"Nosotros no poseemos la verdad, es la Verdad quien nos posee a nosotros. Cristo, que es la Verdad, nos toma de la mano". Benedicto XVI
"Dejá que Jesús escriba tu historia. Dejate sorprender por Jesús." Francisco
"¡No tengan miedo!" Juan Pablo II
"Dejá que Jesús escriba tu historia. Dejate sorprender por Jesús." Francisco
"¡No tengan miedo!" Juan Pablo II
miércoles, 17 de abril de 2013
Índice: Magisterio del Cardenal Jorge Mario Bergoglio
Homilias:
Te Deum 25 de Mayo de 2004
Miércoles de Ceniza - 9 de marzo de 2011
Misa Por la Vida - 25 de marzo de 2011
Misa en Memoria de las Victimas del Trabajo Esclavo 27 de marzo de 2011
Jueves Santo - 21 abril de 2011
Misa Crismal - 21 de abril de 2011
Vigilia Pascual - 23 de abril de 2011
Beatificación de Juan Pablo II - 1 de mayo de 2011
Clausura Congreso Nacional de Doctrina Social de la Iglesia - 8 de mayo de 2011
Apertura 102ª Asamblea Plenaria de la CEA -9 de mayo de 2011
Tedem - 25 de mayo de 2011
Misa de la Renovación Carismática Argentina - 4 de junio de 2011
Misa en Memoria de las víctimas de la inseguridad - 5 de junio de 2011
Corpus Christi - 25 junio de 2011
Fiesta Patronal Santuario San Pantaleón - 27 de julio de 2011
Fiesta de San Cayetano - 7 agosto de 2011
Festividad de San Ramón Nonato - 31 de agosto de 2011
4º Misa por las Victimas de la trata y tráfico de personas - 23 de septiembre de 2011
43º Aniversario de la Comunidad de Sant’Egidio - 24 de septiembre de 2011
37ª Peregrinación Juvenil a Pie a Luján - 2 de octubre de 2011
Apertura de la 102º Asamblea Plenaria de la CEA - 7 noviembre de 2011
Bicentenario de la independencia de los países latinoamericanos - 12 de diciembre de 2011
Homilía en la misa de Nochebuena - 24 de diciembre de 2011
Homilía en la celebración de la aprobación pontificia del Instituto Critífero elevado a Instituto Secular - 27 de enero de 2012
Homilía en el Encuentro Arquidiocesano de Catequesis - 10 de marzo de 2012
Homilía en la misa celebrada a un mes de la tragedia ferroviaria de Once - 23 de marzo de 2012
Homilía en la misa por el Dia Internacional del Niño por Nacer - 25 de marzo de 2012
Homilía en la misa Crismal - 5 de abril de 2012
Homilía en la Vigilia Pascual - 7 de abril de 2012
Homilía de la Misa por la Educación - 18 de abril de 2012
Homilía durante el Tedeum celebrado en la catedral metropolitana - 25 de mayo de 2012
Homilía en la misa del Corpus Christi - 9 de junio de 2012
Homilía en la misa por la celebración de los 400 años de la Provincia Franciscana de la Asunción - 9 de julio de 2012
Homilía en las fiestas patronales de San Pantaleón - Santuario San Pantaleón - 27 de julio de 2012
Homilía en la fiesta de San Cayetano - Santuario de San Cayetano - 7 de agosto de 2012
Homilía en la Fiesta de San Ramón Nonato - 31 de agosto de 2012
Homilía en la misa de clausura del Encuentro de Pastoral Urbana Región Buenos Aires - 2 de septiembre de 2012
Homilía en la 5ª Misa por las víctimas de trata y tráfico de personas - 25 de septiembre de 2012
Homilía Misa con motivo de la 38ª Peregrinación Juvenil a Luján.- 7 de octubre de 2012
Homilía en la misa de imposición de ceniza - 13 de febrero de 2013
Artículo
El Espíritu de la Navidad - publicado en el diario La Nación - 23 de diciembre de 2011
Mensajes:
Cuaresma - 9 de marzo de 2011
Cuaresma 2012 - 22 de febrero de 2012
Carta Pastoral:
A los Cursillistas de la Arquidiócesis de Bs.As. - 13 de junio de 2011
Semana Santa 2013 Pascua es Cristo Vivo 25 de Febrero de 2013
Carta a los Catequistas de la Arquidiócesis - 21 de agosto de 2012
Carta por el Año de la Fe - 1 de octubre de 2012
Carta al inicio de la Cuaresma 2013 -13 de febrero de 2013
Comunicado
Sobre la resolución para los Abortos no punibles en la Ciudad de Buenos Aires - 10 de septiembre de 2012
Discursos
I Congreso Regional de Pastoral Urbana - 25 de agosto de 2011
Video Mensajes:
Navidad 2011
Navidad 2012
Resolución Arzobispal:
Indulgencia Plenaria Arquidiócesis de Buenos Aires (Argentina) por el Año de la Fe 11 de Octubre de 2012
Programas de TV:
Biblia, Dialogo Vigente El Miedo
Entrevista al Cardenal Bergoglio EWTN
PDF Revista "Boletín de Espiritualidad"
Nº 55 Artículo: "Una Institución que vive su carisma"
Nº 64 Artículo: "Criterios de Acción Apostólica"
Nº 68 Artículo: "Formación Permanente y Reconciliación"
Nº 73 Artículo: "Construir en lo grande y en lo pequeño"
Nº 71 Artículo: "Frente a las futuras vocaciones"
Nº 78 Artículo: "Sobre la incertidumbre y la tibieza"
Nº 87 Artículo: "La Acusación de Si mismo"
Nº 89 Artículo: "La Cruz y la Misión"
domingo, 10 de marzo de 2013
Homilía en el Encuentro Arquidiocesano de Catequesis (10 de marzo de 2012)- Cardenal Jorge Mario Bergoglio
Homilía del cardinal Jorge. M.
Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires en el Encuentro Arquidiocesano de
Catequesis (10 de marzo de 2012)
Evangelio: el Padre misericordioso
San Lucas 15,1-3.11-32.
El lema de este día “De manos de María, acompañamos la vida” acompañar la vida para que crezca, contener la vida para protegerla, recibir la vida como lo hizo Jesús. Uno no puede tomar una actitud selectiva frente a la vida que se nos acerca, como la tenían estos publicanos y pecadores que murmuraban contra Jesús. Los criticones… “porque come con los pecadores, recibe a los pecadores”. Jesús recibía la vida cómo venía, no con envase de lujo.
La vida es esta y yo la recibo, decía Jesús. Como en el futbol: los penales tenés que atajarlos donde te los tiran, no podés elegir dónde te los van a patear. La vida viene así y la tenés que recibir así aunque no te guste.
Este padre que había dado vida a ese hijo, ese padre que lo había visto crecer, que había amasado una gran fortuna para dejarles, un día frente a un capricho, a un desvío de este hijo no quiere protagonizar, deja que el hijo protagonice. Ya le había dado los consejos, no le hizo caso y destruye sus posesiones para dividirlas y dársela a este hijo. Él sabía que la iba a malgastar pero la vida vino así. Seguramente le habló y lo aconsejó pero dejó. Y el hijo se fue.
Y el padre, dice el Evangelio, lo vió venir de lejos. Lo vio venir de lejos porque subía a cada rato a la terraza, lo estaba esperando. Al hijo sinvergüenza, ladrón, que le costó bien caro y que moralmente estaba arrastrado por el barro. El protagonismo del padre fue esperar la vida como viniera… derrotada, sucia, pecadora, destruida… como viniera. Él tenía que esperar esa vida y acogerla en ese abrazo.
A veces nos defendemos poniendo distancias de exquisitez como los escribas y los fariseos: “hasta que no esté purificada la vida no la recibo” Y se lavaban mil veces antes de comer las manos y abluciones… pero Jesús se los echa en cara porque su corazón estaba lejos de lo que Dios quería. Ese Dios que manda a su hijo que se mezcle con nosotros, con lo peorcito de nosotros.
Esos eran los amigos de Jesús: lo peorcito. Pero la vida la tomaba como venía. Dejaba que cada hombre y cada mujer protagonizara su vida y Él la acompañaba con cariño, con ternura, con doctrina, con consejos. No la imponía.
La vida no se impone, la vida se siembra y se riega, no se impone. Cada uno es protagonista de la suya. Y eso Dios lo respeta. Acompañemos la vida como Dios lo hace.
Y ese padre que lo vio venir y se conmovió profundamente; que tiene capacidad de conmoverse frente a ese despojo humano que era su hijo: un linyera existencial hecho jirones el alma y el cuerpo, con hambre. En el fondo se podía preguntar “este atorrante que se fue con toda la plata, que la malgastó y ahora viene porque tiene hambre viene?... no que lo atienda el mayordomo, que haga penitencia y después veré si le doy audiencia” … podría haber hecho eso. El padre no acompaña la vida así sino que se conmueve y sale corriendo a abrazarlo. Y cuando el hijo le quiere pedir perdón le tapa la boca con su abrazo.
Acompañar la vida con corazón de padre y de hermano. “No sé lo que hiciste, no sé cómo remataste tu vida pero sé que sos mi hermano y te tengo que dar el mensaje de Jesús”.
El otro hijo reedita la postura de estos criticones, los escribas y fariseos, “yo soy puro, yo estuve siempre en la Iglesia, soy de la Acción Católica, de Caritas o de catequesis…te doy gracias, Señor, porque no soy como toda esta gente, no soy como esta gentuza” Y el hijo cierra su corazón y prefiere protagonizar un purismo hipócrita a dejarse conmover por la ternura que le enseñó su Padre. No sabe acompañar la vida. Probablemente este hombre lo más que pueda dar es una vida biológica pero nunca una vida desde el corazón.
Y se armó la fiesta. La vida y el encuentro es fiesta. Acompañar la vida es animarme a encontrar al otro como está, como viene o como lo voy a buscar. Es encuentro y ese encuentro es festivo. Ya lo dijo Jesús: “va a haber mucha fiesta por cada uno de estos que ustedes dejan de lado y se acerca y vuelve a la casa”… encontrarse.
Yo pregunto, entre ustedes catequistas, ¿hay fiesta, hay encuentro; o está el gesto adusto del dedito con un no adelante como la maestra en tiempos de Yrigoyen. ¿Hay eso o hay fiesta, hay encuentro? ¿saben lo que es fiesta o son una momia? Catequistas-momias, una momia anclada solo en verdades, en preceptos; sin ternura, sin capacidad de encuentro.
Yo quisiera que entre ustedes no haya lugar para momias apostólicas, ¡por favor no!, vayan a un museo que van a lucir mejor. Sino que haya corazones que se conmueven con la vida desde donde se la pateen, que saben abrazar la vida y decirle a esa vida quién es Jesús.
Y para que no se equivoquen y momifiquen sus entrañas…”de la mano de María” la Madre de la ternura… acompañemos la vida de la mano de María.
Card. Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires
San Lucas 15,1-3.11-32.
El lema de este día “De manos de María, acompañamos la vida” acompañar la vida para que crezca, contener la vida para protegerla, recibir la vida como lo hizo Jesús. Uno no puede tomar una actitud selectiva frente a la vida que se nos acerca, como la tenían estos publicanos y pecadores que murmuraban contra Jesús. Los criticones… “porque come con los pecadores, recibe a los pecadores”. Jesús recibía la vida cómo venía, no con envase de lujo.
La vida es esta y yo la recibo, decía Jesús. Como en el futbol: los penales tenés que atajarlos donde te los tiran, no podés elegir dónde te los van a patear. La vida viene así y la tenés que recibir así aunque no te guste.
Este padre que había dado vida a ese hijo, ese padre que lo había visto crecer, que había amasado una gran fortuna para dejarles, un día frente a un capricho, a un desvío de este hijo no quiere protagonizar, deja que el hijo protagonice. Ya le había dado los consejos, no le hizo caso y destruye sus posesiones para dividirlas y dársela a este hijo. Él sabía que la iba a malgastar pero la vida vino así. Seguramente le habló y lo aconsejó pero dejó. Y el hijo se fue.
Y el padre, dice el Evangelio, lo vió venir de lejos. Lo vio venir de lejos porque subía a cada rato a la terraza, lo estaba esperando. Al hijo sinvergüenza, ladrón, que le costó bien caro y que moralmente estaba arrastrado por el barro. El protagonismo del padre fue esperar la vida como viniera… derrotada, sucia, pecadora, destruida… como viniera. Él tenía que esperar esa vida y acogerla en ese abrazo.
A veces nos defendemos poniendo distancias de exquisitez como los escribas y los fariseos: “hasta que no esté purificada la vida no la recibo” Y se lavaban mil veces antes de comer las manos y abluciones… pero Jesús se los echa en cara porque su corazón estaba lejos de lo que Dios quería. Ese Dios que manda a su hijo que se mezcle con nosotros, con lo peorcito de nosotros.
Esos eran los amigos de Jesús: lo peorcito. Pero la vida la tomaba como venía. Dejaba que cada hombre y cada mujer protagonizara su vida y Él la acompañaba con cariño, con ternura, con doctrina, con consejos. No la imponía.
La vida no se impone, la vida se siembra y se riega, no se impone. Cada uno es protagonista de la suya. Y eso Dios lo respeta. Acompañemos la vida como Dios lo hace.
Y ese padre que lo vio venir y se conmovió profundamente; que tiene capacidad de conmoverse frente a ese despojo humano que era su hijo: un linyera existencial hecho jirones el alma y el cuerpo, con hambre. En el fondo se podía preguntar “este atorrante que se fue con toda la plata, que la malgastó y ahora viene porque tiene hambre viene?... no que lo atienda el mayordomo, que haga penitencia y después veré si le doy audiencia” … podría haber hecho eso. El padre no acompaña la vida así sino que se conmueve y sale corriendo a abrazarlo. Y cuando el hijo le quiere pedir perdón le tapa la boca con su abrazo.
Acompañar la vida con corazón de padre y de hermano. “No sé lo que hiciste, no sé cómo remataste tu vida pero sé que sos mi hermano y te tengo que dar el mensaje de Jesús”.
El otro hijo reedita la postura de estos criticones, los escribas y fariseos, “yo soy puro, yo estuve siempre en la Iglesia, soy de la Acción Católica, de Caritas o de catequesis…te doy gracias, Señor, porque no soy como toda esta gente, no soy como esta gentuza” Y el hijo cierra su corazón y prefiere protagonizar un purismo hipócrita a dejarse conmover por la ternura que le enseñó su Padre. No sabe acompañar la vida. Probablemente este hombre lo más que pueda dar es una vida biológica pero nunca una vida desde el corazón.
Y se armó la fiesta. La vida y el encuentro es fiesta. Acompañar la vida es animarme a encontrar al otro como está, como viene o como lo voy a buscar. Es encuentro y ese encuentro es festivo. Ya lo dijo Jesús: “va a haber mucha fiesta por cada uno de estos que ustedes dejan de lado y se acerca y vuelve a la casa”… encontrarse.
Yo pregunto, entre ustedes catequistas, ¿hay fiesta, hay encuentro; o está el gesto adusto del dedito con un no adelante como la maestra en tiempos de Yrigoyen. ¿Hay eso o hay fiesta, hay encuentro? ¿saben lo que es fiesta o son una momia? Catequistas-momias, una momia anclada solo en verdades, en preceptos; sin ternura, sin capacidad de encuentro.
Yo quisiera que entre ustedes no haya lugar para momias apostólicas, ¡por favor no!, vayan a un museo que van a lucir mejor. Sino que haya corazones que se conmueven con la vida desde donde se la pateen, que saben abrazar la vida y decirle a esa vida quién es Jesús.
Y para que no se equivoquen y momifiquen sus entrañas…”de la mano de María” la Madre de la ternura… acompañemos la vida de la mano de María.
Card. Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires
miércoles, 13 de febrero de 2013
Carta al inicio de la Cuaresma 2013 - 13 de febrero de 2013 - Cardenal Jorge Mario Bergoglio
Carta del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de buenos Aires al inicio de la Cuaresma 2013 (
13 de febrero de 2013)
A los sacerdotes, consagrados y laicos de la Arquidiócesis.
A los sacerdotes, consagrados y laicos de la Arquidiócesis.
Rasguen su corazón y no sus vestidos;
vuelvan ahora al Señor su Dios,
porque Él es compasivo y clemente,
lento para la ira, rico en misericordia…
vuelvan ahora al Señor su Dios,
porque Él es compasivo y clemente,
lento para la ira, rico en misericordia…
Poco a poco nos acostumbramos a oír y a ver, a través de los medios de
comunicación, la crónica negra de la sociedad contemporánea, presentada
casi con un perverso regocijo, y también nos acostumbramos a tocarla y a
sentirla a nuestro alrededor y en nuestra propia carne. El drama está
en la calle, en el barrio, en nuestra casa y, por qué no, en nuestro
corazón. Convivimos con la violencia que mata, que destruye familias,
aviva guerras y conflictos en tantos países del mundo. Convivimos con la
envidia, el odio, la calumnia, la mundanidad en nuestro corazón. El
sufrimiento de inocentes y pacíficos no deja de abofetearnos; el
desprecio a los derechos de las personas y de los pueblos más frágiles
no nos son tan lejanos; el imperio del dinero con sus demoníacos efectos
como la droga, la corrupción, la trata de personas - incluso de niños -
junto con la miseria material y moral son moneda corriente. La
destrucción del trabajo digno, las emigraciones dolorosas y la falta de
futuro se unen también a esta sinfonía. Nuestros errores y pecados como
Iglesia tampoco quedan fuera de este gran panorama. Los egoísmos más
personales justificados, y no por ello más pequeños, la falta de valores
éticos dentro de una sociedad que hace metástasis en las familias, en
la convivencia de los barrios, pueblos y ciudades, nos hablan de nuestra
limitación, de nuestra debilidad y de nuestra incapacidad para poder
transformar esta lista innumerable de realidades destructoras.
La trampa de la impotencia nos lleva a pensar: ¿Tiene sentido tratar de cambiar todo esto? ¿Podemos hacer algo frente a esta situación? ¿Vale la pena intentarlo si el mundo sigue su danza carnavalesca disfrazando todo por un rato? Sin embargo, cuando se cae la máscara, aparece la verdad y, aunque para muchos suene anacrónico decirlo, vuelve a aparecer el pecado, que hiere nuestra carne con toda su fuerza destructora torciendo los destinos del mundo y de la historia.
La Cuaresma se nos presenta como grito de verdad y de esperanza cierta que nos viene a responder que sí, que es posible no maquillarnos y dibujar sonrisas de plástico como si nada pasara. Sí, es posible que todo sea nuevo y distinto porque Dios sigue siendo “rico en bondad y misericordia, siempre dispuesto a perdonar” y nos anima a empezar una y otra vez. Hoy nuevamente somos invitados a emprender un camino pascual hacia la Vida, camino que incluye la cruz y la renuncia; que será incómodo pero no estéril. Somos invitados a reconocer que algo no va bien en nosotros mismos, en la sociedad o en la Iglesia, a cambiar, a dar un viraje, a convertirnos.
En este día, son fuertes y desafiantes las palabras del profeta Joel: Rasguen el corazón, no los vestidos: conviértanse al Señor su Dios. Son una invitación a todo pueblo, nadie está excluido.
Rasguen el corazón y no los vestidos de una penitencia artificial sin garantías de futuro.
Rasguen el corazón y no los vestidos de un ayuno formal y de cumplimiento que nos sigue manteniendo satisfechos.
Rasguen el corazón y no los vestidos de una oración superficial y egoísta que no llega a las entrañas de la propia vida para dejarla tocar por Dios.
Rasguen los corazones para decir con el salmista: “hemos pecado”. “La herida del alma es el pecado: ¡Oh pobre herido, reconoce a tu Médico! Muéstrale las llagas de tus culpas. Y puesto que a Él no se le esconden nuestros secretos pensamientos, hazle sentir el gemido de tu corazón. Muévele a compasión con tus lágrimas, con tu insistencia, ¡importúnale! Que oiga tus suspiros, que tu dolor llegue hasta Él de modo que, al fin, pueda decirte: El Señor ha perdonado tu pecado”. (San Gregorio Magno) Ésta es la realidad de nuestra condición humana. Ésta es la verdad que puede acercarnos a la auténtica reconciliación… con Dios y con los hombres. No se trata de desacreditar la autoestima sino de penetrar en lo más hondo de nuestro corazón y hacernos cargo del misterio del sufrimiento y el dolor que nos ata desde hace siglos, miles de años… desde siempre.
Rasguen los corazones para que por esa hendidura podamos mirarnos de verdad.
Rasguen los corazones, abran sus corazones, porque sólo en un corazón rasgado y abierto puede entrar el amor misericordioso del Padre que nos ama y nos sana.
Rasguen los corazones dice el profeta, y Pablo nos pide casi de rodillas “déjense reconciliar con Dios”. Cambiar el modo de vivir es el signo y fruto de este corazón desgarrado y reconciliado por un amor que nos sobrepasa.
Ésta es la invitación, frente a tantas heridas que nos dañan y que nos pueden llevar a la tentación de endurecernos: Rasguen los corazones para experimentar en la oración silenciosa y serena la suavidad de la ternura de Dios.
Rasguen los corazones para sentir ese eco de tantas vidas desgarradas y que la indiferencia no nos deje inertes.
Rasguen los corazones para poder amar con el amor con que somos amados, consolar con el consuelo que somos consolados y compartir lo que hemos recibido.
Este tiempo litúrgico que inicia hoy la Iglesia no es sólo para nosotros, sino también para la transformación de nuestra familia, de nuestra comunidad, de nuestra Iglesia, de nuestra Patria, del mundo entero. Son cuarenta días para que nos convirtamos hacia la santidad misma de Dios; nos convirtamos en colaboradores que recibimos la gracia y la posibilidad de reconstruir la vida humana para que todo hombre experimente la salvación que Cristo nos ganó con su muerte y resurrección.
Junto a la oración y a la penitencia, como signo de nuestra fe en la fuerza de la Pascua que todo lo transforma, también nos disponemos a iniciar igual que otros años nuestro “Gesto cuaresmal solidario”. Como Iglesia en Buenos Aires que marcha hacia la Pascua y que cree que el Reino de Dios es posible necesitamos que, de nuestros corazones desgarrados por el deseo de conversión y por el amor, brote la gracia y el gesto eficaz que alivie el dolor de tantos hermanos que caminan junto a nosotros. «Ningún acto de virtud puede ser grande si de él no se sigue también provecho para los otros... Así pues, por más que te pases el día en ayunas, por más que duermas sobre el duro suelo, y comas ceniza, y suspires continuamente, si no haces bien a otros, no haces nada grande». (San Juan Crisóstomo)
Este año de la fe que transitamos es también la oportunidad que Dios nos regala para crecer y madurar en el encuentro con el Señor que se hace visible en el rostro sufriente de tantos chicos sin futuro, en la manos temblorosas de los ancianos olvidados y en las rodillas vacilantes de tantas familias que siguen poniéndole el pecho a la vida sin encontrar quien los sostenga.
Les deseo una santa Cuaresma, penitencial y fecunda Cuaresma y, por favor, les pido que recen por mí. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide.
Paternalmente
Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 13 de febrero de 2013, Miércoles de Ceniza
La trampa de la impotencia nos lleva a pensar: ¿Tiene sentido tratar de cambiar todo esto? ¿Podemos hacer algo frente a esta situación? ¿Vale la pena intentarlo si el mundo sigue su danza carnavalesca disfrazando todo por un rato? Sin embargo, cuando se cae la máscara, aparece la verdad y, aunque para muchos suene anacrónico decirlo, vuelve a aparecer el pecado, que hiere nuestra carne con toda su fuerza destructora torciendo los destinos del mundo y de la historia.
La Cuaresma se nos presenta como grito de verdad y de esperanza cierta que nos viene a responder que sí, que es posible no maquillarnos y dibujar sonrisas de plástico como si nada pasara. Sí, es posible que todo sea nuevo y distinto porque Dios sigue siendo “rico en bondad y misericordia, siempre dispuesto a perdonar” y nos anima a empezar una y otra vez. Hoy nuevamente somos invitados a emprender un camino pascual hacia la Vida, camino que incluye la cruz y la renuncia; que será incómodo pero no estéril. Somos invitados a reconocer que algo no va bien en nosotros mismos, en la sociedad o en la Iglesia, a cambiar, a dar un viraje, a convertirnos.
En este día, son fuertes y desafiantes las palabras del profeta Joel: Rasguen el corazón, no los vestidos: conviértanse al Señor su Dios. Son una invitación a todo pueblo, nadie está excluido.
Rasguen el corazón y no los vestidos de una penitencia artificial sin garantías de futuro.
Rasguen el corazón y no los vestidos de un ayuno formal y de cumplimiento que nos sigue manteniendo satisfechos.
Rasguen el corazón y no los vestidos de una oración superficial y egoísta que no llega a las entrañas de la propia vida para dejarla tocar por Dios.
Rasguen los corazones para decir con el salmista: “hemos pecado”. “La herida del alma es el pecado: ¡Oh pobre herido, reconoce a tu Médico! Muéstrale las llagas de tus culpas. Y puesto que a Él no se le esconden nuestros secretos pensamientos, hazle sentir el gemido de tu corazón. Muévele a compasión con tus lágrimas, con tu insistencia, ¡importúnale! Que oiga tus suspiros, que tu dolor llegue hasta Él de modo que, al fin, pueda decirte: El Señor ha perdonado tu pecado”. (San Gregorio Magno) Ésta es la realidad de nuestra condición humana. Ésta es la verdad que puede acercarnos a la auténtica reconciliación… con Dios y con los hombres. No se trata de desacreditar la autoestima sino de penetrar en lo más hondo de nuestro corazón y hacernos cargo del misterio del sufrimiento y el dolor que nos ata desde hace siglos, miles de años… desde siempre.
Rasguen los corazones para que por esa hendidura podamos mirarnos de verdad.
Rasguen los corazones, abran sus corazones, porque sólo en un corazón rasgado y abierto puede entrar el amor misericordioso del Padre que nos ama y nos sana.
Rasguen los corazones dice el profeta, y Pablo nos pide casi de rodillas “déjense reconciliar con Dios”. Cambiar el modo de vivir es el signo y fruto de este corazón desgarrado y reconciliado por un amor que nos sobrepasa.
Ésta es la invitación, frente a tantas heridas que nos dañan y que nos pueden llevar a la tentación de endurecernos: Rasguen los corazones para experimentar en la oración silenciosa y serena la suavidad de la ternura de Dios.
Rasguen los corazones para sentir ese eco de tantas vidas desgarradas y que la indiferencia no nos deje inertes.
Rasguen los corazones para poder amar con el amor con que somos amados, consolar con el consuelo que somos consolados y compartir lo que hemos recibido.
Este tiempo litúrgico que inicia hoy la Iglesia no es sólo para nosotros, sino también para la transformación de nuestra familia, de nuestra comunidad, de nuestra Iglesia, de nuestra Patria, del mundo entero. Son cuarenta días para que nos convirtamos hacia la santidad misma de Dios; nos convirtamos en colaboradores que recibimos la gracia y la posibilidad de reconstruir la vida humana para que todo hombre experimente la salvación que Cristo nos ganó con su muerte y resurrección.
Junto a la oración y a la penitencia, como signo de nuestra fe en la fuerza de la Pascua que todo lo transforma, también nos disponemos a iniciar igual que otros años nuestro “Gesto cuaresmal solidario”. Como Iglesia en Buenos Aires que marcha hacia la Pascua y que cree que el Reino de Dios es posible necesitamos que, de nuestros corazones desgarrados por el deseo de conversión y por el amor, brote la gracia y el gesto eficaz que alivie el dolor de tantos hermanos que caminan junto a nosotros. «Ningún acto de virtud puede ser grande si de él no se sigue también provecho para los otros... Así pues, por más que te pases el día en ayunas, por más que duermas sobre el duro suelo, y comas ceniza, y suspires continuamente, si no haces bien a otros, no haces nada grande». (San Juan Crisóstomo)
Este año de la fe que transitamos es también la oportunidad que Dios nos regala para crecer y madurar en el encuentro con el Señor que se hace visible en el rostro sufriente de tantos chicos sin futuro, en la manos temblorosas de los ancianos olvidados y en las rodillas vacilantes de tantas familias que siguen poniéndole el pecho a la vida sin encontrar quien los sostenga.
Les deseo una santa Cuaresma, penitencial y fecunda Cuaresma y, por favor, les pido que recen por mí. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide.
Paternalmente
Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 13 de febrero de 2013, Miércoles de Ceniza
Homilía en la misa de imposición de ceniza - 13 de febrero de 2013- Cardenal Jorge Mario Bergoglio
Homilía del cardenal Jorge Mario
Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires, en la misa de imposición de
ceniza (13 de febrero de 2013)
La mirada de la Iglesia en este día del comienzo de la Cuaresma está dirigida a nuestro corazón y su relación con Dios, por eso en la oración inicial decíamos que “comenzábamos un camino de conversión”. Lo que Dios quiere, su amor de Padre quiere, es un corazón convertido: que demos un paso más en ese camino de acercarnos a El, que es Padre, es toda ternura, es misericordia y es perdón. Por eso antes del Evangelio el celebrante repitió la frase: “No endurezcan su corazón sino que escuchen la voz del Señor”. Escuchar la voz de Dios para que nuestro corazón deje la callosidad del pecado, la callosidad de no sentir las cosas de Dios, ese modo de ser de un corazón suficiente que deja que todo resbale… por eso se nos invita a sentir, a convertirnos.
Y convertirnos es ponernos en paz con Dios, reconciliarnos con Dios. Pablo a los cristianos de Corinto les dice: “Les suplicamos en nombre de Cristo. Por favor, déjense reconciliar con Dios”. ¿Pero cómo Padre? ¿No es que nosotros tenemos que reconciliarnos con Dios? Ninguno de nosotros, por nuestras propias fuerzas, puede reconciliarse con Dios; es Cristo el que vino a reconciliarnos con Dios. El mismo Pablo lo va a decir: Cristo está en el mundo reconciliando al mundo con Dios. Esa es su tarea! Es el pacificador, el que nos vino a poner en paz con Dios.
Déjense reconciliar con Dios… eso es lo que nos dice la Iglesia hoy. Dejar que Jesús vaya trabajando nuestro corazón para que nos reconciliemos con el Padre. Y vivir reconciliados con Dios es vivir en paz con El; vivir reconciliados con Dios es saborear la ternura paternal que El tiene; vivir reconciliados con Dios es dejarnos hacer la fiesta que se dejó hacer ese hijo que había salido de la casa de su padre para malgastar sus bienes, ese hijo que un día sintió la gracia dentro de su corazón y dijo: “Me levantaré e iré a mi padre.”
Esa es la frase que hoy, quizás, podamos decir cada uno de nosotros: Me levantaré como pueda, e iré a mi Padre. Todos los años vamos a encontrar algo para dejarnos reconciliar con Dios, por eso este año hagamos el poquito que podamos… Me levantaré e iré a mi padre. Entonces, cuando uno toma esa decisión y se deja reconciliar con Dios, por medio de Jesús que es el único que reconcilia, entonces está de fiesta, está de estreno, estrena un corazón nuevo y eso es lo que deseo para todos ustedes y me lo deseo para mí también. Que este primer día de Cuaresma nos animemos a estrenar un corazón nuevo. Que Jesús lo vaya renovando pero que digamos: Me levantaré e iré a mi Padre; estrenaré un corazón nuevo.
Que así sea.
Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 13 de febrero de 2013
Miércoles de Ceniza
La mirada de la Iglesia en este día del comienzo de la Cuaresma está dirigida a nuestro corazón y su relación con Dios, por eso en la oración inicial decíamos que “comenzábamos un camino de conversión”. Lo que Dios quiere, su amor de Padre quiere, es un corazón convertido: que demos un paso más en ese camino de acercarnos a El, que es Padre, es toda ternura, es misericordia y es perdón. Por eso antes del Evangelio el celebrante repitió la frase: “No endurezcan su corazón sino que escuchen la voz del Señor”. Escuchar la voz de Dios para que nuestro corazón deje la callosidad del pecado, la callosidad de no sentir las cosas de Dios, ese modo de ser de un corazón suficiente que deja que todo resbale… por eso se nos invita a sentir, a convertirnos.
Y convertirnos es ponernos en paz con Dios, reconciliarnos con Dios. Pablo a los cristianos de Corinto les dice: “Les suplicamos en nombre de Cristo. Por favor, déjense reconciliar con Dios”. ¿Pero cómo Padre? ¿No es que nosotros tenemos que reconciliarnos con Dios? Ninguno de nosotros, por nuestras propias fuerzas, puede reconciliarse con Dios; es Cristo el que vino a reconciliarnos con Dios. El mismo Pablo lo va a decir: Cristo está en el mundo reconciliando al mundo con Dios. Esa es su tarea! Es el pacificador, el que nos vino a poner en paz con Dios.
Déjense reconciliar con Dios… eso es lo que nos dice la Iglesia hoy. Dejar que Jesús vaya trabajando nuestro corazón para que nos reconciliemos con el Padre. Y vivir reconciliados con Dios es vivir en paz con El; vivir reconciliados con Dios es saborear la ternura paternal que El tiene; vivir reconciliados con Dios es dejarnos hacer la fiesta que se dejó hacer ese hijo que había salido de la casa de su padre para malgastar sus bienes, ese hijo que un día sintió la gracia dentro de su corazón y dijo: “Me levantaré e iré a mi padre.”
Esa es la frase que hoy, quizás, podamos decir cada uno de nosotros: Me levantaré como pueda, e iré a mi Padre. Todos los años vamos a encontrar algo para dejarnos reconciliar con Dios, por eso este año hagamos el poquito que podamos… Me levantaré e iré a mi padre. Entonces, cuando uno toma esa decisión y se deja reconciliar con Dios, por medio de Jesús que es el único que reconcilia, entonces está de fiesta, está de estreno, estrena un corazón nuevo y eso es lo que deseo para todos ustedes y me lo deseo para mí también. Que este primer día de Cuaresma nos animemos a estrenar un corazón nuevo. Que Jesús lo vaya renovando pero que digamos: Me levantaré e iré a mi Padre; estrenaré un corazón nuevo.
Que así sea.
Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 13 de febrero de 2013
Miércoles de Ceniza
domingo, 7 de octubre de 2012
Homilía Misa con motivo de la 38ª Peregrinación Juvenil a Luján.- 7 de octubre de 2012 - Cardenal Jorge Mario Bergoglio
Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires, con motivo de la 38ª Peregrinación Juvenil a Luján.
(7 de octubre de 2012)
Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo.» Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre.»
Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa. (San Juan 19, 25-27)
Hoy terminamos esta peregrinación a la Casa de la Virgen y como hacemos en cada visita, nos quedamos en silencio ante su Imagen. La tenemos cerca, nos recibe en la entrada de su Casa este año, ésta Casa que están terminando de poner linda. Por eso estamos tan agradecidos a todos aquellos que han puesto su esfuerzo para esto. Pero lo más importante es que tenemos esta necesidad de rezar y contarle a nuestra Madre todo lo que compartimos en nuestra vida, y lo que compartimos con tantos peregrinos en el camino. Ahora, al escuchar el Evangelio que nos cuenta ese momento sagrado en el que Jesús nos deja a su Madre para que nos proteja, miramos la cruz y nos aferramos a su compañía, la compañía de la Virgen y la de Jesús. Nuestros caminos están protegidos por ellos dos. Nuestra fe está en ellos, nuestra fe está aquí, esta es la Casa de la fe de nuestra Patria! Por eso ahora rezamos y sentimos como late nuestro corazón porque estamos en la Casa de nuestra Madre, en la Casa de la fe de nuestra Patria.
Y hoy, en la Casa de nuestra Madre le venimos a hacer un pedido: que nos enseñe a trabajar por la justicia. ¿Saben ustedes a quién se le ocurrió hacer este pedido? A ustedes mismos. Sí, porque en las oraciones que escriben cuando visitan Luján fue apareciendo esta oración que hoy es el lema: “Madre, enseñanos a trabajar por la justicia”. Es un lema que late en el corazón de los peregrinos de la Virgen y que se ha hecho oración. Peregrinos que somos los hijos de esta querida patria nuestra. Luján es la Casa de todos los hijos de la Virgen y por eso estamos haciéndole este pedido: que nos enseñe a trabajar por la justicia, y que nos enseñe a trabajar por ser personas justas en la vida.
Posiblemente este pedido, hecho aquí en Luján, haya surgido del corazón de tantos peregrinos después de haber sido recibidos y escuchados. Porque aquí en Luján, a cada peregrino se lo recibe y se lo escucha. Y ser recibidos y escuchados es un gran acto de justicia; y gracias a esto estamos en paz, rezando y nos brotan cosas muy sinceras en el corazón, en la oración con la Virgen. Y por eso surge esta necesidad de ser más hermanos, ocuparnos más y mejor unos de otros. Esto ya es ser justos. Aquí en Luján aprendemos a ser personas justas, porque con el corazón sereno y perdonado, nos llenamos del amor de Dios, por eso la mirada es mucho más profunda. Es mirar la vida desde Dios, es mirar la vida con Dios, que es El justo, el gran Justo.
Cuánto bien nos hace venir a Luján para aprender a ser buenos hijos, buenos hermanos, que se ocupan por el bien de los otros. Por eso aquí hacemos este pedido para todos nosotros, para toda nuestra Patria. Es el mejor lugar para hacerlo. Que aprendamos todos a trabajar por la justicia y para esto, que siempre tengamos el corazón abierto, el corazón grande que nos anime a hacer este pedido.
Que a nadie le falte esa actitud del corazón, la de tener que aprender cada día a ser más justos en la vida. Que se nos enseñe dónde habrá que poner una mirada más abierta y disponible, menos egoísta o interesada, que se nos enseñe a que no hagamos la nuestra, a que no se diga de cada uno de nosotros: “Este hace la suya”, sino hacer una mirada, una gran mirada que nos haga hermanos, que nos preocupemos siempre por los demás.
¿Y cómo puede ayudar la Virgen a trabajar por la justicia? Lo vamos a pensar juntos durante esta Misa y mirándola a Ella, en la puerta de la Basílica o mirando la Basílica. Ustedes vinieron en peregrinación ofreciendo sus vidas por los otros, rezando por tantas necesidades, las de ustedes o esas que les pidieron que “trajeran” en el corazón hasta aquí los amigos, los vecinos, los familiares… Ya que vas a Lujan, llevá una intención mía, pedile a la Virgen por esto… Al llegar al Santuario vivimos esto tan lindo de ser recibidos, y esto es lo que nos llena el corazón, nos da esperanza y así es como podemos continuar la vida: con la bendición de Jesús y de su Madre.
Y de esta manera, con Jesús y con su Madre, es como podemos trabajar por la justicia. Porque cuando nos reconocemos hijos y hermanos, es cuando en nuestro corazón nace esa actitud generosa por la vida y es cuando buscamos lo mejor y más grande para los otros. Jesús en la Cruz nos entrega su vida y le pide a la Virgen que nos cuide. Jesús llegó a la Cruz para que ese gesto fuera reconciliador, hablara de justicia a todos. ¡El nos hizo justos, El nos justificó con su vida, con su muerte y su resurrección…! ¡Y si hoy podemos tener la frente alta, la frente de ser bautizados, la frente de decir “somos hijos de Dios” es porque El nos justificó, El nos hizo justos, El no se miró así mismo sino que nos miró a nosotros!. Hagamos lo mismo: miremos a los demás y ayudémonos a crecer por la justicia.
A la Virgen le pedimos fuerza para trabajar por la justicia. Le pedimos serenidad cuando haya dificultades. Le pedimos que seamos hermanos para poder compartir el camino. Y le pedimos a ella, que es Madre, que no nos falte el silencio de la oración: no vamos a poder ser justos si no lo rezamos, que no vamos a poder ser justos si no lo pedimos. Por eso le pedimos que no nos falte el silencio de la oración y las ganas de peregrinar para ofrecer la vida por los otros. Que ella nos conceda ésta gracia.
Que así sea.
Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Luján, 7 de octubre de 2012
Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo.» Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre.»
Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa. (San Juan 19, 25-27)
Hoy terminamos esta peregrinación a la Casa de la Virgen y como hacemos en cada visita, nos quedamos en silencio ante su Imagen. La tenemos cerca, nos recibe en la entrada de su Casa este año, ésta Casa que están terminando de poner linda. Por eso estamos tan agradecidos a todos aquellos que han puesto su esfuerzo para esto. Pero lo más importante es que tenemos esta necesidad de rezar y contarle a nuestra Madre todo lo que compartimos en nuestra vida, y lo que compartimos con tantos peregrinos en el camino. Ahora, al escuchar el Evangelio que nos cuenta ese momento sagrado en el que Jesús nos deja a su Madre para que nos proteja, miramos la cruz y nos aferramos a su compañía, la compañía de la Virgen y la de Jesús. Nuestros caminos están protegidos por ellos dos. Nuestra fe está en ellos, nuestra fe está aquí, esta es la Casa de la fe de nuestra Patria! Por eso ahora rezamos y sentimos como late nuestro corazón porque estamos en la Casa de nuestra Madre, en la Casa de la fe de nuestra Patria.
Y hoy, en la Casa de nuestra Madre le venimos a hacer un pedido: que nos enseñe a trabajar por la justicia. ¿Saben ustedes a quién se le ocurrió hacer este pedido? A ustedes mismos. Sí, porque en las oraciones que escriben cuando visitan Luján fue apareciendo esta oración que hoy es el lema: “Madre, enseñanos a trabajar por la justicia”. Es un lema que late en el corazón de los peregrinos de la Virgen y que se ha hecho oración. Peregrinos que somos los hijos de esta querida patria nuestra. Luján es la Casa de todos los hijos de la Virgen y por eso estamos haciéndole este pedido: que nos enseñe a trabajar por la justicia, y que nos enseñe a trabajar por ser personas justas en la vida.
Posiblemente este pedido, hecho aquí en Luján, haya surgido del corazón de tantos peregrinos después de haber sido recibidos y escuchados. Porque aquí en Luján, a cada peregrino se lo recibe y se lo escucha. Y ser recibidos y escuchados es un gran acto de justicia; y gracias a esto estamos en paz, rezando y nos brotan cosas muy sinceras en el corazón, en la oración con la Virgen. Y por eso surge esta necesidad de ser más hermanos, ocuparnos más y mejor unos de otros. Esto ya es ser justos. Aquí en Luján aprendemos a ser personas justas, porque con el corazón sereno y perdonado, nos llenamos del amor de Dios, por eso la mirada es mucho más profunda. Es mirar la vida desde Dios, es mirar la vida con Dios, que es El justo, el gran Justo.
Cuánto bien nos hace venir a Luján para aprender a ser buenos hijos, buenos hermanos, que se ocupan por el bien de los otros. Por eso aquí hacemos este pedido para todos nosotros, para toda nuestra Patria. Es el mejor lugar para hacerlo. Que aprendamos todos a trabajar por la justicia y para esto, que siempre tengamos el corazón abierto, el corazón grande que nos anime a hacer este pedido.
Que a nadie le falte esa actitud del corazón, la de tener que aprender cada día a ser más justos en la vida. Que se nos enseñe dónde habrá que poner una mirada más abierta y disponible, menos egoísta o interesada, que se nos enseñe a que no hagamos la nuestra, a que no se diga de cada uno de nosotros: “Este hace la suya”, sino hacer una mirada, una gran mirada que nos haga hermanos, que nos preocupemos siempre por los demás.
¿Y cómo puede ayudar la Virgen a trabajar por la justicia? Lo vamos a pensar juntos durante esta Misa y mirándola a Ella, en la puerta de la Basílica o mirando la Basílica. Ustedes vinieron en peregrinación ofreciendo sus vidas por los otros, rezando por tantas necesidades, las de ustedes o esas que les pidieron que “trajeran” en el corazón hasta aquí los amigos, los vecinos, los familiares… Ya que vas a Lujan, llevá una intención mía, pedile a la Virgen por esto… Al llegar al Santuario vivimos esto tan lindo de ser recibidos, y esto es lo que nos llena el corazón, nos da esperanza y así es como podemos continuar la vida: con la bendición de Jesús y de su Madre.
Y de esta manera, con Jesús y con su Madre, es como podemos trabajar por la justicia. Porque cuando nos reconocemos hijos y hermanos, es cuando en nuestro corazón nace esa actitud generosa por la vida y es cuando buscamos lo mejor y más grande para los otros. Jesús en la Cruz nos entrega su vida y le pide a la Virgen que nos cuide. Jesús llegó a la Cruz para que ese gesto fuera reconciliador, hablara de justicia a todos. ¡El nos hizo justos, El nos justificó con su vida, con su muerte y su resurrección…! ¡Y si hoy podemos tener la frente alta, la frente de ser bautizados, la frente de decir “somos hijos de Dios” es porque El nos justificó, El nos hizo justos, El no se miró así mismo sino que nos miró a nosotros!. Hagamos lo mismo: miremos a los demás y ayudémonos a crecer por la justicia.
A la Virgen le pedimos fuerza para trabajar por la justicia. Le pedimos serenidad cuando haya dificultades. Le pedimos que seamos hermanos para poder compartir el camino. Y le pedimos a ella, que es Madre, que no nos falte el silencio de la oración: no vamos a poder ser justos si no lo rezamos, que no vamos a poder ser justos si no lo pedimos. Por eso le pedimos que no nos falte el silencio de la oración y las ganas de peregrinar para ofrecer la vida por los otros. Que ella nos conceda ésta gracia.
Que así sea.
Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Luján, 7 de octubre de 2012
lunes, 1 de octubre de 2012
Carta por el Año de la Fe - 1 de octubre de 2012 - Cardenal Jorge Mario Bergoglio
Carta del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires por el Año de la Fe (1 de octubre de 2012)
A los sacerdotes, consagrados, consagradas y fieles laicos de la arquidiócesis
Queridos hermanos:
Entre las experiencias más fuertes de las últimas décadas está la de encontrar puertas cerradas. La creciente inseguridad fue llevando, poco a poco, a trabar puertas, poner medios de vigilancia, cámaras de seguridad, desconfiar del extraño que llama a nuestra puerta. Sin embargo, todavía en algunos pueblos hay puertas que están abiertas. La puerta cerrada es todo un símbolo de este hoy. Es algo más que un simple dato sociológico; es una realidad existencial que va marcando un estilo de vida, un modo de pararse frente a la realidad, frente a los otros, frente al futuro. La puerta cerrada de mi casa, que es el lugar de mi intimidad, de mis sueños, mis esperanzas y sufrimientos así como de mis alegrías, está cerrada para los otros. Y no se trata sólo de mi casa material, es también el recinto de mi vida, mi corazón. Son cada vez menos los que pueden atravesar ese umbral. La seguridad de unas puertas blindadas custodia la inseguridad de una vida que se hace más frágil y menos permeable a las riquezas de la vida y del amor de los demás.
La imagen de una puerta abierta ha sido siempre el símbolo de luz, amistad, alegría, libertad, confianza. ¡Cuánto necesitamos recuperarlas! La puerta cerrada nos daña, nos anquilosa, nos separa.
Iniciamos el Año de la fe y paradójicamente la imagen que propone el Papa es la de la puerta, una puerta que hay que cruzar para poder encontrar lo que tanto nos falta. La Iglesia, a través de la voz y el corazón de Pastor de Benedicto XVI, nos invita a cruzar el umbral, a dar un paso de decisión interna y libre: animarnos a entrar a una nueva vida.
La puerta de la fe nos remite a los Hechos de los Apóstoles: “Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe” (Hechos 14,27). Dios siempre toma la iniciativa y no quiere que nadie quede excluido. Dios llama a la puerta de nuestros corazones: Mira, estoy a la puerta y llamo, si alguno escucha mi voz y abre la puerta entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo (Ap. 3, 20). La fe es una gracia, un regalo de Dios. “La fe sólo crece y se fortalece creyendo; en un abandono continuo en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios”
Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida mientras avanzamos delante de tantas puertas que hoy en día se nos abren, muchas de ellas puertas falsas, puertas que invitan de manera muy atractiva pero mentirosa a tomar camino, que prometen una felicidad vacía, narcisista y con fecha de vencimiento; puertas que nos llevan a encrucijadas en las que, cualquiera sea la opción que sigamos, provocarán a corto o largo plazo angustia y desconcierto, puertas autorreferenciales que se agotan en sí mismas y sin garantía de futuro. Mientras las puertas de las casas están cerradas, las puertas de los shoppings están siempre abiertas. Se atraviesa la puerta de la fe, se cruza ese umbral, cuando la Palabra de Dios es anunciada y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Una gracia que lleva un nombre concreto, y ese nombre es Jesús. Jesús es la puerta. (Juan 10:9) “Él, y Él solo, es, y siempre será, la puerta. Nadie va al Padre sino por Él. (Jn. 14.6)” Si no hay Cristo, no hay camino a Dios. Como puerta nos abre el camino a Dios y como Buen Pastor es el Único que cuida de nosotros al costo de su propia vida.
Jesús es la puerta y llama a nuestra puerta para que lo dejemos atravesar el umbral de nuestra vida. No tengan miedo… abran de par en par las puertas a Cristo nos decía el Beato Juan Pablo II al inicio de su pontificado. Abrir las puertas del corazón como lo hicieron los discípulos de Emaús, pidiéndole que se quede con nosotros para que podamos traspasar las puertas de la fe y el mismo Señor nos lleve a comprender las razones por las que se cree, para después salir a anunciarlo. La fe supone decidirse a estar con el Señor para vivir con él y compartirlo con los hermanos.
Damos gracias a Dios por esta oportunidad de valorar nuestra vida de hijos de Dios, por este camino de fe que empezó en nuestra vida con las aguas del bautismo, el inagotable y fecundo rocío que nos hace hijos de Dios y miembros hermanos en la Iglesia. La meta, el destino o fin es el encuentro con Dios con quien ya hemos entrado en comunión y que quiere restaurarnos, purificarnos, elevarnos, santificarnos, y darnos la felicidad que anhela nuestro corazón.
Queremos dar gracias a Dios porque sembró en el corazón de nuestra Iglesia Arquidiocesana el deseo de contagiar y dar a manos abiertas este don del Bautismo. Este es el fruto de un largo camino iniciado con la pregunta ¿Cómo ser Iglesia en Buenos Aires? transitado por el camino del Estado de Asamblea para enraizarse en el Estado de Misión como opción pastoral permanente.
Iniciar este año de la fe es una nueva llamada a ahondar en nuestra vida esa fe recibida. Profesar la fe con la boca implica vivirla en el corazón y mostrarla con las obras: un testimonio y un compromiso público. El discípulo de Cristo, hijo de la Iglesia, no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. Desafío importante y fuerte para cada día, persuadidos de que el que comenzó en ustedes la buena obra la perfeccionará hasta el día, de Jesucristo. (Fil.1:6) Mirando nuestra realidad, como discípulos misioneros, nos preguntamos: ¿a qué nos desafía cruzar el umbral de la fe?
Cruzar el umbral de la fe nos desafía a descubrir que si bien hoy parece que reina la muerte en sus variadas formas y que la historia se rige por la ley del más fuerte o astuto y si el odio y la ambición funcionan como motores de tantas luchas humanas, también estamos absolutamente convencidos de que esa triste realidad puede cambiar y debe cambiar, decididamente porque “si Dios está con nosotros ¿quién podrá contra nosotros? (Rom. 8:31,37)
Cruzar el umbral de la fe supone no sentir vergüenza de tener un corazón de niño que, porque todavía cree en los imposibles, puede vivir en la esperanza: lo único capaz de dar sentido y transformar la historia. Es pedir sin cesar, orar sin desfallecer y adorar para que se nos transfigure la mirada.
Cruzar el umbral de la fe nos lleva a implorar para cada uno “los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Flp. 2, 5) experimentando así una manera nueva de pensar, de comunicarnos, de mirarnos, de respetarnos, de estar en familia, de plantearnos el futuro, de vivir el amor, y la vocación.
Cruzar el umbral de la fe es actuar, confiar en la fuerza del Espíritu Santo presente en la Iglesia y que también se manifiesta en los signos de los tiempos, es acompañar el constante movimiento de la vida y de la historia sin caer en el derrotismo paralizante de que todo tiempo pasado fue mejor; es urgencia por pensar de nuevo, aportar de nuevo, crear de nuevo, amasando la vida con “la nueva levadura de la justicia y la santidad”. (1 Cor 5:8)
Cruzar el umbral de la fe implica tener ojos de asombro y un corazón no perezosamente acostumbrado, capaz de reconocer que cada vez que una mujer da a luz se sigue apostando a la vida y al futuro, que cuando cuidamos la inocencia de los chicos garantizamos la verdad de un mañana y cuando mimamos la vida entregada de un anciano hacemos un acto de justicia y acariciamos nuestras raíces.
Cruzar el umbral de la fe es el trabajo vivido con dignidad y vocación de servicio, con la abnegación del que vuelve una y otra vez a empezar sin aflojarle a la vida, como si todo lo ya hecho fuera sólo un paso en el camino hacia el reino, plenitud de vida. Es la silenciosa espera después de la siembra cotidiana, contemplar el fruto recogido dando gracias al Señor porque es bueno y pidiendo que no abandone la obra de sus manos. (Sal 137)
Cruzar el umbral de la fe exige luchar por la libertad y la convivencia aunque el entorno claudique, en la certeza de que el Señor nos pide practicar el derecho, amar la bondad, y caminar humildemente con nuestro Dios. (Miqueas 6:8)
Cruzar el umbral de la fe entraña la permanente conversión de nuestras actitudes, los modos y los tonos con los que vivimos; reformular y no emparchar o barnizar, dar la nueva forma que imprime Jesucristo a aquello que es tocado por su mano y su evangelio de vida, animarnos a hacer algo inédito por la sociedad y por la Iglesia; porque “El que está en Cristo es una nueva criatura”. (2 Cor 5,17-21)
Cruzar el umbral de la fe nos lleva a perdonar y saber arrancar una sonrisa, es acercarse a todo aquel que vive en la periferia existencial y llamarlo por su nombre, es cuidar las fragilidades de los más débiles y sostener sus rodillas vacilantes con la certeza de que lo que hacemos por el más pequeño de nuestros hermanos al mismo Jesús lo estamos haciendo. (Mt. 25, 40)
Cruzar el umbral de la fe supone celebrar la vida, dejarnos transformar porque nos hemos hecho uno con Jesús en la mesa de la eucaristía celebrada en comunidad, y de allí estar con las manos y el corazón ocupados trabajando en el gran proyecto del Reino: todo lo demás nos será dado por añadidura. (Mt. 6.33)
Cruzar el umbral de la fe es vivir en el espíritu del Concilio y de Aparecida, Iglesia de puertas abiertas no sólo para recibir sino fundamentalmente para salir y llenar de evangelio la calle y la vida de los hombres de nuestros tiempo.
Cruzar el umbral de la fe para nuestra Iglesia Arquidiocesana, supone sentirnos confirmados en la Misión de ser una Iglesia que vive, reza y trabaja en clave misionera.
Cruzar el umbral de la fe es, en definitiva, aceptar la novedad de la vida del Resucitado en nuestra pobre carne para hacerla signo de la vida nueva.
Meditando todas estas cosas miremos a María, que Ella, la Virgen Madre, nos acompañe en este cruzar el umbral de la fe y traiga sobre nuestra Iglesia en Buenos Aires el Espíritu Santo, como en Nazaret, para que igual que ella adoremos al Señor y salgamos a anunciar las maravillas que ha hecho en nosotros.
Card. Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires
1 de octubre de 2012. Fiesta de Santa Teresita del Niño Jesús
A los sacerdotes, consagrados, consagradas y fieles laicos de la arquidiócesis
Queridos hermanos:
Entre las experiencias más fuertes de las últimas décadas está la de encontrar puertas cerradas. La creciente inseguridad fue llevando, poco a poco, a trabar puertas, poner medios de vigilancia, cámaras de seguridad, desconfiar del extraño que llama a nuestra puerta. Sin embargo, todavía en algunos pueblos hay puertas que están abiertas. La puerta cerrada es todo un símbolo de este hoy. Es algo más que un simple dato sociológico; es una realidad existencial que va marcando un estilo de vida, un modo de pararse frente a la realidad, frente a los otros, frente al futuro. La puerta cerrada de mi casa, que es el lugar de mi intimidad, de mis sueños, mis esperanzas y sufrimientos así como de mis alegrías, está cerrada para los otros. Y no se trata sólo de mi casa material, es también el recinto de mi vida, mi corazón. Son cada vez menos los que pueden atravesar ese umbral. La seguridad de unas puertas blindadas custodia la inseguridad de una vida que se hace más frágil y menos permeable a las riquezas de la vida y del amor de los demás.
La imagen de una puerta abierta ha sido siempre el símbolo de luz, amistad, alegría, libertad, confianza. ¡Cuánto necesitamos recuperarlas! La puerta cerrada nos daña, nos anquilosa, nos separa.
Iniciamos el Año de la fe y paradójicamente la imagen que propone el Papa es la de la puerta, una puerta que hay que cruzar para poder encontrar lo que tanto nos falta. La Iglesia, a través de la voz y el corazón de Pastor de Benedicto XVI, nos invita a cruzar el umbral, a dar un paso de decisión interna y libre: animarnos a entrar a una nueva vida.
La puerta de la fe nos remite a los Hechos de los Apóstoles: “Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe” (Hechos 14,27). Dios siempre toma la iniciativa y no quiere que nadie quede excluido. Dios llama a la puerta de nuestros corazones: Mira, estoy a la puerta y llamo, si alguno escucha mi voz y abre la puerta entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo (Ap. 3, 20). La fe es una gracia, un regalo de Dios. “La fe sólo crece y se fortalece creyendo; en un abandono continuo en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios”
Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida mientras avanzamos delante de tantas puertas que hoy en día se nos abren, muchas de ellas puertas falsas, puertas que invitan de manera muy atractiva pero mentirosa a tomar camino, que prometen una felicidad vacía, narcisista y con fecha de vencimiento; puertas que nos llevan a encrucijadas en las que, cualquiera sea la opción que sigamos, provocarán a corto o largo plazo angustia y desconcierto, puertas autorreferenciales que se agotan en sí mismas y sin garantía de futuro. Mientras las puertas de las casas están cerradas, las puertas de los shoppings están siempre abiertas. Se atraviesa la puerta de la fe, se cruza ese umbral, cuando la Palabra de Dios es anunciada y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Una gracia que lleva un nombre concreto, y ese nombre es Jesús. Jesús es la puerta. (Juan 10:9) “Él, y Él solo, es, y siempre será, la puerta. Nadie va al Padre sino por Él. (Jn. 14.6)” Si no hay Cristo, no hay camino a Dios. Como puerta nos abre el camino a Dios y como Buen Pastor es el Único que cuida de nosotros al costo de su propia vida.
Jesús es la puerta y llama a nuestra puerta para que lo dejemos atravesar el umbral de nuestra vida. No tengan miedo… abran de par en par las puertas a Cristo nos decía el Beato Juan Pablo II al inicio de su pontificado. Abrir las puertas del corazón como lo hicieron los discípulos de Emaús, pidiéndole que se quede con nosotros para que podamos traspasar las puertas de la fe y el mismo Señor nos lleve a comprender las razones por las que se cree, para después salir a anunciarlo. La fe supone decidirse a estar con el Señor para vivir con él y compartirlo con los hermanos.
Damos gracias a Dios por esta oportunidad de valorar nuestra vida de hijos de Dios, por este camino de fe que empezó en nuestra vida con las aguas del bautismo, el inagotable y fecundo rocío que nos hace hijos de Dios y miembros hermanos en la Iglesia. La meta, el destino o fin es el encuentro con Dios con quien ya hemos entrado en comunión y que quiere restaurarnos, purificarnos, elevarnos, santificarnos, y darnos la felicidad que anhela nuestro corazón.
Queremos dar gracias a Dios porque sembró en el corazón de nuestra Iglesia Arquidiocesana el deseo de contagiar y dar a manos abiertas este don del Bautismo. Este es el fruto de un largo camino iniciado con la pregunta ¿Cómo ser Iglesia en Buenos Aires? transitado por el camino del Estado de Asamblea para enraizarse en el Estado de Misión como opción pastoral permanente.
Iniciar este año de la fe es una nueva llamada a ahondar en nuestra vida esa fe recibida. Profesar la fe con la boca implica vivirla en el corazón y mostrarla con las obras: un testimonio y un compromiso público. El discípulo de Cristo, hijo de la Iglesia, no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. Desafío importante y fuerte para cada día, persuadidos de que el que comenzó en ustedes la buena obra la perfeccionará hasta el día, de Jesucristo. (Fil.1:6) Mirando nuestra realidad, como discípulos misioneros, nos preguntamos: ¿a qué nos desafía cruzar el umbral de la fe?
Cruzar el umbral de la fe nos desafía a descubrir que si bien hoy parece que reina la muerte en sus variadas formas y que la historia se rige por la ley del más fuerte o astuto y si el odio y la ambición funcionan como motores de tantas luchas humanas, también estamos absolutamente convencidos de que esa triste realidad puede cambiar y debe cambiar, decididamente porque “si Dios está con nosotros ¿quién podrá contra nosotros? (Rom. 8:31,37)
Cruzar el umbral de la fe supone no sentir vergüenza de tener un corazón de niño que, porque todavía cree en los imposibles, puede vivir en la esperanza: lo único capaz de dar sentido y transformar la historia. Es pedir sin cesar, orar sin desfallecer y adorar para que se nos transfigure la mirada.
Cruzar el umbral de la fe nos lleva a implorar para cada uno “los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Flp. 2, 5) experimentando así una manera nueva de pensar, de comunicarnos, de mirarnos, de respetarnos, de estar en familia, de plantearnos el futuro, de vivir el amor, y la vocación.
Cruzar el umbral de la fe es actuar, confiar en la fuerza del Espíritu Santo presente en la Iglesia y que también se manifiesta en los signos de los tiempos, es acompañar el constante movimiento de la vida y de la historia sin caer en el derrotismo paralizante de que todo tiempo pasado fue mejor; es urgencia por pensar de nuevo, aportar de nuevo, crear de nuevo, amasando la vida con “la nueva levadura de la justicia y la santidad”. (1 Cor 5:8)
Cruzar el umbral de la fe implica tener ojos de asombro y un corazón no perezosamente acostumbrado, capaz de reconocer que cada vez que una mujer da a luz se sigue apostando a la vida y al futuro, que cuando cuidamos la inocencia de los chicos garantizamos la verdad de un mañana y cuando mimamos la vida entregada de un anciano hacemos un acto de justicia y acariciamos nuestras raíces.
Cruzar el umbral de la fe es el trabajo vivido con dignidad y vocación de servicio, con la abnegación del que vuelve una y otra vez a empezar sin aflojarle a la vida, como si todo lo ya hecho fuera sólo un paso en el camino hacia el reino, plenitud de vida. Es la silenciosa espera después de la siembra cotidiana, contemplar el fruto recogido dando gracias al Señor porque es bueno y pidiendo que no abandone la obra de sus manos. (Sal 137)
Cruzar el umbral de la fe exige luchar por la libertad y la convivencia aunque el entorno claudique, en la certeza de que el Señor nos pide practicar el derecho, amar la bondad, y caminar humildemente con nuestro Dios. (Miqueas 6:8)
Cruzar el umbral de la fe entraña la permanente conversión de nuestras actitudes, los modos y los tonos con los que vivimos; reformular y no emparchar o barnizar, dar la nueva forma que imprime Jesucristo a aquello que es tocado por su mano y su evangelio de vida, animarnos a hacer algo inédito por la sociedad y por la Iglesia; porque “El que está en Cristo es una nueva criatura”. (2 Cor 5,17-21)
Cruzar el umbral de la fe nos lleva a perdonar y saber arrancar una sonrisa, es acercarse a todo aquel que vive en la periferia existencial y llamarlo por su nombre, es cuidar las fragilidades de los más débiles y sostener sus rodillas vacilantes con la certeza de que lo que hacemos por el más pequeño de nuestros hermanos al mismo Jesús lo estamos haciendo. (Mt. 25, 40)
Cruzar el umbral de la fe supone celebrar la vida, dejarnos transformar porque nos hemos hecho uno con Jesús en la mesa de la eucaristía celebrada en comunidad, y de allí estar con las manos y el corazón ocupados trabajando en el gran proyecto del Reino: todo lo demás nos será dado por añadidura. (Mt. 6.33)
Cruzar el umbral de la fe es vivir en el espíritu del Concilio y de Aparecida, Iglesia de puertas abiertas no sólo para recibir sino fundamentalmente para salir y llenar de evangelio la calle y la vida de los hombres de nuestros tiempo.
Cruzar el umbral de la fe para nuestra Iglesia Arquidiocesana, supone sentirnos confirmados en la Misión de ser una Iglesia que vive, reza y trabaja en clave misionera.
Cruzar el umbral de la fe es, en definitiva, aceptar la novedad de la vida del Resucitado en nuestra pobre carne para hacerla signo de la vida nueva.
Meditando todas estas cosas miremos a María, que Ella, la Virgen Madre, nos acompañe en este cruzar el umbral de la fe y traiga sobre nuestra Iglesia en Buenos Aires el Espíritu Santo, como en Nazaret, para que igual que ella adoremos al Señor y salgamos a anunciar las maravillas que ha hecho en nosotros.
Card. Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires
1 de octubre de 2012. Fiesta de Santa Teresita del Niño Jesús
martes, 25 de septiembre de 2012
Homilía en la 5ª Misa por las víctimas de trata y tráfico de personas - Plaza Constitución, 25 de septiembre de 2012 - Cardenal Jorge Mario Bergoglio
Homilía del cardenal Jorge Mario
Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires, en la 5ª Misa por las víctimas
de trata y tráfico de personas (Plaza Constitución, 25 de septiembre de
2012)
Hoy en esta Ciudad queremos que se oiga el grito, la pregunta de Dios: ¿Donde está tu hermano? Que esa pregunta de Dios recorra todos los barrios de la Ciudad, recorra nuestro corazón y sobre todo que entre también en el corazón de los “caínes” modernos. Quizá alguno pregunte: ¿Qué hermano? ¿¿Dónde está tu hermano esclavo!?! ¿¿El que estás matando todos los días en el taller clandestino, en la red de prostitución, en las ranchadas de los chicos que usás para mendicidad, para “campana” de distribución de droga, para rapiña y para prostituirlos…? ¿Dónde está tu hermano el que tiene que trabajar casi de escondidas de cartonero porque todavía no ha sido formalizado…. ¿Dónde está tu hermano…? Y frente a esa pregunta podemos hacer, como hizo el sacerdote que pasó al lado del herido, hacernos los distraídos; como hizo el levita, mirar para otro lado porque no es para mí la pregunta sino que es para otro. ¡La pregunta es para todos! ¡Porque en esta Ciudad está instalado el sistema de trata de personas, ese crimen mafioso y aberrante (como tan acertadamente lo definió hace pocos días un funcionario): crimen mafioso y aberrante!
¿Dónde está tu hermano? Y vos que estás mirando, que te hacés el distraído, no dejás lugar en tu corazón a que entre la pregunta; que decís esa no es para mi… ¿Cual!?!? ¡¡El esclavo!!! El que en esta Ciudad sufre estas formas de esclavitud que mencioné recién porque esta Ciudad es una “Ciudad abierta”, aquí entran todos: los que quieren esclavizar, los que quieren despojar… así como cuando se rinde una Ciudad se declara “Ciudad abierta” para que la saqueen, aquí nos están saqueando la vida de nuestros jóvenes! La vida de nuestros trabajadores! La vida de nuestras familias! Estos tratantes… no, no los insultemos sino recemos por ellos también para que escuchen la voz de Dios: ¿Dónde está tu hermano?
A vos tratante, hoy te decimos: ¿Para que hacés esto? No te vas a llevar nada, te vas a llevar las manos preñadas de sangre por el mal que hiciste. Y hablando de sangre, por ahí te vas a ir del balazo de un competidor. Las mafias son así. ¿Dónde está tu hermano, tratante!?!? ¡¡Es tu hermano !! ¡¡Es tu carne !! Tomemos conciencia que esa carne esclava es mi carne, la misma que asumió el hijo de Dios.
La gracia mas linda que podemos recibir hoy es la de llorar en nuestro corazón. Señor mirá esto: Cambiales el corazón a estos esclavistas, cambiáselo. Estos que entran a esta “Ciudad abierta” a ver qué pueden saquear, que vida pueden anular, que familia pueden destruir, que niños pueden vender, que mujer pueden explotar. Nosotros no venimos aquí a protestar, venimos a rezar públicamente, en la plaza, en una Ciudad que es “Ciudad abierta” donde cualquiera puede entrar a esclavizar.
Todos los que estamos aquí rezando también le vamos a pedir a Jesús la gracia de no hacernos los distraídos… “Pero Padre, ¿que puedo hacer yo por una mafia?” … ¡Rezar! Golpeá el corazón de Dios… Si sabés algo contalo pero no mires para otro lado porque puede ser tu hijo o tu hija a quien de un día para el otro conviertan en esclavo, o podés ser vos. Hace un tiempo tuve la alegría de bautizar a dos nenas, hijas de un matrimonio rescatado de un taller esclavista. Señor, así como nos diste esta gracia, hacé que se multiplique, que podamos rescatar a muchos, que podamos devolver a la sociedad a todos aquellos que tienen encerrados como esclavos y explotados como esclavos.
Señor, que podamos ver, convertidos hacia ti, el corazón de esos hombres y mujeres que explotan y esclavizan a sus hermanos. Eso es lo que pedimos hoy para esta “Ciudad abierta” donde se esclaviza a tanta gente. A nosotros, que sabemos que es así, danos la gracia de no engrosar el ejército de los distraídos; y a ellos, los que esclavizan, someten y matan la ilusión de tanta gente cambiales el corazón.
Que así sea.
Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 25 de septiembre de 2012
Hoy en esta Ciudad queremos que se oiga el grito, la pregunta de Dios: ¿Donde está tu hermano? Que esa pregunta de Dios recorra todos los barrios de la Ciudad, recorra nuestro corazón y sobre todo que entre también en el corazón de los “caínes” modernos. Quizá alguno pregunte: ¿Qué hermano? ¿¿Dónde está tu hermano esclavo!?! ¿¿El que estás matando todos los días en el taller clandestino, en la red de prostitución, en las ranchadas de los chicos que usás para mendicidad, para “campana” de distribución de droga, para rapiña y para prostituirlos…? ¿Dónde está tu hermano el que tiene que trabajar casi de escondidas de cartonero porque todavía no ha sido formalizado…. ¿Dónde está tu hermano…? Y frente a esa pregunta podemos hacer, como hizo el sacerdote que pasó al lado del herido, hacernos los distraídos; como hizo el levita, mirar para otro lado porque no es para mí la pregunta sino que es para otro. ¡La pregunta es para todos! ¡Porque en esta Ciudad está instalado el sistema de trata de personas, ese crimen mafioso y aberrante (como tan acertadamente lo definió hace pocos días un funcionario): crimen mafioso y aberrante!
¿Dónde está tu hermano? Y vos que estás mirando, que te hacés el distraído, no dejás lugar en tu corazón a que entre la pregunta; que decís esa no es para mi… ¿Cual!?!? ¡¡El esclavo!!! El que en esta Ciudad sufre estas formas de esclavitud que mencioné recién porque esta Ciudad es una “Ciudad abierta”, aquí entran todos: los que quieren esclavizar, los que quieren despojar… así como cuando se rinde una Ciudad se declara “Ciudad abierta” para que la saqueen, aquí nos están saqueando la vida de nuestros jóvenes! La vida de nuestros trabajadores! La vida de nuestras familias! Estos tratantes… no, no los insultemos sino recemos por ellos también para que escuchen la voz de Dios: ¿Dónde está tu hermano?
A vos tratante, hoy te decimos: ¿Para que hacés esto? No te vas a llevar nada, te vas a llevar las manos preñadas de sangre por el mal que hiciste. Y hablando de sangre, por ahí te vas a ir del balazo de un competidor. Las mafias son así. ¿Dónde está tu hermano, tratante!?!? ¡¡Es tu hermano !! ¡¡Es tu carne !! Tomemos conciencia que esa carne esclava es mi carne, la misma que asumió el hijo de Dios.
La gracia mas linda que podemos recibir hoy es la de llorar en nuestro corazón. Señor mirá esto: Cambiales el corazón a estos esclavistas, cambiáselo. Estos que entran a esta “Ciudad abierta” a ver qué pueden saquear, que vida pueden anular, que familia pueden destruir, que niños pueden vender, que mujer pueden explotar. Nosotros no venimos aquí a protestar, venimos a rezar públicamente, en la plaza, en una Ciudad que es “Ciudad abierta” donde cualquiera puede entrar a esclavizar.
Todos los que estamos aquí rezando también le vamos a pedir a Jesús la gracia de no hacernos los distraídos… “Pero Padre, ¿que puedo hacer yo por una mafia?” … ¡Rezar! Golpeá el corazón de Dios… Si sabés algo contalo pero no mires para otro lado porque puede ser tu hijo o tu hija a quien de un día para el otro conviertan en esclavo, o podés ser vos. Hace un tiempo tuve la alegría de bautizar a dos nenas, hijas de un matrimonio rescatado de un taller esclavista. Señor, así como nos diste esta gracia, hacé que se multiplique, que podamos rescatar a muchos, que podamos devolver a la sociedad a todos aquellos que tienen encerrados como esclavos y explotados como esclavos.
Señor, que podamos ver, convertidos hacia ti, el corazón de esos hombres y mujeres que explotan y esclavizan a sus hermanos. Eso es lo que pedimos hoy para esta “Ciudad abierta” donde se esclaviza a tanta gente. A nosotros, que sabemos que es así, danos la gracia de no engrosar el ejército de los distraídos; y a ellos, los que esclavizan, someten y matan la ilusión de tanta gente cambiales el corazón.
Que así sea.
Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 25 de septiembre de 2012
lunes, 10 de septiembre de 2012
Comunicado sobre la resolución para los Abortos no punibles en la Ciudad de Buenos Aires - 10 de septiembre de 2012 - Cardenal Jorge Mario Bergoglio
Comunicado del cardenal Jorge Mario
Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires sobre la resolución para los
Abortos no punibles en la Ciudad de Buenos Aires (10 de septiembre de
2012)
Ante la reglamentación del procedimiento sobre los casos de abortos no
punibles (ANP) en el ámbito de la Ciudad de Buenos Aires, percibimos una
vez más que se avanza deliberadamente en limitar y eliminar el valor
supremo de la vida e ignorar los derechos de los niños por nacer. Al
hablar de una madre embarazada hablamos de dos vidas; ambas deben ser
preservadas y respetadas pues la vida es de un valor absoluto.
“La biología manifiesta de modo contundente a través del ADN, con la secuenciación del genoma humano, que desde el momento de la concepción existe una nueva vida humana que ha de ser tutelada jurídicamente. El derecho a la vida es el derecho humano fundamental.” (CEA. “No una vida sino dos”. 2011)
El aborto nunca es una solución. Debemos escuchar, acompañar y comprender desde nuestro lugar a fin de salvar las dos vidas: respetar al ser humano más pequeño e indefenso, adoptar medidas que pueden preservar su vida, permitir su nacimiento y luego ser creativos en la búsqueda de caminos que lo lleven a su pleno desarrollo.
Esta decisión que amplía la despenalización del aborto cediendo a la presión del fallo de la Corte Suprema de la Nación, la cual excediendo sus competencias exhortó a aprobar protocolos, afectando de esta manera la división de poderes y vulnerando el federalismo, tiene consecuencias jurídicas, culturales y éticas porque las leyes configuran la cultura de los pueblos y una legislación que no protege la vida favorece una “cultura de la muerte” (Evangelium vitae, n°21).
Ante esta lamentable decisión hacemos un llamado a todas las partes involucradas, a los fieles y ciudadanos para que, en un clima de máximo respeto, adoptemos medidas positivas de promoción y protección de la madre y su niño en todos los casos, a favor siempre del derecho a la vida humana.
Cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
10 de septiembre de 2012
“La biología manifiesta de modo contundente a través del ADN, con la secuenciación del genoma humano, que desde el momento de la concepción existe una nueva vida humana que ha de ser tutelada jurídicamente. El derecho a la vida es el derecho humano fundamental.” (CEA. “No una vida sino dos”. 2011)
El aborto nunca es una solución. Debemos escuchar, acompañar y comprender desde nuestro lugar a fin de salvar las dos vidas: respetar al ser humano más pequeño e indefenso, adoptar medidas que pueden preservar su vida, permitir su nacimiento y luego ser creativos en la búsqueda de caminos que lo lleven a su pleno desarrollo.
Esta decisión que amplía la despenalización del aborto cediendo a la presión del fallo de la Corte Suprema de la Nación, la cual excediendo sus competencias exhortó a aprobar protocolos, afectando de esta manera la división de poderes y vulnerando el federalismo, tiene consecuencias jurídicas, culturales y éticas porque las leyes configuran la cultura de los pueblos y una legislación que no protege la vida favorece una “cultura de la muerte” (Evangelium vitae, n°21).
Ante esta lamentable decisión hacemos un llamado a todas las partes involucradas, a los fieles y ciudadanos para que, en un clima de máximo respeto, adoptemos medidas positivas de promoción y protección de la madre y su niño en todos los casos, a favor siempre del derecho a la vida humana.
Cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
10 de septiembre de 2012
domingo, 2 de septiembre de 2012
Homilía en la misa de clausura del Encuentro de Pastoral Urbana Región Buenos Aires - 2 de septiembre de 2012 - Cardenal Jorge Mario Bergoglio
Homilía del cardenal Jorge Mario
Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires en la misa de clausura del
Encuentro de Pastoral Urbana Región Buenos Aires (2 de septiembre de
2012)
La escucha de la palabra me hizo sentir tres cosas: cercanía, hipocresía y mundanidad.
La primera lectura dice "¿Existe acaso una nación tan grande que tenga sus dioses cerca de ellos como el Señor nuestro Dios está cerca de nosotros?".
Nuestro Dios es un Dios que se aproxima. Un Dios que se hace cercano. Un Dios que empezó a caminar con su pueblo y luego se hizo uno de su pueblo en Jesucristo para hacerse cercano. Pero no con una cercanía metafísica sino con esa cercanía que describe Lucas cuando va a curar a la hija de Jairo, que la gente lo apretujaba hasta sofocarlo mientras la pobre vieja de atrás le quería tocar el borde del manto. Con esa cercanía de la multitud que quería hacer callar en la entrada de Jericó al ciego que a los gritos pretendía hacerse oír. Con esa cercanía que dio ánimo a esos diez leprosos para pedirle que los limpiara. Jesús estaba metido en la cosa. Nadie se quería perder esa cercanía, incluso el petiso que se subía al sicómoro para verlo.
Nuestro Dios es un Dios cercano. Y es curioso: Él curaba, hacía el bien. San Pedro lo dice clarito: "Pasó haciendo el bien y sanando". Jesús no hizo proselitismo: acompañó. Y las conversiones que lograba eran precisamente por esa actitud suya de acompañar, enseñar, escuchar, hasta tal punto que su condición de no ser un proselitista lo lleva a decir: "si ustedes también se quieren ir váyanse ahora, no pierdan tiempo. Vos tenés palabra de vida eterna, nos quedamos". El Dios cercano, cercano con nuestra carne. El Dios del encuentro que sale al encuentro de su pueblo. El Dios que -voy a usar una palabra linda de la diócesis de San Justo-: el Dios que pone a su pueblo en situación de encuentro.
Y con esa cercanía, con ese caminar, crea esa cultura del encuentro que nos hace hermanos, nos hace hijos, y no socios de una ONG o prosélitos de una multinacional. Cercanía. Esa es la propuesta.
La segunda palabra es hipocresía. Me llama la atención que san Marcos, siempre es tan conciso, tan breve, que le haya dedicado tanto a este episodio -y conste que en esta versión litúrgica está recortado y es más largo todavía- parece que se ensaña con los que se hacen lejanos, con aquellos que el mensaje de la cercanía de ese Dios, que viene caminando con su pueblo, que se hizo hombre para ser uno más y caminar, han tomado esa realidad, la han destilado a lo largo de las tradiciones de ellos, la han hecho idea, la han hecho puro precepto y la han alejado a la gente.
Jesús sí que los va a acusar de prosélitos a éstos, de hacer proselitismo. Ustedes recorren medio mundo para buscar un prosélito y después lo matan con todo esto. Alejaron a la gente.
Los que se escandalizaban cuando Jesús iba a comer con los pecadores, con los publicanos, a éstos Jesús les dice "los publicanos y las prostitutas los van a preceder a ustedes", que era lo peorcito de la época. Jesús no los banca. Son los que han clericalizado -por usar una palabra que se entienda- a la Iglesia del Señor. La llenan de preceptos y con dolor lo digo, y si parece una denuncia o una ofensa, perdónenme, pero en nuestra región eclesiástica hay presbíteros que no bautizan a los chicos de las madres solteras porque no fueron concebidos en la santidad del matrimonio.
Éstos son los hipócritas de hoy. Los que clericalizaron a la Iglesia. Los que apartan al pueblo de Dios de la salvación. Y esa pobre chica que, pudiendo haber mandado a su hijo al remitente, tuvo la valentía de traerlo al mundo, va peregrinando de parroquia en parroquia para que se lo bauticen.
A éstos que buscan prosélitos, los clericales, los que clericalizan el mensaje, Jesús les señala el corazón, les dice "del corazón de ustedes salen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino…". Flor de piropo, ¿eh? Así les pasa la mano de bleque. Los denuncia.
Clericalizar la Iglesia es hipocresía farisaica. La Iglesia del "vengan adentro que les vamos a dar las pautas acá adentro y lo que no entra no está" es fariseísmo.
Jesús nos enseña el otro camino: salir. Salir a dar testimonio, salir a interesarse por el hermano, salir a compartir, salir a preguntar. Encarnarse.
Contra el gnosticismo hipócrita de los fariseos, Jesús vuelve a mostrarse en medio de la gente entre publicanos y pecadores.
La tercera palabra que me tocó es el final de la carta de Santiago: no contaminarse con el mundo. Porque si bien el fariseísmo, este "clericalismo" entre comillas nos hace daño, también la mundanidad es uno de los males que carcomen nuestra conciencia cristiana. Esto lo dice Santiago: no se contaminen con el mundo. Jesús en su despedida, después de la cena, le pide al Padre que lo salve del espíritu del mundo. Es la mundanidad espiritual. El peor daño que puede pasar a la Iglesia: caer en la mundanidad espiritual. En esto estoy citando al cardenal De Lubac. El peor daño que puede pasar a la Iglesia incluso peor que el de los papas libertinos de una época. Esa mundanidad espiritual de hacer lo que queda bien, de ser como los demás, de esa burguesía del espíritu, de los horarios, de pasarla bien, del estatus: "Soy cristiano, soy consagrado, consagrada, soy clérigo". No se contaminen con el mundo, dice Santiago.
No a la hipocresía. No al clericalismo hipócrita. No a la mundanidad espiritual.
Porque esto es demostrar que uno es más empresario que hombre o mujer de evangelio.
Sí a la cercanía. A caminar con el pueblo de Dios. A tener ternura especialmente con los pecadores, con los que están más alejados, y saber que Dios vive en medio de ellos.
Que Dios nos conceda esta gracia de la cercanía, que nos salva de toda actitud empresarial, mundana, proselitista, clericalista, y nos aproxima al camino de Él: caminar con el santo pueblo fiel de Dios.
Que así sea.
Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
La primera lectura dice "¿Existe acaso una nación tan grande que tenga sus dioses cerca de ellos como el Señor nuestro Dios está cerca de nosotros?".
Nuestro Dios es un Dios que se aproxima. Un Dios que se hace cercano. Un Dios que empezó a caminar con su pueblo y luego se hizo uno de su pueblo en Jesucristo para hacerse cercano. Pero no con una cercanía metafísica sino con esa cercanía que describe Lucas cuando va a curar a la hija de Jairo, que la gente lo apretujaba hasta sofocarlo mientras la pobre vieja de atrás le quería tocar el borde del manto. Con esa cercanía de la multitud que quería hacer callar en la entrada de Jericó al ciego que a los gritos pretendía hacerse oír. Con esa cercanía que dio ánimo a esos diez leprosos para pedirle que los limpiara. Jesús estaba metido en la cosa. Nadie se quería perder esa cercanía, incluso el petiso que se subía al sicómoro para verlo.
Nuestro Dios es un Dios cercano. Y es curioso: Él curaba, hacía el bien. San Pedro lo dice clarito: "Pasó haciendo el bien y sanando". Jesús no hizo proselitismo: acompañó. Y las conversiones que lograba eran precisamente por esa actitud suya de acompañar, enseñar, escuchar, hasta tal punto que su condición de no ser un proselitista lo lleva a decir: "si ustedes también se quieren ir váyanse ahora, no pierdan tiempo. Vos tenés palabra de vida eterna, nos quedamos". El Dios cercano, cercano con nuestra carne. El Dios del encuentro que sale al encuentro de su pueblo. El Dios que -voy a usar una palabra linda de la diócesis de San Justo-: el Dios que pone a su pueblo en situación de encuentro.
Y con esa cercanía, con ese caminar, crea esa cultura del encuentro que nos hace hermanos, nos hace hijos, y no socios de una ONG o prosélitos de una multinacional. Cercanía. Esa es la propuesta.
La segunda palabra es hipocresía. Me llama la atención que san Marcos, siempre es tan conciso, tan breve, que le haya dedicado tanto a este episodio -y conste que en esta versión litúrgica está recortado y es más largo todavía- parece que se ensaña con los que se hacen lejanos, con aquellos que el mensaje de la cercanía de ese Dios, que viene caminando con su pueblo, que se hizo hombre para ser uno más y caminar, han tomado esa realidad, la han destilado a lo largo de las tradiciones de ellos, la han hecho idea, la han hecho puro precepto y la han alejado a la gente.
Jesús sí que los va a acusar de prosélitos a éstos, de hacer proselitismo. Ustedes recorren medio mundo para buscar un prosélito y después lo matan con todo esto. Alejaron a la gente.
Los que se escandalizaban cuando Jesús iba a comer con los pecadores, con los publicanos, a éstos Jesús les dice "los publicanos y las prostitutas los van a preceder a ustedes", que era lo peorcito de la época. Jesús no los banca. Son los que han clericalizado -por usar una palabra que se entienda- a la Iglesia del Señor. La llenan de preceptos y con dolor lo digo, y si parece una denuncia o una ofensa, perdónenme, pero en nuestra región eclesiástica hay presbíteros que no bautizan a los chicos de las madres solteras porque no fueron concebidos en la santidad del matrimonio.
Éstos son los hipócritas de hoy. Los que clericalizaron a la Iglesia. Los que apartan al pueblo de Dios de la salvación. Y esa pobre chica que, pudiendo haber mandado a su hijo al remitente, tuvo la valentía de traerlo al mundo, va peregrinando de parroquia en parroquia para que se lo bauticen.
A éstos que buscan prosélitos, los clericales, los que clericalizan el mensaje, Jesús les señala el corazón, les dice "del corazón de ustedes salen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino…". Flor de piropo, ¿eh? Así les pasa la mano de bleque. Los denuncia.
Clericalizar la Iglesia es hipocresía farisaica. La Iglesia del "vengan adentro que les vamos a dar las pautas acá adentro y lo que no entra no está" es fariseísmo.
Jesús nos enseña el otro camino: salir. Salir a dar testimonio, salir a interesarse por el hermano, salir a compartir, salir a preguntar. Encarnarse.
Contra el gnosticismo hipócrita de los fariseos, Jesús vuelve a mostrarse en medio de la gente entre publicanos y pecadores.
La tercera palabra que me tocó es el final de la carta de Santiago: no contaminarse con el mundo. Porque si bien el fariseísmo, este "clericalismo" entre comillas nos hace daño, también la mundanidad es uno de los males que carcomen nuestra conciencia cristiana. Esto lo dice Santiago: no se contaminen con el mundo. Jesús en su despedida, después de la cena, le pide al Padre que lo salve del espíritu del mundo. Es la mundanidad espiritual. El peor daño que puede pasar a la Iglesia: caer en la mundanidad espiritual. En esto estoy citando al cardenal De Lubac. El peor daño que puede pasar a la Iglesia incluso peor que el de los papas libertinos de una época. Esa mundanidad espiritual de hacer lo que queda bien, de ser como los demás, de esa burguesía del espíritu, de los horarios, de pasarla bien, del estatus: "Soy cristiano, soy consagrado, consagrada, soy clérigo". No se contaminen con el mundo, dice Santiago.
No a la hipocresía. No al clericalismo hipócrita. No a la mundanidad espiritual.
Porque esto es demostrar que uno es más empresario que hombre o mujer de evangelio.
Sí a la cercanía. A caminar con el pueblo de Dios. A tener ternura especialmente con los pecadores, con los que están más alejados, y saber que Dios vive en medio de ellos.
Que Dios nos conceda esta gracia de la cercanía, que nos salva de toda actitud empresarial, mundana, proselitista, clericalista, y nos aproxima al camino de Él: caminar con el santo pueblo fiel de Dios.
Que así sea.
Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
viernes, 31 de agosto de 2012
Homilía en la Fiesta de San Ramón Nonato - 31 de agosto de 2012 - Cardenal Jorge Mario Bergoglio
Homilía del cardenal Jorge Mario
Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires, en la Fiesta de San Ramón
Nonato (31 de agosto de 2012)
La primera Lectura comenzaba con un consejo de San Pablo: Vivan unidos,
compartan lo mejor de ustedes, sean hombres y mujeres de bendición.
Hemos heredado una bendición. Esa bendición la tenemos que buscar. Esa
es nuestra vocación más cristiana: ser instrumentos de la bendición de
Dios. Hombres y mujeres que “ben-dicen”, que lo dicen bien. Que lo dicen
en tono bueno. No queremos ser hombres y mujeres que mal dicen. Mal
dicen, dicen mal las cosas, distorsionan, dicen la mitad, hieren,
agreden. Y ha entrado la costumbre en la vida diaria de maldecirnos con
toda frescura. A veces escuchamos “¡Che!” y va un epíteto. Che y ¡Ta!.
“No, si este es un tal por cual”. Y ahí, en ese calificativo de
maldición entra él, la familia, la mamá, todos. ¿No es cierto? Un
desfile. Sembrar maldición. Cuando sembramos maldición vuelve sobre
nosotros, y el corazón se nos pone agrio. Hombres y mujeres con cara
larga, con corazón agrio. Nada que ver con la bendición de Dios, que nos
habla de los lirios del campo, de los pajaritos que no les falta nada.
Nada que ver con ese Dios que vuelca su oído bendiciendo. En todas
partes, en todas partes se impone siempre, está de moda en todo el mundo
la cultura del insulto, la cultura de la descalificación del otro. No
reconocerle nada bueno, ponerle una lápida. Y eso no es bendecir.
Hoy escuchamos en la primera lectura: “Quiéranse unos a otros, y si tienen que dar razón de algo, háganlo con mansedumbre. Y esta es la palabra de hoy. Frente a esta cultura del insulto y de la descalificación se nos pide mansedumbre. Que seamos mansos. Hay muchos chicos. Ustedes pueden pensar: los chicos que están acá, en casa ¿Qué es lo que más escuchan? ¿Gritos o conversaciones tranquilas y en paz? Cuando papá y mamá tienen que decirse algo ¿Se lo dicen tranquilos y en paz o a los gritos, a los portazos o a los cacerolazos?. Y van como mamando una cultura de la agresión, de insulto, de maldición. Mansedumbre. –“No, Padre, es que me insultó”. Bendecilo en tu corazón, si te insultó. A Jesús la noche del Jueves Santo le hicieron de todo, y ¿Jesús qué dijo? “ Perdónalos Padre, no saben lo que hacen.” Bendecí al que no te quiere, bendecí cuando hay un problema en tu corazón, y pedí al Señor que ayude a solucionarlo. Pero con los gritos y con la agresión, con el insulto, al contrario, no vas a llegar a ninguna parte. Vas a resquebrajar más la unidad de tu familia, la unidad de tu barrio, la unidad de tu lugar de trabajo, la unidad de tu pueblo. Mansedumbre. Lo cual no quiere decir que seamos carneros, que nos dejemos dominar por cualquiera. No. Pero que tengamos un corazón que bendice, que es manso. La persona que tenemos delante, la persona con la que convivimos, tratémosla bien. Hombres y mujeres de bendición. Todo sencillo. ¡Es tan fácil dominarse! Es tan fácil pedir esta gracia: “Señor, que sea como Vos, que en tu creación derramaste bendición.” Mirá los lirios del campo, dice Dios, ni Salomón en los mejores tiempos de su gloria se vistió como uno de ellos, y hoy son y mañana no son.
La persona que tiene un corazón agresivo, la persona que maldice, es como la persona que va caminando sobre las flores del campo y las va pisoteando. Pisotear la belleza de Dios, pisotear la belleza de un corazón, la belleza de mi marido, de mi mujer, de mis hijos, de mi familia. Pisotear la belleza que Dios nos dio. En cambio, el que tiene un corazón manso, el que tiene un corazón que bendice continuamente, que da lugar a que se expresen los demás, cuida de no hacer daño a nadie, de no herir, de no confrontar la belleza que puso Dios. El Evangelio es cosa de sencillo, Jesús nos dice: “Sean buenos como nuestro Padre celestial es bueno”. Bondad. Así que hoy pidamos esa gracia: Señor dame un corazón bueno, un corazón que no muerda a un amigo, un corazón que no necesite sacarle el cuero a otro para vivir, un corazón que no necesite atropellar para sentirse persona, un corazón que deje florecer a los demás, que deje vivir. Y si tiene que corregir algo, lo haga con mansedumbre. Señor, danos ternura. Que el Señor nos contagie su ternura, la que Él puso en la creación, la que nos dio a cada uno de nosotros. Aquí hay chicos. ¿Qué me dicen si yo le doy un sopapo a esta nena acá delante de todos? ¡Este cura está loco! Lo menos, de ahí para arriba. Sin embargo cuando maldecimos a otro, cuando destruimos la fama de otro, cuando gritamos, estamos haciendo lo mismo: sopapear al otro. Y si lo hacemos por detrás peor todavía. Maldecimos. Miremos estos chicos e imaginémosnos este sopapo. Eso es lo que hacemos cuando vamos por ese camino, de la maldición. En cambio, cuando uno acaricia a un chico siente que le viene una fuerza, que hay algo grande, que hay inocencia. Es la ternura que te contagia. Esa es la ternura de la bendición que pedimos para nosotros. Señor, que el haber crecido no nos haga malos, no nos quite la ternura. Y si nos quitó la ternura devolvémela. Fue esto nomás lo que yo les quiero decir: hombres y mujeres de bendición. Hombres y mujeres de mansedumbre. No insulten a nadie, no le saquen el cuero a nadie. Hombres y mujeres de ternura. Que Jesús nos contagie su ternura. Que así sea.
Card. Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires
Hoy escuchamos en la primera lectura: “Quiéranse unos a otros, y si tienen que dar razón de algo, háganlo con mansedumbre. Y esta es la palabra de hoy. Frente a esta cultura del insulto y de la descalificación se nos pide mansedumbre. Que seamos mansos. Hay muchos chicos. Ustedes pueden pensar: los chicos que están acá, en casa ¿Qué es lo que más escuchan? ¿Gritos o conversaciones tranquilas y en paz? Cuando papá y mamá tienen que decirse algo ¿Se lo dicen tranquilos y en paz o a los gritos, a los portazos o a los cacerolazos?. Y van como mamando una cultura de la agresión, de insulto, de maldición. Mansedumbre. –“No, Padre, es que me insultó”. Bendecilo en tu corazón, si te insultó. A Jesús la noche del Jueves Santo le hicieron de todo, y ¿Jesús qué dijo? “ Perdónalos Padre, no saben lo que hacen.” Bendecí al que no te quiere, bendecí cuando hay un problema en tu corazón, y pedí al Señor que ayude a solucionarlo. Pero con los gritos y con la agresión, con el insulto, al contrario, no vas a llegar a ninguna parte. Vas a resquebrajar más la unidad de tu familia, la unidad de tu barrio, la unidad de tu lugar de trabajo, la unidad de tu pueblo. Mansedumbre. Lo cual no quiere decir que seamos carneros, que nos dejemos dominar por cualquiera. No. Pero que tengamos un corazón que bendice, que es manso. La persona que tenemos delante, la persona con la que convivimos, tratémosla bien. Hombres y mujeres de bendición. Todo sencillo. ¡Es tan fácil dominarse! Es tan fácil pedir esta gracia: “Señor, que sea como Vos, que en tu creación derramaste bendición.” Mirá los lirios del campo, dice Dios, ni Salomón en los mejores tiempos de su gloria se vistió como uno de ellos, y hoy son y mañana no son.
La persona que tiene un corazón agresivo, la persona que maldice, es como la persona que va caminando sobre las flores del campo y las va pisoteando. Pisotear la belleza de Dios, pisotear la belleza de un corazón, la belleza de mi marido, de mi mujer, de mis hijos, de mi familia. Pisotear la belleza que Dios nos dio. En cambio, el que tiene un corazón manso, el que tiene un corazón que bendice continuamente, que da lugar a que se expresen los demás, cuida de no hacer daño a nadie, de no herir, de no confrontar la belleza que puso Dios. El Evangelio es cosa de sencillo, Jesús nos dice: “Sean buenos como nuestro Padre celestial es bueno”. Bondad. Así que hoy pidamos esa gracia: Señor dame un corazón bueno, un corazón que no muerda a un amigo, un corazón que no necesite sacarle el cuero a otro para vivir, un corazón que no necesite atropellar para sentirse persona, un corazón que deje florecer a los demás, que deje vivir. Y si tiene que corregir algo, lo haga con mansedumbre. Señor, danos ternura. Que el Señor nos contagie su ternura, la que Él puso en la creación, la que nos dio a cada uno de nosotros. Aquí hay chicos. ¿Qué me dicen si yo le doy un sopapo a esta nena acá delante de todos? ¡Este cura está loco! Lo menos, de ahí para arriba. Sin embargo cuando maldecimos a otro, cuando destruimos la fama de otro, cuando gritamos, estamos haciendo lo mismo: sopapear al otro. Y si lo hacemos por detrás peor todavía. Maldecimos. Miremos estos chicos e imaginémosnos este sopapo. Eso es lo que hacemos cuando vamos por ese camino, de la maldición. En cambio, cuando uno acaricia a un chico siente que le viene una fuerza, que hay algo grande, que hay inocencia. Es la ternura que te contagia. Esa es la ternura de la bendición que pedimos para nosotros. Señor, que el haber crecido no nos haga malos, no nos quite la ternura. Y si nos quitó la ternura devolvémela. Fue esto nomás lo que yo les quiero decir: hombres y mujeres de bendición. Hombres y mujeres de mansedumbre. No insulten a nadie, no le saquen el cuero a nadie. Hombres y mujeres de ternura. Que Jesús nos contagie su ternura. Que así sea.
Card. Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires
martes, 21 de agosto de 2012
Carta a los Catequistas de la Arquidiócesis - 21 de agosto de 2012- Cardenal Jorge Mario Bergoglio
Carta del cardenal Jorge Mario
Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, a los Catequistas de la
Arquidiócesis (21 de agosto de 2012)
“En aquellos días,
María partió y fue sin demora
a un pueblo de la montaña de Judá.
Entró en la casa de Zacarías
y saludó a Isabel…” (Lc. 1, 39)
“La alegría es la puerta para el anuncio de la Buena Noticia y también la consecuencia de vivir en la fe. Es la expresión que abre el camino para recibir el amor de Dios que es Padre de todos. Así lo notamos en el Anuncio del ángel a la Virgen María que, antes de decirle lo que en ella va a suceder, la invita a llenarse de alegría. Y es también el mensaje de Jesús para invitar a la confianza y al encuentro con Dios Padre: alégrense. Esta alegría cristiana es un don de Dios que surge naturalmente del encuentro personal con Cristo Resucitado y la fe en él”.
“El Dios de Jesús se revela como un Dios cercano y amigo del hombre. El estilo de Jesús se distingue por la cercanía cordial. Los cristianos aprendemos ese estilo en el encuentro personal con Jesucristo vivo, encuentro que ha de ser permanente empeño de todo discípulo misionero. Desbordado de gozo por ese encuentro, el discípulo busca acercarse a todos para compartir su alegría. La misión es relación y por eso se despliega a través de la cercanía, de la creación de vínculos personales sostenidos en el tiempo. El amigo de Jesús se hace cercano a todos, sale al encuentro generando relaciones interpersonales que susciten, despierten y enciendan el interés por la verdad. De la amistad con Jesucristo surge un nuevo modo de relación con el prójimo, a quien se ve siempre como hermano. (CEA, Orientaciones pastorales para el trienio 2012-2015)
La palabra entusiasmo (ενθουσιασμός) tiene su raíz en el griego “en-theos”, es decir: “que lleva un dios adentro.” Este término indica que, cuando nos dejamos llevar por el entusiasmo, una inspiración divina entra en nosotros y se sirve de nuestra persona para manifestarse. El entusiasmo es la experiencia de un “Dios activo dentro de mí” para ser guiado por su fuerza y sabiduría. Implica también la exaltación del ánimo por algo que causa interés, alegría y admiración, provocado por una fuerte motivación interior. Se expresa como apasionamiento, fervor, audacia y empeño. Se opone al desaliento, al desinterés, a la apatía, a la frialdad y a la desilusión.
El “Dios activo dentro” de nosotros es el regalo que nos hizo Jesús en Pentecostés, el Espíritu Santo: “Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto.” (Lc 24, 49). Se realiza así lo anunciado por los profetas, “les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes.” [c] (Ez. 36, 26) (CEA, Orientaciones pastorales para el trienio 2012-2015)
“En aquellos días,
María partió y fue sin demora
a un pueblo de la montaña de Judá.
Entró en la casa de Zacarías
y saludó a Isabel…” (Lc. 1, 39)
Queridos catequistas:
Ya es costumbre de muchos años que, ante la proximidad de la fiesta de San Pío X, les escriba una carta. Por medio de ella quiero saludarlos en su día, agradecerles el trabajo silencioso y fiel de cada semana, la capacidad de hacerse samaritanos que hospedan desde la fe, siendo rostros cercanos y corazones hermanos que permiten trasformar, de alguna manera, el anonimato de la gran ciudad.
Este año, el día del catequista nos encuentra ante un acontecimiento de gracia que ya empezamos a gustar. Dentro de dos meses comenzará el Año de la Fe que nuestro Papa Benedicto XVI ha convocado para “iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo…” (Carta Apostólica Porta Fidei, PF 2)
Será ciertamente un año jubilar. De ahí la invitación que el mismo Papa nos hace a atravesar la “Puerta de la Fe”. Atravesar esta puerta es un camino que dura toda la vida pero que en este tiempo de gracia todos estamos llamados a renovar. Por esto me nace en este año exhortarlos, como pastor y como hermano, a que se animen a transitar el tiempo presente con la fuerza transformadora de este acontecimiento.
Todos recordamos la invitación tantas veces repetidas del Beato Juan Pablo II: “Abran las puertas al Redentor”. Dios nos exhorta nuevamente: Abran las puertas al Señor: la puerta del corazón, las puertas de la mente, las puertas de la catequesis, de nuestras comunidades… todas las puertas a la Fe.
En este abrir la puerta de la fe hay siempre un sí, personal y libre. Un sí que es respuesta a Dios que toma la iniciativa y se acerca al hombre para entablar con él un diálogo, en que el don y el misterio se hacen siempre presentes.
Un sí que la Virgen Madre supo dar en la plenitud de los tiempos, en aquella humilde aldea de Nazareth, para que se empezara a entretejer la alianza nueva y definitiva que Dios tenía preparada, en Jesús, para la humanidad toda.
Siempre nos hace bien volver nuestra mirada a la Virgen. Más a quienes, de una u otra manera, se nos confía la tarea de acompañar la vida de muchos hermanos, y así juntos, poder decirle sí a la invitación de creer.
Pero la catequesis se vería seriamente comprometida si la experiencia de la fe nos dejara encerrados y anclados en nuestro mundo intimista o en las estructuras y espacios que con los años hemos ido creando. Creer en el Señor es atravesar siempre la puerta de la fe que nos hace salir, ponernos en camino, desinstalarnos... No hay que olvidar que la primera iniciación cristiana que se dio en el tiempo y en la historia culminó en misión... que tuvo las características de visitación. Con toda claridad nos dice el relato de Lucas: María se puso en camino con rapidez y llena del Espíritu.
La experiencia de la Fe nos ubica en Experiencia del Espíritu signada por la capacidad de ponerse en camino... No hay nada más opuesto al Espíritu que instalarse, encerrarse. Cuando no se transita por la puerta de la Fe, la puerta se cierra, la Iglesia se encierra, el corazón se repliega y el miedo y el mal espíritu “avinagran” la Buena Noticia. Cuando el Crisma de la Fe se reseca y se pone rancio el evangelizador ya no contagia sino que ha perdido su fragancia, constituyéndose muchas veces en causa de escándalo y de alejamiento para muchos.
El que cree es receptor de aquella bienaventuranza que atraviesa todo el Evangelio y que resuena a lo largo de la historia, ya en labios de Isabel: “Feliz de ti por haber creído”, ya dirigida por el mismo Jesús a Tomás: “¡Felices los que creen sin haber visto!”
Es bueno tomar conciencia de que hoy, más que nunca, el acto de creer tiene que trasparentar la alegría de la Fe. Como en aquel gozoso encuentro de María e Isabel, el Catequista debe impregnar toda su persona y su ministerio con la alegría de la Fe. Permítanme que les comparta algo de lo que los Obispos de la Argentina escribimos hace unos meses en un documento en el que bosquejamos algunas orientaciones pastorales comunes para el trienio 2012-2015:
Ya es costumbre de muchos años que, ante la proximidad de la fiesta de San Pío X, les escriba una carta. Por medio de ella quiero saludarlos en su día, agradecerles el trabajo silencioso y fiel de cada semana, la capacidad de hacerse samaritanos que hospedan desde la fe, siendo rostros cercanos y corazones hermanos que permiten trasformar, de alguna manera, el anonimato de la gran ciudad.
Este año, el día del catequista nos encuentra ante un acontecimiento de gracia que ya empezamos a gustar. Dentro de dos meses comenzará el Año de la Fe que nuestro Papa Benedicto XVI ha convocado para “iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo…” (Carta Apostólica Porta Fidei, PF 2)
Será ciertamente un año jubilar. De ahí la invitación que el mismo Papa nos hace a atravesar la “Puerta de la Fe”. Atravesar esta puerta es un camino que dura toda la vida pero que en este tiempo de gracia todos estamos llamados a renovar. Por esto me nace en este año exhortarlos, como pastor y como hermano, a que se animen a transitar el tiempo presente con la fuerza transformadora de este acontecimiento.
Todos recordamos la invitación tantas veces repetidas del Beato Juan Pablo II: “Abran las puertas al Redentor”. Dios nos exhorta nuevamente: Abran las puertas al Señor: la puerta del corazón, las puertas de la mente, las puertas de la catequesis, de nuestras comunidades… todas las puertas a la Fe.
En este abrir la puerta de la fe hay siempre un sí, personal y libre. Un sí que es respuesta a Dios que toma la iniciativa y se acerca al hombre para entablar con él un diálogo, en que el don y el misterio se hacen siempre presentes.
Un sí que la Virgen Madre supo dar en la plenitud de los tiempos, en aquella humilde aldea de Nazareth, para que se empezara a entretejer la alianza nueva y definitiva que Dios tenía preparada, en Jesús, para la humanidad toda.
Siempre nos hace bien volver nuestra mirada a la Virgen. Más a quienes, de una u otra manera, se nos confía la tarea de acompañar la vida de muchos hermanos, y así juntos, poder decirle sí a la invitación de creer.
Pero la catequesis se vería seriamente comprometida si la experiencia de la fe nos dejara encerrados y anclados en nuestro mundo intimista o en las estructuras y espacios que con los años hemos ido creando. Creer en el Señor es atravesar siempre la puerta de la fe que nos hace salir, ponernos en camino, desinstalarnos... No hay que olvidar que la primera iniciación cristiana que se dio en el tiempo y en la historia culminó en misión... que tuvo las características de visitación. Con toda claridad nos dice el relato de Lucas: María se puso en camino con rapidez y llena del Espíritu.
La experiencia de la Fe nos ubica en Experiencia del Espíritu signada por la capacidad de ponerse en camino... No hay nada más opuesto al Espíritu que instalarse, encerrarse. Cuando no se transita por la puerta de la Fe, la puerta se cierra, la Iglesia se encierra, el corazón se repliega y el miedo y el mal espíritu “avinagran” la Buena Noticia. Cuando el Crisma de la Fe se reseca y se pone rancio el evangelizador ya no contagia sino que ha perdido su fragancia, constituyéndose muchas veces en causa de escándalo y de alejamiento para muchos.
El que cree es receptor de aquella bienaventuranza que atraviesa todo el Evangelio y que resuena a lo largo de la historia, ya en labios de Isabel: “Feliz de ti por haber creído”, ya dirigida por el mismo Jesús a Tomás: “¡Felices los que creen sin haber visto!”
Es bueno tomar conciencia de que hoy, más que nunca, el acto de creer tiene que trasparentar la alegría de la Fe. Como en aquel gozoso encuentro de María e Isabel, el Catequista debe impregnar toda su persona y su ministerio con la alegría de la Fe. Permítanme que les comparta algo de lo que los Obispos de la Argentina escribimos hace unos meses en un documento en el que bosquejamos algunas orientaciones pastorales comunes para el trienio 2012-2015:
“La alegría es la puerta para el anuncio de la Buena Noticia y también la consecuencia de vivir en la fe. Es la expresión que abre el camino para recibir el amor de Dios que es Padre de todos. Así lo notamos en el Anuncio del ángel a la Virgen María que, antes de decirle lo que en ella va a suceder, la invita a llenarse de alegría. Y es también el mensaje de Jesús para invitar a la confianza y al encuentro con Dios Padre: alégrense. Esta alegría cristiana es un don de Dios que surge naturalmente del encuentro personal con Cristo Resucitado y la fe en él”.
Por eso me animo a exhortarlos con el Apóstol Pablo: Alégrense, alégrense siempre en el Señor…
Que la catequesis a la cual sirven con tanto amor esté signada por esa
alegría, fruto de la cercanía del Señor Resucitado (“los discípulos se
llenaron de alegría cuando vieron al Señor”, Jn. 20,20), que permite
también descubrir la bondad de ustedes y la disponibilidad al llamado
del Señor…
Y no dejen nunca que el mal espíritu estropee la obra a la cual han sido convocados. Mal espíritu que tiene manifestaciones bien concretas, fáciles de descubrir: el enojo, el mal trato, el encierro, el desprecio, el ninguneo, la rutina, la murmuración, el chismerío…
La Virgen María en la visitación nos enseña otra actitud que debemos imitar y encarnar: la cercanía.
Ella literalmente se puso en camino para acortar distancias. No se quedó en la noticia de que su parienta Isabel estaba embarazada. Supo escuchar con el corazón y por eso conmoverse con ese misterio de vida. La cercanía de María hacia su prima implicó un desinstalarse, no quedarse centrada en ella, sino todo lo contrario. El sí de Nazaret, propio de toda actitud de fe, se transformó en un sí que se correspondió en su actuar… Y la que por obra del Espíritu Santo fue constituida Madre del Hijo, movida por ese mismo Espíritu se transformó en servidora de todos por amor a su Hijo. Una fe fecunda en caridad, capaz de incomodarse para encarnar la pedagogía de Dios que sabe hacer de la cercanía su identidad, su nombre, su misión: “y lo llamará con el nombre de Emanuel”
Y no dejen nunca que el mal espíritu estropee la obra a la cual han sido convocados. Mal espíritu que tiene manifestaciones bien concretas, fáciles de descubrir: el enojo, el mal trato, el encierro, el desprecio, el ninguneo, la rutina, la murmuración, el chismerío…
La Virgen María en la visitación nos enseña otra actitud que debemos imitar y encarnar: la cercanía.
Ella literalmente se puso en camino para acortar distancias. No se quedó en la noticia de que su parienta Isabel estaba embarazada. Supo escuchar con el corazón y por eso conmoverse con ese misterio de vida. La cercanía de María hacia su prima implicó un desinstalarse, no quedarse centrada en ella, sino todo lo contrario. El sí de Nazaret, propio de toda actitud de fe, se transformó en un sí que se correspondió en su actuar… Y la que por obra del Espíritu Santo fue constituida Madre del Hijo, movida por ese mismo Espíritu se transformó en servidora de todos por amor a su Hijo. Una fe fecunda en caridad, capaz de incomodarse para encarnar la pedagogía de Dios que sabe hacer de la cercanía su identidad, su nombre, su misión: “y lo llamará con el nombre de Emanuel”
“El Dios de Jesús se revela como un Dios cercano y amigo del hombre. El estilo de Jesús se distingue por la cercanía cordial. Los cristianos aprendemos ese estilo en el encuentro personal con Jesucristo vivo, encuentro que ha de ser permanente empeño de todo discípulo misionero. Desbordado de gozo por ese encuentro, el discípulo busca acercarse a todos para compartir su alegría. La misión es relación y por eso se despliega a través de la cercanía, de la creación de vínculos personales sostenidos en el tiempo. El amigo de Jesús se hace cercano a todos, sale al encuentro generando relaciones interpersonales que susciten, despierten y enciendan el interés por la verdad. De la amistad con Jesucristo surge un nuevo modo de relación con el prójimo, a quien se ve siempre como hermano. (CEA, Orientaciones pastorales para el trienio 2012-2015)
Cercanía que, me consta, se hace presente muchas veces en los encuentros
catequísticos de Ustedes, en la diversas edades en que les toca
acompañar los procesos de fe (niños-jóvenes-adultos). Pero siempre se
nos puede filtrar el profesionalismo distante, la desubicación de
creernos los “maestros que saben”, el cansancio y fatiga que nos baja
las defensas y nos endurece el corazón... Recordemos aquello tan
hermoso de la 1° Carta de Pablo a los cristianos de Tesalónica:
“…fuimos tan condescendientes con ustedes, como una madre que alimenta y
cuida a sus hijos. Sentíamos por ustedes tanto afecto, que deseábamos
entregarles, no solamente la buena noticia de Dios, sino también nuestra
propia vida: tan queridos llegaron a sernos.” (1Tes. 2, 7-8)
Pero además, les pido que, no vean reducido su campo evangelizador a los catequizandos. Ustedes son privilegiados para contagiar la alegría y belleza de la Fe a las familias de ellos. Háganse eco en su pastoral catequística de esta Iglesia de Buenos Aires que quiere vivir en estado de misión.
Miren una y mil veces a la Virgen María. Que ella interceda ante su Hijo para que les inspire el gesto y la palabra oportuna, que les permita hacer de la Catequesis una Buena Noticia para todos, teniendo siempre presente que la “Iglesia crece, no por proselitismo, sino por atracción”.
Soy consciente de las dificultades. Estamos en un momento muy particular de nuestra historia, incluso del país. El reciente Congreso Catequístico Nacional realizado en Morón fue muy realista en señalar las dificultades en la transmisión de la fe en estos tiempos de tantos cambios culturales. Quizás en más de una oportunidad el cansancio los venza, la incertidumbre los confunda e incluso lleguen a pensar que hoy no se puede proponer la fe, sino solamente contentarse con transmitir valores…
Por eso mismo, nuestro Papa Benedicto XVI nos invita a atravesar juntos la puerta de la Fe. Para renovar nuestro creer y en el creer de la Iglesia seguir haciendo lo que ella sabe hacer, en medio de luces y sombras. Tarea que no tiene origen en una estrategia de conservación, sino que es raíz de un mandato del Señor que nos da identidad, pertenencia y sentido. La misión surge de una certeza de la fe. De esa certeza que, en forma de Kerygma, la Iglesia ha venido trasmitiendo a los hombres a lo largo de dos mil años.
Certeza de la fe que convive con mil preguntas del peregrino. Certeza de la fe que no es ideología, moralismo, seguridades existenciales… sino el encuentro vivo e intransferible con una persona, con una acontecimiento, con la presencia viva de Jesús de Nazareth.
Por eso, me animo a exhortarlos: vivan este ministerio con pasión, con entusiasmo.
Pero además, les pido que, no vean reducido su campo evangelizador a los catequizandos. Ustedes son privilegiados para contagiar la alegría y belleza de la Fe a las familias de ellos. Háganse eco en su pastoral catequística de esta Iglesia de Buenos Aires que quiere vivir en estado de misión.
Miren una y mil veces a la Virgen María. Que ella interceda ante su Hijo para que les inspire el gesto y la palabra oportuna, que les permita hacer de la Catequesis una Buena Noticia para todos, teniendo siempre presente que la “Iglesia crece, no por proselitismo, sino por atracción”.
Soy consciente de las dificultades. Estamos en un momento muy particular de nuestra historia, incluso del país. El reciente Congreso Catequístico Nacional realizado en Morón fue muy realista en señalar las dificultades en la transmisión de la fe en estos tiempos de tantos cambios culturales. Quizás en más de una oportunidad el cansancio los venza, la incertidumbre los confunda e incluso lleguen a pensar que hoy no se puede proponer la fe, sino solamente contentarse con transmitir valores…
Por eso mismo, nuestro Papa Benedicto XVI nos invita a atravesar juntos la puerta de la Fe. Para renovar nuestro creer y en el creer de la Iglesia seguir haciendo lo que ella sabe hacer, en medio de luces y sombras. Tarea que no tiene origen en una estrategia de conservación, sino que es raíz de un mandato del Señor que nos da identidad, pertenencia y sentido. La misión surge de una certeza de la fe. De esa certeza que, en forma de Kerygma, la Iglesia ha venido trasmitiendo a los hombres a lo largo de dos mil años.
Certeza de la fe que convive con mil preguntas del peregrino. Certeza de la fe que no es ideología, moralismo, seguridades existenciales… sino el encuentro vivo e intransferible con una persona, con una acontecimiento, con la presencia viva de Jesús de Nazareth.
Por eso, me animo a exhortarlos: vivan este ministerio con pasión, con entusiasmo.
La palabra entusiasmo (ενθουσιασμός) tiene su raíz en el griego “en-theos”, es decir: “que lleva un dios adentro.” Este término indica que, cuando nos dejamos llevar por el entusiasmo, una inspiración divina entra en nosotros y se sirve de nuestra persona para manifestarse. El entusiasmo es la experiencia de un “Dios activo dentro de mí” para ser guiado por su fuerza y sabiduría. Implica también la exaltación del ánimo por algo que causa interés, alegría y admiración, provocado por una fuerte motivación interior. Se expresa como apasionamiento, fervor, audacia y empeño. Se opone al desaliento, al desinterés, a la apatía, a la frialdad y a la desilusión.
El “Dios activo dentro” de nosotros es el regalo que nos hizo Jesús en Pentecostés, el Espíritu Santo: “Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto.” (Lc 24, 49). Se realiza así lo anunciado por los profetas, “les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes.” [c] (Ez. 36, 26) (CEA, Orientaciones pastorales para el trienio 2012-2015)
El entusiasmo, el fervor al cual nos llama el Señor, bien sabemos
que no puede ser el resultado de un movimiento de voluntad o un simple
cambio de ánimo. Es gracia... renovación interior, transformación
profunda que se fundamenta y apoya en una Presencia, que un día nos
llamó a seguirlo y que hoy, una vez más, se hace camino con nosotros,
para transformar nuestros miedos en ardor, nuestra tristeza en alegría,
nuestros encierros en nuevas visitaciones…
Al darte gracias de corazón por todo tu camino de catequista, por tu tiempo y tu vida entregada, le pido al Señor que te dé una mente abierta para recrear el diálogo y el encuentro entre quienes Dios te confía y un corazón creyente para seguir gritando que El está vivo y nos ama como nadie. Hay una estampa de María Auxiliadora que dice: [c]“Vos que creíste, ayudame!” Que Ella nos ayude a seguir siendo fieles al llamado del Señor…
No dejes de rezar por mí para que sea un buen catequista. Que Jesús te bendiga y la Virgen Santa te cuide. Afectuosamente
Card. Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 21 de Agosto de 2012
Al darte gracias de corazón por todo tu camino de catequista, por tu tiempo y tu vida entregada, le pido al Señor que te dé una mente abierta para recrear el diálogo y el encuentro entre quienes Dios te confía y un corazón creyente para seguir gritando que El está vivo y nos ama como nadie. Hay una estampa de María Auxiliadora que dice: [c]“Vos que creíste, ayudame!” Que Ella nos ayude a seguir siendo fieles al llamado del Señor…
No dejes de rezar por mí para que sea un buen catequista. Que Jesús te bendiga y la Virgen Santa te cuide. Afectuosamente
Card. Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 21 de Agosto de 2012
martes, 7 de agosto de 2012
Homilía en la fiesta de San Cayetano - Santuario de San Cayetano, Liniers, 7 de agosto de 2012)- Cardenal Jorge Mario Bergoglio
Homilía del cardenal Jorge Mario
Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires en la fiesta de San Cayetano
(Santuario de San Cayetano, Liniers, 7 de agosto de 2012)
Al enterarse de eso, Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto
para estar a solas. Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo
siguió a pie. Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y,
compadeciéndose de ella, curó a los enfermos. Al atardecer, los
discípulos se acercaron y le dijeron: «Este es un lugar desierto y ya se
hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a
comprarse alimentos». Pero Jesús les dijo:
«No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos». Ellos respondieron:
«Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados». «Tráiganmelos aquí», les dijo. Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños (Mt 14, 13-21).
San Cayetano, bendecí nuestra Patria con pan y trabajo para todos
«No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos». Ellos respondieron:
«Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados». «Tráiganmelos aquí», les dijo. Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños (Mt 14, 13-21).
San Cayetano, bendecí nuestra Patria con pan y trabajo para todos
Como todos los años, estamos de nuevo hoy aquí, para tener nuestro
encuentro con el Santo amigo de Jesús y de su pueblo. Un encuentro de
cercanía, de agradecimiento, de petición… ¡tantas cosas que traemos en
el corazón! Y la petición que hacemos juntos este año es algo especial.
No pedimos directamente “por favor, danos pan y trabajo”, sino
“bendecinos con estos dones”. El pedido principal es una bendición: San Cayetano, bendecí nuestra Patria con pan y trabajo para todos.
A alguno quizá le parezca poca cosa hacer una cola tan larga para pedir sólo una bendición; y más todavía si el pedido es que nos bendiga con pan y trabajo. Es verdad que el trabajo está duro, cuesta conseguirlo; y el pan está caro (el más barato como a $7 el kilo). Pero hay algo más: si se fijan bien la bendición se agranda al comienzo y al final del pedido: donde decimos “nuestra patria” y “para todos”.
Así que venimos con un encargo importante, venimos en representación de todos a pedir la bendición grande que necesita nuestra patria. Hay gente que maldice “este país” o porque no le gustan algunas cosas o algunos de sus compatriotas. Nosotros no maldecimos. Puede ser que protestemos o que discutamos, pero no sólo no maldecimos sino que, como sentimos que nuestra bendición no basta, venimos a pedir la bendición de Dios: que bendiga nuestra Patria, en todos sus habitantes, en toda su historia y su geografía. Y a San Cayetano, que la bendiga con la bendición tan necesaria para una vida digna: con la bendición del pan y del trabajo para todos.
Para todos…El evangelio dice que Jesús alzó los ojos al Cielo, bendijo los cinco pancitos y los pescados, los partió, los repartieron y “todos comieron hasta saciarse”. Que el Padre nos dé el pan nuestro y el trabajo de cada día es una bendición. Pero no sólo es una bendición cuando lo tenemos en la mano; ya desearlo para todos es una bendición. Abrir el corazón y sentir presentes a todos, como hermanos, es una bendición.
Indignarnos contra la injusticia de que el pan y el trabajo no lleguen a todos es una parte de la bendición. Colaborar con otros, partiendo y repartiendo nuestro pan, es la otra parte de la bendición que pedimos.
San Cayetano, bendecí nuestra Patria con pan y trabajo para todos. ¿Y saben por qué es una bendición desear y luchar para que haya pan y trabajo para todos? ¿Saben por qué? Porque este buen deseo y esta lucha le hacen bien al corazón, lo alegran, lo ensanchan, lo hacen latir con felicidad. Jesús lo decía así: “Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados”.
La justicia es la que alegra el corazón: cuando hay para todos, cuando uno ve que hay igualdad, equidad, cuando cada uno tiene lo suyo. Cuando uno ve que alcanza para todos, si es bien nacido, siente una felicidad especial en el corazón. Ahí se agranda el corazón de cada uno y se funde con el de los otros y nos hace sentir la Patria. La Patria florece cuando vemos “en el trono a la noble igualdad”, como bien dice nuestro himno nacional. La injusticia en cambio lo ensombrece todo. Qué triste es cuando uno ve que podría alcanzar perfectamente para todos y resulta que no.
Nuestro pueblo tiene en el corazón esta bendición del todo, que es la que nos hace patria. Esa bendición se ve incluso en la humildad para mantener el todo aunque sea en un restito, como cuando decimos “si no alcanza para todos, al menos que alcance para todos los chicos” y colaboramos en el comedor infantil… Decir “todos los chicos” es decir todo el futuro. Decir “todos los jubilados” es decir toda nuestra historia. Nuestro pueblo sabe que el todo es mayor que las partes y por eso pedimos “pan y trabajo para todos”. Qué despreciable en cambio el que atesora sólo para su hoy, el que tiene un corazón chiquito de egoísmo y sólo piensa en manotear esa tajada que no se llevará cuando se muera. Porque nadie se lleva nada. Nunca ví un camión de mudanza detrás de un cortejo fúnebre. Mi abuela nos decía: “la mortaja no tiene bolsillos”.
Jesús nos enseñó que cuando no nos sacamos el problema de encima y mandamos a cada uno a su casa, como querían los Apóstoles, sino que invitamos a que se sienten todos y partimos nuestro pan, nuestro Padre del cielo siempre nos bendice con el milagro de la multiplicación y alcanza para todos. Por eso venimos a pedir hoy esta bendición tan especial para nuestra patria. La necesitamos porque en la vida hay muchos que tiran cada uno para su lado, como si uno pudiera tener una bendición para él solo o para un grupo. Eso no es una bendición sino una maldición. Y fíjense qué curioso, el que tira para su lado y no para el bien común suele ser una persona que maldice: que maldice a los otros y que mal-dice las cosas: las dice mal, miente, inventa, dice la mitad…
Mientras caminamos en la fila, ensanchemos el alma con esta petición: “para todos”. Abramos el corazón para pedirla cuando toquemos al Santo y nos hagamos la señal de la cruz. Que San Cayetano nos convierta en personas que desean el bien para todos, personas que luchan y colaboran con Jesús para que esta bendición se haga realidad. Como los apóstoles, que se animaron a ensanchar el corazón cuando al principio querían que cada uno se fuera a su casa, y después colaboraron con el Señor en la tarea de repartir el pan y juntar lo que sobraba.
Le agradecemos a Jesús el haber traído esta bendición a nuestra tierra: él fue el primero en “desear el bien para todos”, sin exclusión de nadie. Fue el primero y asoció a muchos que hoy son nuestros santos, como San Cayetano, como nuestro Cura Brochero, santos porque no recortaron la bendición, gente de esa que “hace sentarse a todos” y “bendice y parte y reparte”. Que linda imagen: ser personas que bendicen y que parten y reparten. Y no ser de los que maldicen y juntan y juntan, y después no se van a poder llevar nada. Solamente nos llevamos lo que dimos, lo que repartimos, lo que compartimos.
San Cayetano, bendice nuestra patria con pan y trabajo para todos
Se lo pedimos también a la Virgen. Virgencita, bendecí nuestra patria con pan y trabajo para todos. Ella se da cuenta cuando falta algo. ¿Se acuerdan del casamiento en Caná?
Se lo pedimos a nuestro Padre del Cielo: Padre, danos hoy a todos nuestro pan de cada día y que todos aceptemos la invitación a trabajar en esta viña tuya que es nuestra querida Patria Argentina.
Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 7 de agosto de 2012
A alguno quizá le parezca poca cosa hacer una cola tan larga para pedir sólo una bendición; y más todavía si el pedido es que nos bendiga con pan y trabajo. Es verdad que el trabajo está duro, cuesta conseguirlo; y el pan está caro (el más barato como a $7 el kilo). Pero hay algo más: si se fijan bien la bendición se agranda al comienzo y al final del pedido: donde decimos “nuestra patria” y “para todos”.
Así que venimos con un encargo importante, venimos en representación de todos a pedir la bendición grande que necesita nuestra patria. Hay gente que maldice “este país” o porque no le gustan algunas cosas o algunos de sus compatriotas. Nosotros no maldecimos. Puede ser que protestemos o que discutamos, pero no sólo no maldecimos sino que, como sentimos que nuestra bendición no basta, venimos a pedir la bendición de Dios: que bendiga nuestra Patria, en todos sus habitantes, en toda su historia y su geografía. Y a San Cayetano, que la bendiga con la bendición tan necesaria para una vida digna: con la bendición del pan y del trabajo para todos.
Para todos…El evangelio dice que Jesús alzó los ojos al Cielo, bendijo los cinco pancitos y los pescados, los partió, los repartieron y “todos comieron hasta saciarse”. Que el Padre nos dé el pan nuestro y el trabajo de cada día es una bendición. Pero no sólo es una bendición cuando lo tenemos en la mano; ya desearlo para todos es una bendición. Abrir el corazón y sentir presentes a todos, como hermanos, es una bendición.
Indignarnos contra la injusticia de que el pan y el trabajo no lleguen a todos es una parte de la bendición. Colaborar con otros, partiendo y repartiendo nuestro pan, es la otra parte de la bendición que pedimos.
San Cayetano, bendecí nuestra Patria con pan y trabajo para todos. ¿Y saben por qué es una bendición desear y luchar para que haya pan y trabajo para todos? ¿Saben por qué? Porque este buen deseo y esta lucha le hacen bien al corazón, lo alegran, lo ensanchan, lo hacen latir con felicidad. Jesús lo decía así: “Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados”.
La justicia es la que alegra el corazón: cuando hay para todos, cuando uno ve que hay igualdad, equidad, cuando cada uno tiene lo suyo. Cuando uno ve que alcanza para todos, si es bien nacido, siente una felicidad especial en el corazón. Ahí se agranda el corazón de cada uno y se funde con el de los otros y nos hace sentir la Patria. La Patria florece cuando vemos “en el trono a la noble igualdad”, como bien dice nuestro himno nacional. La injusticia en cambio lo ensombrece todo. Qué triste es cuando uno ve que podría alcanzar perfectamente para todos y resulta que no.
Nuestro pueblo tiene en el corazón esta bendición del todo, que es la que nos hace patria. Esa bendición se ve incluso en la humildad para mantener el todo aunque sea en un restito, como cuando decimos “si no alcanza para todos, al menos que alcance para todos los chicos” y colaboramos en el comedor infantil… Decir “todos los chicos” es decir todo el futuro. Decir “todos los jubilados” es decir toda nuestra historia. Nuestro pueblo sabe que el todo es mayor que las partes y por eso pedimos “pan y trabajo para todos”. Qué despreciable en cambio el que atesora sólo para su hoy, el que tiene un corazón chiquito de egoísmo y sólo piensa en manotear esa tajada que no se llevará cuando se muera. Porque nadie se lleva nada. Nunca ví un camión de mudanza detrás de un cortejo fúnebre. Mi abuela nos decía: “la mortaja no tiene bolsillos”.
Jesús nos enseñó que cuando no nos sacamos el problema de encima y mandamos a cada uno a su casa, como querían los Apóstoles, sino que invitamos a que se sienten todos y partimos nuestro pan, nuestro Padre del cielo siempre nos bendice con el milagro de la multiplicación y alcanza para todos. Por eso venimos a pedir hoy esta bendición tan especial para nuestra patria. La necesitamos porque en la vida hay muchos que tiran cada uno para su lado, como si uno pudiera tener una bendición para él solo o para un grupo. Eso no es una bendición sino una maldición. Y fíjense qué curioso, el que tira para su lado y no para el bien común suele ser una persona que maldice: que maldice a los otros y que mal-dice las cosas: las dice mal, miente, inventa, dice la mitad…
Mientras caminamos en la fila, ensanchemos el alma con esta petición: “para todos”. Abramos el corazón para pedirla cuando toquemos al Santo y nos hagamos la señal de la cruz. Que San Cayetano nos convierta en personas que desean el bien para todos, personas que luchan y colaboran con Jesús para que esta bendición se haga realidad. Como los apóstoles, que se animaron a ensanchar el corazón cuando al principio querían que cada uno se fuera a su casa, y después colaboraron con el Señor en la tarea de repartir el pan y juntar lo que sobraba.
Le agradecemos a Jesús el haber traído esta bendición a nuestra tierra: él fue el primero en “desear el bien para todos”, sin exclusión de nadie. Fue el primero y asoció a muchos que hoy son nuestros santos, como San Cayetano, como nuestro Cura Brochero, santos porque no recortaron la bendición, gente de esa que “hace sentarse a todos” y “bendice y parte y reparte”. Que linda imagen: ser personas que bendicen y que parten y reparten. Y no ser de los que maldicen y juntan y juntan, y después no se van a poder llevar nada. Solamente nos llevamos lo que dimos, lo que repartimos, lo que compartimos.
San Cayetano, bendice nuestra patria con pan y trabajo para todos
Se lo pedimos también a la Virgen. Virgencita, bendecí nuestra patria con pan y trabajo para todos. Ella se da cuenta cuando falta algo. ¿Se acuerdan del casamiento en Caná?
Se lo pedimos a nuestro Padre del Cielo: Padre, danos hoy a todos nuestro pan de cada día y que todos aceptemos la invitación a trabajar en esta viña tuya que es nuestra querida Patria Argentina.
Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 7 de agosto de 2012
viernes, 27 de julio de 2012
Homilía en las fiestas patronales de San Pantaleón - Santuario San Pantaleón, 27 de julio de 2012 - Cardenal Jorge Mario Bergoglio
Homilía del cardenal
Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires, en las fiestas
patronales de San Pantaleón (Santuario San Pantaleón, 27 de julio de
2012)
En la primera lectura del Profeta Isaías escuchamos: “Qué hermosos son
los pasos sobre la montaña, del que trae la Buena Noticia, del que
proclama la paz, del que anuncia la felicidad”. Y en el Evangelio
escuchamos a Jesús desde la montaña, desde el monte. Y El ha venido a
traernos una Buena Noticia, a proclamar la paz, a anunciar la felicidad.
Y desde esa montaña nos indica el camino para esa felicidad, es un
camino que cuesta entenderlo porque parece un camino al revés y sin
embargo el Señor nos marca el rumbo mirando el fin: el que va por este
camino es feliz, tarde o temprano, es feliz.
A veces uno se pregunta cómo puede ser feliz un pobre de corazón, porque su único tesoro es el reino de los cielos; a ése que tiene el corazón despojado, sin tanta chuchería mundana... a ése lo espera el reino de los cielos. Cómo pueden ser felices los que lloran? Bienaventurados los que lloran, porque esos serán consolados. El que no sintió alguna vez en la vida la tristeza, la angustia, el dolor nunca va a conocer la caricia del consuelo; es tan linda la caricia del consuelo... Uno podría decir que una maldición, gitana o no gitana, que le puede desear a otro sería “Ojalá que no puedas llorar nunca”... pobre el hombre o la mujer que tenga el corazón de piedra y no pueda llorar, por eso felices los que lloran porque tienen capacidad de conmoverse, tienen capacidad de percibir desde su corazón, tanto dolor suelto, tanto dolor que tiene en su propia vida. Esos serán felices! porque serán consolados por la tierna mano del Padre Dios que los consuela y los acaricia.
Bienaventurados los pacientes! Nosotros que somos impacientes, nerviosos... que por cualquier cosa nos quejamos... Cuántas veces andamos a los gritos?? Bajemos el tono hacia la paciencia; nos impacientamos, cualquier cosa nos hace explotar, las exigencias... Miremos a esas mujeres que son madres, madrazas, buenas madres y miremos la paciencia que tienen para con sus hijos; como los van acompañando a lo largo de la vida. La paciencia frente al dolor... El que se pone nervioso por cualquier cosa termina con los cables pelados, ¿o no? Entonces no hay que ponerse nervioso. Además, el que está exigiendo, imponiéndose a los gritos o con nervios o con autoridad en el fondo se la creyó, que es el patrón del mundo y no es así; somos todos hijos de Dios.
Y por eso el Señor nos dice que el camino es el de la paciencia; es el camino que usó Jesús... el de la paciencia. Ya de chiquito, cuando era un niño de pecho tuvo que aguantar el destierro y después la calumnia, la difamación, la desinformación, de todos sus enemigos; tuvo que aguantar un tribunal injusto y se la bancó... Tuvo que aguantar la cruz y eso con amor. El Señor de la paciencia. Entonces Jesús nos dice: Felices los pacientes porque el que tenga paciencia va a heredar la tierra. Todos lo van a querer, todos lo van a amar, la paciencia del que escucha y del que aguanta porque para muchas cosas hay que tener aguante, ¿o no?
Felices los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados... Felices esos hombres y mujeres que no toleran una injusticia! Felices esos hombres y mujeres que no toleran que al hermano o a la hermana le hagan una injusticia, que le roben la vida, que lo sometan, que lo esclavicen. Felices! porque serán saciados de una gran justicia: la justicia que sólo viene de Dios.
Y ésta es la más linda o por lo menos es la que mas me gusta a mí... Será porque como soy muy pecador es la que mas necesito. Felices los misericordiosos porque obtendrán misericordia. Feliz aquel que sabe perdonar, que tiene misericordia para los demás, que no anda condenando a cada rato a todo el mundo. Todos nosotros necesitamos que Dios nos tenga misericordia y por eso lo pedimos al comenzar la misa: “Señor ten piedad de nosotros”. Tené misericordia de nosotros porque todos tenemos fallas y necesitamos que El nos perdone... pero si nosotros no la tenemos con los demás no seremos felices! Abramos nuestros corazones a la misericordia de Dios o al revés, abrimos nuestro corazón porque nos damos cuenta de toda la misericordia que Dios tiene con nosotros. Le decimos continuamente: Perdoná nuestras ofensas, en el Padre Nuestro... pero no solo eso... sino que además decimos “Así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Esa es la misericordia.... pero Padre… si uno va por este camino ¿juega a perdedor? El cristiano juega a perdedor! ¿Está claro eso? Acá no venimos ni para trepar, ni para acomodarnos ni para tener grandes fortunas sino que venimos para seguir a Jesús. Y El jugó a perdedor para ganar después en la resurrección, en la vida eterna; el camino de la misericordia, el camino del perdón, de hacerse el distraído frente al camino de las ofensas y no el de la venganza...
Felices los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios.... Vieron que hay gente que siempre está armando líos, siempre está llevando cuentos. Yo no sé si esto pasa acá pero vieron que hay gente que se la pasa llevando chismes de un lado a otro y esos no siembran paz. Siembran cizaña: son cizañeros. Esos no pueden ser felices. Los que siembran paz, son misericordiosos y pacientes serán llamados hijos de Dios. Porque nuestro Dios siembra paz; sembró a su Hijo entre nosotros que nos dio la paz!
Por este camino vamos a tener la felicidad, y podríamos seguir. Pero quiero retomar algo tan lindo que escuchamos en la primera lectura: Qué hermosos son sobre la montaña los pasos del que trae la Buena Noticia, del que proclama la paz, del que anuncia la felicidad. Y es Jesús el que nos trae la paz y la felicidad pero por este camino que acabamos de escuchar; por eso entre la primera y la segunda lectura escuchamos ese salmo tan bonito: Feliz el hombre que no sigue el consejo del impío... el consejo malo que dice "devolvésela", pegale, insultá"... eso no sirve; ni tampoco va por el camino de los malos: "coimeá", "robá"... ni frecuenta la reunión de los malvados: “A ver cómo podemos hacer caer a éste o a aquél otro”, sino feliz el hombre que se alegra en la ley del Señor y la medita día y noche. Y la ley del Señor son estas bienaventuranzas que hemos escuchado. Que ustedes durante este año las han venido meditando en el Santuario, hasta tal punto de ir asimilándolas.
Hoy en el día del Santo Patrono, pidámosle esa gracia de tener un corazón despojado, la gracia de poder llorar. la gracia de la paciencia, la gracia de luchar y trabajar por la justicia, la gracia de ser misericordiosos, la gracia de trabajar por la paz, de sembrar paz y no guerra ni pelea. Este es el camino que nos va a hacer felices y no el otro de que termina ahí nomás.
Le pedimos hoy a nuestro Santo Patrono San Pantaleón, que nos ayude a caminar este camino que fue por el que él anduvo.
Que así sea.
Cardenal Jorge M. Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 27 de julio de 2012.
A veces uno se pregunta cómo puede ser feliz un pobre de corazón, porque su único tesoro es el reino de los cielos; a ése que tiene el corazón despojado, sin tanta chuchería mundana... a ése lo espera el reino de los cielos. Cómo pueden ser felices los que lloran? Bienaventurados los que lloran, porque esos serán consolados. El que no sintió alguna vez en la vida la tristeza, la angustia, el dolor nunca va a conocer la caricia del consuelo; es tan linda la caricia del consuelo... Uno podría decir que una maldición, gitana o no gitana, que le puede desear a otro sería “Ojalá que no puedas llorar nunca”... pobre el hombre o la mujer que tenga el corazón de piedra y no pueda llorar, por eso felices los que lloran porque tienen capacidad de conmoverse, tienen capacidad de percibir desde su corazón, tanto dolor suelto, tanto dolor que tiene en su propia vida. Esos serán felices! porque serán consolados por la tierna mano del Padre Dios que los consuela y los acaricia.
Bienaventurados los pacientes! Nosotros que somos impacientes, nerviosos... que por cualquier cosa nos quejamos... Cuántas veces andamos a los gritos?? Bajemos el tono hacia la paciencia; nos impacientamos, cualquier cosa nos hace explotar, las exigencias... Miremos a esas mujeres que son madres, madrazas, buenas madres y miremos la paciencia que tienen para con sus hijos; como los van acompañando a lo largo de la vida. La paciencia frente al dolor... El que se pone nervioso por cualquier cosa termina con los cables pelados, ¿o no? Entonces no hay que ponerse nervioso. Además, el que está exigiendo, imponiéndose a los gritos o con nervios o con autoridad en el fondo se la creyó, que es el patrón del mundo y no es así; somos todos hijos de Dios.
Y por eso el Señor nos dice que el camino es el de la paciencia; es el camino que usó Jesús... el de la paciencia. Ya de chiquito, cuando era un niño de pecho tuvo que aguantar el destierro y después la calumnia, la difamación, la desinformación, de todos sus enemigos; tuvo que aguantar un tribunal injusto y se la bancó... Tuvo que aguantar la cruz y eso con amor. El Señor de la paciencia. Entonces Jesús nos dice: Felices los pacientes porque el que tenga paciencia va a heredar la tierra. Todos lo van a querer, todos lo van a amar, la paciencia del que escucha y del que aguanta porque para muchas cosas hay que tener aguante, ¿o no?
Felices los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados... Felices esos hombres y mujeres que no toleran una injusticia! Felices esos hombres y mujeres que no toleran que al hermano o a la hermana le hagan una injusticia, que le roben la vida, que lo sometan, que lo esclavicen. Felices! porque serán saciados de una gran justicia: la justicia que sólo viene de Dios.
Y ésta es la más linda o por lo menos es la que mas me gusta a mí... Será porque como soy muy pecador es la que mas necesito. Felices los misericordiosos porque obtendrán misericordia. Feliz aquel que sabe perdonar, que tiene misericordia para los demás, que no anda condenando a cada rato a todo el mundo. Todos nosotros necesitamos que Dios nos tenga misericordia y por eso lo pedimos al comenzar la misa: “Señor ten piedad de nosotros”. Tené misericordia de nosotros porque todos tenemos fallas y necesitamos que El nos perdone... pero si nosotros no la tenemos con los demás no seremos felices! Abramos nuestros corazones a la misericordia de Dios o al revés, abrimos nuestro corazón porque nos damos cuenta de toda la misericordia que Dios tiene con nosotros. Le decimos continuamente: Perdoná nuestras ofensas, en el Padre Nuestro... pero no solo eso... sino que además decimos “Así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Esa es la misericordia.... pero Padre… si uno va por este camino ¿juega a perdedor? El cristiano juega a perdedor! ¿Está claro eso? Acá no venimos ni para trepar, ni para acomodarnos ni para tener grandes fortunas sino que venimos para seguir a Jesús. Y El jugó a perdedor para ganar después en la resurrección, en la vida eterna; el camino de la misericordia, el camino del perdón, de hacerse el distraído frente al camino de las ofensas y no el de la venganza...
Felices los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios.... Vieron que hay gente que siempre está armando líos, siempre está llevando cuentos. Yo no sé si esto pasa acá pero vieron que hay gente que se la pasa llevando chismes de un lado a otro y esos no siembran paz. Siembran cizaña: son cizañeros. Esos no pueden ser felices. Los que siembran paz, son misericordiosos y pacientes serán llamados hijos de Dios. Porque nuestro Dios siembra paz; sembró a su Hijo entre nosotros que nos dio la paz!
Por este camino vamos a tener la felicidad, y podríamos seguir. Pero quiero retomar algo tan lindo que escuchamos en la primera lectura: Qué hermosos son sobre la montaña los pasos del que trae la Buena Noticia, del que proclama la paz, del que anuncia la felicidad. Y es Jesús el que nos trae la paz y la felicidad pero por este camino que acabamos de escuchar; por eso entre la primera y la segunda lectura escuchamos ese salmo tan bonito: Feliz el hombre que no sigue el consejo del impío... el consejo malo que dice "devolvésela", pegale, insultá"... eso no sirve; ni tampoco va por el camino de los malos: "coimeá", "robá"... ni frecuenta la reunión de los malvados: “A ver cómo podemos hacer caer a éste o a aquél otro”, sino feliz el hombre que se alegra en la ley del Señor y la medita día y noche. Y la ley del Señor son estas bienaventuranzas que hemos escuchado. Que ustedes durante este año las han venido meditando en el Santuario, hasta tal punto de ir asimilándolas.
Hoy en el día del Santo Patrono, pidámosle esa gracia de tener un corazón despojado, la gracia de poder llorar. la gracia de la paciencia, la gracia de luchar y trabajar por la justicia, la gracia de ser misericordiosos, la gracia de trabajar por la paz, de sembrar paz y no guerra ni pelea. Este es el camino que nos va a hacer felices y no el otro de que termina ahí nomás.
Le pedimos hoy a nuestro Santo Patrono San Pantaleón, que nos ayude a caminar este camino que fue por el que él anduvo.
Que así sea.
Cardenal Jorge M. Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 27 de julio de 2012.



