"Nosotros no poseemos la verdad, es la Verdad quien nos posee a nosotros. Cristo, que es la Verdad, nos toma de la mano". Benedicto XVI
"Dejá que Jesús escriba tu historia. Dejate sorprender por Jesús." Francisco

"¡No tengan miedo!" Juan Pablo II
Ven Espiritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía, Señor, tu Espíritu para darnos nueva vida. Y renovarás el Universo. Dios, que iluminaste los corazones de tus fieles con las luces del Espíritu Santo, danos el valor de confesarte ante el mundo para que se cumpla tu plan divino. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
https://picasion.com/

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viernes, 4 de agosto de 2017

Texto completo Comunicado Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina CEA - ante la situación en Venezuela

Comunicado de la Comisión Ejecutiva CEA ante la situación en Venezuela


La Conferencia Episcopal Argentina se une a la Iglesia y a todo el pueblo venezolano en este momento difícil para el país hermano.

De manera particular queremos adherir a las diversas intervenciones del Papa Francisco y sus pedidos de oración, reiterados en las últimas horas a través de un comunicado de la Santa Sede. Como lo expresamos en mayo último en una carta enviada a los obispos de Venezuela, “sentimos más que nunca que las palabras que nos recuerda el Santo Padre: “¿Dónde está tu hermano?" (Gn 4,9), nos interpelan y deben ser también una invitación al pueblo argentino a acompañar el sufrimiento de los venezolanos e intensificar nuestra oración para que Dios otorgue el don de su paz”.

Renovamos nuestro apoyo y cercanía a la Iglesia venezolana y nos unimos a las palabras de sus pastores: “desde el fondo de nuestro corazón y como expresión de fraternidad surgen dos expresiones muy humanas y cristianas: un "no matarás" física o moralmente en forma de violencia y represión que generan muertos, heridos y encarcelados; y un "cultiva la vida" en medio del pueblo por la solidaridad que comparte el pan, el medicamento, la vida en común, la verdad que enaltece, el bien que nos hace mejores, la fe que siembra esperanza” (Comunicado de la CEV, 27/7/17).

Que Dios y la Virgen bendigan a Venezuela y que los argentinos podamos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para colaborar con los hermanos que sufren esta situación.

Comisión Ejecutiva
Conferencia Episcopal Argentina
4 de agosto de 2017

FUENTE

lunes, 3 de febrero de 2014

Roban a mano armada en la la Catedral de Buenos Aires ex sede del papa Francisco

Patrullero de la Policía Federal frente a la Catedral
Difícil es encontrar en la ciudad de Buenos Aires un espacio más pacífico que las habitaciones del Arzobispado de Buenos Aires, ubicado al lado de la Catedral y en el que vive el arzobispo Mario Poli.

Ambos edificios están comunicados por un pasillo interno. Para llegar de un lugar a otro, se deben atravesar seis puertas. El domingo pasado, la tranquilidad habitual fue quebrada por un violento robo.

Un grupo de delincuentes se mezcló entre los creyentes que presenciaban la misa de las 18. Al finalizar –y cuando ya no quedaban testigos en el templo– se escabulleron por una puerta lateral, atravesaron el pasillo y llegaron hasta el lugar donde descansa y trabaja el sucesor del Papa Francisco en la arquidiócesis de Buenos Aires.

El grupo de delincuentes fingió ser fieles que participaban en la misa en la Catedral Metropolitana y una vez terminada robo.

Al menos eran tres los ladrones que robaron el último domingo en el Arzobispado de Buenos Aires, ubicado al lado de la Catedral y en el que vive el arzobispo Mario Poli. Se camuflaron en la misa, ingresaron a la Curia, redujeron a un guardia y se llevaron 100 mil pesos (unos 10.000 dolares).

El episodio se produjo el domingo pasado, luego de la misa de las 18, pero recién trascendió hoy. Al menos tres delincuentes fueron los que transitaron los pasillos internos entre el Arzobispado y la Catedral metropolitana, ubicada en un lateral de la Plaza de Mayo.

Para llegar de un lugar a otro, se deben atravesar seis puertas y el domingo pasado este grupo de delincuentes se mezcló entre los creyentes y al finalizar la misa -y cuando ya no quedaban testigos en el templo católico- se escabulleron por una puerta lateral, atravesaron el pasillo y llegaron hasta el lugar donde descansa y trabaja el sucesor de Jorge Bergoglio en la arquidiócesis de Buenos Aires.

Allí, redujeron a un guardia de seguridad y amenazaron con armas a cinco religiosos que se encontraban en las oficinas del primer piso.

Los ladrones sabían que uno de ellos llevaba unos 100 mil pesos, por lo que no tuvieron otra salida que entregárselo a los maleantes que, con el dinero en su poder, y luego de revisar todos los cuartos de la Curia, escaparon sin ser detenidos.

Los delincuentes no actuaron de forma espontánea, por el contrario, “sabían a quién buscaban, conocían el nombre del cura que tenía el dinero”, indicó un informante al citado diario. Además, contaban con una llave con la que pudieron ingresar a la Curia, por esa razón los investigadores no tienen dudas de que hubo un entregador.

Si bien la máxima autoridad de la Iglesia argentina y recientemente nombrado cardenal por el Papa Francisco -lo que le da derecho a voto en una elección papal- optó por mantener el hecho en reserva, fuentes de la Policía Federal y el Ministerio de Seguridad confirmaron el episodio. Además de la plata, los delincuentes se “apoderaron de alcancías y otros objetos de valor” que encontraron en los tres pisos que ocupa el Arzobispado en el edificio de Rivadavia 415.

martes, 8 de octubre de 2013

Homilía de Mons. Poli, en la Celebración Eucarística en desagravio por la profanación del Templo de San ignacio


Homilía en la Celebración Penitencial

unida a la celebración eucarística

con motivo del desagravio por la profanación del Templo de San Ignacio
3 de octubre de 2013


Esta tarde nos alberga este antiguo y bello templo de San Ignacio de Loyola, por cierto el más antiguo, diseñado y construido en el siglo XVIII. En este espacio consagrado, vibran voces y pasos de generaciones de argentinos y se guarda buena parte de la memoria de nuestra historia. Sus muros e imágenes son testigos silenciosos de gestas patrióticas, como aquella gloriosa resistencia al invasor inglés en 1807. Aquí se celebraron las sentidas Exequias por los caídos en la defensa de Buenos Aires y la Acción de gracias a Dios por habernos librado de la mano del enemigo. En este mismo lugar, sesionaron agitados cabildos abiertos y no le fueron ajenos los sucesos de Mayo que gestaron nuestra Nación.

Los artísticos retablos de este solar contienen numerosos santos, modelos del ideal de santidad en la vida bimilenaria de la Iglesia. Ellos fueron, mientras peregrinaron en esta vida, los hombres y mujeres de fe, que amaron a Dios y al prójimo; sus vidas son guías en el camino interior y ejemplo de seguimiento incondicional del Evangelio. Hoy son nuestros amigos del cielo, a quienes los católicos recurrimos en nuestras necesidades espirituales y materiales. Entre tantas imágenes se encuentra la más antigua de la ciudad, Nuestra Señora de las Nieves, Patrona secundaria de los porteños que la reconocemos como Madre. El silencio y esta variada iconografía −que nos recuerda la cercanía de la comunión de los santos−, ofrecen el clima deseado para el recogimiento interior, y es un remanso espiritual en lo que hoy vive el agitado microcentro de nuestra ciudad.

Pero, como Uds. saben, no nos ha convocado la conmemoración del pasado, ni tampoco la belleza de este templo, ni siquiera sus vínculos a la historia patria o el valioso patrimonio edilicio, sino el triste y deshonroso hecho de su profanación. Los que la perpetraron, a su paso, dejaron las huellas de la vieja gramática de la intolerancia, una muestra de incapacidad para aceptar las diferencias, y pienso también, de desconocimiento cultural y religioso, porque así los eximimos de mayores responsabilidades. Profanar significa en sentido amplio, hacer uso indigno de cosas respetables para otros; faltarle el debido respeto por lo que significa para mi prójimo, en especial, por sus creencias. En nuestro caso, profanar un espacio consagrado al culto católico, a las realidades espirituales, es una grave ofensa a Dios y a los que creemos en Él. Las injurias que se cometen en un templo, afectan y hieren en cierta manera a toda la comunidad de los creyentes en Cristo, de quienes el edificio sagrado es signo e imagen.

Quienes lo cometieron tuvieron un particular ensañamiento con el altar, lugar del sacrificio eucarístico, la Santa Misa. Para nosotros, el altar es el lugar donde celebramos los sagrados misterios, el memorial del Señor resucitado, donde Jesús se ofrece a sí mismo por amor a los hombres, y es por eso que entre tantos nombres que recibe este rito, lo llamamos el “sacramento del amor”: en él, los cristianos renovamos nuestro pobre amor humano y tomamos de cada eucaristía lo que necesitamos para seguir caminando. Advirtamos que el daño material es insignificante, comparado al espiritual; cuánto más, si pensamos en tantas personas que se reúnen en torno a este altar para recibir la vida de Dios y renovar así la fe y esperanza.

El nombre propio de este misterio es la Comunión, porque al celebrarla fieles tan diferentes, sin embargo, se salvan esas diferencias para constituir una sola Iglesia, unida por el amor de Cristo que la alimenta con su Cuerpo y su Sangre, presentes bajo los signos sacramentales que consuelan y fortalecen. En este santo rito, celebrado con los humildes dones del pan y el vino, hay un misterioso intercambio: la Iglesia hace la eucaristía y la eucaristía hace la Iglesia. Los cristianos no podemos vivir sin ella.

Ahora estoy en el altar de la Palabra, la que hemos proclamado entre cánticos y aleluyas. Los cristianos creemos que es Dios mismo el que habla y se dirige al corazón del hombre, y cuando la hacemos nuestra no vuelve a él estéril, sino que da muchos frutos. El libro de Nehemías conduce al pueblo de Israel que vuelve del exilio persa y encuentra la ciudad de sus padres desbastada, entre ruinas. Las lágrimas, el desánimo y la tristeza se convirtieron en alegría cuando el sacerdote leyó el «Libro de la Ley de Dios» y les interpretó las Escrituras. El pasaje bíblico tiene la virtud de iluminar a los oyentes de todos los tiempos y parece dedicado a nuestra asamblea cuando se nos dice: No estén tristes, porque la alegría en el Señor es la fortaleza de ustedes. Muchas veces, al concluir la Misa, despedimos a los fieles con esta sentencia, porque estamos convencidos de que la Ley del Señor alegra el corazón del hombre, reconforta el alma, es sabiduría del humilde y sus preceptos son rectos e iluminan los ojos, como enseña el salmo 18.

El Evangelio de San Lucas nos vuelve a sorprender con el envío de un numeroso grupo de discípulos. El Señor los envía como ovejas en medio de lobos y el contenido del anuncio gira en torno a dos palabras: Paz y Reino. Los discípulos saben que son enviados a un mundo hostil, pero de ningún modo podrán justificarse si hablan o actúan con el mismo método de la agresividad. Como en otras de sus enseñanzas, hay un claro mandato a renunciar al recurso de la violencia, porque el Evangelio que se ha de anunciar no necesita más que la fuerza de su misma verdad y el poder de Dios que lo acompaña. El no llevar nada para el camino está en relación con la confianza que hay que poner en quien los envía, pues la eficacia de la paz que debe anunciar no depende del que la pronuncia, sino de Él, que es el que envía. La paz que viene de Cristo, no es la que da el mundo (San Juan), es el cumplimiento pleno de los bienes prometidos por Dios. El mismo Señor elogia a los que reciben su Paz y viven conforme a ella: Felices los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios(Mt 5,9). Con este lenguaje de paz, los discípulos son enviados a anunciar que el Reino de Dios está cerca de Ustedes. «Cristo, en cuanto evangelizador, anuncia ante todo un reino, el reino de Dios, tan importante que, en relación a él, todo se convierte en "lo demás", que es dado por añadidura (Mt 6,33). Solamente el reino es pues absoluto y todo el resto es relativo.» (EN 8)

Estos textos me hicieron reflexionar sobre este momento. No perdamos el don de la paz que le da a la Iglesia serenidad y perseverancia, y tomemos las adversidades del camino como signos de que el Reino está en gestación. Mientras tanto, nuestra misión es anunciarlo y construirlo entre nosotros con la persuasiva verdad del Evangelio. La misión que inició Jesús con el envío de los discípulos está abierta y nos toca continuarla con alegría y esperanza.

En esta semana, alguien me preguntó qué haría yo si me encontrase con los jóvenes que cometieron lo que hoy estamos reparando con este acto penitencial. Lo digo con toda libertad: me encantaría encontrarme con ellos; amicalmente, por cierto –dejaría el báculo, para que no crean que voy con un palo…-. Si fuera posible, dejar el túnel de las ideologías y, respetando la diversidad de ideas, me gustaría trazar un puente que nos una y practicar con ellos el antiguo arte del diálogo humano. Sentarnos, mirarnos a la cara, escucharnos y matear si las circunstancias lo permiten: es muy probable que podamos aprender unos de otros. Por mi parte, les hablaría de Jesús y sus ganas de encontrarse con ellos. Quizás no sepan que la Iglesia no tiene luz propia, su luz le viene de Cristo que es Luz del mundo; y esa luminosidad, la comparte con cada bautizado, para que, donde nos encontremos, hagamos brillar el Evangelio de la Vida. No sé, además, si sabrán que la Iglesia arde de deseos por anunciar el Reino y su justicia, renovando sus métodos y estilo pastoral para realizarlo. Si bien es cierto que no se pasa gratuitamente el límite que marca la razonable convivencia humana, −no sin dejar huellas de violencia y ahondar las diferencias hasta el desencuentro más cruel−, sin embargo, mirando hacia el futuro e imaginando mejores espacios de convivencia entre los argentinos, sobre todoentre los jóvenes, les propondría apostar a la cultura del encuentro, como nos invita el Papa Francisco, que movido con la audacia que da el Espíritu, hoy nos invita a ser creativos y a no claudicar en la construcción de un mundo más fraterno.


+Mario Aurelio Poli

3 de Octubre 2013

domingo, 2 de junio de 2013

Homilia Corpus Christi‏ Monseñor Mario Aurelio Poli 1 de junio de 2013


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CORPUS CHRISTI 2013
Gn 14, 18-20: En aquellos días, Melquisedec, rey de Salem, que era sacerdote de Dios, el Altísimo, hizo traer pan y vino, y bendijo a Abram, diciendo: «¡Bendito sea Abram de parte de Dios, el Altísimo, creador del cielo y de la tierra! ¡Bendito sea Dios, el Altísimo, que entregó a tus enemigos en tus manos!». Y Abram le dio el diezmo de todo.
Salmo 109:
Dijo el Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
mientras yo pongo a tus enemigos
como estrado de tus pies».
2 El Señor extenderá el poder de tu cetro:
«¡Domina desde Sión, en medio de tus enemigos!».
3 «Tú eres príncipe desde tu nacimiento,
con esplendor de santidad;
yo mismo te engendré como rocío,
desde el seno de la aurora».
4 El Señor lo ha jurado y no se retractará:
«Tú eres sacerdote para siempre,
a la manera de Melquisedec».

1°Cor 11,23-26: Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he transmitido, es lo siguiente: El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía». De la misma manera, después de cenar, tomó la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi Sangre. Siempre que la beban, háganlo en memoria mía». Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que él vuelva.
Lucas 9,11b-17: El los recibió, les habló del Reino de Dios y devolvió la salud a los que tenían necesidad de ser curados. Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron: «Despide a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto». El les respondió: «Denles de comer ustedes mismos». Pero ellos dijeron: «No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente». Porque eran alrededor de cinco mil hombres. Entonces Jesús les dijo a sus discípulos: «Háganlos sentar en grupos de cincuenta». Y ellos hicieron sentar a todos Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirviera a la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas.
El Pan para la Misión
Muy queridos amigos en Cristo Jesús:         
Acudimos a la cita de un nuevo encuentro con Jesús resucitado. Sí, el Corpus Christi es la fiesta anual de los hermanos que celebran y reviven la presencia de Jesús en el gran signo del Pan de Vida que es su Cuerpo, para comerlo y renovar su gracia en nosotros. Nos mueve el deseo de encontrarnos como Iglesia peregrina, que necesita de la comunión con su Cuerpo y desea volver a gustar de su amistad divina, para pasearlo por la ciudad y anunciarlo con alegría en la misión.
Sí, hoy el Resucitado se va a partir y repartir nuevamente, como el pan del camino que multiplicó Jesús en el Evangelio de San Lucas, pero ahora para infundir en sus amigos el coraje de salir al encuentro de sus hermanos.
Nos recibió primero su Palabra y vemos que la mesa está tendida y bien dispuesta para celebrar la Eucaristía, que para nuestra fe católica es un misterio de intimidad. Cuando los cristianos de la comunidad de Corinto celebraban la fracción del Pan, San Pablo les exhortaba: «Examínese, pues, cada cual, y coma así este pan y beba de este cáliz» (1 Co 11, 28). Diciendo estas cosas nos invita también a nosotros para que cada uno aprecie el don al que somos convidados, para que Él, con su delicada visita encuentre corazones bien dispuestos a recibir semejante gracia y a dejarse transformar en sus misioneros. No obstante, aun cuando lo recibimos personalmente en la intimidad, en nosotros, el sacramento de la Eucaristía despliega su virtud divina y va más allá de nuestros templos, de nuestra comunidad, de nuestro barrio y ciudad, hasta alcanzar insospechables periferias, donde hombres y mujeres lo esperan, y para nuestra sorpresa lo reciben como la alegría de sus días. La misión tiene esas cosas sencillas y misteriosas, comienza cuando los discípulos se alimentan del Pan de Vida, y transformados por Él, se convierten en portadores de la mejor noticia que esperan recibir los hombres: Cristo murió y resucitó verdaderamente, y ahora vive y comparte nuestra vida cotidiana.
Acabamos de escuchar en el Evangelio según san Lucas el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Una multitud lo seguía hasta «un lugar desierto», Jesús los «recibió» y les enseñaba acerca del Reino de Dios, y conmovido por los que sufren enfermedades curó a muchos que lo necesitaban −aclara el texto−. Ahora bien, el espíritu de acogida del Maestro contrasta con la actitud de sus apóstoles, porque la primera reacción fue sacárselos de encima; caía la tarde y la cuestión era despacharlos para que la gente se la rebuscara como pudiera. Habían optado por el camino menos comprometido e insolidario, además, ya habían recibido suficiente. No nos asombremos, porque no está lejos de nuestros sentimientos y acciones, cuando alguien nos pide algo que nos incomoda. Para Jesús no es cuestión de palabritas de consuelo, sobre todo cuando la necesidad está a la vista. Sin sospecharlo siquiera, los discípulos iban a recibir una enseñanza que les cambiaría su forma de pensar, y la respuesta de Jesús no se hizo esperar: «Denles de comer Uds. Mismos». Ellos le ofrecieron poca cosa para tantos: «cinco panes y dos pescaditos». Me los imagino encogidos de hombros y diciendo como nosotros: «¡Maestro, es lo que hay!» Así quedaba en evidencia las limitaciones de los recursos con que contaban. Pero el Señor, que con poco que le ofrezcamos hace mucho, no despreció la ofrenda y la convirtió en dones abundantes para todos. Recordemos esta enseñanza evangélica: aunque a veces somos poco generosos en dar o darnos, sin embargo, Él lo toma igual y lo multiplica hasta sorprendernos. Los gestos de sus ojos elevados al cielo y las palabras de bendición que Jesús dijo en aquel atardecer, nos sugieren lo que en momentos vamos a hacer con el pan y el vino de nuestras pobres ofrendas en la Misa, las que Él mismo se va a encargar de transformar en su Cuerpo y su Sangre, para que no tengamos hambre ni sed en el desierto de esta vida. Nuestra ofrenda puede ser pobre, pero necesaria, para que Él la transforme en don de amor para todos.
Miren la delicadeza del Señor, que después del milagro, pone en manos de sus apóstoles la abundancia de dones que antes no tenían, para que sean ellos los que den de comer a la gente. Así pasa en la Misión: primero se nos ofrece en Pan de vida, para que animados con su presencia en nosotros vayamos a anunciarlo y darlo a conocer.
Todavía quiero reparar en un detalle, pues el texto concluye: «Todos comieron hasta saciarse» (cf. Lc 9, 11-17). Hoy el Señor quiere servirnos nuevamente y desea que todos los hombres y mujeres se alimenten de la Eucaristía, porque es para todos. Así como en la celebración del Jueves Santo la liturgia nos ilumina para entender que existe una estrecha Cena y el misterio de la muerte de Jesús en la cruz, hoy, en la fiesta del Corpus Christi, con la procesión y la adoración común de la Eucaristía nos recuerda que Cristo se inmoló por la humanidad entera. Su paso por las casas y las calles de nuestra ciudad de Buenos Aires, será para sus habitantes un ofrecimiento de alegría, de vida inmortal, de paz y de amor. (cfr. Benedicto XVI, Homilía del Corpus, 2007)
Yo sé que a este Corpus le falta algo, porque al menos Uds. pensaban que lo iban a tener a nuestro querido Cardenal Bergoglio presidiendo esta fiesta, como lo hizo tantos años. Pero para que no lo extrañen les comparto unas palabras que él pronunció en el Corpus de la ciudad de Roma que tuvo lugar el jueves pasado para todo el mundo: "Preguntémonos –dice el Papa Francisco− ¿cómo sigo a Jesús? Jesús habla en silencio en el Misterio de la Eucaristía y cada vez nos recuerda que seguirlo quiere decir salir de nosotros mismos y hacer de nuestra vida no una posesión nuestra, sino un don a Él y a los demás.
Y son justamente los discípulos desorientados ante la incapacidad de sus posibilidades, ante la pobreza de lo que pueden ofrecer, los que hacen sentar a la muchedumbre y distribuyen −confiándose en la palabra de Jesús− los panes y los peces que sacian el hambre de la multitud. Y esto nos indica que en la Iglesia, pero también en la sociedad, existe una palabra clave a la que no tenemos que tener miedo: "solidaridad", o sea, saber poner a disposición de Dios aquello que tenemos, nuestras humildes capacidades, porque solo en el compartir, en el donarse, nuestra vida será fecunda, dará frutos. Solidaridad: ¡una palabra mal vista por el espíritu mundano! Esta tarde, una vez más, el Señor distribuye para nosotros el pan que es su cuerpo, se hace don. Y también nosotros experimentamos la "solidaridad de Dios" con el hombre, una solidaridad que no se acaba jamás, una solidaridad que nunca termina de sorprendernos: Dios se hace cercano a nosotros, en el sacrificio de la Cruz se abaja entrando en la oscuridad de la muerte para darnos su vida, que vence el mal, el egoísmo, la muerte." (Hom. Corpus, 2013)
Que cada uno renueve con el Cuerpo de Cristo, la alegría de la fe y el entusiasmo para la misión. Recordemos que recibir bien a la gente en nuestras comunidades, atender al que necesita una mano, enseñar las cosas de Dios y ser solidarios ante toda miseria humana, definen el estilo pastoral y misionero que Jesús hoy nos deja en el Pan de Vida. Amén.
                                                                                              +Mario Aurelio Poli

domingo, 7 de octubre de 2012

Homilía en la peregrinación Santa Rosa-Anguil 2012 - 7 de octubre de 2012



Homilía monseñor Mario Aurelio Poli, obispo de Santa Rosa, en la peregrinación Santa Rosa-Anguil 2012 (7 de octubre de 2012)


Habiéndose leído el texto de la Visitación en la liturgia de la Palabra, el señor obispo dijo en la homilía:


"Este texto de la Visitación nos devuelve la imagen una imagen de la Virgen Madre peregrina, tan acorde con lo que ustedes hicieron en el día de hoy. Año tras año tenemos esa posibilidad de hacer una nueva visitación: de imitar a María que dejó la comodidad del hogar de Nazaret para ir a llevar una buena noticia a su prima Isabel, lejos, quizá más de cien kilómetros. Esa peregrinación de la Virgen, en el silencio y en el anonimato, como se dio en su momento, lo registró San Lucas e ilumina toda la peregrinación y toda nuestra vida peregrina, porque cada vez que relatamos ese evangelio, nos sentimos identificados con María.

La Virgen entendió que tenía que llevar eso que tenía en sus entrañas, no se lo podía guardar; entonces, venciendo comodidades, dificultades en el camino: posiblemente mal tiempo, muchos calor, mucho frío, no lo sabemos, pero lo importante era llevar a Jesús.


Por eso la peregrinación es parte de la misión en La Pampa. La Iglesia en La Pampa es una Iglesia peregrina. El cristiano es un peregrino y año tras año necesitamos este ejercicio de salir a caminar aunque nos duela o que reneguemos este año, el año que viene nos encontrará de vuelta, no sabemos bien por qué; porque nuestro corazón siente que tiene que caminar en pos del amor de María peregrina. Nos atrae su coraje, nos atrae su valentía, el deseo de anunciar a Jesús.

La peregrinación nos hace ágiles para anunciar al Maestro. Nosotros también tenemos en nuestro corazón este anuncio, este Jesús que nos hace tan felices y queremos también hacer la visita para que todos tengan la alegría de la fe, de la fe en él, que sean tocados por Jesús, que se encuentren con él. Y la peregrinación nos mantiene ágiles para eso; dejamos la comodidad del domingo, postergamos programas y proyectos tentadores.

María es la estrella, María hizo antes este camino, ella es compañera de viaje, por eso la teníamos presente, la llevábamos en andas. Esto es la peregrinación, seguir con ella. Como los primeros discípulos que cuando Jesús subió al cielo, María estaba con ellos y les ayudó a rezar, les ayudó a entrar en comunión con Dios, a no temer. A mirar el futuro de la Iglesia que recién nacía, con esperanza.

Cada vez que venimos a Anguil renovamos la esperanza de nuestra fe. Venimos a renovar la fe. Qué locura, ¿no? renovar la fe caminando cuando podríamos hacer un acto sencillito delante de un sagrario o en nuestra casa, pero sin embargo necesitamos el ejercicio de caminar, de movernos, de ponernos en actitud de servicio, como tantos hermanos que nos asistieron a lo largo de toda la peregrinación, para que esta fe peregrina nos penetre cada vez más en el corazón.

Queremos imitar a la Virgen peregrina, queremos imitar su fe. Esta fe le da sentido a nuestra vida, le da un nuevo horizonte a nuestra vida.


Estamos a la puerta de un año de la fe. La fe, nos dice el Papa, es el gran don que Dios nos ha hecho, junto al amor y a la esperanza, en el momento del bautismo: ¡un regalazo! Esta fe le da sentido a la vida del cristiano y todo lo que hacemos lo hacemos por nuestra fe. Cuando la fe ocupa el centro de nuestra existencia, ilumina toda nuestra vida. La fe es luz, es sal: le da sabor e iluminación y claridad a toda nuestra vida.


Necesitamos hacer actos de fe, necesitamos renovar la fe. Este es un año en que tenemos la oportunidad de abrir la puertita de la fe, la puerta de la fe que Dios le abría a los testigos en la primera Iglesia; nos la vuelve a abrir a nosotros. En realidad, la puerta de la fe siempre está abierta: es la puerta de la Iglesia, es la puerta del Buen Pastor que dijo: “Yo soy la puerta, tienen que pasar por mí”. Esa es la puerta de la fe.


Bajo este título el Papa nos regaló una carta hermosa donde nos dice que este año todo cristiano, toda persona, tiene que redescubrir la alegría y el entusiasmo de la fe. La alegría de la fe. Es la alegría pascual, la alegría de ser cristiano, la alegría de saber que Jesús resucitó, pase lo que pase, Cristo resucitó. El mismo nos dijo antes de su pasión: “ustedes van a tener una alegría enorme; nada ni nadie les podrá quitar esa alegría, cuando me vean de nuevo con las llagas en las manos y en mi pecho”. Es la alegría de saber que Cristo está entre nosotros.


Esta alegría que, como la Virgen, no podemos guardar para nosotros, no podemos ser egoístas. Necesitamos volver a fogonear el entusiasmo de nuestro corazón para anunciarlo.

Linda oportunidad la de la peregrinación para comenzar el año de la fe. El jueves será la apertura en la que acompañaremos al Papa, pero nosotros peregrinos, ya comenzamos el año de la fe, ya con este acto le decimos: “Señor queremos tener la fe del peregrino, la fe y la esperanza, que a pesar del agotamiento de la vida, a pesar de nuestras dudas seguimos caminando y queremos encontrarnos contigo como nos encontramos en esta Eucaristía”.


Es hermoso pensar que la Iglesia es un pueblo peregrino, es hermoso saber que por el bautismo Dios nos hizo miembros de este pueblo.


Peregrinan también los ancianos que están rezando y ofrecen sus sacrificios, los enfermos que están en sus camas, los abuelos que no pueden caminar y están pensando en nosotros, están también los que no pudieron venir porque tenían que trabajar: un pueblo peregrino, en el sentimiento y en los pies. Todo esto es la misión de la Iglesia.


Yo les pido que ante la Virgencita renovemos nuestro deseo de crecer en la fe. ¿Saben por qué nos trajo? Porque a ella le interesa que conozcamos un poquito más a Jesús. El único interés de la Virgen es: “hagan lo que Jesús les diga”. No tiene en su mente, en su intención, en su corazón, otra cosa que conducirnos al encuentro con su Hijo, para que tengamos un contacto cada vez más vivo, y para comprometernos con esta fe que tiene que obrar en justicia, como lo expresa el lema que nos ha movido todos estos días. Esa fe tiene que darle sentido, razón, alegría, fuerza a la vida de mi familia, a la vida de mi comunidad, a la vida de mi trabajo, a todo lo que me rodea. Debe verse el entusiasmo de compartir la fe.


Ante esto, renovamos el deseo de no ser egoístas, de compartir nuestra fe y no tener miedo de anunciarla. Ante la amargura, la desazón, la desorientación de compañeros de escuela, de universidad, de trabajo, de familia, vecinos: “¿sabés que Jesús murió por vos?”.

Caigamos en la cuenta de la responsabilidad que nos confía y al mismo tiempo caigamos en la cuenta del privilegio que nos da el poder compartir la misión de la Iglesia. ¿Quién soy yo, entre millones de personas, que me elige el Señor para ser un apóstol? Vos también. Cada uno de nosotros. No le escapemos al privilegio, aceptemos el desafío; la Virgen siempre va a estar con nosotros. Ella es peregrina, tiene pies descalzos en América Latina, como decía el Cardenal Pironio, le gusta caminar.


Nosotros hoy comprometemos ante la Virgencita este deseo: que la fe nos brote por nuestros actos de justicia, por la solidaridad. La fe tiene que mostrarse por obras, decía el apóstol Santiago. La fe tiene que traducir en mi vida el deseo de compartir esa alegría".



Mons. Mario Poli, obispo de Santa Rosa

jueves, 30 de agosto de 2012

Homilía Solemnidad de Santa Rosa de Lima - 30 de agosto de 2012

Homilía de monseñor Mario Aurelio Poli, obispo de Santa Rosa, en la Solemnidad de Santa Rosa de Lima (30 de agosto de 2012) 

«La primera flor de santidad en el Nuevo Mundo»,
proclamada patrona principal de América en 1670
por el Papa Clemente X


 2° Corintios 10,17-11,2
Salmo 148, 1-2. 11-14
Aleluya Jn 15, 9b-5b
Evangelio: Mt 13, 44-46 



Todos los años, la Liturgia nos permite acercarnos a la ermita de Rosita para conocer algo más de su amistad con Dios, porque ella no se ha recomendado a sí misma, sino que es el Señor quien la ha recomendado y la sigue poniendo de ejemplo para que conozcamos el camino que ella recorrió, agradando a su Creador. Que nadie se acerque a su refugio si no es en punta de pie, porque el ruido nos haría perder la profundidad de su santuario, no podríamos apreciar el reducido espacio de su tebaida que invita al recogimiento, ni con-templar la suspensión del tiempo cuando ella entra en el eterno pre-sente de la oración que eleva a los humildes a los más altos grados de unión divina que puede experimentar la criatura. Esa es nuestra Santa, la que la divina providencia nos ha legado como Patrona y guía misionera, para que nuestra Iglesia, de su mano, transite los caminos de La Pampa, con un renovado espíritu eucarístico, mariano, servidor y misionero.



Como San Pablo le escribía a los Corintios, Rosa nos dice: ¡Ojalá quisieran Ustedes tolerar un poco de locura de mi parte! Algo de esto pasó cuando después de escuchar al Salvador del mundo dice: me sobrevino un ímpetu poderoso de ponerme en medio de la plaza, para gritar a todas las personas, de cualquier edad, sexo, estado o condición que fuesen: hay necesidad de trabajos y más trabajos, para conseguir la participación íntima de la divina naturaleza, la gloria de los hijos de Dios y la perfecta hermosura del alma. Sí, se trata de la santa locura de los amigos de Dios, que atraídos por el amor sin límites del Buen Pastor que llama, dejan de lado la cordura tibia y vacía de este mundo para dejarse seducir por la Palabra que ilumina, consuela y salva.



Alguna vez llegó a su vida la sentencia de su Esposo: Busquen primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura (Mt 6,33). Las parábolas del Reino que hoy llegaron a nuestros oídos nos invitan a preguntarnos cuáles fueron el tesoro y la perla fina que descubrió la virgen limeña, por los cuales tuvo como despreciable toda riqueza. Ella podía decir con el profeta: Se presentaban tus pala-bras, y yo las devoraba; era tu palabra para mí un gozo y alegría de mi co-razón (Jer 15,16). Ella que tantas veces tuvo la gracia de encon-trarse con Cristo, se apropió las palabras de San Juan: Yo le conozco, y guardo su Palabra (8,55). Y no faltó la alegría desbordante en la personalidad de Rosita para contagiar a todos los que la visitaban, invitándolos a gritar: ¡Alaben el nombre del Señor, jóvenes! (Ant. del Salmo 148). En el cofre de su tesoro interior, su mejor perla eran los pobres indios, mulatos y negros enfermos, a los que atendía con caridad exquisita.


Durante la Novena hemos venerado la imagen que preside esta Catedral y un cuadro de Santa Rosa de Lima. Es un auténtico retrato pintado por un conocido pintor romano que estaba en Lima por esos años (Angelino de Medoro). Es la faz de la virgen pocos años antes de su pascua. Su rostro tiene un reverbero de la gracia, porque los santos traducen la dulzura y ternura de la presencia divina en el alma y en el cuerpo, desprendiendo un algo cálido y amable, un halo de bondad y virtud, una mirada que invita y persuade a recorrer el camino interior de la gracia: Oh, si conociesen los mortales qué gran cosa es la gracia.


El rostro de Rosa debió trascender con su belleza exterior lo que de hermoso y sublime había en su corazón, será por esa razón que en este día volvemos a decir de nuestra Patrona que sigue mani-festando el buen olor de Cristo entre los que se salvan (2° Cor 2,14 s.). Ante su mirada quedamos deslumbrados por la hondura de su ser, envuelta por la luz de Jesucristo y seducida por el fuego del amor divino que procede de él. Son los reflejos de una palpitante intimidad con Jesucristo crucificado. Y al causarnos a través de su belleza una impresión de la bondad, si quiera sea por unos instantes, nos infunde alegría y esperanza de compartir su suerte. No desdeñó ninguna aflicción, por más dolorosa que fuese, pensando acaso que llevándola con paciencia pudiese acercarla a la pasión de su divino Esposo. Y al mirarla nos sigue enseñando: Nadie se quejaría de la Cruz ni de los trabajos que le caen en suerte, si conociera la balanza donde se pesan para repartirlas entre los hombres.



Pero hay algo más que hacer en esta tarde: desde la eucaristía la llevaremos por las calles de su ciudad, y mientras caminamos junto a ella tenemos que renovar el pacto misionero que nos une a su vocación más profunda: anunciar a su paciente Jesús y su Evangelio de vida. La virgen limeña es misionera por excelencia y liberada de los lazos de la corporalidad, recorre ahora con audacia todos los caminos de América del Sur, diciendo: Escuchen los pue-blos, escuchen las naciones, en el nombre de Jesucristo yo los exhorto... Ella conoce muy bien la diócesis que lleva su nombre, y sabe cuánta falta hace que visitemos casa por casa, para anunciar el kerigma que libera, consuela y salva. Rosa está siempre dispuesta a acompañarnos por los senderos de La Pampa, animándonos a asumir nuestra condición de discípulos y misioneros...


Queridos pampeanos bautizados, les pregunto: ¿quieren renovar el pacto misionero para anunciar a Jesucristo a sus hermanos?...



Mons. Mario Aurelio Poli, obispo de Santa Rosa

viernes, 20 de enero de 2012

Carta a los Participantes del Jamboree del Centenario que se realizó en Parque Camet de la ciudad de Mar del Plata - 20 de enero de 2012

Carta de monseñor Mario A. Poli, obispo de La Pampa y Asesor Nacional de la Comisión Pastoral de Scouts Católicos de la Argentina, a los participantes del Jamboree del Centenario que se realizó en Parque Camet de la ciudad de Mar del Plata (Santa Rosa, 20 de enero de 2012)



Queridos hermanos scouts:

Sabe Dios cómo me hubiese gustado armar mi carpa entre Uds. en estos días del Jamboree. Pero mi servicio como Obispo en La Pampa no me lo ha permitido.

Cuando me pidieron unas líneas, inmediatamente pensé en la carta que nos regaló el Papa Benedicto XVI en ocasión de la Jornada Mundial de la Paz, hace apenas veinte días. Cuando la leí no pude menos que interpretarla en clave scout, puesto que parece especialmente dirigida a los jóvenes del movimiento, lo que se ha convertido en la pasión y alegría de nuestras vidas.

El Santo Padre esta vez propuso un lema distinto a otros años, dedicado especialmente a «Educar a los jóvenes en la justicia y la paz». Estas cuatro palabras tocan esencialmente el núcleo de nuestro ideario educativo, puesto que el corazón de cada uno de nuestros chicos y chicas están bien dispuestos a formarse para trabajar por un mundo solidario, más justo y humano, dispuestos a dar lo mejor de la vida para que reine el amor y la paz.

Tres frases del Papa en su carta por la Paz, me parecieron dirigidas especialmente a nosotros. Se las transcribo para que las mediten y si es posible para que las bajen a las manos, como acostumbramos los scouts.

"Se ha de transmitir a los jóvenes el aprecio por el valor positivo de la vida, suscitando en ellos el deseo de gastarla al servicio del bien. Éste es un deber en el que todos estamos comprometidos en primera persona."

"También los jóvenes han de tener el valor de vivir ante todo ellos mismos lo que piden a quienes están en su entorno. Les corresponde una gran responsabilidad: que tengan la fuerza de usar bien y conscientemente la libertad."

"Queridos jóvenes, vosotros sois un don precioso para la sociedad. No os dejéis vencer por el desánimo ante las dificultades y no os entreguéis a las falsas soluciones, que con frecuencia se presen-tan como el camino más fácil para superar los problemas. No tengáis miedo de comprometeros, de hacer frente al esfuerzo y al sacrificio, de elegir los caminos que requieren fidelidad y constancia, humildad y dedicación. Vivid con confianza vuestra juventud y esos profundos deseos de felicidad, verdad, belleza y amor verdadero que experimentáis. Vivid con intensidad esta etapa de vuestra vida tan rica y llena de entusiasmo."

Invito especialmente a mis hermanos dirigentes, a quienes por vocación viven la aventura más fascinante, bella y difícil de la vida, ejerciendo el arte superior de educar a los niños y jóvenes que Dios ha puesto en nuestro camino, para que hagan "gustar la alegría que brota de vivir día a día la caridad y la compasión por el prójimo, y de participar activamente en la construcción de una sociedad más humana y fraterna". Que a la hora de programar las actividades del año, tengan en cuenta esta hermosa carta que el Papa parece haberla pensado para nosotros. Que en nuestro ideario formativo se haga todo el esfuerzo posible para educar a nuestros hermanos menores en la justicia y en la paz, para "dejar este mundo mejor de lo que lo encontramos" B.P.

Cordialmente con mi bendición.
Siempre Listo

Mons. Mario Aurelio Poli, obispo de Santa Rosa

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