablo Rom.8).
viernes, 31 de agosto de 2012
domingo, 19 de agosto de 2012
sábado, 18 de agosto de 2012
miércoles, 15 de agosto de 2012
jueves, 9 de agosto de 2012
viernes, 3 de agosto de 2012
San Ignacio de Loyola
REGLAS DE DISCERNIMIENTO
DEL ESPIRITU
San Ignacio de Loyola
[313] REGLAS PARA EN ALGUNA MANERA SENTIR Y CONOCER LAS VARIAS MOCIONES
QUE EN LA ANIMA SE CAUSAN: LAS BUENAS PARA RECIBIR Y LAS MALAS PARA LANZAR,
Y SON MAS PROPIAS PARA LA PRIMERA SEMANA.
[314] La primera regla. En las personas que van de pecado mortal en pecado mortal, acostumbra comúnmente el enemigo proponerles placeres aparentes, haciendo imaginar delectaciones y placeres sensuales, por más los conservar y aumentar en sus vicios y pecados; en las cuales personas el buen espíritu usa contrario modo, punzándoles y remordiéndoles las conciencias por el sindérese de la razón.
[315] La segunda. En las persona que van intensamente purgando sus pecados, y en el servicio de Dios nuestro Seńor de bien en mejor subiendo, es el contrario modo que en la primera regla; porque entonces propio es del mal espíritu morder, tristar y poner impedimentos, inquietando con falsas razones para que no pase adelante; y propio del bueno dar ánimo y fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quietud, facilitando y quitando todos impedimentos, para que en el bien obrar proceda adelante.
[316] La tercera, de consolación espiritual. Llamo consolación cuando en el ánima se causa alguna moción interior, con la cual viene la ánima a inflamarse en amor de su Criador y Seńor; y consequentar, cuando ninguna cosa criada sobre la haz de la tierra puede amar en sí, sino en el Criador de todas ellas. Asimismo, cuando lanza lágrimas motivas a amor de su Seńor, ahora sea por el dolor de sus pecados, o de la pasión de Cristo nuestro Seńor, o de otras cosas derechamente ordenadas en su servicio y alabanza. Finalmente, llamo consolación todo aumento de esperanza, fe y caridad, y toda leticia interna que llama y atrae a las cosas celestiales y a la propia salud de su ánima, quietándola y pacificándola en su Criador y Seńor.
[317] La cuarta, de desolación espiritual. Llamo desolación todo el contrario de la tercera regla, así como oscuridad del ánima, turbación en ella, moción a las cosas bajas y terrenas, inquietud de varias agitaciones y tentaciones, moviendo a infidencia, sin esperanza, sin amor, hallándose toda perezosa, tibia, triste y como separada de su Criador y Seńor. Porque, así como la consolación es contraria a la desolación, de la misma manera los pensamientos que salen de la consolación son contrarios a los pensamientos que salen de la desolación.
[318] La quinta. En tiempo de desolación nunca hacer mudanza, mas estar firme y constante en los propósitos y determinación en que estaba el día antecedente a la tal desolación, o en la determinación en que estaba en la antecedente consolación. Porque, así como en la consolación nos guía y aconseja más el buen espíritu, así en la desolación el malo, con cuyos consejos no podemos tomar camino para acertar.
[319] La sexta. Dado que en la desolación no debemos mudar los primeros propósitos, mucho aprovecha el intenso mudarse contra la misma desolación, así como es en instar más en la oración, meditación, en mucho examinar y en alargarnos en algún modo conveniente de hacer penitencia.
[320] La séptima. El que está en desolación considere cómo el Seńor le ha dejado en prueba, en sus potencias naturales, para que resista a las varias agitaciones y tentaciones del enemigo; pues puede con el auxilio divino, el cual siempre le queda, aunque claramente no lo sienta: porque el Seńor le ha abstraído su mucho hervor, crecido amor y gracia intensa, quedándole tambien gracia suficiente para la salud eterna.
[321] La octava. El que está en desolación trabaje de estar en paciencia, que es contraria a las vejaciones que le vienen, y piense que será presto consolado, poniendo las diligencias contra la tal desolación, como está dicho en la sexta regia.
[322] La nona. Tres causas principales son porque nos hallamos desolados: la primera es por ser tibios, perezosos o negligentes en nuestros ejercicios espirituales, y así por nuestras faltas se aleja la consolación espiritual de nosotros; la segunda, por probarnos para cuánto somos, y en cuánto nos alargamos en su servicio y alabanza, sin tanto estipendio de consolaciones y crecidas gracias, la tercera, por darnos vera noticia y conocimiento para que internamente sintamos que no es de nosotros traer o tener devoción crecida, amor intenso, lágrimas ni otra alguna consolación espiritual, mas que todo es don y gracia de Dios nuestro Seńor; y porque en casa ajena no pongamos nido, alzando nuestro entendimiento en alguna soberbia o gloria vana, atribuyendo a nosotros la devoción o las otras partes de la espiritual consolación.
[323] La décima. El que está en consolación piense cómo se habrá en la desolación que después vendrá, tomando nuevas fuerzas para entonces.
[324] La undécima. El que está consolado procure humillarse y bajarse cuanto puede, pensando cuán para poco es en el tiempo de la desolación sin la tal gracia o consolación. Por el contrario, piense el que está en desolación que puede mucho con la gracia suficiente para resistir a todos sus enemigos, tomando fuerzas en su Criador y Seńor.
[325] La duodécima. El enemigo se hace como mujer en ser flaco por fuerza y fuerte de grado. Porque, así como es propio de la mujer, cuando rińe con algún varón, perder ánimo, dando huida cuando el hombre le muestra mucho rostro; y por el contrario, si el varón comienza a huir perdiendo ánimo, la ira, venganza y ferocidad de la mujer es muy crecida y tan sin mesura: de la misma manera es propio del enemigo enflaquecerse y perder ánimo, dando huida sus tentaciones cuando la persona que se ejercita en las cosas espirituales pone mucho rostro contra las tentaciones del enemigo, haciendo el opósito per diametrum; y por el contrario, si la persona que se ejercita comienza a tener temor y perder ánimo en sufrir las tentaciones, no hay bestia tan fiera sobre la haz de la tierra como el enemigo de natura humana en prosecución de su dańada intención con tan crecida malicia.
[326]La terdéeima. Asimismo se hace como vano enamorado en querer ser secreto y no descubierto. Porque, así como el hombre vano, que, hablando a mala parte, requiere a una hija de un buen padre o a una mujer de buen marido, quiere que sus palabras y sus acciones sean secretas; y el contrario le displace mucho, cuando la hija al padre o la mujer al marido descubre sus vanas palabras y intención depravada, porque fácilmente colige que no podrá salir con la impresa comenzada: de la misma manera, cuando el enemigo de natura humana trae sus astucias y suasiones a la ánima justa, quiere y desea que sean recibidas y tenidas en secreto; mas cuando las descubre a su buen confesor, o a otra persona espiritual que conozca sus engańos y malicias, mucho le pesa; porque colige que no podrá salir con su malicia comenzada, en ser descubiertos sus engańos manifiestos.
[327] La cuatuordécima. Asimismo se ha como un caudillo, para vencer y robar lo que desea; porque así como un capitán y caudillo del campo, asentando su real y mirando las fuerzas o disposición de un castillo, le combate por la parte más flaca, de la misma manera el enemigo de natura humana, rodeando, mira en torno todas nuestras virtudes teologales, cardinales y morales, y por donde nos halla más flacos y más necesitados para nuestra salud eterna, por allí nos bate y procura tomarnos.
[328] REGLAS PARA EL MISMO EFECTO CON MAYOR DISCRECION DE ESPIRITUS,
Y CONDUCEN MAS PARA LA SEGUNDA SEMANA.
[329] La primera. Propio es de Dios y de sus ángeles, en sus mociones, dar verdadera alegría y gozo espiritual, quitando toda tristeza y turbación que el enemigo induce; del cual es propio militar contra la tal alegría y consolación espiritual, trayendo razones aparentes, sotilezas y asiduas falacias.
[330] La segunda. Sólo es de Dios nuestro Seńor dar consolación a la ánima sin causa precedente; porque es propio del Criador entrar, salir, hacer moción en ella, trayéndola toda en amor de la su divina majestad. Digo sin causa, sin ningún previo sentimiento o conocimiento de algún obyecto por el cual venga la tal consolación mediante sus actos de entendimiento y voluntad.
[331] La tercera. Con causa puede consolar al ánima así el buen ángel como el malo, por contrarios fines: el buen ángel por provecho del ánima, para que crezca y suba de bien en mejor; y el mal ángel para el contrario, y adelante para traerla a su dańada intención y malicia.
[332] La cuarta. Propio es del ángel malo, que se forma sub angelo lucis, entrar con la ánima devota y salir consigo, es a saber, traer pensamientos buenos y santos conforme a la tal ánima justa, y después poco a poco procura de salirse, trayendo a la ánima a sus engańos cubiertos y perversas intenciones.
[333] La quinta. Debemos mucho advertir el discurso de los pensamientos; y si el principio, medio y fin es todo bueno, inclinado a todo bien, seńal es de buen ángel; mas si en el discurso de los pensamientos que trae, acaba en alguna cosa mala, o distrativa, o menos buena que la que el ánima antes tenía propuesta de hacer, o la enflaquece o inquieta o conturba a la ánima quitándola su paz, tranquilidad y quietud que antes tenía, clara seńal es proceder de mal espíritu, enemigo de nuestro provecho y salud eterna.
[334] La sexta. Cuando el enemigo de natura humana fuere sentido y conocido de su cola serpentina y mal fin a que induce, aprovecha a la persona que fue de el tentada mirar luego en el discurso de los buenos pensamientos que le trajo y el principio de ellos, y cómo poco a poco procuró hacerla descendir de la suavidad y gozo espiritual en que estaba, hasta traerla a su intención depravada; para que con la tal experiencia, conocida y notada, se guarde para adelante de sus acostumbrados engańos.
[335] La séptima. En los que proceden de bien en mejor, el buen ángel toca a la tal ánima dulce, leve y suavemente, como gota de agua que entra en una esponja; y el malo toca agudamente y con sonido y inquietud, como cuando la gota de agua cae sobre la piedra; y a los que proceden de mal en peor tocan los sobredichos espíritus contrario modo. Cuya causa es la disposición del ánima ser a los dichos ángeles contraria o símilar, porque, cuando es contraria, entran con estrépito y con sentidos, perceptiblemente; y cuando es símilar, entra con silencio, como en propia casa a puerta abierta.
[336] La octava. Cuando la consolación es sin causa, dado que en ella no haya engańo, por ser de solo Dios nuestro Seńor, como está dicho [330], pero la persona espiritual, a quien Dios da la tal consolación, debe con mucha vigilancia y atención mirar y discernir el propio tiempo de la tal actual consolación del siguiente, en que la ánima queda caliente y favorecida con el favor y reliquias de la consolación pasada; porque muchas veces en este segundo tiempo, por su propio discurso de habitos y consecuencias de los conceptos y juicios, o por el buen espíritu, o por el malo, forma diversos propósitos y pareceres que no son dados inmediatamente de Dios nuestro Seńor; y, por tanto, han menester ser mucho bien examinados, antes que se les dé entero crédito ni que se pongan en efecto.
REGLAS PARA HACER LIMOSNAS
[337] EN EL MINISTERIO DE DISTRIBUIR LIMOSNAS SE DEBEN GUARDAR LAS REGLAS SIGUIENTES.
[338] La primera. Si yo hago la distribución a parientes o amigos o a personas a quien estoy aficionado, tendré cuatro cosas que mirar, de las cuales se ha hablado en parte en la materia de elección [184187].
La primera es que aquel amor que me mueve y me hace dar la limosna descienda de arriba, del amor de Dios nuestro Seńor, de forma que sienta primero en mí que el amor, más o menos, que tengo a las tales personas es por Dios, y que en la causa por que más las amo reluzca Dios.
[339] La segunda. Quiero mirar a un hombre que nunca he visto ni conocido; y deseando yo toda su perfección en el ministerio y estado que tiene, como yo querría que él tuviese medio en su manera de distribuir, para mayor gloria de Dios nuestro Seńor y mayor perfección de su ánima, yo haciendo así, ni más ni menos, guardaré la regla y medida que para el otro querría v juzgo seer tal.
[340] La tercera. Quiero considerar, como si estuviese en el artículo de la muerte, la forma y medida que entonces querría haber tenido en el oficio de mi administración y reglándome por aquella, guardarla en los actos de la mi distribución.
[341] La cuarta. Mirando cómo me hallaré el día del juicio, pensar bien cómo entonces querría haber usado de este oficio y cargo del ministerio; y la regla que entonces querría haber tenido, tenerla ahora.
[342] La quinta. Cuando alguna persona se siente inclinada y aficionada a algunas personas, a las cuales quiere distribuir, se detenga e ilumine bien las cuatro reglas sobredichas [184187], examinando y probando su afección con ellas, y no dé la limosna hasta que, conforme a ellas, su desordenada afección tenga en todo quitada y lanzada.
[343] La sexta. Dado que no hay culpa en tomar los bienes de Dios nuestro Seńor para distribuirlos, cuando la persona es llamada de nuestro Dios y Seńor para tal ministerio, pero en el cuánto y cantidad de lo que ha de tomar y aplicar para sí mismo de lo que tiene para dar a otros hay duda de culpa y exceso, por tanto se puede reformar en su vida y estado por las reglas sobredichas.
[344] La séptima. Por las razones ya dichas, y por otras muchas, siempre es mejor y más seguro, en lo que a su persona y estado de casa toca, cuanto más se cercenare y diminuyere y cuanto más se acercare a nuestro sumo pontífice, dechado y regla nuestra, que es Cristo nuestro Seńor. Conforme a lo cual, el tercero concilio Cartaginense (en el cual estuvo santo Augustín) determina y manda que la supeléctile del obispo sea vil y pobre. Lo mismo se debe considerar en todos modos de vivir, mirando y proporcionando la condición y estado de las personas, como en matrimonio tenemos ejemplo del santo Joaquín y de santa Ana, los cuales, partiendo su hacienda en tres partes, la primera daban a pobres, la segunda al ministerio y servicio del templo, la tercera tomaban para la sustentación dellos mismos y de su familia.
REGLAS PARA RECONOCER LOS ESCRUPULOS
[345] PARA SENTIR Y ENTENDER ESCRUPULOS Y SUASIONES DE NUESTRO ENEMIGO, AYUDAN LAS NOTAS SIGUIENTES.
[346] La primera. Llaman vulgarmente escrúpulo el que procede de nuestro propio juicio y libertad, es a saber, cuando yo líbremente formo ser pecado lo que no es pecado; así como acaece que alguno, después que ha pisado una cruz de paja incidenter, forma con su propio juicio que ha pecado; y éste es propiamente juicio erróneo y no propio escrúpulo.
[347] La segunda. Después que yo he pisado aquella cruz, o después que he pensado o dicho o hecho alguna otra cosa, me viene un pensamiento de fuera que he pecado y, por otra parte, me parece que no he pecado, tambien siento en esto turbación, es a saber, en cuanto dudo y en cuanto no dudo: éste tal es propio escrúpulo y tentación que el enemigo pone.
[348] La tercera. El primer escrúpulo de la primera nota es mucho de aborrecer, porque es todo error; mas el segundo de la segunda nota, por algún espacio de tiempo no poco aprovecha al ánima que se da a espirituales ejercicios; antes en gran manera purga y alimpia a la tal ánima, separándola mucho de toda aparencia de pecado, iuxta illud Gregorii: "Bonarum mentium est ibi culpam cognoscere, ubi culpa nulla est".
[349] La cuarta. El enemigo mucho mira si una ánima es gruesa o delgada; y si es delgada, procura de más la adelgazar en extremo, para más la turbar y desbaratar; verbi gracia: si vee que una ánima no consiente en sí pecado mortal ni venial ni apariencia alguna de pecado deliberado, entonces el enemigo, cuando no puede hacerla caer en cosa que parezca pecado, procura de hacerla formar pecado adonde no es pecado, así como en una palabra o pensamiento mínimo. Si la ánima es gruesa, el enemigo procura de engrosarla más, verbi gracia: si antes no hacía caso de los pecados veniales, procurará que de los mortales haga poco caso, y si algún caso hacía antes, que mucho menos o ninguno haga ahora.
[350] La quinta. La ánima que desea aprovecharse en la vida espiritual, siempre debe proceder contrario modo que el enemigo procede, es a saber, si el enemigo quiere engrosar la ánima, procure de adelgazarse; asimismo, si el enemigo procura de atenuarla, para traerla en extremo, la ánima procure solidarse en el medio, para en todo quietarse
[351] La sexta. Cuando la tal ánima buena quiere hablar o obrar alguna cosa dentro de la Iglesia, dentro de la inteligencia de los nuestros mayores, que sea en gloria de Dios nuestro Seńor, y le viene un pensamiento o tentación de fuera para que ni hable ni obre aquella cosa, trayéndole razones aparentes de vana gloria o de otra cosa, etcétera, entonces debe de alzar el entendimiento a su Criador y Seńor; y si vee que es su debido servicio, o a lo menos no contra, debe hacer per diametrum contra la tal tentación, iuxta Bernardum eidem respondentem: "Nec propter te incepi, nec propter te finiam".
REGLAS PARA SENTIR CON LA IGLESIA
[352] PARA EL SENTIDO VERDADERO QUE EN LA IGLESIA MILITANTE DEBEMOS TENER, SE GUARDEN LAS REGLAS SIGUIENTES.
[353] La primera. Depuesto todo juicio, debemos tener ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo a la vera esposa de Cristo nuestro Seńor, que es la nuestra santa madre Iglesia jerárquica.
[354] La segunda. Alabar el confesar con sacerdote y el recibir del santísimo sacramento una vez en el ańo, y mucho más en cada mes, y mucho mejor de ocho en ocho días, con las condiciones requisitas y debidas.
[355] La tercera. Alabar el oír misa a menudo; asimismo, cantos, salmos y largas oraciones, en la iglesia y fuera de ella; asimismo, horas ordenadas a tiempo destinado para todo oficio divino y para toda oración y todas horas canónicas.
[356] La cuarta. Alabar mucho religiones, virginidad y continencia, y no tanto el matrimonio como ninguna de estas.
[357] La quinta. Alabar votos de religión, de obediencia, de pobreza, de castidad y de otras perfecciones de supererogación; y es de advertir que, como el voto sea cerca las cosas que se allegan a la perfección evangélica, en las cosas que se alejan de ella no se debe hacer voto, así como de ser mercader o ser casado, etc.
[358] La sexta. Alabar reliquias de santos, haciendo veneración a ellas y oración a ellos; alabando estaciones, peregrinaciones, indulgencias, perdonanzas, cruzadas y candelas encendidas en las iglesias.
[359] La séptima. Alabar constituciones cerca ayunos y abstinencias, así como de cuaresmas, cuatro témporas, vigilias, viernes y sábado; asimismo, penitencias no solamente internas, mas aun externas.
[360] La octava. Alabar ornamentos y edificios de iglesias; asimismo, imágenes, y venerarlas según que representan.
[361] La nona. Alabar finalmente todos preceptos de la Iglesia, teniendo ánimo pronto para buscar razones en su defensa, y en ninguna manera en su ofensa.
[362] La décima. Debemos ser más prontos para abonar y alabar así constituciones, recomendaciones, como costumbres de nuestros mayores, porque, dado que algunas no sean o no fuesen tales, hablar contra ellas, quiere predicando en público, quiere platicando delante del pueblo menudo, engendraría más murmuración y escándalo que provecho; y así se indignaría el pueblo contra sus mayores, quiere temporales, quiere espirituales. De manera que, así como hace dańo el hablar mal en absencia de los mayores a la gente menuda, así puede hacer provecho hablar de las malas costumbres a las mismas personas que pueden remediarlas.
[363] La undécima. Alabar la doctrina positiva y escolástica, porque, así como es más propio de los doctores positivos, así como de san Jerónimo, san Agustín y de san Gregorio, etc., el mover los afectos para en todo amar y servir a Dios nuestro Seńor, así es más propio de los escolásticos, así como de santo Tomás, san Bonaventura y del Maestro de las Sentencias, etc., el definir o declarar para nuestros tiempos de las cosas necesarias a la salud eterna, y para más impugnar y declarar todos errores y todas falacias. Porque los doctores escolásticos, como sean más modernos, no solamente se aprovechan de la vera inteligencia de la Sagrada Escritura y de los positivos y santos doctores, mas aun, siendo ellos iluminados y esclarecidos de la virtud divina, se ayudan de los concilios, cánones y constituciones de nuestra santa madre Iglesia.
[364] La duodécima. Debemos guardar en hacer comparaciones de los que somos vivos a los bienaventurados pasados; que no poco se yerra en esto, es a saber, en decir: Este sabe más que san Agustín, es otro o más que san Francisco, es otro san Pablo en bondad, santidad, etc.
[365] La terdécima. Debemos siempre tener, para en todo acertar, que lo blanco que yo veo creer que es negro, si la Iglesia jerárquica así lo determina; creyendo que entre Cristo nuestro Seńor, esposo, y la Iglesia, su esposa, es el mismo espíritu que nos gobierna y rige para la salud de nuestras ánimas, porque por el mismo Espíritu y seńor nuestro que dio los diez mandamientos es regida y gobernada nuestra santa madre Iglesia.
[366] La cuatuordécima. Dado que sea mucha verdad que ninguno se puede salvar sin ser predestinado y sin tener fe y gracia, es mucho de advertir en el modo de hablar y comunicar de todas ellas.
[367] La décimaquinta. No debemos hablar mucho de la predestinación por vía de costumbre; mas, si en alguna manera y algunas veces se hablare, así se hable que el pueblo menudo no venga en error alguno, como algunas veces suele, diciendo: si tengo de ser salvo o condenado, ya está determinado, y por mi bien hacer o mal no puede ser ya otra cosa; y con esto entorpeciendo se descuidan en las obras que conducen a la salud y provecho espiritual de sus ánimas.
[368] La décimasexta. De la misma forma es de advertir que por mucho hablar de la fe y con mucha intensión, sin alguna distinción y declaración, no se dé ocasión al pueblo para que en el obrar sea torpe y perezoso, quier antes de la fe formada en caridad o quiere después.
[369] La décimaséptima. Asimismo, no debemos hablar tan largo, instando tanto en la gracia, que se engendre veneno para quitar la libertad. De manera que de la fe y gracia se puede hablar cuanto sea posible, mediante el auxilio divino, para mayor alabanza de la su divina majestad; mas no por tal suerte ni por tales modos, mayormente en nuestros tiempos tan peligrosos, que las obras y líbero arbitrio reciban detrimento alguno, o por mucho se tengan.
[370] La décimaoctava. Dado que sobre todo se ha de estimar el mucho servir a Dios nuestro Seńor por puro amor, debemos mucho alabar el temor de la su divina majestad; porque no solamente el temor filial es cosa pía y santísima, mas aun el temor servil, donde otra cosa mejor o más útil el hombre no alcance, ayuda mucho para salir del pecado mortal; y, salido, fácilmente viene al temor filial, que es todo acepto y grato a Dios nuestro Seńor, por estar en uno con el amor divino
Oracion para rezar en todo momento
Ayúdame a clarificar mis intenciones.
purifica mis sentimientos,
santifica mis pensamientos
y bendice mis esfuerzos,
para que todo en mi vida
sea de acuerdo a tu voluntad.
Tengo tantos deseos contradictorios...
Me preocupo por cosas
que ni importan ni son duraderas.
Pero sé que si te entrego mi corazón
haga lo que haga seguiré a mi nuevo corazón.
En todo lo que hoy soy,
en todo lo que intente hacer,
en mis encuentros, reflexiones,
incluso en las frustraciones y fallos,
y sobre todo en este rato de oración,
en todo ello,
haz que ponga mi vida en tus manos.
Señor, soy todo tuyo.
Haz de mí lo que Tú quieras.
Amén.
San Ignacio de Loyola
Oracion para rezar en todo momento
Ayúdame a clarificar mis intenciones.
purifica mis sentimientos,
santifica mis pensamientos
y bendice mis esfuerzos,
para que todo en mi vida
sea de acuerdo a tu voluntad.
Tengo tantos deseos contradictorios...
Me preocupo por cosas
que ni importan ni son duraderas.
Pero sé que si te entrego mi corazón
haga lo que haga seguiré a mi nuevo corazón.
En todo lo que hoy soy,
en todo lo que intente hacer,
en mis encuentros, reflexiones,
incluso en las frustraciones y fallos,
y sobre todo en este rato de oración,
en todo ello,
haz que ponga mi vida en tus manos.
Señor, soy todo tuyo.
Haz de mí lo que Tú quieras.
Amén.
San Ignacio de Loyola

































