
Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, en la Vigilia Pascual (23 de abril de 2011)
Amanecía el domingo cuando estas mujeres que amaban tanto a Jesús
fueron a visitar el sepulcro. Ese sepulcro frente al cual habían estado
sentadas (cfr. Mt. 27: 61) el viernes anterior y contemplaron la
sepultura del Señor; ese sepulcro del cual se alejaron porque comenzaba
el descanso sabático prescripto por la Ley (cfr. Ju. 19: 42). Ese
sepulcro clausurado por aquella piedra que José de Arimatea hizo rodar y
a la cual la inquietud de una mala conciencia mandó asegurar y sellar
(Mt. 27:66). Esa piedra clausuraba definitivamente las expectativas de
salvación que habían creado la vida y la predicación de Jesús. Esa
piedra, asegurada, sellada y custodiada por los guardias constituía un
“mentís” a tantas promesas. Esa piedra proclamaba un fracaso contundente
y esas debilitadas mujeres caminaban, tristes hacia ese monumento al
fracaso.
Y luego Dios dice ¡Basta!, viene el terremoto y el Ángel del Señor
con la fuerza relampagueante de una verdad nueva hace rodar la piedra en
sentido inverso; se abre ese sepulcro ya vacío. Y le dice el Ángel a
las mujeres: “no está aquí porque ha resucitado como lo había dicho”…
entonces ellas recordaron, recordaron aquella chispita de esperanza a la
que no le habían dado lugar en el corazón. De aquí en más, los
seguidores de Jesús sabemos que más allá de un sepulcro siempre hay
esperanza. Lo que no pudo la piedra de nuestra autosuficiencia lo sembró
el poder de Dios en la carne escarnecida y renovada de su Hijo Jesús.
Habían querido “asegurar” la muerte y –sin saberlo ni creerlo-
aseguraron la vida a toda la humanidad.
Se dan distintos sentimientos ante esta piedra removida hacia atrás.
Los guardias tiemblan de espanto y quedan “paralizados, como muertos”.
Las mujeres están aterrorizadas pero el anuncio del Ángel las llena de
alegría y “se alejan rápidamente del sepulcro”. A los guardias los
paraliza su adhesión a la muerte; a ellas el anuncio de vida le colma la
esperanza y les regala la alegría, esa alegría que las impele a salir
corriendo para dar la noticia. La muerte paraliza, la vida impulsa a
comunicarla.
Ellas son portadoras de una noticia: Jesús no había mentido, estaba
vivo y lo habían visto. Los guardias, petrificados en su estrechez
existencial, solo atinan andar el camino hacia la protección fugaz y
coyuntural de la coima. Así continúa el texto bíblico: “Mientras ellas
se alejaban, algunos guardias fueron a la ciudad para contar a los sumos
sacerdotes todo lo que había sucedido. Estos se reunieron con los
ancianos y, de común acuerdo, dieron a los soldados una gran cantidad de
dinero, con esta consigna: Digan así: sus discípulos vinieron durante
la noche y robaron el cuerpo mientras dormíamos. Si el asunto llega a
oídos del gobernador, nosotros nos encargaremos de apaciguarlo y de
evitarles a Ustedes cualquier contratiempo. Ellos recibieron el dinero y
cumplieron la consigna (Mt: 28: 11-15).
Contemplando los sentimientos opuestos que tenían las mujeres y los
guardias, nos cabe la pregunta sobre nosotros, que estamos hoy aquí
celebrando la Vida nueva, la que Jesús Resucitado nos ofrece y regala.
¿Qué nos atrae más: la seguridad clausurada del sepulcro o esa alegre
inseguridad del anuncio? ¿Dónde está nuestro corazón: en la certeza que
nos ofrecen las cosas muertas, sin futuro, o en esa alegría en esperanza
de quien es portador de una noticia de vida? ¿Corremos en pos de la
Vida con la promesa de hallarla en esa Galilea del encuentro o
preferimos la coima existencial que nos asegura cualquier piedra que
clausura y anula nuestro corazón? ¿Prefiero la tristeza o un simple
contento paralizante, o me animo a transitar la alegría, ese camino de
alegría que nace del convencimiento de que mi Redentor vive?
Moisés, antes de morir, reunió al pueblo y les dijo: “Hoy pongo
delante de ti la vida y la felicidad (o) la muerte y la desdicha” (Deut.
30:15). Hoy también, en esta celebración litúrgica junto a Jesús
Resucitado realmente presente en el altar, la Iglesia nos propone algo
similar: o creemos en la contundencia del sepulcro clausurado por la
piedra, la adoptamos como forma de vida y alimentamos nuestro corazón
con la tristeza, o nos animamos a recibir el anuncio del Ángel: “No está
aquí, ha resucitado” y asumimos la alegría, esa “dulce y confortadora
alegría de evangelizar” que nos abre el camino a proclamar que Él está
vivo y nos espera, en todo momento, en la Galilea del encuentro con cada
uno.
Que el Espíritu Santo nos enseñe y ayude a elegir bien.
Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 23 de abril de 2011