"Nosotros no poseemos la verdad, es la Verdad quien nos posee a nosotros. Cristo, que es la Verdad, nos toma de la mano". Benedicto XVI
"Dejá que Jesús escriba tu historia. Dejate sorprender por Jesús." Francisco
"¡No tengan miedo!" Juan Pablo II
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jueves, 8 de noviembre de 2012
sábado, 29 de septiembre de 2012
Biblia:¿Quién era la serpiente del Paraíso?
Una
víbora que habla
Hay un enigma que siempre ha
intrigado a los lectores de la Biblia, y que tiene que ver con el relato del
pecado original: es el de la serpiente que tentó a la mujer en el Paraíso.
¿Quién era realmente?
El Génesis afirma que se
trataba de un simple animal de campo, uno más de los que Dios había creado
(Génesis 3,1). Pero poco después vemos que la serpiente conversa con Eva. ¿Cómo
pudo hablar, si era una víbora? ¿Y cómo podía tener una inteligencia superior a
la del hombre (Como dice en Génesis 3,5)? No puede ser, evidentemente, un
animal real. ¿Quién era entonces?
Algunos sostienen que sí era
un animal real pero que estaba poseído por el Diablo para engañar a Eva. Pero
si la serpiente era sólo un instrumento del Diablo, ¿Por qué Dios la castiga a
ella haciendo que se arrastre sobre su vientre y coma polvo por el resto de su
vida (Génesis 3,14), en vez de castigar al Diablo?
Una segunda creencia, la más
común entre los lectores de la Biblia, es que aquí la serpiente no era un
animal real sino un símbolo del Diablo, una imagen, un disfraz literario del
autor para referirse a este ser maligno, que fue quien en realidad tentó a
nuestros primeros padres en el Paraíso.
El
disfraz del Diablo
Pero esta solución choca con
una gran dificultad, y es que en ninguna otra parte del Génesis se lo nombra al
Diablo. Más aún, el Diablo (O Satanás, que es lo mismo) es un personaje
desconocido para los autores de los libros bíblicos más antiguos; por eso jamás
aparece en el Pentateuco, ni en los libros históricos, ni en los libros
proféticos. ¿Cómo podía conocerlo el autor de este capítulo del Génesis? Los
actuales estudios bíblicos afirman, por lo tanto, que aquí no se trata del
Diablo.
Un tercer grupo de
pensadores sostiene que la serpiente no es ningún personaje concreto, sino un
símbolo de los malos deseos y de los placeres sensibles. Así, el pecado
original habría consistido en una transgresión de tipo sexual, y la serpiente
no sería más que un símbolo sexual. Por eso se insiste tanto en que Adán y Eva
“estaban desnudos”
Pero esta hipótesis es
inadmisible, pues el mismo Génesis dice que Dios santificó y bendijo el
matrimonio cuando le ordenó a la primera pareja: “Sean fecundos y tengan muchos
hijos, llenen el mundo y gobiérnenlo” (Génesis 1,28). No hay, pues,
connotaciones sexuales en el pecado original.
¿Quién es entonces esta
serpiente?
¿Y
todo por una manzana?
El enigma de la serpiente
nos lleva a un segundo problema: ¿qué pecado cometieron Adán y Eva en el Paraíso?
Popularmente se responde que
comieron una manzana prohibida. Pero conviene notar, ante todo, que en ninguna
parte del relato se menciona manzana alguna. ¿De dónde salió la idea de esta
fruta?
Esto viene de cuando la
Biblia solo estaba escrita en latín. En efecto, en esta lengua manzana se
escribe “Malus”, y mal se dice “Malum”. Y como Adán y Eva comieron el fruto del
mal (malum), se pensó que habían comido una manzana (malus). Hoy, que las
Biblias ya no están solo en latín sino en castellano, vemos que no comieron una
manzana sino “un fruto” malo.
Volvamos, pues, al planteo.
¿Por comer un simple fruto Dios los mortificó con semejantes castigos? Si fuera
así, lo que sucedió en el paraíso no fue sino ¡un fatal error gastronómico!
Pero como sabemos que la
serpiente es un símbolo (ya que no puede tratarse de un animal real), también
el fruto prohibido tiene que ser simbólico. ¿Pero símbolo de qué? Si aclaramos
quién es la serpiente, descubriremos también cuál fue el pecado del paraíso.
¿Quién
era la serpiente?
Lo primero que debemos tener
en claro es que la serpiente simboliza a algún personaje o realidad entendible
para los lectores de aquella época, porque si no, éstos se habrían quedado sin
comprender el mensaje.
Ahora bien, por los modernos
estudios bíblicos y arqueológicos sabemos que la serpiente, en aquella época
era el símbolo de la religión cananea que los israelitas encontraron al entrar
en la Tierra Prometida.
¿Por qué los cananeos
emplearon como símbolo de la divinidad a la serpiente, cuando para nosotros es
un animal dañino y peligroso? Porque los pueblos antiguos veían en ella tres
cualidades:
Primero, la serpiente tenía
fama de otorgar la inmortalidad, ya que el hecho de cambiar constantemente de
piel parecía garantizarle el perpetuo rejuvenecimiento.
Segundo, garantizaba la
fecundidad, ya que vive arrastrándose sobre la tierra, que para los orientales
representaba a la diosa Madre, fecunda y dadora de vida. Y
Tercero: Transmitía
sabiduría, pues la falta de párpados en sus ojos y vista permanente hacían de
ella el prototipo de la sabiduría y las ciencias ocultas.
Por eso el Génesis la
presenta como “el más astuto de todos los animales del campo” (Génesis 3,1).
Estas tres características
hicieron de la serpiente el símbolo de la sabiduría, la vida eterna y la
inmortalidad, no solo entre los cananeos sino en muchos otros pueblos, como los
egipcios, los sumerios y los babilonios, que empleaban la imagen de la
serpiente para simbolizar a la divinidad que adoraban, cualquiera sea ella.
Una religión más seductora
¿Y qué les sucedió a los
israelitas con la religión cananea? Para entenderlo es necesario tener en
cuenta las circunstancias históricas por las que atravesaron.
Los hebreos fueron durante
siglos un pueblo nómada. Desde la época de Abraham, que vivió alrededor del año
1800 antes de Cristo, el Dios que los acompañaba siempre era el Dios del
desierto, de las montañas, de lo desolado y agreste. Era un Dios trashumante,
que viajaba y se movilizaba junto con el grupo o el clan a todas partes, a fin
de protegerlos de los peligros que entrañaban este tipo de vida.
El Dios de los hebreos era,
pues, especialista en los problemas del desierto: los cuidaba en el caso de
ataque de tribus enemigas (Éxodo 17,8), los ayudaba a encontrar agua entre las
rocas (Éxodo 17,1), los guiaba para hallar alimento en medio del páramo (Éxodo
16), enviaba plagas contra los pueblos opresores (Éxodo 7,1), se mostraba
poderoso y terrible en los truenos y rayos (Éxodo 19,16-19), velaba por la
justicia y el orden en el campamento (Éxodo 21,22).
Y Dios amparaba con tanta
delicadeza a su pueblo, que durante el día se transformaba en una inmensa nube
(para taparles el sol), y durante la noche en una columna de fuego (para
iluminarlos en la oscuridad) (Éxodo 13,21).
Nueva
oferta religiosa
Y durante seiscientos años
(entre el 1800 y el 1200 antes de Cristo) el Dios de Israel fue un excelente
acompañante y protector del pueblo. Pero a partir del año 1200 las cosas
empezaron a cambiar. Los israelitas entraron en la tierra prometida, en Canaán,
y se encontraron con la población local, es decir, los cananeos, mucho más
evolucionados y desarrollados que ellos.
Ahora bien, los cananeos
llevaban siglos instalados en la tierra, y por lo tanto eran completamente
sedentarios, conocían muy bien la agricultura, y vivían de los frutos del
campo, de las viñas y del producto de sus ganados.
El dios de ellos se llamaba
Baal y, por supuesto, era el dios que les proporcionaba las lluvias, las
cosechas y la fertilidad de los campos. La forma más común con que lo
representaban era la de una serpiente, símbolo de la vida y de la inmortalidad.
Baal tenía una compañera, la
diosa Asherá, diosa del amor y de la fecundidad. Y según las creencias
cananeas, Baal y Asherá mantenían permanentes relaciones para asegurar la
fecundidad de la tierra, de los rebaños y de los seres humanos. Por eso todas
las fiestas religiosas cananeas estaban relacionadas con la cosecha.
La
habitación de los dioses
En un principio la religión
cananea no significó ningún problema para los israelitas. Ellos tenían en claro
que sólo Yahvé era su Dios, el que los había sacado de Egipto y los había
acompañado a lo largo del desierto, durante años, cuidándolos y protegiéndolos.
Pero a medida que pasaban
los años y se iban sedentarizando, los hebreos empezaron a dudar de que Yahvé
les fuera útil. Este Dios, originario del desierto, -se preguntaban-
¿entendería de las lluvias, los trabajos del campo y de la cría del ganado?
Este Dios solitario, sin esposa ni experiencia en la fecundidad, ¿podrá
ayudarlos a ellos ahora, en su nueva tarea de agricultores? ¿No sería
preferible dejarlo y acudir a alguien con mayor experiencia en materia de
cosechas, como eran Baal y su esposa?
Había
que actualizar a Dios
Además, la religión cananea
era muy sencilla y fácil de cumplir. Consistía exclusivamente en ceremonias
rituales. No incluía ninguna exigencia moral, ni compromiso personal, ni
conversión alguna, ni obligaba a practicar la justicia, el amor o el respeto a
los demás. Bastaba con la prostitución sagrada, un rito mágico y supersticioso
para agradar al dios y obtener la bendición de las cosechas. Semejante religión
es más agradable que las duras exigencias de la Ley de Dios.
Es fácil, pues, imaginar el
serio peligro que la religión cananea comenzó a significar para los hebreos,
herederos de la austera religión de Moisés.
Fue así como, poco a poco,
si bien Yahvé siguió siendo el gran Dios nacional, a la hora de asegurar la
fertilidad del suelo y la regularidad de las lluvias empezaron a volverse hacia
la serpiente, símbolo de Baal. Comenzaron a visitar sus templos, a participar
de sus ritos, y a introducirse furtivamente en las chozas de las prostitutas
sagradas durante las grandes fiestas.
El culto a las divinidades
de la fertilidad fue, durante siglos, una permanente tentación para los
israelitas. A veces con más fuerza, otras con
menos, lo cierto es que Baal y Asherá terminaron seduciendo a los
israelitas, que honraban a Yahvé, pero
rendían culto apasionado a Baal y Asherá.
Por
escuchar a la serpiente
Así estaban las cosas,
cuando un escritor anónimo del siglo X antes de Cristo decidió escribir un
relato (nuestros actuales capítulos 2 y 3 del Génesis), para denunciar los
peligros que estaba ocasionando la religión cananea entre sus hermanos
israelitas. Según él, la sociedad toda (representada en Adán y Eva) debería
estar viviendo en un Paraíso.
Y sin embargo vivía en medio
de injusticias, hambre, dolores, muerte.
Y la causa de todos estos
males no era otra que la serpiente, la religión cananea, que llevaba al pueblo
a refugiarse en meros ritos exteriores y a olvidar las elevadas exigencias de
la Ley de Dios. A buscar la protección de Dios y la felicidad no a través de
una vida moral, justa, honesta, al servicio a sus hermanos, sino mediante meras
prácticas fetichistas.
¿Y por qué dice el autor del
Génesis que la serpiente lleva a “comer del árbol de la ciencia del bien y del
mal”? En hebreo decir “bien y mal” equivale a decir “todas las cosas”. Y como
una de las prácticas cananeas consistía en consultar a los adivinos y
hechiceros para conocer las cosas futuras, algo inaudito para un buen israelita
que sabía que el futuro del hombre está sólo en manos de Dios y no de un
adivino, al pecado del Paraíso lo describe como el de pretender “conocer el
bien y el mal”, es decir, todo el futuro del hombre.
La
serpiente y Satanás
El autor del Génesis quiso
referirse a los males que en su sociedad estaba ocasionando la religión
cananea. Si presenta este pecado como cometido en los orígenes, es para decirle
a los lectores que ese pecado (el de seguir a la religión cananea) está en el
origen, en la raíz, en la base de todos los otros males sociales. Y les
advierte sobre las posibilidades futuras (las de construir un Paraíso), que se
están perdiendo por su mal proceder.
Con el transcurso de los
siglos desapareció la religión cananea, y entonces la serpiente perdió si
primitivosentido y pasó a ser para la mentalidad judía un símbolo del mal, del
adversario divino, del pecado.
Cuando en el exilio de
Babilonia, siglos más tarde, los israelitas conocieron la figura de Satanás o
Diablo, la identificaron con su antiguo símbolo del mal, la serpiente del
Paraíso.
Y por eso, novecientos años
después del Génesis, el libro de la Sabiduría dice sin problemas: “Por envidia
del Diablo entró la muerte en el mundo”, (Sabiduría 2,24). Esta es la primera
vez que la serpiente del Paraíso, que en el Génesis representaba a la religión
cananea, aparece identificado con el Diablo. Y desde entonces esta idea se
popularizó entre nosotros.
También el Apocalipsis,
cuando habló del Dragón (es decir, el poder político enemigo de Dios), dice que
es el Diablo y la Serpiente (12,9; 20,2). Todo enemigo de Dios será, desde
ahora, el Diablo y la Serpiente.
Nuestra
serpiente
El autor del Génesis supo
encontrar una respuesta a los grandes males de su tiempo. Descubrió que la
pobreza, las injusticias sociales, los problemas laborales, los dramas familiares,
la vida misma del pueblo, podrían ser distintos si no anduviesen detrás de
aquella serpiente.
Denunció, así, la
inexcusable responsabilidad de la gente frente a las miserias que vivían. No
era voluntad de Dios la tragedia que envolvía a la sociedad, sino que se debía
a que los israelitas se habían volcado hacia la religión de los cananeos. Y
peor aún, ellos no parecian percatarse ni ver la gravedad. La serpiente era una
voz seductora que, sin que el pueblo se diera cuenta, lo llevaba a abandonar la
Ley de Dios, perdiéndose en el marasmo de la magia y de una religiosidad
meramente exterior y fetichista.
Hoy el Génesis nos invita a
descubrir lo mismo. A hacer una lista de los males que nos rodean, y tomar
conciencia de que también a nosotros, subrepticiamente, se nos está colando una
serpiente, que con voz seductora habla a nuestro pueblo, a nuestra gente, a
nuestros gobernantes, a nuestros dirigentes, para alejarnos de la Ley de Dios.
Que nos lleva a construir una sociedad mezquina, de miseria, de opresión, de
injusticias, de niños abandonados, de mujeres sometidas, de hombres sin
trabajo, de corrupción social, insolidarios, mientras nos sentimos religiosos
porque practicamos devociones y ritos exteriores.
Descubrirla a tiempo es el
gran desafío. Para desenmascararla, para no escucharla más. Para que por fín
amanezca el Paraiso.
P. Ariel Alvarez
Valdés
martes, 4 de septiembre de 2012
Libro: Historia del Mundo Angélico (gratis en PDF)
El famoso sacerdote exorcista español, Padre José Antonio Fortea, publica con ACI
Prensa su libro "Historia del Mundo Angélico", una novela con profundas
bases teológicas sobre la creación, la prueba y la caída de los
ángeles.
El Padre Fortea señaló sobre este libro, que ahora pone a disposición
de sus usuarios en formato pdf de manera completamente gratuita, es "un
ejercicio literario que nace después de diecisiete años especializado
en el campo teológico de los demonios".
El sacerdote indicó además que "esta obra no surge de ninguna
revelación particular. Pero, al mismo tiempo, no es mera creación
literaria: la Summa Theologica, los tratados de creación, la lógica y la metafísica de Aristóteles discurren por todos y cada uno de sus párrafos".
Sobre su decisión de poner a disposición sus libros en formato
electrónico, el Padre Fortea comenta que "de inmediato pensé en ACI
Prensa por dos razones: la ortodoxia de ACI Prensa está fuera de toda
duda, a esto se añade que publicar con ellos supone que su difusión por
todo el mundo está garantizada".
"La idea de que la obra en primicia apareciera en Internet, me guio
desde el principio de su escritura. Normalmente, los libros aparecen en
papel, y sólo muchos años después están disponibles en la red, y muchas
veces con grandes restricciones debidas al copyright de las editoriales.
Pero, en el caso de mi obra, desde que comencé a redactarla, tuve claro
que deseaba que este título estuviera accesible a cualquier persona del
mundo desde el momento en que viera la luz", explica.
"Estamos en el siglo XXI y quise que mi obra se publicara liberada
del peso de la materia. Una cosa enteramente procedente para una obra
sobre los ángeles", concluye.
![]() |
Padre José Antonio Fortea |
El Padre Fortea nació en Barbastro (España) el 11 de octubre de 1968.
Realizó sus estudios de Teología en la Universidad de Navarra. Fue
ordenado sacerdote el 3 de julio de 1994.
Se licenció en la especialidad de Historia de la Iglesia
en la Facultad de Teología de Comillas. En 1998 defendió su tesis de
licenciatura "El exorcismo en la época actual" en Roma, dirigido por el
entonces sacerdote Juan Antonio Martínez Camino, actual Obispo Auxiliar
de Madrid y Secretario General de la Conferencia Episcopal Española.
La obra más conocida del Padre Fortea es "Summa Daemoniaca", un
tratado de demonología y un manual de exorcistas, catalogado como el
tratado de este tema más completo del siglo XXI.
Visita el blog del Padre Fortea
lunes, 3 de septiembre de 2012
Los tres espíritus (Cuentos y Relatos)
![]() |
| El Arca de Noe |
Anoticiado por Tata Dios, el
paisano don Noé había construido una gran jangada, sobre la que armó un enorme
galpón en el que guareció de cada especie de bicho una yunta. Además logro
salvar a su familia: su patrona y los tres hijos con sus esposas.
Cuando bajó la creciente,
aquello parecía un cementerio. Pero no era cuestión de echarse para atrás.
Enseguida se comenzó todo de vuelta. Noé entregó a cada uno de sus hijos los
animalitos salvados, asignándoles la zona de campo donde podrían criarlos. Como
él ya andaba medio viejo y con las tabas entumecidas de tanta humedad como
había soportado, decidió dedicarse a cultivar una pequeña chacrita vecina a las
casas.
Además de la verdura y
hortalizas para el consumo, le dio al viejo por probar con unas especies
nuevas, que parecían ser de buen porvenir. En una cosa de esas dio una plantita
medio rugosa, que daba una especie de racimos con frutita muy dulce. Pensó que
podía ser buena fruta para fabricar algún jugo virtuoso y reconfortante. Sin
darse cuenta, había descubierto la planta de vid.
Como era hombre de ingenio,
en cuanto la vio prosperar y crecer, enseguida le armó una parra para que se
fuera agarrando. A cosa de una cuadra de las casas quedaba el terrenito que le
dedicó. Todos los días iba a echarle una miradita, a la vez que aprovechaba
para carpir los yuyos que aparecían entre los surcos y almácigos. Si algún
gusano, de los salvados vaya a saber cómo de la inundación, se atrevía a
subirse al parral, lo bajaba de allí con el lomo del falcón, y lo aplastaba con
la bota sin miedo de acabar con su especie.
Una mañanita encontró algo
raro en su quinta. Vio pisadas que no eran de cristiano, pero tampoco parecían
de animal. Y para peor, parecía que el desconocido se las había agarrado con la
plantita de viña. Porque allí se arremolinaban las huellas, y hasta había
removido la tierra alrededor del tronco. Lo rastreó, pero la rastrillada se le
perdió entre los pajonales un par de cuadras más allá.
Como no era hombre de
dejarse madrugar por un cualquiera, Noé se decidió a esperarlo escondido entre
los matorrales, para ver qué intenciones traía. Al principio no tuvo suerte.
Una tardecita sintió que le bicho volvía. Digo bicho, porque le pareció que se trataba de eso cuando vio aparecer algo que podía parecerse a un mono.
Pero pronto se percató de que en realidad se trataba del mismísimo Mandinga (1) en persona. Traía de una soguita una mona, puro gruñido y morisquetas. Se arrimó a la plantita de parra, y sin más ceremonia, agarró a la mona por el pescuezo y la degolló allí mismo.
Con su sangre regó bien la tierra en derredor del tronco de la planta. Después agarró al animalito muerto, y revoleándolo de la cola, lo tiró entre los pajonales. Limpió el facón en los pastos, y sin siquiera saludar se hizo humo.
Una tardecita sintió que le bicho volvía. Digo bicho, porque le pareció que se trataba de eso cuando vio aparecer algo que podía parecerse a un mono.
Pero pronto se percató de que en realidad se trataba del mismísimo Mandinga (1) en persona. Traía de una soguita una mona, puro gruñido y morisquetas. Se arrimó a la plantita de parra, y sin más ceremonia, agarró a la mona por el pescuezo y la degolló allí mismo.
Con su sangre regó bien la tierra en derredor del tronco de la planta. Después agarró al animalito muerto, y revoleándolo de la cola, lo tiró entre los pajonales. Limpió el facón en los pastos, y sin siquiera saludar se hizo humo.
Don Noé no tuvo tiempo para
reaccionar. Cuando se quiso dar cuenta, Satanás ya se había ido sin dejar
rastros. Pensaba irse para su casa a comentar lo extraño del suceso pero volvió
a sentir ruido entre los pajonales. Esta vez la cosa parecía en serio, porque
eran bramidos.
Y no era para menos Mandinga apreció de nuevo, traía un puma a la cincha. Bravo andaba el bayo, tirando zarpazos y dentelladas por todos lados. Pero el diablo no era manco, y pisándole en las ancas lo inmoló allí mismo, repitiendo el extraño rito de regar con su sangre la plantita de viña.
Terminada la operación, tomó al puma por la cola y revoleándolo lo tiró entre los pajonales. Y a los saltos desapareció como si se fuera a buscar otro animal para repetir lo que andaba haciendo.
Y no era para menos Mandinga apreció de nuevo, traía un puma a la cincha. Bravo andaba el bayo, tirando zarpazos y dentelladas por todos lados. Pero el diablo no era manco, y pisándole en las ancas lo inmoló allí mismo, repitiendo el extraño rito de regar con su sangre la plantita de viña.
Terminada la operación, tomó al puma por la cola y revoleándolo lo tiró entre los pajonales. Y a los saltos desapareció como si se fuera a buscar otro animal para repetir lo que andaba haciendo.
Noé sospechó que volvería
esta vez decidió no dejarlo escapar. Se tanteó la cintura para cerciorarse de
que el facón estaba a mano. De su empuñadura colgaba el grueso rebenque cabo de
naranjo, y lonja de cuatro dedos de ancho.
Se agazapó sobre sus garrones, listo para el salto. No tuvo que esperar mucho. De nuevo se sintieron unos gruñidos y golpes. Mandinga traía de la cola y a los rodillazos un chanchito.
Aunque el animal se quería empacar, el diablo se dio maña y lo arrimó a la parra. Después de degollarlo, como entendido en el asunto, volvió a regar con su sangre el tronco y toda la tierra que lo rodeaba.
Ya se disponía a tomarlo de la cola para revolearlo, cuando Noé se le fue encima como un ventarrón. No le dio tiempo ni pa' encomendarse a Dios. De un talerazo en la nuca lo volteó panza abajo, y ya se le tiró encima apretándolo con las rodillas en la cintura, mientras le bajaba el rebenque sin asco por las asentaderas.
Se agazapó sobre sus garrones, listo para el salto. No tuvo que esperar mucho. De nuevo se sintieron unos gruñidos y golpes. Mandinga traía de la cola y a los rodillazos un chanchito.
Aunque el animal se quería empacar, el diablo se dio maña y lo arrimó a la parra. Después de degollarlo, como entendido en el asunto, volvió a regar con su sangre el tronco y toda la tierra que lo rodeaba.
Ya se disponía a tomarlo de la cola para revolearlo, cuando Noé se le fue encima como un ventarrón. No le dio tiempo ni pa' encomendarse a Dios. De un talerazo en la nuca lo volteó panza abajo, y ya se le tiró encima apretándolo con las rodillas en la cintura, mientras le bajaba el rebenque sin asco por las asentaderas.
Mientras le menudeaba los
azotes, Noé le gritaba furioso:
-¡Te agarré, maldito! De
aquí no vas a salir sin marca, hasta que no me hayas confesado todito lo que
andás haciendo, y por qué me has querido engualichar mi viña.
Bramaba el maldito por el
dolor, pero no podía sacárselo al paisano Noé de encima. La boca se le llenaba
de tierra, y ya medio ahogado le suplicó que no le siguiera pegando. Que le
contaría todo lo que había estado haciendo. Así, ya medio charqueado por la
lonja de la guacha que Noé no le mezquinaba, se decidió a confesar la picardía
que andaba realizando. Y apretando contra el suelo, al final dijo:
-Le estaba echando gualicho
a la raíz de la viña, para darle virtú al vino.
-¿Y de que virtú se trata? -
bramó Noé.
-Son tres espíritus
diferentes - respondió el apretaro -. Tres espíritus que se van despertando a
medida que le hombre se interna en el vino.
Al principio es el de la mona. Al que no sabe dominarse a tiempo, en cuanto se bandea un poco, le entra el espíritu de este bicho, y comienza a hacerse el gracioso para hacer reír a la gente. Y todos los que lo ven, lo cargan diciéndole que suelte la mona que se agarró.
Si continúa bebiendo, se le despierta el espíritu del puma. Se pone malo y peleador. Se atreve cobardemente con su mujer y con los chicos. Le da por buscar camorra y por provocar peleas. Es que le ha entrado en el cuerpo la sangre del puma.
Si continúa bebiendo, entonces es el cerdo el que se le despierta por dentro. Comienza a gruñir, se le cae el chiripá y termina por tirarse en las cunetas revolcándose en el barro igualito que un chancho.
Al principio es el de la mona. Al que no sabe dominarse a tiempo, en cuanto se bandea un poco, le entra el espíritu de este bicho, y comienza a hacerse el gracioso para hacer reír a la gente. Y todos los que lo ven, lo cargan diciéndole que suelte la mona que se agarró.
Si continúa bebiendo, se le despierta el espíritu del puma. Se pone malo y peleador. Se atreve cobardemente con su mujer y con los chicos. Le da por buscar camorra y por provocar peleas. Es que le ha entrado en el cuerpo la sangre del puma.
Si continúa bebiendo, entonces es el cerdo el que se le despierta por dentro. Comienza a gruñir, se le cae el chiripá y termina por tirarse en las cunetas revolcándose en el barro igualito que un chancho.
-¡Ahá, bicho desgracio! -
bramó Noé, al tiempo que le descargaba un tremendo rebencazo -. Yo te voy a
enseñar a andar haciendo picardías. Aquí mismo te voy a despenar para limpiar
el mundo de un sabandija como vos.
Pero al querer sacar el
facón, aflojó un poco las rodillas, y Mandinga se le fue de abajo como carozo
mal apretado. Noé quedó de rodillas y con el cuchillo en la mano, mientras
Mandinga salía echando humo por los pajonales con el trasero ardiéndole por los
rebencazos.
Noé se secó el sudor de la
cara con la punta del pañuelo que tenía al cuello. Después se arrimó con pena a
la planta de vid, dispuesto a cortarla de un solo hachazo. Ya había levantado
el facón, cuando el ángel del cielo le detuvo el brazo al tiempo que le pegaba
el grito:
-¡No amigo, no lo haga!
¡Respete los dones de Dios! Llegará un día en que el mismísimo Hijo de Dios
necesitará del vino, para convertirlo en su sangre, a fin de que todo aquel que
la beba tenga la vida eterna, lo que es la vida de Dios.
Ahora usted ya sabe los peligros que encierra. Tómelo con moderación y enséñele a sus hijos y nietos la verdad de esta historia.
Ahora usted ya sabe los peligros que encierra. Tómelo con moderación y enséñele a sus hijos y nietos la verdad de esta historia.
Pero Noé medio afligido le
dijo que aunque así lo hiciera, a lo mejor sus descendientes, empezando por sus
hijos, no le harían caso.
Entonces el ángel de Dios
agachándose levantó del suelo el rebenque y se lo alcanzó, mientras riendo le
decía:
-Tome amigo, y enséñeles
esto...¡pa' recuerdo!
por Mamerto Menapace,
publicado en Cuentos Rodados, página 59 a 64 Editorial Patria Grande
Nota:
(1) "Mandinga" es la forma de llamar al diablo, demonio, Satanás en la República Argentina. Principalmente en las zonas rurales. "es cosa de Mandinga"; es "cosa del Diablo" y no de cualquier diablo sino del jefe de todos ellos.
lunes, 30 de julio de 2012
lunes, 9 de enero de 2012
El demonio existe - Punto de vista
Programa punto de vista del 9 de enero de 2012
EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POST-SINODAL RECONCILIATIO ET PAENITENTIA








