"Nosotros no poseemos la verdad, es la Verdad quien nos posee a nosotros. Cristo, que es la Verdad, nos toma de la mano". Benedicto XVI
"Dejá que Jesús escriba tu historia. Dejate sorprender por Jesús." Francisco
"¡No tengan miedo!" Juan Pablo II
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martes, 20 de junio de 2017
martes, 4 de diciembre de 2012
Los Pesebres de Navidad en la Ciudad de Buenos Aires - Segunda Parte
Por Horacio
Jorge Recco (*)
Mucho han variado las
costumbres desde hace medio siglo, perdiéndose la sencillez primitiva –como anotaba
Juan de la Cruz en un trabajo sobre La Nochebuena de antaño- y la ciudad
cosmopolita de hoy no es la Buenos Aires en que todos formaban una sola
familia.
Antaño era muy
diferente. La fiesta era más familiar. Desde las primeras horas de la tarde del
24 de diciembre comenzaban los preparativos de la cena que cada cual se
esmeraba en hacer más abundante y suculenta. En medio de la mayor alegría
pasaba el tiempo y solía interrumpirse la sobremesa con el repique de las
campanas de la parroquia llamando a la misa de gallo. Todos salían entonces y
se encaminaban a la Iglesia, amos y criados, llevando éstos la alfombra para
arrodillarse las señoras y las niñas. Se echaba la llave a la puerta, y el
sereno, que con chuzo y linterna recorría la cuadra, cuidaba tanto de cantar
las horas como de velar porque nada ocurriera en las casas confiadas a su
custodia. De regreso a los hogares divertíanse los mozos en golpear con los
tremendos aldabones en las puertas de las casas, y hasta algunos más traviesos
cambiaban las chapas de algunas puertas, pero estas bromas no tenían mayor
trascendencia.
El día primero de
Pascua o propiamente dicho de Navidad, abríanse los nacimientos que eran muchos
y algunos de ellos muy notables, como el que los padres franciscanos disponían
en la Iglesia de su convento. Allí podían verse artísticas figuras, producto de
la famosa cerámica granadina, pastores y pastoras con sus ofrendas, los reyes
magos en briosos caballos con lucida comitiva de pajes y camellos, sin faltar
el famoso ventero que rehusó hospitalidad a la Sagrada Familia, ni el grupo de
zagales sorprendidos en su frugal cena por el aviso del ángel.
En el establo el grupo
consabido rodeando el lecho de pajas donde descansa el Niño Dios; encima la
leyenda: Gloria in excelsis Deo, y
sobre todo ello la estrella famosa que guiará a los Magos.
La gente visitaba los
nacimientos de las Iglesias y después iba a ver los particulares.
Entre ellos había uno
muy famoso, y era el dispuesto por Tía Carmen, negra africana que vivía en el
barrio del Mondongo (hoy parroquia de Montserrat y Concepción). Al nacimiento
de Tía Carmen iban en procesión los demás negros de Buenos Aires, llevando en
andas las imágenes de San Baltasar y San Benito. Allí tocaban sus orquestas y
frente al pesebre del Niño Jesús bailaban sus danzas africanas.
Los nacimientos del
barrio negro eran armados sobre mesas pequeñas, se les colocaban velas y un
platillo, donde los visitantes dejaban alguna moneda. Las puertas abiertas o
los ventanales dejaban descubrir el nacimiento desde la calle y no faltaban
flores, ni grupos de vecinos que armaban tertulias bochincheras en la misma
puerta.
Al espíritu abierto y
comunicativo de la Navidad de antaño, enfrentamos en nuestros días un mayor
recogimiento. El tiempo todo lo transforma y así las costumbres tradicionales
se van alimentando de renovaciones curiosas. La consagración de pesebres –si bien
en gran número y con dos definidas orientaciones, el llamado pesebre bíblico y
el popular, que puede sufrir personalísimas alteraciones bíblicas y el popular,
que puede sufrir personalísimas alteraciones- se ha conservado para una mayor
intensidad, ya que cada familia lo levanta sin proyectarse al exterior de su
círculo. Se abren a un grupo de amigos, a los vecinos o conocidos, que año tras
año, concurren, sin tener por ello la exteriorización más popular y amplia de
nuestras provincias. Las antiguas serenatas, las visitaciones, los fuegos de
artificio –trasladados a la despedida del año, una fecha de ruidosa
manifestación- van desapareciendo. A ello parcialmente se ha sumado la
ornamentación del llamado árbol de Navidad, con sus luces y colores, con sus
regalos y su nieve falsa. Además van surgiendo otros complementos que aparecen
para Navidad como ser, las guirnaldas, las campanas, el papá Noel, Santa Claus
con traje llamativo y una bolsa de obsequios- juguetes que pueden esperarse de
su visita o de los Reyes Magos, señalando para los niños un mundo de fantasía
especial-, los cambios introducidos en las comidas de esta fecha, y que nos
acercan a otras latitudes, tanto como la sangre inmigratoria arrastrada por
corrientes de diversas partes del mundo. Sumando encontramos que Buenos Aires,
se proyecta como una ciudad universal, que las viejas costumbres se alteran
paulatinamente, que nos dejamos llevar sin oposición especial, por una
renovación más visualizada y materialista. Así el sentimiento colectivo, como
ciudad desaparece, se refugia en el recogimiento individual o se da con los
cordiales augurios remitidos en tarjetas postales.
Extensa y dificultosa
sería la enumeración de las características de los pesebres porteños, ya por su
cantidad, como por la riqueza diferencial de los mismos. Recordamos l pasar el
nacimiento de Hebe Pirovano de Girondo, con sus figuras sigmées de artistas
napolitanos; las imágenes criollas litoraleñas que contiene el de la familia
González Garaño; las cuzqueñas en papier
maché de Manuel Mujica Láines; las criollas de la familia Schenone; las bíblicas
recreaciones de la familia Jouly, de gran artesanía y minucioso encanto, con
centenares de personajes; la escenografía, la movilidad del niño, el asno, el
buey, los cielos y las escenas previas al nacimiento, que proyecta Esteban R. Musizzano;
el realizado por Atilio Vendramin, donde aparece la Virgen depositando al niño
en la cuna, con una Belén reconstruida en cartón corrugado; el de la familia
José Malaponte, sumamente poética, con un clima de paz y serenidad, construido
solamente por las tres figuras del Misterio, dentro de un pasisaje que lo
envuelve; el pesebre de escuela napolitana con profusión de edificios y figuras
que creara Emilio Lastrade y que permanece armado como homenaje y recuerdo a su
memoria; las figuras talladas en madera por el pesebrista Bruno Daneluzzo, con
un concepto moderno y buena estilización; la composición y los detalles
cuidados que ofrece el armado por Celina Lorenzo; o el pesebre de gran tamaño
que organiza Jorge Arnoni.
Otra de las
características podrá ser el pesebre al aire libre, como el de Pascual
Colangelo, de tipo napolitano muy popular. La ingenuidad y la anécdota dan
sobre la presentación de sus elementos: gruta, rocas, lecho del río, edificios,
todos realizados en cemento. Una cascada, figuritas antiguas italianas, un
molino y juegos de agua; o Luis Di Pasce, característico por su paisaje
construido con barro amasado, pesebre de pocas figuras.
Citaremos como
complemento para situar a los pesebres en Buenos Aires, los que ofrecen año
tras años: la familia Aldao; Castimeira de Dios; Baccaglioni; Costa;
Calabresse; Cóllera; Della Raggione; Meredíz; Blanco; Pinel; la señora de Espinoza; de Waisman, de Schultz;
Elsa Montes de Oca; Gloria Zabaleta; María Elena Manghi; Dolores G. de Dios;
Jorge Bernardo; Antonio Castiglioni; Alfredo Boeri; y otros.
La mayor característica
que ofrecen los pesebres, en la Navidad argentina, es el sentimiento común del
festejo hogareño. La familia recuerda el advenimiento con una paz comunicativa
y deposita su ofrenda espiritual en las figuras simbólicas que armonizan la escena
bíblica. Los villancicos repiten, una y otra vez, el milagro de Belén; una
estrella, especialmente colocada, deslumbra y trasmite una oración, mientras la
palabra se prolonga en la serena contemplación de María, con amor maternal y
reverenciando al Niño; en José, estático con emoción silenciosa; o en el Niño;
ternura y sonrisa, símbolo de la salvación del hombre.
(*) Fuente:
La Navidad y los Pesebres en la Tradición Argentina. Dirigido por
Rafael Juena Sánchez. Hermandad del Santo Pesebre - Buenos Aires - 1963 -
Páginas 70 a 73.
lunes, 3 de diciembre de 2012
Los Pesebres de Navidad en la Ciudad de Buenos Aires - Primera Parte
Por Horacio
Jorge Recco (*)
Suenan los villancicos
populares en nuestros oídos recordándonos en la dulzura de su letra:
“La Nochebuena se viene
/ la Nochebuena se va, / y nosotros nos iremos / y no volveremos más”; o la
repetida versión de una música siempre fresca y cantarina: “Vamos pastorcillos
/ vamos a Belén, / que en Belén acaba / Jesús de nacer”.
Es el tiempo de la
Natividad de Cristo, es el milagro que anunció el ángel con su mano indicadora
y es una familia –como muchas otras- que espera un hijo. Es también un pesebre –humilde
y simple- que recoge el primer llanto de una estrella que guía a los reyes por
el camino de la búsqueda. La tradición retiene mentalmente la escena y jamás se
ha borrado, es más, año tras año reaparece y se perfecciona. La familia
cristiana levanta sus nacimientos, pesebres o belenes, con una grata devoción
bíblica, si bien las circunstancias o el medio ambiente, dan siempre una
proyección con nuevos cambios. Consideramos que sus elementos fundamentales se
obtienen con la figura del Niño, con una pareja que lo adora en silenciosa
contemplación, con los animales del pesebre, un buey, un asno, luego corderos.
En el aire no puede sorprendernos que aparezcan los ángeles, ya que ellos
vienen sosteniendo la ternura del ambiente, con sus alas pobladas del alba.
Arrodillados, sumisos, alegres, enriquecidos, contempladores, con un amor
dentro de ellos que enciende la llama de la plegaria. Niñitos con una razón
hecha música, toda plenitud que siembra en las tinieblas y con un canto que fue
renovando el azul de los cielos.
En la ciudad de Buenos
Aires, estos pesebres han sido motivo permanente de la celebración y no suena
extraño encontrar que algunos cronistas los recuerdan alumbrados con velas de
sebo, que otros hacia 1780 comentaban que esta fecha de Navidad, requería la
suspensión de las coloridas faenas en la plaza de toros; que las figuras de los
pesebres fueron introducidas desde Nápoles o desde Barcelona, entroncándose con
mejor fantasía popular y con sus rústicos santeros. Al niño Jesús que recibió
en América una vestimenta especial, recargada por las manos femeninas, un
enjoyado o fue recubierto por las pelucas cuzqueñas, llegando finalmente al
encierro en grandes fanales de cristal, donde la multiplicidad de aditamentos
han ocultado su rostro, formando brillantes caparazones de objetos, collares,
medallas, cintas, perlas, etc. Los nacimientos fueron ofertando a la imaginería
una renovada oportunidad de lucimiento, ya que las figuras tradicionales podían
ser transformadas, haciendo a veces más simples sus ropajes, borrando los tonos
bajos de sus pátinas, separando los excesivos detalles diferenciales de su génesis
local. Era una lucha por mostrar el deseo principalísimo de un acercamiento
lugareño –flores en el suelo, arena o pasto, grutas de piedras musgosas armadas
cerca del Belén, esta ciudad por otra parte, ya dibujada, ya proyectada con
riqueza expresiva, los ángeles o los pastores dando voces; músicos, mujeres y
pueblo en profusión-, y por ello, los corderos fueron perdiendo su timidez y
llegaron hasta la cuna, los reyes de pesados mantos y relucientes coronas, empezaron
a detener sus comitivas y ofrecieron sus regalos, no ocultando su alegría tras
los rostros extraños, ni sorprendiendo al Niño que sonreía encontrarse con
briosos corceles, con opacos camellos, hasta el desconocido elefante.
Y en la reconstrucción
de nuestros pesebres se vislumbra un mundo de magia y amor. De lejos, nunca
podría precisarse exactamente, el deseo de contemplación fue llamando a los
hombres, que detenían sus labores, abandonaban sus útiles, sus redes y sus peces,
la tierra roturada, la fruta desprendida, y con una fuerza imperiosa formaban
legión.
El gallo que estuvo cortando
los primeros rayos del sol, despertó la mañana. El aire era liviano y con
gracia, la sonrisa había cubierto los rostros, mientras las docilidades del
asno y el mugiente buey daban un anuncio de vegetación, echados sobre el barro
del establo, contemplando soñolientos esa cortina de ojos que llegaba al
pesebre.
Y el nacimiento fue detenido
en la escenografía del hombre, con una perpetuidad de estampa, con una
constante evocación de gracia.
Nada podía
sorprendernos cuando se escuchan los villancicos populares el comprobar que sus
coplas dibujan las circunstancias, los elementos, la celebración, la alegría
definida de su pobreza.
“El
niño de María
no
tiene cuna;
su
padre es carpintero
y
le hará una”
Así se visten las
palabras del amor al niño, ya entre nosotros, como en todo el mundo.
(*) Fuente: La Navidad y los Pesebres en la Tradición Argentina. Dirigido por Rafael Juena Sánchez. Hermandad del Santo Pesebre - Buenos Aires - 1963 - Páginas 69 y 70.
miércoles, 5 de mayo de 2010
XXXII Congreso Eucaristico Internacional - Buenos Aires - 1934
Siguiendo con los preparativos del Bicentenario Argentino que festejaremos en 2016, traigo hoy el recuerdo del XXXII Congreso Eucarístico Internacional realizado en la Ciudad de Buenos Aires.
El video con él Himno oficial de aquel Congreso Eucarístico: "Dios de los Corazones" y fotos alusivas
De él participaron entre otros San Luis Orione y fue Legado Pontificio el entonces Cardenal Pacelli, luego Pío XII, otra figura que no dudamos estará pronto en los altares.
Buenos Aires tiene en su historia un día divino, como no lo tiene ninguna otra ciudad.La cuidadosa preparación espiritual del XXXII Congreso Eucarístico Internacional que durante dos años trabajó el corazón de este pueblo, fructificó en la esplendorosa primavera de 1934, que nuestros ojos vieron, por un prodigio de la gracia, convertida en un otoño fecundo.
Aquí la portada del Cancionero publicado por el comité organizador y mas abajo el enlace para descargar gratuitamente un ejemplar digitalizado del mismo en formato pdf.

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