"Nosotros no poseemos la verdad, es la Verdad quien nos posee a nosotros. Cristo, que es la Verdad, nos toma de la mano". Benedicto XVI
"Dejá que Jesús escriba tu historia. Dejate sorprender por Jesús." Francisco

"¡No tengan miedo!" Juan Pablo II
Ven Espiritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía, Señor, tu Espíritu para darnos nueva vida. Y renovarás el Universo. Dios, que iluminaste los corazones de tus fieles con las luces del Espíritu Santo, danos el valor de confesarte ante el mundo para que se cumpla tu plan divino. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
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domingo, 2 de junio de 2013

Homilia Corpus Christi‏ Monseñor Mario Aurelio Poli 1 de junio de 2013


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CORPUS CHRISTI 2013
Gn 14, 18-20: En aquellos días, Melquisedec, rey de Salem, que era sacerdote de Dios, el Altísimo, hizo traer pan y vino, y bendijo a Abram, diciendo: «¡Bendito sea Abram de parte de Dios, el Altísimo, creador del cielo y de la tierra! ¡Bendito sea Dios, el Altísimo, que entregó a tus enemigos en tus manos!». Y Abram le dio el diezmo de todo.
Salmo 109:
Dijo el Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
mientras yo pongo a tus enemigos
como estrado de tus pies».
2 El Señor extenderá el poder de tu cetro:
«¡Domina desde Sión, en medio de tus enemigos!».
3 «Tú eres príncipe desde tu nacimiento,
con esplendor de santidad;
yo mismo te engendré como rocío,
desde el seno de la aurora».
4 El Señor lo ha jurado y no se retractará:
«Tú eres sacerdote para siempre,
a la manera de Melquisedec».

1°Cor 11,23-26: Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he transmitido, es lo siguiente: El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía». De la misma manera, después de cenar, tomó la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi Sangre. Siempre que la beban, háganlo en memoria mía». Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que él vuelva.
Lucas 9,11b-17: El los recibió, les habló del Reino de Dios y devolvió la salud a los que tenían necesidad de ser curados. Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron: «Despide a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto». El les respondió: «Denles de comer ustedes mismos». Pero ellos dijeron: «No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente». Porque eran alrededor de cinco mil hombres. Entonces Jesús les dijo a sus discípulos: «Háganlos sentar en grupos de cincuenta». Y ellos hicieron sentar a todos Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirviera a la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas.
El Pan para la Misión
Muy queridos amigos en Cristo Jesús:         
Acudimos a la cita de un nuevo encuentro con Jesús resucitado. Sí, el Corpus Christi es la fiesta anual de los hermanos que celebran y reviven la presencia de Jesús en el gran signo del Pan de Vida que es su Cuerpo, para comerlo y renovar su gracia en nosotros. Nos mueve el deseo de encontrarnos como Iglesia peregrina, que necesita de la comunión con su Cuerpo y desea volver a gustar de su amistad divina, para pasearlo por la ciudad y anunciarlo con alegría en la misión.
Sí, hoy el Resucitado se va a partir y repartir nuevamente, como el pan del camino que multiplicó Jesús en el Evangelio de San Lucas, pero ahora para infundir en sus amigos el coraje de salir al encuentro de sus hermanos.
Nos recibió primero su Palabra y vemos que la mesa está tendida y bien dispuesta para celebrar la Eucaristía, que para nuestra fe católica es un misterio de intimidad. Cuando los cristianos de la comunidad de Corinto celebraban la fracción del Pan, San Pablo les exhortaba: «Examínese, pues, cada cual, y coma así este pan y beba de este cáliz» (1 Co 11, 28). Diciendo estas cosas nos invita también a nosotros para que cada uno aprecie el don al que somos convidados, para que Él, con su delicada visita encuentre corazones bien dispuestos a recibir semejante gracia y a dejarse transformar en sus misioneros. No obstante, aun cuando lo recibimos personalmente en la intimidad, en nosotros, el sacramento de la Eucaristía despliega su virtud divina y va más allá de nuestros templos, de nuestra comunidad, de nuestro barrio y ciudad, hasta alcanzar insospechables periferias, donde hombres y mujeres lo esperan, y para nuestra sorpresa lo reciben como la alegría de sus días. La misión tiene esas cosas sencillas y misteriosas, comienza cuando los discípulos se alimentan del Pan de Vida, y transformados por Él, se convierten en portadores de la mejor noticia que esperan recibir los hombres: Cristo murió y resucitó verdaderamente, y ahora vive y comparte nuestra vida cotidiana.
Acabamos de escuchar en el Evangelio según san Lucas el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Una multitud lo seguía hasta «un lugar desierto», Jesús los «recibió» y les enseñaba acerca del Reino de Dios, y conmovido por los que sufren enfermedades curó a muchos que lo necesitaban −aclara el texto−. Ahora bien, el espíritu de acogida del Maestro contrasta con la actitud de sus apóstoles, porque la primera reacción fue sacárselos de encima; caía la tarde y la cuestión era despacharlos para que la gente se la rebuscara como pudiera. Habían optado por el camino menos comprometido e insolidario, además, ya habían recibido suficiente. No nos asombremos, porque no está lejos de nuestros sentimientos y acciones, cuando alguien nos pide algo que nos incomoda. Para Jesús no es cuestión de palabritas de consuelo, sobre todo cuando la necesidad está a la vista. Sin sospecharlo siquiera, los discípulos iban a recibir una enseñanza que les cambiaría su forma de pensar, y la respuesta de Jesús no se hizo esperar: «Denles de comer Uds. Mismos». Ellos le ofrecieron poca cosa para tantos: «cinco panes y dos pescaditos». Me los imagino encogidos de hombros y diciendo como nosotros: «¡Maestro, es lo que hay!» Así quedaba en evidencia las limitaciones de los recursos con que contaban. Pero el Señor, que con poco que le ofrezcamos hace mucho, no despreció la ofrenda y la convirtió en dones abundantes para todos. Recordemos esta enseñanza evangélica: aunque a veces somos poco generosos en dar o darnos, sin embargo, Él lo toma igual y lo multiplica hasta sorprendernos. Los gestos de sus ojos elevados al cielo y las palabras de bendición que Jesús dijo en aquel atardecer, nos sugieren lo que en momentos vamos a hacer con el pan y el vino de nuestras pobres ofrendas en la Misa, las que Él mismo se va a encargar de transformar en su Cuerpo y su Sangre, para que no tengamos hambre ni sed en el desierto de esta vida. Nuestra ofrenda puede ser pobre, pero necesaria, para que Él la transforme en don de amor para todos.
Miren la delicadeza del Señor, que después del milagro, pone en manos de sus apóstoles la abundancia de dones que antes no tenían, para que sean ellos los que den de comer a la gente. Así pasa en la Misión: primero se nos ofrece en Pan de vida, para que animados con su presencia en nosotros vayamos a anunciarlo y darlo a conocer.
Todavía quiero reparar en un detalle, pues el texto concluye: «Todos comieron hasta saciarse» (cf. Lc 9, 11-17). Hoy el Señor quiere servirnos nuevamente y desea que todos los hombres y mujeres se alimenten de la Eucaristía, porque es para todos. Así como en la celebración del Jueves Santo la liturgia nos ilumina para entender que existe una estrecha Cena y el misterio de la muerte de Jesús en la cruz, hoy, en la fiesta del Corpus Christi, con la procesión y la adoración común de la Eucaristía nos recuerda que Cristo se inmoló por la humanidad entera. Su paso por las casas y las calles de nuestra ciudad de Buenos Aires, será para sus habitantes un ofrecimiento de alegría, de vida inmortal, de paz y de amor. (cfr. Benedicto XVI, Homilía del Corpus, 2007)
Yo sé que a este Corpus le falta algo, porque al menos Uds. pensaban que lo iban a tener a nuestro querido Cardenal Bergoglio presidiendo esta fiesta, como lo hizo tantos años. Pero para que no lo extrañen les comparto unas palabras que él pronunció en el Corpus de la ciudad de Roma que tuvo lugar el jueves pasado para todo el mundo: "Preguntémonos –dice el Papa Francisco− ¿cómo sigo a Jesús? Jesús habla en silencio en el Misterio de la Eucaristía y cada vez nos recuerda que seguirlo quiere decir salir de nosotros mismos y hacer de nuestra vida no una posesión nuestra, sino un don a Él y a los demás.
Y son justamente los discípulos desorientados ante la incapacidad de sus posibilidades, ante la pobreza de lo que pueden ofrecer, los que hacen sentar a la muchedumbre y distribuyen −confiándose en la palabra de Jesús− los panes y los peces que sacian el hambre de la multitud. Y esto nos indica que en la Iglesia, pero también en la sociedad, existe una palabra clave a la que no tenemos que tener miedo: "solidaridad", o sea, saber poner a disposición de Dios aquello que tenemos, nuestras humildes capacidades, porque solo en el compartir, en el donarse, nuestra vida será fecunda, dará frutos. Solidaridad: ¡una palabra mal vista por el espíritu mundano! Esta tarde, una vez más, el Señor distribuye para nosotros el pan que es su cuerpo, se hace don. Y también nosotros experimentamos la "solidaridad de Dios" con el hombre, una solidaridad que no se acaba jamás, una solidaridad que nunca termina de sorprendernos: Dios se hace cercano a nosotros, en el sacrificio de la Cruz se abaja entrando en la oscuridad de la muerte para darnos su vida, que vence el mal, el egoísmo, la muerte." (Hom. Corpus, 2013)
Que cada uno renueve con el Cuerpo de Cristo, la alegría de la fe y el entusiasmo para la misión. Recordemos que recibir bien a la gente en nuestras comunidades, atender al que necesita una mano, enseñar las cosas de Dios y ser solidarios ante toda miseria humana, definen el estilo pastoral y misionero que Jesús hoy nos deja en el Pan de Vida. Amén.
                                                                                              +Mario Aurelio Poli

sábado, 1 de junio de 2013

Corpus Christi 2013

"Creemos que, como el Pan y el Vino consagrados por el Señor en la Última Cena se convirtieron en su Cuerpo y en su Sangre, que en seguida iban a ser ofrecidos por nosotros en la Cruz, así también el Pan y el Vino consagrados por el sacerdote se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, sentado gloriosamente en los cielos, y creemos que la presencia misteriosa del Señor, bajo la apariencia de aquellas cosas, que continúan apareciendo a nuestros sentidos de la misma manera que antes, es verdadera, real y sustancial." Paulo VI, Credo del Pueblo de Dios 24.

jueves, 30 de mayo de 2013

PDF Homilía S.S. Francisco Misa Corpus Christi 30 mayo 2013 – SS Francisco

SANTA MISA SOLEMNIDAD DE CORPUS CHRISTI
HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
Basílica de San Juan de Letrán
Jueves, 30 de mayo 2013

 (traducción propia)

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sábado, 25 de junio de 2011

Homilia Corpus Christi - 25 junio de 2011 - Cardenal Jorge Mario Bergoglio


Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, en la solemnidad del Corpus Christi (25 de junio de 2011)

Ne dissolvamini, manducate vinculum vestrum; ne vobis viles videamini, bibite pretium vestrum. (San Agustin, Sermo 228 B. In Sollemnitate Sanctissimi Corporis et Sanguinis Christi, ad Officium lectionis).

Dice el Señor en el Evangelio que acabamos de escuchar: “Les aseguro que si no comen mi carne y no beben mi sangre no tienen vida en ustedes”. Y, en el Oficio de Lecturas del Corpus, hay una antífona muy hermosa que nos puede ayudar a meditar esta frase del Señor. Es de San Agustín y dice así: “Coman el vínculo que los mantiene unidos, no sea que se disgreguen; beban el precio de su redención, no sea que se desvaloricen” (Sermón 228 B).

Fíjense lo que dice Agustín: el Cuerpo de Cristo es el vínculo que nos mantiene unidos, la Sangre de Cristo, el precio que pagó para salvarnos, es el signo de lo valioso que somos. Por eso: comamos el Pan de Vida que nos mantiene unidos como hermanos, como Iglesia, como pueblo fiel de Dios. Bebamos la Sangre con la que el Señor nos mostró cuánto nos quiere. Y así mantengámonos en comunión con Jesucristo, no sea que nos disgreguemos, no sea que nos desvaloricemos, que nos despreciemos.

Esta invitación también señala un hecho real de nuestros corazones porque cuando una persona o una sociedad sufren la disgregación y la desvalorización, seguro que en el fondo de su corazón les falta paz y alegría, más bien anida la tristeza. La desunión y el menosprecio son hijos de la tristeza.

La tristeza, es un mal propio del espíritu del mundo, y el remedio es la alegría. Esa alegría que sólo el Espíritu de Jesús da y que da de manera tal que nada ni nadie nos la puede quitar.

Jesús alegra el corazón de las personas: ése fue el anuncio de los ángeles a los pastores: “No teman, porque les anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto les servirá de señal: encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2, 10-12).

La salvación que trae Jesús consiste en el perdón de los pecados, pero no es un perdón acotado hasta ahí nomás; va más allá: se trata de la alegría del perdón, porque “habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión” (Lc 15, 7). El perdón no termina en el olvido ni en la reparación sino en el derroche de amor de la fiesta que el Padre Misericordioso hace para recibir a su hijo que regresa.

Y las relaciones sociales que brotan de esta alegría son relaciones de justicia y de paz; no de una justicia vengativa del ojo por ojo que aplaca el odio pero deja el alma vacía y muerta e impide seguir caminando por la vida. La justicia del Reino brota de un corazón que ha sabido “recibir al Señor con alegría” como Zaqueo y desde esa plenitud decide devolver lo robado y compensar a todo aquél con el que ha sido injusto.

La presencia de Jesús siempre contagia alegría. Si miramos la alegría que se apodera de los discípulos al ver al Señor Resucitado vemos que es tan grande que “les impedía creer” y entonces el Señor les pide algo de comer (Lc 24, 41): centra esa alegría en la comunión de la mesa, en el compartir. El Papa tiene una reflexión muy linda y dice que Lucas utiliza una palabra especial para hablar de cómo Jesús resucitado congrega a los suyos: los junta “comiendo con ellos la sal”. En el Antiguo Testamento juntarse a comer en común pan y sal, o también sólo sal, sirve para sellar sólidas alianzas (Nm 18, 19). La sal es garantía de durabilidad. El comer la sal de Jesús Resucitado es signo de la Vida incorruptible que nos trae. Esa sal de la Vida, esa sal que es pan consagrado compartido en la Eucaristía es símbolo de la alegría de la Resurrección. Los cristianos compartimos la “Sal de la Vida” del Resucitado y esa sal impide que nos corrompamos, impide que nos disgreguemos y que nos desvaloricemos. Pero si la sal pierde su sabor ¿con qué se la volverá a salar?

¡La alegría del Evangelio, la alegría del perdón, la alegría de la justicia, la alegría de ser comensales del Resucitado! Cuando dejamos que el Espíritu nos reúna junto a la mesa del altar, su alegría cala hondo en nuestro corazón y los frutos de la unidad y del aprecio entre hermanos brotan espontáneamente y de mil maneras creativas.

¡Comamos el Pan de Vida: es nuestro vínculo de unión, comámoslo, no sea que nos disolvamos, que nos desvinculemos…

Bebamos la Sangre de Cristo que es nuestro precio, no sea que nos desvaloricemos, nos depreciemos!

¡Qué hermosa manera de sentir y gustar la Eucaristía! La sangre de Cristo, la que derramó por nosotros, nos hace ver cuánto valemos. Como porteños, a veces nos valoramos mal, primero nos creemos los mejores del mundo y luego pasamos a despreciarnos, a sentir que en este país no se puede, y así vamos de un lado a otro. La sangre de Cristo nos da la verdadera autoestima, la autoestima en la fe: valemos mucho a los ojos de Jesucristo. No porque seamos más o menos que otros pueblos, sino que valemos porque hemos sido y somos muy amados.

También es una tentación muy nuestra la de desunirnos, la de hacer internas de todo tipo, la de cortarnos solos… Pero a la vez late fuerte en nuestro corazón un anhelo muy grande de unión, el deseo de ser un solo pueblo, abierto a todas las razas y a todos los hombres de buena voluntad. La unidad se enraiza en nuestro corazón y cuando la cultivamos con el diálogo, con la justicia y la solidaridad, es fuente de mucha alegría. La Eucaristía es fuente de unidad. Comamos este Pan, no sea que nos disgreguemos, que nos anarquicemos, que vivamos enfrentados en mil grupitos distintos.

Le pedimos a María que nos guarde de las plagas de la dispersión y del desprecio: son frutos agrios de corazones tristes. Le pedimos a nuestra Madre, Causa de nuestra alegría, como dice una de sus Letanías más lindas, que nos haga saborear el Pan de la Alianza, el Cuerpo de su Hijo, para que nos mantenga unidos en la fe, cohesionados en la fidelidad, unificados en una misma esperanza. Le pedimos a nuestra Madre que le recuerde a Jesús las veces que “no tenemos vino”, para que la alegría de Caná inunde los corazones de nuestra ciudad haciéndonos sentir cuánto valemos, cuán preciosos somos a los ojos de Dios que no dudó en pagar el precio altísimo de su Sangre derramada para salvarnos de todas las tristezas, de todos los males y ser así, para los que lo amamos, fuente de perenne alegría.

Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 25 de junio de 2011

miércoles, 13 de junio de 2007

La homilía del Papa de Corpus Christi - Criterios

 
Programa Criterios del 13 de junio de 2007

martes, 5 de junio de 2007

Corpus Christi - Criterios

 
Programa Criterios del 5 de junio de 2007

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